Además de las predicciones escritas de los antiguos profetas, las condiciones que preceden a un tiempo de grandes guerras se conservan en la tradición oral de muchos pueblos amerindios. Quizá los acontecimientos que preparan el camino para semejante tragedia estén mejor resumidos por el propio pueblo de la paz, los hopi. En una parte de su profecía nativa, los hopi nos recuerdan elocuentemente que cada vez que la humanidad se aparta de las leyes naturales que afirman la vida en este mundo, nuestras elecciones se reflejan en nuestra sociedad y en los sistemas naturales que nos rodean. A medida que el corazón y la mente de los seres humanos se separan tanto que se olvidan de su mutua existencia, la Tierra actúa para recordarnos nuestros mayores atributos. «Cuando los terremotos, las inundaciones, los granizos, las sequías y las ham- brunas se conviertan en algo habitual, habrá llegado el momento de regresar al auténtico camino.» Además de ofrecer los signos de ese tiempo, las tradiciones de los hopi van aún más lejos, recomendando una forma de actuar que haga que el corazón y la mente de las personas vuelvan a alinearse con la Tierra.
Aunque engañosamente simple, la profecía nos recuerda que «cuando se utilicen la oración y la meditación en lugar de confiar en nuevos inventos que crean más desequilibrio, entonces también ellos [los seres humanos] hallarán el verdadero camino».14 Las palabras de los hopi nos sirven de simples recordatorios del principio cuántico que afirma que para cambiar el resultado de los acontecimientos que ya están en curso, tenemos que cambiar nuestras creencias respecto al propio resultado. Al hacerlo, atraemos la posibilidad que coincida con nuestra nueva creencia y liberamos las condiciones actuales, incluso las que ya están en camino.
Los últimos estudios sobre los efectos de la oración aportan una nueva credibilidad a las antiguas proposiciones que sugerían que podríamos «hacer algo» respecto a los horrores de nuestro mundo, tanto en el presente como en el futuro. Estos estudios se suman a un creciente número de pruebas, que indican que las oraciones con un propósito, especialmente las que se realizan a gran escala, tienen un efecto predecible y verificable sobre la calidad de vida en el momento de la oración. Hay una serie de estudios, apoyados en datos estadísticos sobre los cambios producidos en la vida cotidiana cuando se estaban ofreciendo oraciones, como es el caso de delitos específicos y accidentes de tráfico, que han demostrado que existe una relación directa entre las oraciones y las estadísticas. En las épocas en que se reza, las estadísticas bajan. Cuando las oraciones terminan, los datos estadísticos vuelven a subir hasta los niveles anteriores.
Los científicos sospechan que la relación entre la oración masiva y la actividad de las personas en las comunidades se debe a un fenómeno que se conoce como el efecto de campo de la conciencia. Al igual que la descripción de Joseph sobre la salvia, en que la experiencia de una planta afecta a todo el campo, los estudios con muestras específicas de la población parecen confirmar esta relación. Dos científicos, que se considera que han desempeñado un papel primordial en el desarrollo de la psicología moderna, hicie-
ron referencia claramente a tales efectos observados en los estudios, hace casi cien años.
En un ensayo publicado originalmente en 1898, por ejemplo, William James sugiere que «existe un continuo de conciencia que une a las mentes individuales, que se podría experimentar directamente si el umbral psicofisico de la percepción se bajara lo suficiente mediante el refinamiento del sistema nervioso».15 El ensayo de James era una referencia moderna a una zona de la conciencia, dentro de un plano de la mente universal, que se encuentra en toda forma de vida. Al usar las cualidades específicas del pensamiento, el sentimiento y la emoción, podemos conectar con esta mente universal y compartir sus beneficios. El propósito de muchas oraciones y técnicas de meditación es precisamente alcanzar esa condición.
