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Operaciones mediáticas

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III. CAPÍTULO 3: VIOLENCIA MEDIÁTICA /

III.III. Operaciones mediáticas

Para pensar en las lógicas de la V.M.G. inscriptas en procesos comunicacionales, debemos entender que estos son -de manera sistemática e integral-, cruce de estrategias plurisignificantes, multicondicionadas y contradictorias (Velleqquia, 1995) donde se crean espacios para la reproducción y también para la resistencia dentro de los sistemas de construcción cultural en su modalidad discursiva. Esto no quiere decir que el sistema mediático, donde veremos cómo se reproduce la violencia de género en su modalidad mediática, contemple en el marco de su propia génesis espacios para su desestabilización; sino que para sostener su hegemonía discursiva el mismo sistema mediático habilita espacios de crítica y supuesta vanguardia, a fin de enmarcar estas expresiones bajo los códigos de lectura ya presupuestos.

Ayala (2010) desarrolla una línea de indagación centrada en el tratamiento informativo diferenciado entre hombres y mujeres que recuperamos como puntapié para identificar, describir y configurar una serie de dimensiones y mecanismos que conforman las lógicas de la V. M. G.

48 http://palermonline.com.ar/wordpress/?p=42869 Tratamiento de la violencia de género en radio

y televisión: todas las claves.

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Sintéticamente alude a las representaciones de la mujer (como objeto sexual de consumo o trofeo, responsable de la limpieza y crianza de hijos/as; compradora compulsiva) y a incurrir en juicios sobre su modo de, visibilizar un único modelo de belleza, normalizar la división sexual del trabajo, adjudicar características especificas del “ser mujer”, revictimizar a la persona que fue víctima de violencia, e invisibilizar desigualdades sociales. Entendemos que desde este enfoque estatal/institucional no habría una clara distinción entre los niveles de respons abilidad diferenciales de estos ejercicios, y tampoco alguna relación de causalidad explicable entre ellos (aunque sí de interdependencia).

En 2002 las autoras observaron detenidamente ámbitos significativos de la producción periodística gráfica50, a fin de indagar sobre la “cultura profesional periodística” respecto de las desviaciones en el tratamiento diferenciado por razón de género. Producto de esta investigación publicaron La prensa por dentro. Producción informativa y transmisión de estereotipos de género (2002) donde identificaron diferentes niveles de responsabilidad en la reproducción de estereotipos. Así, las dinámicas profesionales fueron registradas en cuatro niveles:

1. Mecanismos debidos a la organización empresarial.

2. Mecanismos debidos a la cultura profesional periodística. 3. Mecanismos debidos al contexto sociocultural.

4. Mecanismos debidos a la idiosincrasia particular de cada periodista.

Indistintamente respecto de la numeración, los cuatro niveles dan cuenta interdependientemente de un tratamiento informativo asimétrico para hombres y mujeres que predispone las condiciones para la reproducción de estereotipos de género. Consideramos dicha clasificion para el estudio de los tres subgéneros periodísticos analizados: Los comentarios, las columnas y los llamados de oyentes.

Comenzaremos por el primer nivel planteado por Ayala, el de los mecanismos vinculados a la organización empresarial, donde se parte de la condición de un colectivo de periodistas que trabaja en el marco de una estructura jerárquica. La radio como sistema de comunicación puede definirse a través de la interrelación de las dimensiones política, técnica y discursiva (Velleqquia, 1995), ubicándose como campo mediático en un mercado simbólico entre intereses intelectuales y comerciales (Bourdieu, 1990). En ese marco es fundamental conseguir prestigio o respeto de los superiores y pares, y prestigio personal en tanto profesionales competentes (Ayala, 2010). Para eso los y las periodistas deben construirse una imagen, defenderla en todas las instancias y específicamente en el consejo de redacción, negociar temas que interesen y a la vez, defender sus secciones.

50 Los consejos de redacción de mañana y tarde, las dinámicas de las diferentes secciones, el labor de los periodistas en el cumplimiento de su trabajo, y el momento de cierre (Ayala, 2010).

