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II ¿OLVIDAR A FOUCAULT? UNA CRÍTICA DE LA TEORÍA DEL PODER DESDE LA POSTMODERNIDAD

DE JEAN BAUDRILLARD

I HISTORIA DE UN MALENTENDIDO: FOUCAULT Y BAUDRILLARD.

Algunos cruces de palabras

Jean Baudrillard estuvo en Valencia en los primeros días del otoño de 1997, invitado por el Ayuntamiento a través de la Fundación Tercer Milenio. 407 Su etiqueta de postmoderno -y de francés-, el hecho de ser un filósofo relativamente muy leído en España gracias a las publicaciones de Anagrama, y el de haber derramado abundante tinta sobre la inminencia del 2000, le convertían en un conferenciante atractivo a los ojos del público. (Algunos seguramente esperaban un hombre de mayor estatura, más en la línea de lo que prometen -o simulan- los retratos que aparecen en las contraportadas de los libros de Anagrama) Cuando se le preguntó por la proclama que le lanzó al estrellato en 1977, ese “olvidar a Foucault” que le granjeó también fuertes antipatías entre los adeptos del maestro de Poitiers contestó que “sólo se trataba de una metáfora”, respuesta que le hemos escuchado en otras muchas ocasiones. No sería cuestión de “blanquear la historia del pensamiento”, como con cierta malicia se le podría insinuar -tomando una de sus propias consignas más habituales-, es decir, no había que literalmente “olvidarse de Foucault”. Se trataba de entender que toda su analítica, valiosa para habérselas con una cierta época, se había desfondado ya antes de que el propio Foucault la construyera. Mentando a Derrida dijo que había que proceder con un principio muy de la deconstrucción: “los elementos del análisis se han desmoronado.”

Desde esta perspectiva, no tiene sentido ya ser discípulo de Foucault. A nuestro entender, lo que intentaba explicar Baudrillard en el 77 -y ahora lo sigue sosteniendo, aunque “olvidar” sea una metáfora o incluso un gesto provocativo para adquirir notoriedad- es que Foucault, lejos de abrir un sinfín de caminos, como muchos creen, más bien los ha clausurado. Si es tan importante para esta tesis reconocer a Foucault como genio intelectual no es por voluntad adolescente de afirmación, sino porque -siguiendo a Baudrillard- era necesaria una “inquietante perfección” para, como sucede con Hegel, clausurar un orden histórico que ya había empezado a morir antes de ser exhaustivamente puesto en conceptos.

En suma, los acontecimientos a los que con tanta agudeza se refiere Foucault “ya no tienen lugar” actualmente. Sin duda lo tuvieron en su momento, pero ahora se han quedado sin “actores históricos” o simplemente se mueven como valores reinventados, como signos que la moda hace flotar o como disparos de francotirador que se lanzan desde trincheras que, como la universidad o la política, ya sólo tienen “valor simulacional”. Siempre según Baudrillard, el problema no es sólo con Foucault y las teorías del poder. Es todo el pensamiento crítico el que está en peligro porque la extraña lógica de indiferencia, incertidumbre e inmaterialidad en que nos movemos absorbe como una pantalla mágica toda la energía de sus conceptos.

Realizada esta aclaración, sobre la que sin duda habremos de volver, es más fácil alumbrar el sentido del camino que ha seguido nuestra investigación, sobre todo porque ya hemos llegado al punto en el que debían desembocar todos los núcleos temáticos que la han ido articulando. En la primera parte, habíamos leído la obra de Baudrillard a la sombra del clishé postmoderno. En la segunda, hemos enfocado la cuestión de las teorías del poder, terminando por demostrar la imposibilidad de declararlas taxativamente “falsas” o “reaccionarias” tal y como proponen los denominados “defensores de los valores de la modernidad”. Buscamos un marco de fundamentación de dichas teorías, para lo cual nos dirigimos a las revisitaciones que se han venido haciendo en las últimas décadas de la figura de Spinoza. Por fin enfocamos directamente la analítica del poder desarrollada por Foucault en su era genealógica, cuyos trabajos enlazarían directamente con los textos de Nietzsche. Una vez hecho todo ese recorrido, nos sentimos en condiciones de explicar por que -según un autor postmoderno como Baudrillard- la teoría del poder, lejos de constituir un peligroso ataque a los valores de la modernidad, se yergue más bien como su último intento serio de supervivir en un mundo nuevo y completamente distinto en el que ya nos hallamos irremediablemente inmersos.