En el lenguaje de su tiempo, las antiguas enseñanzas nos indican que existe un campo de conciencia similar, al que se puede acceder por métodos parecidos. La tradición védica, por ejemplo, habla de un campo de «conciencia pura» unificado que impregna toda la creación.16 En estas tradiciones, nuestras experiencias del pensamiento y de la percepción son contempladas como obstáculos, interrupciones en lo que de otro modo sería un campo inmutable. Al mismo tiempo, gracias a nuestra práctica de dominar la percepción y el pensamiento podemos hallar la conciencia unificadora como individuos o como grupo.
Aquí es donde la aplicación de tales estudios resulta crucial en nuestros intentos por conseguir la paz mundial. Si vemos el conflicto, la agresión y la guerra en el mundo exterior como indicativos de estrés en nuestra conciencia colectiva, entonces el alivio del estrés colectivo también eliminaría las tensiones globales. Según Maharishi Mahesh Yogui, fundador de la Meditación Trascendental (MT), «Todos los actos de violencia, negatividad, crisis conflictivas o problemas en cualquier sociedad no son más que una expresión del aumento del estrés en la conciencia colectiva. Cuando el nivel de estrés es lo suficientemente alto, estalla una gran escalada de violencia, guerra y sublevación civil, para lo cual se requiere la intervención militar». La belleza del efecto de campo es que cuando se alivia el estrés en un grupo, los efectos se registran fuera del mismo, en un área aún mayor. Este es el pensamiento que condujo a estudiar los efectos de la meditación y oración practicada por grandes grupos de personas durante la guerra israelí-libanesa a principios de los ochenta. En el mes de septiembre de 1983, se realizaron estudios en .Jerusalén para explorar la relación entre oración, meditación y violencia. Aplicando las nuevas tecnologías para probar una antigua teoría, colocaron a personas que habían practicado las técnicas de la MT, consideradas por los investigadores sobre la oración como un modo de oración, en lugares estratégicos dentro de Jerusalén durante el conflicto con Líbano. La finalidad del estudio era determinar si la reducción del estrés en esos lugares concretos se reflejaría en un descenso de la violencia y de la agresividad a nivel :regional.
Los estudios de 1983 eran posteriores a otros experimentos que indicaban que bastaba con que un uno por ciento de una población practicara formas unificadas de oración y meditación por la paz para que se redujera el índice de criminalidad, accidentes y suicidios. Los estudios realizados en 1972 demostraron que , 24 ciudades estadounidenses, cada una de ellas con poblaciones de más de diez mil personas, experimentaron una reducción estadísticamente comprobable de la delincuencia cuando tan sólo un uno por ciento (cien personas por cada diez mil) de la población participó de alguna forma en la práctica meditativa.17 Esto se conoció como el «efecto Maharishi».
Para determinar de qué modo ciertas formas de meditación y de oración podrían influir en la población general en el estudio israelí, la calidad de vida se definió mediante un índice estadístico basado en el número de incendios, accidentes de tráfico, delitos, fluctuaciones en el mercado de valores y en el estado de ánimo de la nación. En el momento álgido de los experimentos, 234 participantes meditaron y oraron, una mínima fracción de la población de todo Jerusalén. Los resultados del estudio mostraron una relación directa entre el número de participantes y el descenso de la actividad en las distintas categorías de la calidad de vida. Cuando el número de participantes era elevado, el índice de incidencias en las categorías citadas descendía. Los crímenes, incendios y accidentes aumentaron cuando el número de personas que oraba se
Estos estudios demostraron una alta correlación entre el número de personas que oraban y la calidad de vida en los lugares vecinos. En estudios similares llevados a cabo en centros urbanos importantes de Estados Unidos, India y Filipinas, se observaron correlaciones semejantes. Los datos de estas ciudades entre 1984 y 1985 confirmaron descensos en los índices de delincuencia que «no podían ser debidos a tendencias o ciclos de criminalidad, o a cambios en las políticas o procedimientos policiales».19