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Figura 2.8 América Septentrional, 1709 Adam Friedrich Zurner

3. Las [nuevas] expresiones geoespaciales

3.1 Orígenes de las expresiones geoespaciales

En los últimos diez años, la transformación de la cartografía contemporánea ha despertado un profundo interés, donde la aparición de otras representaciones geoespaciales, diferentes al mapa, ha sido un creciente y permanente tema de investigación (Kraak y Brown, 2001; Peterson, 2003); así como de exploración dentro de la cartografía cibernética (Cho, 2003); el mapeo crítico del ciberespacio (Dodge y Kitchin, 2001; Crampton, 2003; Pickles, 2004); la revisión de las potencialidades científicas y analíticas de la geo-visualización (MacEachren y Kraak, 2005); la mirada contemporánea y artística en la integración de mapas; así como la exploración de diferentes representaciones geoespaciales (Silver y Balmori, 2003; Harmon, 2004), las cuales también han tenido

53 su espacio de análisis, discusión y desarrollo. En años más recientes, se han comenzado a desarrollar trabajos no tan enfocados a cómo es que surgieron dichas expresiones, sino a las formas en las que se les puede clasificar, ya sea desde un punto de vista cognitivo o bien, desde una visión más taxonómica (Bai et al., 2009).

Estas distintas miradas, ofrecen diversas formas de pensar, cartográficamente hablando, acerca del análisis y teorización de las representaciones geoespaciales, donde no sólo la incorporación y el uso cotidiano de las tecnologías de la información y las comunicaciones [TIC’s], sino también las demandas siempre muy específicas de los usuarios, muestran la pauta a seguir. La actual diversidad de usos y de productos cartográficos, logra crear diferencias en la percepción y en las actividades relacionadas con la utilización de las constantemente renovadas tecnologías, entre los diferentes usuarios. No obstante para una mejor comprensión de las interacciones entre los usuarios, y estas nuevas georepresentaciones, es necesario tener una comprensión más profunda de cómo éstos se relacionan. Ya que sólo con estos elementos presentes, es decir, la interacción entre los diferentes usuarios y las diversas georepresentaciones, tiene sentido hablar de nuevas representaciones geoespaciales. Sin embargo, al retomar la conceptualización de semiótica de Peirce en contraste con la semiología diádica de Saussure, tales representaciones se pueden entender más bien como expresiones geoespaciales, pues surgen sí, de la capacidad interpretativa de los usuarios para “leer”, pero sobre todo para imaginar, diseñar, concebir, sentir y expresar, de nuevas y diferentes maneras, los espacios geográficos en los que las personas se mueven. Asimismo, hablar de [nuevas] expresiones geoespaciales en este trabajo, necesariamente también hace referencia al uso actual de aplicaciones y tecnologías de las que se disponen en un momento determinado, las cuales hoy por hoy, están permitiendo incrementar y potencializar aún más las posibilidades no sólo de comunicación, sino también de concepción y uso de los espacios geográficos. Así, las nuevas expresiones geoespaciales, son referidas desde la perspectiva de la comunicación, de la transmisión de mensajes geoespaciales, mediante múltiples canales y sentidos, con una posibilidad explícita de retroalimentación, en donde el proceso de modelado, la selección de la información y la comunicación, pueden resultar en un producto holista.

Actualmente los lenguajes de las representaciones geoespaciales se muestran homogenizados, consensuados, de acuerdo con conceptos sintéticos que exigen un alto nivel de abstracción mental, además de una comprensión de los signos científico-técnicos del lenguaje geográfico contemporáneo (Missaoui y Schmid, 2006). Los Sistemas de Información Geográfica [SIG’s] entendidos como el

54 “lenguaje de la geografía”, suponen precisamente eso, representaciones del espacio fuertemente distanciadas, medidas por símbolos físico-matemáticos que describen entidades geoespaciales de una exactitud objetiva, las cuales buscan darle sentido y realidad al mundo (Pickles, 2004). Sin embargo, y con el propósito de acercarse a esta realidad empírica tan natural, hacia esta exactitud tan objetiva que se enseña y se aprende, debemos señalar que el enfoque de una semiótica con una relación tríadica entre: lo que se quiere representar; entre cómo se representa; y los procesos mentales que se desencadenan como parte de este proceso de comunicación de mensajes, es necesario, para una comunicación eficiente del espacio geográfico, mediante expresiones geoespaciales. Un ejemplo de esto, son los atlas cibercartográficos, los cuales se conceptualizan, se desarrollan e insertan, dentro organizaciones bien establecidas y delimitadas para lograr un objetivo específico, mediante múltiples canales de comunicación.

