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Nueve años después Galia Transalpina, 61 a C.

In document Ben Kane - La Legion Olvidada (página 55-128)

—¡Lanza, antes de que nos vea!

—Está muy lejos. —El guerrero galo miró a su primo, más joven, y sonrió—. Por lo menos a cien pasos —susurró.

—Puedes hacerlo. —Brac sujetaba los dos perros de caza y los acariciaba para evitar que aullaran.

Brennus hizo una mueca y volvió a mirar el ciervo que estaba entre los árboles. Su poderoso arco ya estaba a medio tensar, con la flecha de pluma de ganso en la cuerda. Habían subido el último tramo a cuatro patas y descansado detrás de un enorme tronco caído. Gracias al aire fresco que soplaba en la dirección contraria, el animal no había advertido la presencia de los hombres.

La pareja se había pasado toda la mañana siguiendo el rastro; el olfato de los perros los había guiado por la espesa maleza característica del verano. El ciervo se había movido a sus anchas, mordisqueando hojas de las ramas bajas, y se había parado a beber un poco de agua de lluvia que había quedado retenida en las raíces retorcidas y nudosas de un viejo roble.

«Que Belenus guíe mi flecha», pensó Brennus.

Tensando al máximo la cuerda de tripa, cerró un ojo y apuntó. Hacía falta una fuerza tremenda para mantener el arco totalmente tensado, pero el extremo afilado de la flecha permaneció firme como una roca. El galo soltó el asta con una exhalación. La flecha voló recta y certera hasta clavarse en el pecho del ciervo con un sonido seco.

La presa cayó al suelo.

Brac dio un golpecito a Brennus en el hombro.

Los dos hombres caminaron a zancadas entre los árboles, pasando prácticamente desapercibidos gracias a las camisas de tela marrón y los pantalones verdes. Brac era alto y tenía unas piernas fuertes, pero su primo era más alto todavía. El rostro del hombretón era ancho y alegre, dominado por una nariz maltrecha. Siguiendo las costumbres de su tribu, los alóbroges, llevaban el pelo rubio trenzado y sujeto con cintas de tela. Ambos guerreros iban armados con arcos y lanzas largas para cazar. También llevaban una daga colgada del cinturón de piel.

Al ciervo se le habían empezado a velar los ojos. Con unos cuantos cortes certeros del puñal, Brennus soltó la flecha y limpió el extremo en un poco de musgo cercano. La introdujo de nuevo en la aljaba y musitó otra oración para Belenus, su deidad preferida.

—No va a volver al campamento sólito. Corta ese pimpollo.

Ataron las patas a una rama robusta con cintas de cuero que Brennus llevaba en un saquito. La pareja levantó a la bestia muerta no sin esfuerzo. La cabeza se le movía arriba y abajo con el movimiento. Los perros gruñían de emoción y lamían la sangre que caía ininterrumpidamente de la herida del pecho.

—¿Cuántos más necesitamos?

—Uno, quizá dos. Tendremos carne suficiente para ambas familias. —Brennus cambió ligeramente el peso de sitio en el hombro y sonrió al pensar en su mujer Liath y su hijo recién nacido.

—Más de la que tendrán los idiotas del pueblo.

—No tienen tiempo de cazar —repuso Brac—. Caradoc dice que los dioses cuidarán de nosotros cuando los romanos sean derrotados.

—Viejo tonto —musitó Brennus, aunque al instante lamentó tal falta de control. No solía expresar esa clase de opiniones.

Brac se escandalizó.

—¡Caradoc es el jefe del clan!

—No digo que no, pero mi familia necesita comida para el invierno. Cuando tengan la suficiente, me uniré a la rebelión. No antes. —Brennus miró fijamente a Brac, que apenas tenía edad para afeitarse.

—Entonces díselo.

—Caradoc ya se dará cuenta a su debido tiempo. —La falta de dos lanzas resultaba suficientemente reveladora. Brennus tendría que justificar su ausencia cuando regresaran.