¿Y por qué hablamos de un “malentendido”? Parece que ya hemos superado la época en que se veía a Baudrillard como un advenedizo que alcanzó eco en ciertos círculos por la frivolité de cuestionar a Foucault justo cuando despertaba las mayores y más encendidas adhesiones. Quizá Baudrillard entendió que era el momento de saltar a la palestra y adquirir notoriedad; no sería en ese caso demasiado luminoso el origen de su fama. Y sin embargo, creemos haber dejado claro a lo largo de este trabajo que por aquel entonces (año 1977) Baudrillard estaba ya muy lejos de ser un cualquiera. Sus trabajos sobre la lógica del consumo y el proyecto de una crítica de la economía política del signo le habían convertido en el hijo filosófico de Roland Barthes, quizá incluso de manera más directa que Derrida, quien no llegó a introducirse en la línea postestructuralista de la

sociología del consumo. Después, a partir de 1976, con El intercambio simbólico y la muerte,

Baudrillard se lanza hacia un proyecto de investigación sobre los modelos vicarios de experiencia que, discurriendo en el interior o paralelamente al desarrollo del pensamiento postmoderno, le situarían en la actualidad al nivel de importancia de un Jean-F. Lyotard como mínimo.

Lo que intentamos hacer ver es que la discusión en torno al oportunismo comercial de

Oublier Foucault no nos ofrece ninguna rentabilidad filosófica, aún en el caso de que efectivamente fuera una publicación oportunista. Nosotros entendemos que el discurrir de la obra de Baudrillard conducía inexorablemente hacia una crítica de las teorías del poder y que el momento de mayor gloria de Foucault era precisamente el más indicado para mostrar el punto de impertinencia histórica hacia la que, sin que nadie -ni siquiera Habermas- lo advirtiera, su trabajo se estaba deslizando.

“Algo entre líneas nos dice que todo está, desde ahora y por alguna parte, caduco...” afirma Baudrillard. El biógrafo de Foucault, David Macey, habla del artículo cuando investiga la repercusión de La voluntad de saber, publicado en 1976. Habla de dos posibles orígenes para el texto de Baudrillard. el primero se referiría a un grupo de investigación que habrían formado Foucault, Lyotard, Deleuze, Guattari y el propio Baudrillard, quien sería al parecer excluido por considerarse el texto que aportaba excesivamente agresivo para con Foucault, quien a fin de cuentas iba a liderar el colectivo. El segundo habla del texto como resultado de un intercambio de opiniones

para las páginas de Les Temps Modernes, un intercambio que finalmente no se produciría.

No sabemos cuál es el grado de probabilidad de ambas hipótesis, pero el artículo se publicó en Galileé y parece que Foucault no reaccionó demasiado bien a su lectura. Macey cita a Baudrillard en unas declaraciones realizadas diez años después:

“Leyó mi artículo. Hablamos de él durante tres horas. Me dijo que quería contestarlo, así que lo retiré de la circulación para que pudiéramos publicar nuestros textos juntos un día. Pero pasado un mes me dijo: No quiero contestarlo.Haz lo que quieras con él. De inmediato lo publiqué como un folleto y luego todo cambió. Foucault, que hasta entonces había seguido el juego, se puso furioso de repente. El título, que sin duda es provocativo, mucho más que el texto en sí, se interpretó como un ataque al poder intelectual de Foucault, que era enorme. Se me puso en una especie de cuarentena y aún sufro las consecuencias.”408

Curiosamente, el artículo no sería según su autor la causa de su fama sino más bien la de su ruina. Macey no está de acuerdo -seguramente porque no sitúa a la misma altura que nosotros la dimensión intelectual de nuestro autor- y critica los “términos hirientes” en que se producen los ataques a Baudrillard:

“La mayor parte del folleto no es más que una reiteración de sus tesis propias acerca de la seducción, los simulacros y lo hiperreal, pero consiguió la fama por su ataque a Foucault.” 409

En lo que coinciden todos los biógrafos es en que Foucault se sintió dolido con esos ataques, a pesar de que entre amigos, cuando le preguntaban por la consigna baudrillardiana, él dijera tener problemas en acordarse de “quien es Baudrillard”. Macey cree encontrar una alusión indirecta al

tema Baudrillard en alguna de las últimas obras de Foucault, concretamente en El uso de los

placeres, y en algunas conversaciones privadas. Siempre según Macey, se referiría sinceramente al hecho de no haber investigado el “simulacro del poder”. La razón por la que no lo hizo -ni pudo haberlo hecho nunca- ya la conocemos en la versión baudrillardiana, pero según lo que presuntamente Foucault decía respecto al tema, el poder es una cuestión demasiado compleja como para someterla a encasillamientos excesivos, que es como decir que le parecía tan estrecha la definición del poder en tanto que simulacro como la que lo entiende exclusivamente como dominación.

