En el presente capítulo me propongo dar relevancia al papel de la organización política de las víctimas en la elaboración del trauma psicosocial de las mismas. Si en el capítulo anterior se indagó acerca de los imaginarios instituidos en relación con la medida de rehabilitación psicosocial como medida de reparación integral, en éste se indagará acerca del papel de la organización política entendida como aquella que posibilita la existencia y elaboración de sí del sujeto victimizado, evidente en el enunciado de Luz Marina Bernal, madre de Fair Leonardo Porras, desaparecido del municipio de Soacha, el 8 de enero de 2008, y reportado como caído en combate el 12 de enero de ese mismo año en Abrego (Norte de Santander), con el que se comenzó este texto: “Mi hijo me parió como mujer”.
Dicho enunciado resulta siendo una metáfora eficiente. Habla acerca del nacimiento en medio de la tragedia, habla acerca de la fuerza resiliente cuando ésta deviene en un nuevo sujeto, resulta en acontecimiento y en una nueva apertura subjetiva, en la que se da paso a lo que Castoriadis llamó alteridad, un relato del “Otro” que permite incluir en el espacio y en el tiempo sociohistórico a los demás, más allá del individuo, en una suerte de nacimiento generoso, tendiente a que las víctimas trasciendan la narración individual, el nacimiento propio, para dar paso a un nacimiento común.
Claudia Girón en la entrevista realizada expresó en este mismo sentido:
Entonces la memoria es la construcción de nuevas subjetividades, pues las memoria es un deber de lo que no debería pasar, es parte de las garantías de no repetición (…) cómo nos comprometemos a largo plazo a una estética de la
resiliencia, en el sentido de que ésta no es como la quieren manipular desde una mirada psicologista, porque es muy peligrosa sobre todo cuando se argumenta que la persona ya salió adelante y entonces ya no se le exige al Estado nada, es peligrosa esta visión despolitizada… La estética de la resiliencia en clave de potencias las expresiones de la resistencia, no como queja permanente, sino para poder seguir viviendo, para seguir encontrando sentido, para encontrar espacios de risa, de juego, de espacios de goce, de amor, de cocina, de alegría, de llanto, de espacios de confianza, buscando que la resistencia no se quede en espacios estereotipados.
Se pudo vislumbrar en la presente investigación una discusión infranqueable entre la reivindicación del sujeto víctima a partir del estatuto jurídico, y aquella que busca evitar la prolongación de la victimización a través del uso de la categoría “víctima”. Más allá de las implicaciones semánticas, lo que importa aquí es, por una parte, la discusión identitaria instituyente, entendida como dignificación y superación de la condición de víctima, en lo jurídico y psicosocial, y por el otro, la concepción instituida, cercana al asistencialismo de Estado, en la que se prolonga la situación victimizante, ya por omisión, ya por participación directa.
El arte, como lo expresó en la entrevista Claudia Girón, está no en poner a las víctimas como tema y como población objeto de la que hay que hablar y escribir tesis, sino como un proceso de coautoría conducente a no hablar de las víctimas sino hablar con las víctimas para reconocernos como sujetos que con las víctimas hemos sido afectados.
Me parece aberrante que en este país la gente crea que ser víctima es negativo y las mismas víctimas se han comido tal cosa por el tipo de dispositivos instalados desde los medios de comunicación e institucionales, al punto que se ha creado el concepto: de víctima a ciudadanos, de víctimas a sujetos empoderados, se ha caído en este lugar común. En otro contexto es positivo, cuando no se confunde a víctima con ser pasivos; esto es lo que hace que se vea a las víctimas como algo ajeno. A las víctimas les ha tocado situarse en ese lugar para que las vean y tomen en cuenta.
Otra cara de la misma moneda, se da en tanto que la instalación de estos rótulos, conlleva a la homogenización del sujeto víctima, como si todas las víctimas fueran iguales, como si todos los móviles que generaron los acontecimientos fueran todos equiparables los unos a los otros. Es interesante aquí el aporte brindado por Diana Gómez:
Todas las víctimas son legítimas, su dolor es válido, pero no todas son iguales, porque las víctimas de la insurgencia, del Estado y los paramilitares no han sido tratadas de la misma manera. No creo que se pueda hablar de víctimas como un sujeto homogéneo; tampoco todas las víctimas quieren la paz.