Ayala explica que los temas de género –si están bien presentados y defendidos–, tienen asegurada su publicación, considerando siempre el criterio de hechos significativos o no a la hora de quedar dentro de agenda, o en la periferia informativa (Ayala 2010, p. 29).

Evitar el tratamiento de temas de relevancia para el pleno ejercicio de los derechos humanos y su impacto en la vida de las mujeres, omitir enfoques críticos sobre su incumplimiento, o presentarlos desde un tratamiento sensacionalista para darles carácter de relevancia informativa, constituyen uno de los condicionamientos empresariales más habituales en el campo.

Estamos hablando de una lógica de producción donde el género aparece como

aggiornamiento de las agendas con el objetivo de ampliar audiencias, mediante el agregado de soft news o temas rosa, temas de mujeres.

Esta lógica descripta a su vez también se relaciona con aquella que incorpora al género como principio editorial basado en la ilusión representativa propia del liberalismo ilustrado, donde garantizar el cupo sexista de un hombre y una mujer (mediante las conocidas parejas mediáticas) supondría una equidad mediática. Es en este mismo acto de ilusión óptica las empresas mediáticas se inscriben como precursoras en la incorporación de la perspectiva de género en sus principios editoriales y cumplen con el mandato de lo políticamente correcto, (como respuesta a los contundentes registros mundiales de la inequidad en el acceso, permanencia y reconocimiento de periodistas mujeres en los medios), creyendo que con esto resuelven una de las dimensiones más importantes del asunto, si hablamos de una real incorporación de la perspectiva de género en el sistema mediático.

El Monitoreo Global de Medios (GMMP, 2010-2015) es un estudio comparativo de alcance global realizado en 114 países desde 1995, con una periodicidad de 5 años. En 2015 reveló que sigue existiendo una enorme disparidad entre la representación de las mujeres y los hombres en los medios de comunicación y que en todo el mundo las mujeres constituyen aproximadamente el 50 por ciento de la población general, pero sólo el 24 por ciento de las personas que se ven en las noticias, sobre las que se lee en los periódicos, o se escucha en la radio y la

televisión son mujeres, exactamente el mismo nivel encontrado en el informe de 2010.

Si bien estos datos son actuales, es interesante aclarar que en nuestro país la mayoría de los datos no se modificaron con relación con 2010 (más cercano a la fecha de nuestro corpus). Los resultados de Argentina están en correlación con los de América Latina, una de las regiones donde más se ha avanzado, ya que según el informe: “Hay marcadas diferencias regionales en la presencia general de las mujeres en las noticias. América del Norte mantiene su posición como la región con las menores diferencias entre sexos en los medios (36 por ciento), mientras Oriente Medio tiene la brecha de género más amplia (18 por ciento). América Latina es la que ha disminuido de manera más drástica la brecha de género en los últimos veinte años, pasando del 16 por ciento en 1995 al 29 por ciento en 2015” (Santoro, 2015).

Ayala explica al respecto (2011) que en las inercias informativas, las rutinas periodísticas, la elección de los profesionales y los mecanismos de selección de la información continúan primando los acontecimientos protagonizados por hombres y es muy evidente que los medios de comunicación priorizan las actividades masculinas. Remarcará la autora que “Las mujeres solo aparecen cuando pueden lucir como adorno y ornamento, dando brillo y esplendor a las páginas de cultura, y ligereza y morbo a las de la crónica social” (2011: 230).

Marcela Gabioud, vicepresidenta de la Asociación Mundial para la Comunicación Cristiana-América Latina (WACC-AL), y encargada de la aplicación del monitoreo en Argentina resalta el problema de la sobre e infrarepresentación. Dirá la especialista que:

“La casi paridad entre los presentadores de televisión en todas las categorías de edad que se documentaba en 2010 ha sido sustituida por una significativa sobrerrepresentación de mujeres jóvenes como presentadoras. Sin embargo, ha surgido actualmente una importante infrarrepresentación (29 por ciento) de las mujeres en la franja de edad de 50-64 años, y la completa desaparición de las mujeres a los 65 años” (Gabiud en Santoro, 2015).