—De todos modos, tú deberías ser el cabecilla de la tribu —declaró Brac.

Brennus suspiró. Últimamente ya se lo habían propuesto demasiadas veces. Muchos guerreros tenían muchas ganas de que retara al envejecido Caradoc, jefe desde hacía casi veinte años.

—No me gusta dirigir hombres, primo. A no ser en el campo de batalla, y eso debería evitarse en la medida de lo posible. Negociar no se me da bien. —Encogió los anchos hombros—. Prefiero estar por ahí cazando o con mi mujer que zanjando diferencias.

—Si hubieras encabezado la lucha el año pasado, los romanos no habrían vuelto. —El rostro de Brac denotaba una fe ciega en él—. ¡Los habrías aplastado por completo!

—No es que Caradoc sea amigo mío —gruñó Brennus—, pero es un gran líder. Nadie lo haría mejor que él.

Brac se quedó callado porque no deseaba seguir discutiendo. El joven adoraba a su primo. Ese era el motivo por el que no estaba en el pueblo preparándose para la guerra.

—Caradoc dice que ninguno saldrá con vida de nuestra tierra —se atrevió a decir Brac con expresión ávida.

El hombretón se sintió mal por su arrebato.

—Quedarán muchos para nosotros —dijo para tranquilizarlo—. Los exploradores dijeron que hay miles en el valle siguiente.

—¿No serán demasiados? Brennus se echó a reír.

—Nadie vence a los alóbroges. ¡Somos la tribu más valiente de toda la Galia! Brac sonrió feliz.

Brennus sabía que sus palabras eran huecas. Harto de promesas incumplidas, el verano anterior Caradoc había acabado enfrentando a la tribu contra los señores romanos para protestar por los nuevos tributos abusivos. Los esfuerzos iniciales para obtener justicia negociando habían resultado un fracaso absoluto. Roma sólo entendía el idioma de la guerra. Y, sorprendentemente, la primera campaña había tenido éxito y habían expulsado a las legiones de la tierra de los alóbroges.

Pero el precio de la victoria había sido alto.

La mitad de los guerreros habían muerto o resultado heridos. Si bien los galos no contaban con la posibilidad de reemplazar a sus muertos, los romanos parecían tener

una reserva inagotable a la que recurrir. Apenas dos meses después de la derrota, la caballería republicana había empezado a hacer incursiones en los asentamientos más remotos. La llegada del mal tiempo era lo único que había interrumpido la oleada de salvajes represalias.

Brennus pronto se dio cuenta de que su pueblo sería derrotado, aplastado y esclavizado, al igual que todas las tribus que habían vivido por allí cerca. No quedaban guerreros suficientes para repeler el ataque inminente de los romanos.

Pomptino, gobernador de la Galia Transalpina, y políticos ambiciosos como Pompeyo Magno, estaban ávidos de esclavos, riqueza y tierras, y los obtendrían como fuera. Hacía varios años que era habitual que los comerciantes que estaban de paso hablaran de pueblos arrasados y episodios sangrientos. Los nuevos colonos, duros ex legionarios que poco a poco iban usurpando territorio tribal, ofrecían más pruebas de ello. El aumento de los tributos había tenido un objetivo: provocar la rebelión de los alóbroges.

Estaban solos contra Roma.

Y Caradoc hacía caso omiso de sus consejos.

Convencido de que la batalla no se reanudaría hasta al cabo de una semana o más, el frustrado Brennus había decidido hacer acopio de carne para el invierno antes de tiempo. Cazar era un intento fútil por olvidar lo que sucedía en los valles de más abajo.

—Quiero un estandarte con águila. —Brac estaba ansioso—. Como el que conseguimos el verano pasado.

—Lo tendrás —mintió Brennus—, cuando derrotemos a los romanos.

El joven guerrero agitó el brazo libre en el aire, fingiendo lanzar una espada. Estuvo a punto de hacer caer el extremo de la rama.

