sea su idiosincrasia. Además, en el conocimiento y
en la capacidad de adaptación de cada persona a su
propia naturaleza estriba no solo el mayor acerca
miento posible a la verdad, sino también la manera
más sabia de vivir.
Tras una década de retiro con la intención de dedicarse a la vida contem plativa, M ontaigne entendió que la dedica ción a la dirección de su hacienda no solo no le producía placer, sino que tam poco le dejaba vivir con tranquilidad: «Las molestias ordinarias nunca son leves. Son continuas e irreparables, en especial cuando surgen de los m iem bros de la casa». Así pues, los avatares del trato familiar — la m uer te de cinco de los seis hijos habidos de su m atrim onio fue un duro golpe— y la gestión de su dom inio lo absorbían e inquietaban tanto com o antes lo había hecho su puesto en el tribunal del Parlam ento de Burdeos. El m atrim onio y la vida dom éstica le resultaban m onótonos e incluso molestos: «El m atrim onio tiene a su favor la utilidad, la justicia, el honor y la constancia: un placer aburrido, pero uniform e», se lee en sus Ensayos. E incluso: «H ay pocas [mujeres] cuya salud no m ejore en la viudez, y la salud es una cualidad que no puede m entir». Su hacienda funcionaba bien, todo esta ba organizado y en orden, y no requería de su presencia y control constantes.
EL VIAJE COMO MÉTODO DE CONOCIMIENTO
vSi
para M ontaigne la vida era m ovim iento y su aprendizaje no podía hacerse solo a través de los libros, es fácil com pren d er la im portancia que para él tenían los viajes en la form ación de su espíritu, p o r proveerle de un verdadero contacto con la realidad estudiada, la vida hum ana en cual quiera de sus manifestaciones. Y en esos m om entos en que sentía el hastío de la vida dom éstica, se planteó que tal vez había precipitado su decisión cuando o p tó p o r jubilarse e iniciar la preparación anímica e intelectual para la m uerte antes de tiem po; ahora se encontraba más lúcido y desde luego con ganas de vivir. P o r otra parte, pocos años atrás había em pezado a sufrir cólicos nefríticos que no rem itían a pesar de que siguió varias curas en estaciones term ales del sur de Francia. Y el hecho de que esta dolencia hubiera sido la causante de la m uerte de su padre acentuó su preocupa ción, e influyó sin du d a en la decisión d e intentar aliviarla m ediante otros tratam ientos term ales en lugares de presti gio com o Plom biéres, en Francia, o Lucques, en Italia. Así pues, en 1580 em prendió un viaje que duraría casi dos años y del que dejaría constancia en su ob ra Diario de viaje a Italia, por Suiza y Alem ania. Sus experiencias con otras so ciedades y visiones del m undo serían para M ontaigne ver daderas pruebas de laboratorio en la investigación sobre la verdad hum ana a la que dedicó su vida.Es preciso tener en cuenta que el mism o año del inicio de su periplo se publicaron en Burdeos los dos prim eros tom os de sus Ensayos, en una edición que él mismo había revisa do y costeado. Una vez cum plido su objetivo, M ontaigne, inquieto p o r naturaleza, sintió la necesidad de cam biar de aires: «N o veo nada, ni siquiera en sueños ni con el deseo, do n d e pueda detenerm e. Solo me satisface la variedad».
O tro hecho contribuyó a ponerle en marcha, concre tamente hacia Parts: el rey de Francia, Enrique 111, había declarado su intención de asediar La Fére, una plaza fuerte que estaba en posesión de las fuer
zas protestantes. Montaigne, en su
A quienes me preguntan
condición de «gentilhom bre ordi-
la razón de mis viajes les
nario de la cámara del rey», se sin-
contesto que sé bien de
tió llamado a apoyarle.
qué huyo pero ignoro lo
Así, el
22
de junio de1580,
trasque busco,
confiar a su esposa la adm inistra- En s a y o s
ción de sus bienes, se alejó de su
refugio en la torre del castillo de M ontaigne para dirigir se, en prim er lugar, a cum plir con su deber: ofreció al rey un ejem plar de sus Ensayos y, a continuación, se alistó en su Ejército. Tras un mes de lucha cayó m uerto en com bate un buen amigo suyo y estrecho colaborador del m onarca, Philibert d e G ram ont. U na vez term inadas sus exequias, sin esperar a la victoria que ya se preveía como inm inente, M ontaigne se puso en m archa hacia Plom biéres, y después hacia Roma, a través de Alemania, A ustria y Suiza. Le acom pañaban en su travesía su herm ano pequeño, su cuñado y otros dos jóvenes nobles, todos ellos de unos veinte años, así como los sirvientes d e cada uno d e ellos. El hecho de que viajara en com pañía le obligó a m antenerse la mayoría de las veces d en tro del rum bo que habían acordado, y cuyo desarrollo fue narrad o en el ya citado diario de viaje, en el que M ontaigne se expresó en to n o ligero, desenfadado y ameno acerca de su paso p o r Venecia, Padua, Ferrara, Flo rencia o Roma.
Además d e sus observaciones de todo tipo sobre los luga res visitados, las páginas del diario relatan m inuciosam ente la evolución del estado d e salud de M ontaigne y, en conse cuencia, los avatares d e las piedras de sus riñones, así com o
los detalles d e sus curas: cuántas aguas calientes, tibias o frías, tom adas com o bebida, en baños o en duchas, había recibido, qué efectos produjo cada rem edio... La lectura resulta placentera, ya que el autor se perm itió desplegar en esta pequeña obra toda su alegría de vivir, ingenio, ironía y capacidad d e observación. Pese a las fatigas del viaje y a la recurrencia de sus crisis renales, M ontaigne m ostró en este diario una fuerte constitución física (resistía bien las largas cabalgatas y prefería viajar a lomos de un caballo que en cualquier otro m edio de transporte de la época). También dio pruebas de su espíritu alegre y optim ista, en ocasiones más juvenil que el de sus acom pañantes a pesar de la dife rencia de edad.
Un escritor de vocación cosmopolita
M ontaigne disfrutaba de todas las novedades, en especial de la buena mesa, del contacto con los habitantes d e cada lugar y de la observación de sus costum bres. Su m anera de viajar m uestra así a un hom bre original en su época (el co n traste con sus acom pañantes resulta a este respecto muy ilustrativo), q ue no se sentía particularm ente atraído p o r los destinos d e renom bre, com o los lugares más conoci dos de Roma, ni siquiera excesivam ente p o r las ruinas o las obras de arte en sí. N o buscaba reconocer in situ lo que ya conocía p o r los libros o los testim onios de otros, sino que quería observar y experim entar detalles de orden antropológico. Buscaba la novedad, lo sorprendente, las form as de vida distintas a las que ya conocía y que no con sideraba m ejores ni peores: «Las costum bres de países ex tranjeros m e producen placer solo p o r su diversidad. C ada costum bre tiene su razón d e ser». O bservó, p o r ejem plo,