Para la colega, si bien hay más presencia femenina en algunos medios, en otros como los digitales no, y queda todavía por modificar la estructura de los medios para que haya más mujeres en lugares de decisión editorial que le aporten una mirada singular al modo de enfocar lo publicable. Este punto es nodal porque estamos hablando de presencia, cuando verdaderamente necesitamos un paso previo de formación en perspectiva de género y feminista, y condiciones laborales que garanticen la continuidad y ascenso de las periodistas al ejercer la tan mentada “mirada singular” en sus espacios de trabajo.

En este contexto algunas experiencias son realmente hallazgos, donde las maneras de incorporar la perspectiva de género crítica se presenta mediante espacios excepcionales como columnas de opinión sobre género, con periodistas especializadas, o informes puntuales que abordan en profundidad –pero esporádica y descontextualizadamente-, aspectos de los derechos humanos de las mujeres e identidades de género.

Aquí se nos presenta también la paradoja de que muchas veces los mismos medios que son foco de severas críticas por su sesgo sexista en la producción noticiosa referida a violencia feminicida se constituyan en fuentes privilegiadas para elaborar los informes. A esto nos remite Castro Vásquez cuando alude a la hipocresía mediática de los medios que luchan contra la V.G. pero ejercen V.M. (2010: 109).

Sin embargo estas no son las únicas manifestaciones que conocemos como sutiles Violencias Mediáticas en el mundo de las empresas periodísticas. Otro mecanismo interesante se presenta cuando las líneas gerenciales y los directivos de sección utilizan el argumento de la censura a la libertad de expresión como estandarte para excusarse por el ejercicio de violencias mediáticas. Sancionar la difusión de mensajes e imágenes estereotipados que de manera directa o indirecta promuevan la explotación de mujeres, injurien, difamen, discriminen, deshonren, humillen o atenten contra la dignidad de las mismas, como así también la utilización de mujeres, adolescentes y niñas en mensajes e imágenes pornográficas, legitima la desigualdad de trato y construye patrones socioculturales reproductores de la desigualdad. En este sentido no hablamos de censura sino de intervención sobre un contenido y unas modalidades nocivas para

la ciudadanía, que a su vez son generadores de impunidad respecto de otras modalidades de la violencia contra las mujeres.

La intervención proteccionista de los estados en esta cadena de reproducciones infinitas es un ejercicio de soberanía comunicacional y de defensa de los derechos ciudadanos de las mujeres y de toda la comunidad en su acceso y goce de la información como un derecho humano. Presentar esta reglamentación como una censura es autojustificar el ejercicio de V.M.G. en base a la libertad de empresa y por lo tanto, anteponer intereses lucrativos o ideológicos en una práctica que es ejercicio del poder desde la palabra pública mediatizada.

Ya en el nivel de los mecanismos vinculados a la cultura profesional periodística debemos situar con más precisión el contexto de producción mediática latinoamericano, ya que dista mucho del europeo. Aún así reconocemos similitudes en este nivel cuando la autora señala que es aquí donde se localizan los valores, creencias, procedimientos y rutinas profesionales (Ayala, 2010).

Ayala parte de la neutralidad de la información como principio aún valorado en la cultura periodística, y entiende que este es el contexto donde se interpretan ciertas actuaciones y criterios profesionales como sutilezas terminológicas que exceden el principio de universalidad de la labor periodística. En esta lógica se desconoce que la pertenencia a un sexo determina la socialización de género, y este desconocimiento condiciona la función de mediación (periodística) entre los hechos generales y el público.