Ahora bien, y aunque todas las representaciones cartográficas del espacio pueden ser tratadas como simbólicas, tanto las representaciones cartográficas “tradicionales” [i. e. los mapas portulanos del siglo XVI], como las representaciones geoespaciales “contemporáneas”, a lo que aquí hacemos referencia como expresiones geoespaciales [i. e. el Google Earth del siglo XXI], tanto sus diferencias como semejanzas, son importantes. Dentro de las actividades de investigación de los aspectos cognitivos del espacio geográfico, se han llevado a cabo –directa, o indirectamente– por muchos años, trabajos que han subrayado que las representaciones del espacio están determinadas por la

interacción entre los usuarios y su aproximación sobre el paisaje (Trowbridge, 1913; Tolman, 1948;

Piaget y Inhelder, 1948; Lynch, 1960; Piaget, 1969; Bailly y Debarbieux, 1991; Gumuchian, 1991; Mark, 1993; Mark y Freundschuh, 1995); donde se señala que las expresiones geoespaciales también dependen de las características intrínsecas de un individuo [i. e. la inteligencia, la formación, la salud, o incluso el estado de ánimo], las cuales pueden generar algunas “distorsiones”, o “modificaciones” del espacio, es decir, lo perciben de un modo diferente (Hart y Moore, 1973; Claval, 1974; Denis, 1994; Gryl, 1995; Golledge, 1999). Este tipo de elementos que representan el referente no espacial del espacio geográfico, son fundamentales en el comportamiento de los individuos espacialmente relacionados (Brunet, 1974; Montello, 1993). Sin embargo, como hemos señalado también estamos ciertos que otros factores como el contexto social y el recurso tecnológico, es decir, el referente espacial también puede determinar el proceso de creación de las expresiones geoespaciales. De esta manera, es importante comprender que éste último proporciona un conocimiento mediado no sólo por conceptos, sino también por instrumentos sofisticados que introducen entre el ser humano y el espacio físico, posibilidades de control sobre el paisaje geoespacial, lo que permite eliminar toda

55 expresión o sentimiento, emocional o mítico como el temor o la ansiedad, que se pueden experimentar cuando nos enfrentamos a un entorno desconocido (Golay y Nyerges, 1995).

Estas tendencias del pensamiento geográfico sobre las representaciones espaciales contemporáneas hacen alusión a una abstracción de toda variedad y heterogeneidad impuesta por la naturaleza de los sentidos, transformándola en espacios homogéneos que suprimen las diferencias concretas de la experiencia sensible, sustituyéndola por símbolos que sintetizan unidades de medida, universalmente idénticas (Cassier, 1989; Cassier, 1994). Lo mismo ocurre en el espacio visual, táctil o acústico –incluso en el sentimental–, éstos son comunicables por símbolos regulares, por convencionalismos dotados de significado, de acuerdo con la experiencia humana social y cultural, transmitida generacionalmente (Bachelard, 1994). Ahora bien, estas condiciones naturales no se experimentan directamente, dado que no tienen significado propio, pues el significado está en función del contexto social e individual, que las define y les da sentido. Así, la expresión del paisaje geoespacial adquiere significaciones diferentes, según la forma que cobra tal o cual innovación tecnológica, de acuerdo con el entorno cultural y social; dotándola con ello de la característica intrínseca de inteligibilidad. Lo que permite una cierta selección de relaciones a partir de la reducción a conceptos de los objetos que se perciben pasivamente, para desprender de ello, un sistema que nunca está predeterminado, lo que da pie a que se presenten varias sistematizaciones posibles (Levi-Strauss, 2001).