—¡Estate quieto! —exclamó Brennus cariñosamente.

Los galos llegaron al campamento provisional al cabo de varias horas, agotados de cargar con el ciervo. Brac soltó agradecido su carga. Enseguida se acercó un perro para lamer la sangre y Brennus lo alejó con una patada y un improperio.

Aquel lugar había sido su hogar durante cuatro días. El hombretón se había llevado a su primo del pueblo, situado en el fondo del valle, para alejarlo de donde solían cazar otros guerreros. Habían ascendido penosamente por laderas boscosas toda la mañana hasta un gran claro atravesado por un arroyo poco profundo.

—Agua y leña. Un espacio abierto para que el sol seque la carne. ¿Qué más queremos ?

En cuanto habían levantado la tienda de piel que los protegería de la lluvia, habían iniciado la caza. La primera tarde no había dado frutos, pero Brennus regresó tranquilamente al campamento y construyó varias trampas de madera.

Había alzado la vista al cielo y sonreído.

—Mañana nos guiará Belenus. Lo noto en los huesos.

Al día siguiente por la noche, los perros se habían peleado por los esqueletos de dos ciervos, mientras Brennus y Brac se sentaban junto a la hoguera con la barriga bien llena. Las siguientes cacerías también habían dado sus frutos, pues habían abatido un jabalí y otro ciervo con las flechas. El animal que acababan de matar era la quinta presa.

—No necesitamos más. —Brac señaló los armazones secos que crujían bajo el peso de la carne—. Y hoy era el recuento de lanzas. Deberíamos regresar.

—Muy bien —suspiró Brennus—. Hartémonos de comida esta noche y regresaremos mañana. La presa de hoy ya se secará en el pueblo.

—No nos lo habremos perdido, ¿verdad? —Brac estaba ansioso por tener su bautismo de fuego contra los invasores. Hacía semanas que el inminente enfrentamiento era el tema de conversación principal. Caradoc era muy carismático y había estado inculcando a la gente un odio tremendo por las legiones.

—Lo dudo. —Brennus intentó hablar con tranquilidad—. El año pasado tuvimos tres semanas de escaramuzas antes de la batalla, ¿recuerdas?

—¿Cómo iba a olvidarlo? —Brac recordaba perfectamente la imagen de los guerreros que volvían cargados con armas y suministros romanos, embriagados por la victoria.

Hacía más de sesenta años que la Galia Transalpina estaba bajo el control de la República y había numerosas tropas apostadas de forma permanente cerca de los pueblos. La victoria de los alóbroges, gracias a los ataques de guerrilla al abrigo del bosque, había sido de lo más inusual. Y se había pagado un precio muy alto por ella, algo que pocos hombres parecían haberse planteado.

—Quizá Caradoc sepa lo que va a pasar —musitó Brennus—. ¿Es mejor morir libres que huir de nuestras tierras como cobardes?

—¿Qué dices?

—Nada, chico. Aviva el fuego. Tengo tanta hambre como un oso después de hibernar.

Brac tenía mucho que aprender y la misión de Brennus, el hombre de más edad de la familia, era enseñárselo. Cuando empezó a descuartizar el ciervo, el guerrero grandullón rezó a los dioses para que le permitieran cumplir ese cometido, además de proteger a su esposa e hijo, las únicas personas que le importaban más que Brac y su familia. La idea de huir con ellos por las montañas antes de que empezara la lucha parecía propia de cobardes pero, al igual que la derrota, la huida era inevitable. Brennus creía que no había otro destino que la muerte para quienquiera que se quedara a luchar contra los romanos. Caradoc había convencido a los guerreros de lo contrario. Preocupado y frustrado, hacía ya algún tiempo que Brennus se había dirigido al druida de la tribu para pedirle ayuda, pero Ultan no quería inmiscuirse. Y, como era de esperar, Caradoc se había negado siquiera a plantearse conducir a su pueblo hacia un lugar seguro. «Los alóbroges no huyen como perros —había aullado—. Aplastaremos a las legiones. ¡Daremos una lección a Roma que no olvidará!» Brennus había insistido y entonces la expresión del viejo jefe se había vuelto amenazadora. Consciente del mal genio de Caradoc, había jurado lealtad y no había vuelto a hablar del tema en público, ni siquiera con sus amigos. Sólo estaba permitido hablar del enfrentamiento contra los romanos.

