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El olvido en la Biblia

En la Biblia, el pecado mayor que puede cometer el pueblo judío, elegido de Dios, supone olvidarse de Él. De este yerro se generan todas las otras faltas graves; una de las principales es serle infiel con otros dioses. Según la voz atronadora de Moisés, el castigo implacable que le puede sobrevenir al pueblo olvidadizo de Dios es el peor mal de la humanidad: la muerte. A la larga, esta supone también el olvido: «si llegas a olvidarte de Yahveh tu Dios, si sigues a otros dioses, si les das culto y te postras ante ellos, yo certifico hoy contra vosotros que pereceréis ...por haber desoído la voz de Yahveh nuestro Dios» (Deuteronomio 8.19-20). El acatamiento de la palabra del Señor implica entonces que el creyente tiene a Dios siempre en su mente:

«Guárdate de olvidar a Yahveh tu Dios descuidando los mandamientos, normas y preceptos que yo te prescribo hoy» (Deuteronomio 8.11).

El agradecimiento al Todopoderoso liberador, lo cual implica evocar los favores recibidos, es una de las virtudes que los israelitas deben cultivar: «cuida de no olvidarte de Yahveh que te sacó del país de Egipto, de la casa de servi- dumbre. A Yahveh tu Dios temerás, a él servirás, por su nombre jurarás» (Deuteronomio 6.12-13). Además, acor- darse de anteriores faltas al código sagrado ocasiona cum- plimiento del mismo, pues el temor a las consecuencias y a los castigos de las culpas previas guarda al pueblo judío del celo divino: «Acuérdate. No olvides que irritaste a Yahveh tu Dios en el desierto» (Deuteronomio 9.7). En fin, la ley divina transmitida por los labios de Moisés debe guiar a los israelitas de buena memoria en su marcha por el desierto hacia el territorio del maná.

El olvido se prefigura en Deuteronomio como la gran tentación de la Tierra Prometida. Yahveh libera a los israe- litas y promete darles «una tierra de torrentes, de fuentes y hontanares que manan en los valles y en las montañas, tierra de trigo y de cebada, de viñas, higueras y granados, tierra de olivares, de aceite y de miel, tierra donde el pan que comas no te será racionado y donde no carecerás de nada; tierra donde las piedras tienen hierro y de cuyas montaña extraerás el bronce» (8.7-9). Pero Dios omnisapiente reconoce que la abundancia es corruptora del corazón humano y advierte a su pueblo contra los errores que podrían provenir de vivir en medio de la riqueza. Uno de estos yerros es convencerse, por presunción, de que la prosperidad le vino de su propia mano y por sus propios méritos y no de la generosidad del Señor que lo protege y le entrega una tierra donde mana leche y miel. En caso de ignorar la magnanimidad divina, el pecado

capital de la soberbia poseerá al pueblo. De ahí vendrá la amnesia; es decir, que dejará de ser fiel y agradecido: «no sea que ...tu corazón se engría y olvides a Yahveh tu Dios que te sacó del país de Egipto, de la casa de servidumbre» (Deute- ronomio 8. 11-14). Nuevamente, la amenaza contra la vida y el recuerdo de su estado degradado de esclavos debe prevenir a los judíos contra la arrogancia.

Pero no es solo Dios quien inquieta a su pueblo con la maldición de la indiferencia o el aeternae mortis dampnatio. En la Edad Media la Iglesia disponía de la excomunión ritual: «el arma más afilada del arsenal eclesiástico de coerción usa- do solo en el caso de pecados mortales y faltas graves como asesinato, adulterio, bandolerismo, incendio premeditado, sacrilegio, robo en las iglesias y mutilaciones, usualmente en respuesta a la actitud rebelde del excomulgado» (Jaser 120; mi traducción). El rito consistía en una celebración públi- ca solemne, compuesta de elementos orales y gestuales, que dimanaba sanciones sociales y espirituales para el acusado. La Iglesia avalaba sus resoluciones amén de su poderío de tramontar del dominio terrenal al divino con la autoridad evangélica que Jesús le concedió a San Pedro: «lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mateo 16.19).