En un trabajo posterior sobre la presencia de mujeres en las secciones de cultura de la prensa, la autora (Ayala, 2011) discute sobre el presupuesto de que “el talento no depende del sexo”. Esta omisión del carácter sexo-genérico de las prácticas de socialización y educación (y su correlato en la profesionalización de las disciplinas) se condice con lo que planteáramos en el capítulo 3 sobre la omisión del género en cuanto perspectiva que transversaliza la práctica mediática. Desconocer el carácter sexo-genérico de la comunicación es, en el mismo acto, un ejercicio de violencia de género en la mirada, es situarse en un paradigma que naturaliza la discriminación por género.

Volviendo al planteo sobre el talento, Ayala dirá que algo tiene que haber de anómalo en el hecho de que ese talento se decante en un porcentaje tan

considerable de cara al lado masculino. Si pensamos el talento como atribución de excelencia que está “condicionada por convenciones, ideas, interpretaciones, creencias y situaciones diversas” (Ayala 2011, p. 223) no podemos desconocer que lo que se valora como arte o, en general, a la creación, está sometida a intereses políticos, ideológicos, circunstanciales, publicitarios, de conveniencia, etc. Esta asociación entre talento y atribución de excelencia –y su vinculación a criterios de legitimación propios del campo de la cultura–, llevan a la autora a hablar de una infrarepresentación femenina en el mundo cultural como un factor de base para la posterior baja presencia de mujeres en los medios de comunicación.

Ya en el plano de la cultura profesional vemos como la focalización en unos pocos escenarios excluye y elimina muchos otros ámbitos que habitualmente no son foco de la mirada informativa (2010, p. 30). Estas operatorias dan lugar a la

deslegitimación ideológica de los temas de género (que mencionamos anteriormente) como un poderoso mecanismo que actúa para disuadir y señalar de falta de profesionalidad a quien insista sobre este/estos temas (2010).

Lo anterior puede también encontrarse en la producción de Castro Vázquez (2010) quien construye una serie de indicadores para referirse a la visión estereotipada de los papeles sociales de género en la cultura mediática. Analizando la representación lingüística de mujeres y hombres en los informativos de prensa, plantea un abordaje en dos niveles bajo la metodología del análisis crítico del Discurso Feminista (Lazar, 2005).

El primero consiste en el análisis de la norma lingüística, las reglas lingüísticas que gramaticalizan la diferencia sexual en el lenguaje. El segundo nivel que nos interesa es el del discurso. Allí se propone abordar las actitudes y comportamientos empleados en el uso del lenguaje al hablar de hombres y mujeres (valores, puntos de vista).

La autora parte de un diagnóstico conocido como el de la infrarepresentación de las mujeres entre un 20 y un 30% en la prensa (ausencia/presencia); el protagonismo asimétrico y la ley de inversión; la familiariedad, intimismo y coloquialidad en el modo de nombrar a las mujeres; la minusvaloración del perfil profesional, y la identificación de la mujer con la maternidad. Todos estos son

entonces indicadores de la visión estereotipada de los papeles sociales de género en la cultura mediática.

Es interesante en esta dimensión de cultura profesional poder pensar sobre la

minusvaloración del perfil profesional para indicar lo que la autora identifica en el nivel del lenguaje como el uso del artículo “la” desde una valoración peyorativa y condescendiente (2010; 102), cuya correspondencia a nivel discursivo se da con la comparación de las mujeres profesionales a sus colegas varones en cuanto a logros alcanzados, y la focalización en ellos aunque el tema central de la nota sean los alcanzados por las mujeres.

La autora identifica una serie de pasos que numeraremos para sintetizar su propuesta y demostrar el encadenamiento lógico de estas retóricas (2010; 102):

1. Se minusvalora profesionalmente

2. Se relaciona a la mujer con un hombre, relegándose a un papel secundario frente a la importancia del sujeto masculino. Así se construye una figura de dependencia y tutela.