La tregua con Caradoc había facilitado la decisión de Brennus. Sirviéndose de la caza como excusa, reuniría a las dos familias a su regreso y se marcharía inmediatamente. Liath y la madre de Brac estaban al corriente del plan, pero Brennus había decidido no decírselo a su primo hasta el último momento. Brac, que todavía era ingenuo, podía revelar sin querer el plan a otro guerrero.

Los hombres destripaban el ciervo en silencio, cortando la carne en trozos finos y colgándola de unas barras. En un espetón suspendido sobre el fuego se asaba una pata. Poco después de la puesta de sol, el claro se había llenado del olor a carne asada. Los perros estaban sentados cerca, a sabiendas de que algo les caería.

Para cuando hubieron comido la luna ya había salido. El aire de la montaña empezó a enfriarse enseguida. Se acurrucaron el uno contra el otro y se envolvieron en mantas mientras los perros roían huesos a sus pies.

—El segundo mejor lugar del mundo es aquí arriba. —Brennus señaló el paisaje y eructó satisfecho. La luna coronaba unas montañas cercanas y proyectaba una luz hermosa en las cimas nevadas. Lo único que rompía el silencio era el tranquilizador crepitar del fuego—. Un buen día de caza y luego llenarse la tripa de carne junto a la hoguera.

—¿Dónde está el mejor sitio? —preguntó Brac con curiosidad. —¡Bajo las sábanas con tu mujer, por supuesto!

—Cuéntame algo sobre la época anterior a la llegada de los romanos.

Brennus estaba encantado de hacerlo. Relatar historias largas sobre cacerías o saqueos de ganado era uno de sus pasatiempos favoritos, y todos los del pueblo lo sabían. Se lanzó directo a la historia del mayor lobo jamás cazado por un alóbroge.

A Brac se le iluminó el semblante.

—El invierno de hace diez años fue uno de los más duros que se recuerdan — empezó a contar Brennus—. Las fuertes ventiscas hicieron que las manadas de lobos hambrientos bajaran de los bosques. Como no tenían nada que comer, empezaron a alimentarse del ganado que teníamos en los rediles cada noche. Pero ninguno de los guerreros se atrevía a salir a cazarlos. —Se encogió de hombros con expresividad—. La nieve llegaba hasta la cintura y era raro que hubiera menos de veinte criaturas juntas.

Su primo miró nervioso el claro.

—En un mes habían matado una docena de vacas. Luego un anciano que recogía leña fue atacado en la linde del bosque y Cornil, tu padre, consideró que era la gota que colmaba el vaso. Con mi ayuda, dedicó varios días a hacer trampas grandes.

—¡Y pillasteis un montón! —A Brac le brillaban los ojos. Frotó el largo colmillo que llevaba colgado al cuello de una cinta de cuero.

Brennus asintió.

—Cinco en otras tantas noches. Los lobos enseguida se volvieron más cautos y la gente se animó. Pero al cabo de poco tiempo el macho dominante de la manada y otros pocos volvieron y mataron una cabeza en cada visita. Se habían vuelto demasiado listos para picar el anzuelo de las trampas y los hombres empezaron a decir que eran espíritus malignos.

—Ultan dice que estaban demasiado asustados para ayudar. Brennus arqueó las cejas y dio un sorbo al odre de agua.