El rito de excomunión se componía de las siguientes fór- mulas: 1) la mención del sujeto condenado, de sus culpas y de la legitimidad del acto y el recordatorio del poder tempo- ral y espiritual de la Iglesia; 2) la invocación de la Santísima Trinidad, los apóstoles, los santos y otros seres celestiales para solicitar su legitimación y cooperación en la ceremonia; 3) la pronunciación de palabras para imponer la excomunión o el anatema; 4) las maldiciones como actos de habla para infligir perjuicios en el reo y desearle la mala fortuna de anti- héroes bíblicos como Judas Iscariote, Herodes, Poncio Pila-

tos o Simón el Mago y de persecutores de cristianos como Nerón o Julián el Apóstata, y, al final, 5) un acto físico de impacto: la extinción de cirios. Un grupo de sacerdotes que rodeaba al obispo arrojaba las candelas al suelo y las pisotea- ba como símbolo de la extinción espiritual del excomulgado. Las acciones agresivas de lanzar las velas al piso y de hollar la luz de la llama implican separación y maldición. Representan gestos violentos de distanciamiento, ajustados a los efectos de marginalización de la excomunión (Jaser 123-26).

El rito de la excomunión demuestra que el evento impli- caba la retórica de la separación, de la exclusión y de la desaparición. Las imprecaciones transmitían la noción del olvido activo y voluntario (Jaser 126); de hecho, algunos rituales incorporaban el verso bíblico: «cercene de la tierra su memoria» (Salmo 109.15). Este repudio se hacía extensi- vo hasta la eternidad con la impetración de que se eliminara el nombre del excomulgado de los registros celestiales: «del libro de la vida sean borrados, no sean inscritos con los jus- tos» (Salmo 69.29). A estos sujetos apartados se les debía negar en la vida diaria el saludo, el trato, el afecto, la oración y la comunión. Así, la excomunión conduce a la pérdida de la gracia divina y, en el plano terrenal inmediato, conlleva la separación del creyente de la fraternidad cristiana y del cuerpo de Cristo, el cual es la Iglesia. El arrepentimiento y la reparación de la culpa, no obstante, pueden devolver al excomulgado al camino de la salvación y de la reconciliación con la comunidad.

El cristianismo, ciertamente, ofrece un ángulo positivo del olvido a través de la magnanimidad de Dios: «cuando perdone su culpa, y de su pecado no vuelva a acordarme» (Jeremías 31.34). Según Davidson, si los seres humanos bus- can la similitud de su proceder con el de la divinidad, deben otorgar clemencia a sus deudores cuando estos la pidan. En

la naturaleza del perdón se encuentra el dejar pasar la ofensa, aceptar de nuevo al agraviante e identificarnos tanto con él como con su actitud penitente. Mientras más nos reconoz- camos en el deudor menos propensos estamos a recordar su falta. Así, el olvido sucede de manera natural cuando la conservación de esta memoria no posee motivo ni propósito vital (73). Para Davidson, este acto imita las cualidades divi- nas del perdón y del olvido: «Y de sus pecados e iniquidades no me acordaré ya» (Hebreos 10.17).

En suma, en la Biblia y en los dos casos literarios repasa- dos, el olvido es un crepúsculo fatal que crea una distancia insalvable entre el ser humano y lo olvidado. En Deutero- nomio, la desmemoria aleja el sentimiento de piedad del corazón de Dios. En La Odisea las amnesias temporales pro- ducen en el héroe y sus compañeros de viaje el abandono de su meta de navegar a Ítaca, lo cual figura la reprobable negligencia de la patria y de los seres queridos en la isla. El episodio de Circe connota la degradación de los hombres en estado amnésico. Solo después de caer bajo el maleficio del manjar del olvido, la hechicera convierte a los acompañantes de Ulises en cerdos y los echa en la pocilga. En Cien años de

soledad, la malsana amnesia trepidante es consecuencia de

una enfermedad contagiosa proveniente de la nación guajira; la novela sugiere que la pérdida de la identidad y el cretinis- mo de los habitantes de Macondo principiaron en los pue- blos amerindios, de donde los personajes indígenas deben huir para frustrar la supresión de la memoria cultural.

Los remedios contra la declinación mental en Macondo son, además del elíxir milagroso del gitano Melquíades, el daguerrotipo porque atrapa las imágenes de una realidad fugaz y el canto porque permite recrear las noticias pasaje- ras de otros espacios distantes. La relación olvido/soledad/ muerte/ en contraste con recuerdo/amparo/vida se perfila

en este episodio de la novela en que la ausencia de la muerte es el factor que, en última instancia, atrae a Melquíades al pueblo. El gitano, procedente de la región de los muertos, de donde se exilia por la soledad, elige como destino el pueblo de los Buendía, en cuyas fronteras no ha muerto nadie.