3. A la par, se oculta la agencia y capacidad de acción de las mujeres. Se las infantiliza y describe como indefensas, y se las victimiza, al mismo tiempo que desempoderándolas (actitud paternalista)

4. Se les describe por el modo de vestir o los rasgos físicos (atributos corporales). Se construye un papel de mujer objeto erotizado, cuando es irrelevante para el tema en cuestión. Se frivoliza la imagen de la mujer en función de cánones de belleza. Esta objetualización sexual suele verse matizada por la interacción del género con otras variables como la raza, la orientación sexual o la clase.

Esto fomenta la interiorización de modelos de género sexistas, anula el autoestima, presenta modelos identitarios que reducen las expectativas femeninas, afianza patrones de dominación y violencia (2010: 106).

Partiendo de la relación que establecen los discursos analizados con sus condiciones de producción, podemos decir que esas articulaciones se corresponden con lógicas del campo mediático (en su carácter técnico y político), con particularidades del campo socio-cultural (en lo que respecta a la dimensión

sexo genérica de las relaciones sociales); y/o con un nuevo ámbito de prácticas discursivas que se fundan en la intersección entre ambos. Proponemos entonces tres conceptos centrales: El tiempo de la palabra en radio, las categorías profesionales y el sistema de ubicaciones.

a) El tiempo de la palabra

El Consejo Audiovisual de Andalucía (C.A.A.) realiza desde 2009 informes anuales con el propósito de contribuir a mejorar la representación de la mujer en los servicios de comunicación audiovisual. Como aportación para los medios públicos disponen de un instrumento útil que les permite autoevaluarse y comprobar si las medidas de corrección que pudieran adoptar para mejorar la representación de hombres y mujeres en sus informativos consiguen el efecto deseado.Tal y como consta en el Informe de Recomendaciones 2014, y en consonancia con lo que venimos presentando:

“El seguimiento y análisis de la imagen que de hombres y mujeres proyectan los programas informativos es uno de los indicadores más empleados en el mundo para evaluar la igualdad en el sector de la comunicación, un ámbito clave en la estrategia impulsada por Naciones Unidas y la Unión Europa mediante el Plan de Acción de Beijing” (Recomendaciones RTVA, 2014).

Estos informes analizan las intervenciones y los tiempos de palabra masculinos y femeninos que ofrecen los telenoticiarios de la RTVA en las noticias y a lo largo del año. Concluyen en que se siguen reforzando estereotipos de género, ya que hombres y mujeres aparecen transmitiendo imágenes que naturalizan la existencia de ámbitos femeninos y masculinos que se corresponden con los roles sexistas tradicionalmente atribuidos.

Para el Consejo son relevantes tres indicadores, sobre los que pueden incidir directamente los medios de comunicación adoptando medidas correctoras: el tratamiento informativo a las competiciones deportivas femeninas, la acusada tendencia a acudir a hombres para analizar y juzgar la actualidad informativa (en

calidad de personas expertas), y la tendencia a no identificar a las mujeres entrevistadas (Recomendaciones RTVA, 2014).

En estos informes51 se entiende que la brecha de género queda patente cuando se analizan los tiempos de voz de hombres y mujeres en los asuntos que han tenido más trascendencia mediática. Así toman como variable la Distribución por sexo de los tiempos de palabra (2010-2011) y analizan el número de intervenciones y la duración en términos absolutos y relativos, desglosadas por prestadores, como así también los tipos de rol que asumen los actores: institucionales, políticos y no políticos.

b) Quienes hablan y a quienes (La ética del cuidado)

López Diez trabaja la representación de las mujeres en las noticias en tanto personas mencionadas y periodistas, desde las variables de entrevistadas y tiempo hablado (2001). Aquí podemos distinguir que la autora sibien trabaja los tiempos de la palabra citados anteriormente, añade una categoría más que es la de “periodistas” en vinculación con el tiempo hablado.

López Diez indica al respecto que el segundo aspecto a considerar de cada unidad

de análisis o noticia es la representación de género, lo cual “va a remitirnos tanto de las personas productoras del discurso como de las personas objeto de la información, atendiendo la variable género”. López Diez llamará a las primeras

categorías profesionales (2001; 2005). En lo que respecta a los sujetos

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