Más recientemente con los SIG’s, las actividades de investigación se llevaron a cabo en el campo de la ontología, para facilitar el intercambio de conocimientos y reutilización del mismo, con el propósito de formalizar y clasificar entidades geoespaciales, así como sus procesos y relaciones espaciales a diferentes escalas (Smith y Mark, 1998). Estas actividades de investigación también tuvieron como objetivo formalizar las diferencias ontológicas entre las categorías de usuarios de información geográfica, con el propósito de proporcionar una mejor comprensión de los procesos cognitivos de los usuarios en cuanto a su integración, con la finalidad de que dicha formalización ayudase a desarrollar representaciones de entidades geoespaciales y fenómenos más consistentes para diferentes usuarios (Mark et al., 2000). No obstante, en cuanto a las clasificaciones más actuales, podemos observar que todavía son demasiado detalladas, y no bien interrelacionadas. Situación que dificulta la creación de un estado “estable”, es decir, un conjunto de parámetros que permitan describir a todas las georepresentaciones (Moya, 2011; Van Lammeren, 2011).

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3.2 Explorando nuevas posibilidades de expresión

Mientras que los mapas tradicionales retratan entidades seleccionadas que son simbolizadas para producir un producto análogo, o su equivalente digital. Las expresiones geoespaciales contemporáneas buscan representar entidades complejas del mundo real que pueden modelarse con mayor “fidelidad”, lo que permite una mejor expresión de los paisajes geoespaciales, y por consiguiente un proceso de comunicación más eficiente. Esta principal diferencia se refiere al hecho de que las representaciones geoespaciales, no tratan sobre colecciones de mapas digitales a escala “X” o “Y”, sino acerca de la expresión de los elementos más atómicos, es decir de entidades geoespaciales, las cuales presentan objetos tangibles y abstractos que se pueden definir recursivamente, describiendo con ello propiedades más complejas de los objetos. Es importante señalar que las definiciones de entidades geoespaciales difieren en los mapas, pues las entidades son representaciones abstractas de objetos individuales del mundo real. Estas entidades se modelan y almacenan, de tal forma, que las relaciones inherentes existentes entre objetos del mundo real pueden derivarse fácilmente, a partir de los datos almacenados, esto resulta crucial dentro del diseño de expresiones geoespaciales, pues dotan de flexibilidad y versatilidad a los signos. De esta manera, los modelos de atributos basados en el punto, la línea y el área de representación rigurosa y limitada, dan paso a nuevos modelos de representación más flexibles de entidades basadas en objetos de presentación del espacio.

Sin embargo, para los usuarios y hacedores de nuevas “expresiones” geoespaciales, la responsabilidad principal consiste en definir qué elementos son “relevantes” del mundo real, y decidir

cuál es la mejor manera de “abstraerlos” para satisfacer las necesidades definidas. Anteriormente, todos

los objetos se definían como puntos, líneas, y polígonos. Ahora, mediante el empleo de las estructuras orientadas a objetos, existe una gama de opciones mucho más amplia y con gran potencial. Así, dependiendo de los requisitos específicos del usuario, una parcela de terreno se puede expresar como: a) líneas de catastro generadas a partir de ángulos y distancias; b) una simple superficie en una cobertura de parcelas, o; c) una colección de pixeles en una imagen digital. Desde cualquiera de estas abstracciones, las posibilidades de expresión pueden variar en función de las propiedades únicas de los interesados, es decir del usuario que construye, del usuario que interpreta, y por supuesto de las posibilidades que se dispongan de los recursos tecnológicos para llevar a cabo la expresión de la información geoespacial.

57 En ese sentido la significación al igual que sus posibilidades de expresión, han tenido una refrescante evolución, que sin embargo, no resulta tan evidente desde la mirada de la semiótica. Sin embrago, es desde la óptica de aproximación de la cibercartografía que este trabajo plantea a la semiótica de Pierce como la posibilidad de significación dentro de las nuevas expresiones geoespaciales, a diferencia de la definición exacta de significación planteada desde la semiología. Para ello, y con el afán de profundizar en esta disciplina emergente, es necesario detenernos un poco para recapitular sobre ciertos nodos importantes, y acercarnos más a ella desde los ojos de la semiótica. Así, en las páginas subsecuentes de este Capítulo, haremos un recorrido por los principales bloques que conforman a la cibercartografía, y revisaremos el concepto de atlas cibercartográfico, desde la perspectiva de un producto social que emerge por la necesidad de comunicar de manera más eficiente el espacio geográfico, y –en el Capítulo final– como una posibilidad de explorar los elementos de semiótica presentes en la producción de estos prototipos cibercartográficos, abordados desde la óptica de las [nuevas] expresiones geoespaciales.