—Conall y yo hablamos. Era imposible seguir a los lobos hasta el bosque. Allí arriba los ventisqueros eran más altos que un hombre. Así pues, al día siguiente por la noche, Conall ató una vaca vieja a una estaca, fuera de la empalizada. No había luna, sólo unas cuantas estrellas. No quiso que me quedara con él. Me dijo que era demasiado joven. —Brennus sonrió de oreja a oreja al recordar con cariño al hombre que se lo había enseñado todo sobre las armas. Su padre había muerto siendo él muy pequeño—. Por tanto, me senté en el pasadizo con el arco y una antorcha escondida.

—¿Dónde estaba mi padre? —Brac había oído la historia miles de veces pero siempre lo preguntaba.

—Envuelto en una capa de pieles y en un ventisquero, junto a la vaca. Fue una espera larga y fría.

—La mitad de la noche, dijo él. El inmenso guerrero asintió.

—Por supuesto la vaca olió los lobos antes y empezó a mugir como una loca. Conall conservó la calma y esperó, como hace siempre un buen cazador. Desde donde yo estaba no veía nada. —Brennus se llevó una mano a los ojos como si quisiera ver en la oscuridad—. Entonces aparecieron de repente: siete sombras grises que se movían sigilosamente por el hielo.

Brac se estremeció de gusto.

—El macho dominante llegó rápidamente y fue directo a la presa. Enseguida clavé la antorcha en las almenas para tener luz pero los lobos estaban tan hambrientos que ni siquiera se pararon.

—Mi padre me dijo que rugisteis como si os persiguiera el diablo en persona —se rió Brac.

—¡Pues claro que sí! Le habrían olido enseguida. —Brennus se estremeció—. Un hombre contra tantos lobos no habría tenido ninguna posibilidad de sobrevivir.

—Cuando se levantó de un salto tú ya habías matado tres lobos con las flechas. Brennus se encogió de hombros.

—Su tarea era mucho más peligrosa. Cuando disparé contra la tercera bestia, Conall cercenó la cabeza de una cuarta y mutiló a otra, de forma que sólo quedaban el líder y su compañera. Estaban atacando salvajemente a la pobre vaca. Maté a la hembra y conseguí apuntar al macho justo cuando se daba la vuelta para enfrentarse a Conall. Estaban a sólo veinte pasos, suficientemente lejos para que yo lanzara sin correr peligro. Pero tu padre me gritó que me quedara quieto. «¡Este cabrón es todo mío!», gritó.

Se hizo el silencio.

Brennus miró fijamente a Brac.

—Era el hombre más valiente que he conocido jamás. Ese lobo era grande como un oso y Conall no llevaba escudo ni armadura. Sólo la espada y un cuchillo de caza.

Brac se balanceaba adelante y atrás, prácticamente incapaz de contener la emoción.

—El lobo seguía tratando de abalanzarse sobre él para derribarlo, pero Conall supo mantenerlo a raya fácilmente mientras esperaba una oportunidad. De repente

resbaló en la nieve, cayó boca arriba y perdió la espada. Antes de que yo tuviera tiempo de reaccionar, el macho saltó. —Brennus bajó la voz—. Iba a reventarle la garganta.

Hizo una pausa y Brac sujetó el colmillo con más fuerza.

—No sé cómo, Conall sacó la daga y la sostuvo en vertical con ambas manos. La hoja atravesó el corazón del lobo cuando se abalanzó sobre él.

—¡Y pensaste que estaba muerto!

—Eso me pareció, hasta que se quitó el lobo muerto de encima —repuso Brennus con una sonrisa—. Nunca he sentido un alivio tan grande en la vida.

—Padre siempre dijo que no habría podido hacerlo sin ti, el único capaz de ayudarle.

—No fue nada —musitó Brennus, incómodo. —Significó mucho para él. Y para mí.

Brennus apartó la mirada con rapidez.

—Cuéntame otra historia —lo instó Brac intentando distender el ambiente, pero no era la petición más apropiada.

—Esta noche no. —Brennus hundió un palo en el fuego que hizo saltar varias chispas al cielo nocturno—. Otro día, quizá. —Observó taciturno las llamas, con otro

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