También Didier Eribon nos informa, aunque de manera todavía más sucinta, del efecto que sobre su maestro tuvo el texto publicado por Galileé:

“Por supuesto, cuando los ataques más abiertos se manifiesten, encontrará todavía la energía para encabritarse y asestar con una sentencia un golpe mortal contra el ensayista que pensó que con cincuenta páginas bastaba para poder hacer olvidar a Foucault.” 410

Por supuesto, Eribon se refiere a la irónica dificultad de Foucault para “acordarse de

Baudrillard”. Eribon relaciona el texto con otro aparecido en aquel momento, Le Pénis ou la

démoralisation de l´Occident, de Jean-Paul Aron y Roger Krempf 411, que se presentó entonces como el anti-Foucault. Pero el autor de La voluntad de saber tenía claro como desacreditar a tales enemigos:

Da la impresión de que Didier Eribon, foucaultiano de escuela y confesión, podría ser fácilmente salpicado por cierto comentario malvado pero interesante que, respecto a la glorificación de Foucault, realizó Baudrillard en Cool memories:

“Resulta paradójico que Foucault viviera su vida como si fuera malquerido y perseguido. Ciertamente, era perseguido por los miles de discípulos e industriosos aduladores que despreciaba sin duda en secreto (o al menos uno espera que así fuera), que lograron de forma caricaturesca que perdiera todo el sentido de lo que estaba haciendo. Olvidarlo era hacerle un servicio; adularlo era hacerle un perjuicio.” 413

Enigmático cruce de palabras. Quizá la clave está en entender hasta qué punto, aunque fuera de forma distanciada, admiraba Baudrillard a Foucault. Pero para ello es necesario acudir en profundidad a los textos. No parece que Eribon se haya preocupado de ello en exceso.

¿Una nueva era? Obsolescencia de las teorías del poder.

1. La era del consumo

Ya hemos apuntado en algún momento que una de las grietas que la moderna sociología postmoderna observa en el edificio foucaultiano se encuentra allá donde, al hilo de la explosión de la robótica y los media, va surgiendo toda una serie de nuevos sistemas de dominación que el utillaje conceptual del maestro francés no es capaz de atrapar. ¿No será porque, como afirma Baudrillard, Foucault está operando desde los confines de una época ya conclusa y que no es, evidentemente, la de los circuitos integrados y las emisoras de televisión universales? Algún foucaultiano diría que de eso ya se ocupaban otros -por ejemplo los de la “línea barthesiana”-, que Foucault nunca ocultó el carácter fragmentario y especializado de su discurso y que, en última instancia, su condición de “archivista” y “cartógrafo” se aviene más a temáticas relacionadas con prisiones, manicomios o clínicas. La visión baudrillardiana del problema navega en dirección contraria. Desde su perspectiva, Foucault no acude a todas esas cuestiones porque la lógica dentro de la cual se mueven queda fuera del campo de inteligibilidad de sus estructuras de análisis.

En su primeras obras -El sistema de los objetos, La sociedad de consumo414y Crítica de la economía política del signo415- Baudrillard focaliza sin titubeos el epicentro del problema:

“La civilización urbana es testigo de cómo se suceden, a ritmo acelerado, las generaciones de productos, de aparatos, de gadgets, por comparación con los cuales, el hombre parece ser una especie particularmente estable.” 416

Han pasado tres décadas desde que Baudrillard demandó una cartografía de todo ese nuevo universo, es decir, un sistema descriptivo capaz de nombrar todos esos objetos-signo que aparecen y desaparecen a velocidad descomunal y analizar las peculiares relaciones que establecen con los

sujetos. Tales relaciones, con toda su carga connotativa, alimentada por los sistemas de marketing, dan sentido hoy a los objetos cotidianos, que conducen fácilmente a la paradoja a cualquier teoría que los ubique dentro de la sociedad por las funciones que desempeñan y las necesidades que cubren.

Dentro de ese sistema de relaciones, ya lo hemos apuntado, es preciso atender al orden de la publicidad, clave sin la cual sería imposible la sociedad de consumo tal y como nos la encontramos. La publicidad, según Baudrillard, nace siempre de una trampa. Promete al individuo su integración en una cierta globalidad social que, desdoblada en “realidad” e “imagen”, termina a través del spot por desaparecer como realidad para presentarse exclusivamente como imagen. Ahí está la trampa: el sujeto se integra a un orden real, pero lo que a él se adapta con mirada maternal no es sino una instancia imaginaria.

El cambio de un modelo represivo a otro mucho más sutil, dotado de procedimientos invisibles y clandestinos, no afecta sólo a los sistemas de venta de las empresas. Como diría Foucault a partir de su estudio de las prisiones del XVII, son maniobras que van impregnando toda la vida de la sociedad. Tales técnicas ya no requieren un uso coactivo del poder. Se puede economizar en represión porque el consumidor interioriza, en el acto del consumo, la norma social. Lo más peligroso de todo este nuevo orden es la facilidad con la que se sustrae a la crítica. Los objetos-signo del mundo publicitario no son simples “representaciones ideológicas” encaminadas a mantener como ilegibles las estructuras sociales y de producción. Los nuevos objetos constituyen un código opaco, son signos y solamente signos precisamente porque no “significan” nada, carecen de la transitividad que en teoría les es constitutiva. Es ese misterioso vacío, esa paradójica debilidad, lo que permite al código extender sobre la sociedad su jurisdicción sin apenas hacer gasto en represión.