En la tradición judeocristiana, también se establece la relación olvido/soledad/muerte, pues el descuido hacia Dios, la peor ofensa judía para con su Liberador, puede acarrear el perecimiento de los israelitas. Por el contrario, el cumpli- miento de la ley divina, entregada a Moisés gracias a la alian- za que Yahveh entabla con sus elegidos, garantiza la fidelidad a Dios y, en consecuencia, el pueblo puede ganar Su compa- ñía para conducirlo por el desierto, victorioso sobre el peca- do. Por otro lado, en la Edad Media, el ritual de excomunión amenazaba al condenado con desaparecerlo tanto en el sen- tido mundano como en el sentido escatológico. En general, el olvido produce alejamiento, dolor, soledad, degradación y vacío y puede constituir para el ser humano maldición y muerte eterna o aeternae mortis dampnatio.

Más allá de conocer la catástrofe del olvido a través de los pobres vestigios de Losar en los Andes, fray Diego de Ocaña sufre en carne propia el olvido con la soledad y el dolor que esa negligencia acarrea. Irónicamente, al no recibir noticias ni respuesta a sus pedidos reiterados de estampas de la Virgen, que desea vender en Potosí, el monje se lamenta del olvido en el que cae en su propio monasterio, en la ahora ya muy lejana puebla de Guadalupe:

Y en esta ocasión no puedo dejar de quejarme del descuido, de la casa de Guadalupe, que tuvieron en enviarme algunas cosas que yo envié a pedir, en particular las estampas; que si a esta sazón tuviera yo en Potosí, sobre la mesa donde estaba, veinte mil o treinta mil estampas, todas las gastara,

porque cada uno la llevara para tenella en su aposento. Y por cada una, lo menos que podían dar era un peso de plata, que son ocho reales. Ya lo envié a pedir muchas veces y no me lo enviaron. Y en tres años primeros, no recebí una carta

de mi convento, que me causaba desesperación, por enten- der que no se acordaban de mí o no hacían caso de lo que

yo trabajaba y del cuidado que ponía en servicio de la casa (158v-159r; el énfasis es mío).

Al descuido explícito de los hermanos jerónimos se contra- pone el cuidado expreso de Ocaña en servir la Casa en la que aquellos moran. La incuria de los monjes al no enviarle lo pedido con reiteración, contrasta con su trabajo enérgico y persistente, incluso en la diligencia de la misma solicitud de estampas que hizo «muchas veces». A la quietud y al silencio de aquellos se oponen la desesperación y la queja de este. El olvido de los ex compañeros es inverso a la memoria del fraile que los recuerda, como testimonia el texto, y anhela reciprocidad en forma de cartas.

Ocaña, sin embargo, no tilda al santuario de lugar de olvido porque, como ya reconoció Elena Altuna, el cenobio cacereño, arropado en las Villuercas, supone la Madre, el hogar, los hermanos («En todo este viaje» 136-37). En lo que compete al trabajo del fraile en el Nuevo Mundo, la institución mariana es el centro colonial de control y de apoyo a lo establecido; supone una extensión del poder central. Para el jerónimo, no obstante, el recinto de su dis- tante y añorada familia religiosa es un espacio idealizado, el contrapunto de la brega, el punto de retorno para el reposo, mientras lidia y transita con afán los desolados senderos infi- nitos de las Indias.

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Las batallas contra el olvido y el arte de la memoria

Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.

Jorge Luis Borges, «Cambridge» Juan Velázquez de Azevedo es el primer tratadista espa- ñol de la memoria. Su obra El Fénix de Minerva y arte de

memoria (Madrid 1626) lleva el espaldarazo de Lope de Vega

en una nota preliminar: «No puedo (tan brevemente como v. m. pide) decir lo mucho que he estimado este libro, y quan cierto estoy que ha de ser muy útil, por ser tan ingenioso, y tener asunto tan peregrino». El libro se publicó en época muy próxima a la de fray Diego de Ocaña, pero posterior a su muerte; sin embargo, como hizo ver Aurora Egido, esta «historia del arte de la memoria confirma el conocimiento que de la materia se tenía en España en sus vertientes retó- rica, filosófica y hermética» («El arte de la memoria y “El Criticón”» 37). Así, las nociones tratadas no pueden conside-

rarse novedosas, pese a que Lope de Vega alaba «lo peregrino de su asunto». Tanto el poeta y dramaturgo como «el autor del libro conocían perfectamente la invasión de la memoria artificial en las retóricas» (Egido, «El arte de la memoria y “El Criticón”» 36). Uno de los aspectos en que, a mi juicio, la obra de Velázquez de Azevedo sobresale entre los tratados europeos del tema es que no solo se ocupa del arte memo- rístico, sino que también dedica unas páginas enjundiosas al olvido. Sus estudios de este asunto son de utilidad para exponer el concepto de olvido que se manejaba en España, por lo menos, a fines del siglo XVI y a principios del XVII.