Extrañamente, el edificio se hace paradójico, pero a la vez, y por ello mismo, también irreversible. Por eso se desfonda el modelo dialéctico. En el orden publicitario ya no se deja cabida a ninguna negatividad; la estructura tiene como condición de posibilidad la mutación permanente y aparentemente desbocada, de ahí que, como tal estructura, no cambie nunca. De igual manera, su acelerada productividad tampoco es capaz de generar transformación social. El sistema publicitario nos vende una revolución por semana, monopoliza la revolución convirtiéndola en objeto-signo; en suma, la hace imposible.

“En cuanto que tiene un sentido, el consumo es una actividad de manipulación sistemática de signos.” 417

Deseos, proyectos, pasiones... todo se abstrae en signos y objetos cuyo destino es ser comprados y consumidos. El ejemplo que Baudrillard ofrece -la pareja- es meridiano. Existe para consumir toda una serie de objetos que, hasta ahora, habían sido los símbolos de la relación. Todo está lleno de referencias -“natural”, “asiático”, “femenino”...- precisamente porque nada tiene ni presencia ni historia, sólo se existe en tanto que signo.

Por todo esto, el consumo es ilimitado. Como no cubre necesidades, tampoco puede proporcionar jamás satisfacción, no puede alcanzar la saturación. Cualquier proyecto de vida queda

así aniquilado en los objetos sucesivos.

2. Simulación y simbólico

De todo lo que acabamos de explicar se infiere que Foucault dejó cojos sus análisis sobre las nuevas tecnologías de dominación, pero no que su utillaje conceptual hubiera quedado obsoleto. A fin de cuentas, el propio Foucault ya había explicado que los modernos procedimientos normalizadores, por su característica sutilidad, habían condenado al desuso los viejos métodos punitivos de las sociedades disciplinares. ¿Por qué no habría de poder integrarse a la sociedad de consumo cómodamente en ese orden de análisis?

Diez años después de El sistema de los objetos publica Baudrillard una serie de artículos reunidos en castellano bajo el título de Cultura y simulacro, donde trabaja ya descaradamente con conceptos que no son patrimonio del neoestructuralismo, es decir, conceptos “estrictamente baudrillardianos” y que pasarán a ser recurrentes a lo largo de su obra y hasta el presente. La lógica de la simulación, la precesión de los modelos, la indiferencia de las masas, la hiperrealidad, los fenómenos implosivos...forman parte de todo ese novedoso utillaje. Nos referiremos específicamente a tres de ellos, lo cual nos servirá para empezar a entender porque no es posible encontrar una línea definitiva de convergencia entre sus investigaciones y las de Foucault.

La simulación no es la mentira; tampoco la verdad, por supuesto. La simulación cuestiona la diferencia entre verdadero y falso, entre realidad y ficción. El ejemplo del enfermo simulado es muy claro: no estando enfermo “de verdad”, pero ostentando síntomas verdaderos, su condición destruye la lógica médica. En un sentido parecido habla Baudrillard de los iconólatras. Así como los iconoclastas rompieron las imágenes para no deshonrar a los dioses, los iconólatras reconocieron su muerte en lo idolátrico de sus representaciones. De alguna manera, sabían que los signos no representaban nada, por lo cual la empresa de desenmascarar su vacío podía ser sumamente peligrosa. Así, reducido lo trascendente a los signos que de él comparecen, todo se convierte en un gigantesco simulacro. Si al menos fuera irreal, tal y como pensaban los ateos, siempre quedaría la esperanza de restauración de lo real; pero lo simulado, al carecer de referencia, se da siempre a cambio de sí mismo, generándose entonces un circuito que ya no puede ser interrumpido. Sólo manteniendo la idea de representación se puede seguir interpretando la simulación como ideología o falsa conciencia. La posición de Baudrillard aquí es radical:

“..., la simulación envuelve todo el edificio de la representación tomándolo como simulacro.” 418

Íntimamente vinculado al de simulación, nos aparece el concepto de disuasión. Surgido a nivel periodístico en el contexto histórico de la Guerra Fría, Baudrillard cree poder extenderlo “en tanto que modelo de toda la sociedad”. Se trata de un proceso que ya da por abolido el modelo de vigilancia panóptico, aún sostenido por cierto en concepciones de origen orwelliano. La televisión no es un gran ojo de Dios encargado de vigilar y castigar proyectando su mirada sobre un espacio objetivo; lo que se instala es más bien un sistema de disuasión donde no cabe la escisión entre lo

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