Por otra parte, lo anterior se encuentra dentro de las tácticas y juegos estratégicos inscritos en lo político. La categoría “víctima” es reivindicada por las organizaciones sociales como parte del acompañamiento psicojurídico y es vital en los escenarios judiciales del orden interno, así como en los escenarios del derecho internacional. Retornando al debate sobre la reparación integral de las víctimas desde la rehabilitación
psicológica, no resulta posible hablar de reparación a las víctimas hasta que los derechos de éstas sean restituidos, pero sí se requiere reivindicar la categoría víctima como expresión ineludible de las disputas judiciales que han emprendido las organizaciones sociales y de derechos humanos. Así lo dejó sentado Ángela Ospina del CAPS:
Victimizar es muy riesgoso para los procesos de atención psicosocial, pero entendemos que en el esquema jurídico existe la víctima y tenemos la obligación de reivindicarla; ahora en los procesos psicosociales es más complejo, pues cuando se habla de políticas públicas, cuando se hace alusión al contexto internacional…para nosotros la rehabilitación se da cuando la persona logra reconstruir sus proyectos de vida, que se le retornen sus derechos.
Imaginarios instituyentes: la exigencia, de las organizaciones psicosociales y la lucha moral de las víctimas en pro de la salud integral reparadora
Desde la teoría de los imaginarios sociales, podría afirmarse que todo el andamiaje institucional creado para la implementación de la Ley 1448 de 2011, es decir, toda la arquitectura institucional en torno a los derechos a la verdad, la justicia, la reparación integral y las garantías de no repetición, tiene sus raíces a partir de una ontología de la creación proveniente de la imaginación radical de los sujetos víctimas y las organizaciones sociales y de derechos humanos.
Si bien el Estado ha incluido muchos de los elementos brindados por éstas –aquí nos centramos específicamente en la rehabilitación como parte de la reparación integral-, ha sido también evidente que el mismo ha incluido tales elementos desde el punto de vista formal, discursivo y, si se quiere, especulativo, y ha hecho caso omiso a los reparos que las mismas víctimas y organizaciones han realizado en el transcurso de las
implementaciones realizadas de los planes, programas, protocolos y guías, en torno a la medida de rehabilitación, por no decir de la reparación integral en su conjunto, dándose así el hecho relativo a que si en un comienzo las determinaciones consistían en la ausencia total de un discurso favorable a las víctimas, hoy el conjunto de determinaciones generadas se dan a partir del incumplimiento, la incompetencia institucional y la revictimización.
Queremos abordar la siguiente discusión desde los imaginarios instituyentes, los cuales y tomando en cuenta lo hasta aquí analizado, se circunscriben a: 1. El Tiempo de la creación en las víctimas de la violencia sociopolítica. 2. El papel de las memorias sociales y culturales (construcción colectiva de lo sucedido) en la superación de los daños psicosociales.
Tiempo y creación en los sujetos víctimas de la violencia socio-política
Sin omitir, pero tampoco sin profundizar en toda su riqueza filosófica, es pertinente aquí la discusión propuesta por Castoriadis (1997) en su texto Tiempo y creación. Después de un recorrido que comienza con Aristóteles, cursa por San Agustín y llega hasta Husserl, Heidegger y Kant, Castoriadis propone un análisis del tiempo a partir de dos ideas fundamentales: 1. La inclusión del sujeto en la creación y destrucción de las formas en el tiempo. 2. El papel de lo sociohistórico en la creación y en el tiempo, papel ignorado por la ontología tradicional, al estar ésta inscrita en la fragmentación de lo subjetivo y lo objetivo.
Importa aquí, por una parte, la comprensión del tiempo desde una concepción instituida como aquella que resulta a partir de la multiplicidad de diferencias y,
regularmente, por la posibilidad de las identidades, repeticiones, multiplicidad de lo idéntico; por otro lado, el tiempo como alteridad, como la emergencia de lo nuevo a partir de determinaciones previas, que por ser novedosas, no son equiparables con las existentes o vigentes.
Retornando al objeto de la presente investigación, partimos de la pregunta realizada en un acápite anterior: ¿Cuál es el tiempo para la reparación de las víctimas de violencia socio-política? La respuesta que planteamos aquí es la siguiente: el tiempo que sea necesario para hacerlo.
Antes de profundizar acerca de la anterior afirmación, es preciso partir desde los tiempos conjuntivo-identitarios que promueve el Estado Colombiano. Evidentemente, toda la institucionalidad, aunque malversada, ha sido el producto de la creación instituyente, a partir del tiempo de las víctimas y las organizaciones sociales y de derechos humanos para hacerlo. La verdad, la justicia y la reparación integral, no se pretendieron ni formalistas, ni tergiversadas, ni exentas de la voluntad y responsabilidad del Estado; el tiempo instituido y el tiempo de la creación, pese a estar implicados sociohistóricamente, para el caso de las víctimas, ambos tiempos están inscritos en una dialéctica permanente, en un conflicto y en una disputa política.
En el ámbito de la rehabilitación psicológica, como parte de la reparación integral, la reflexión sobre el tiempo creativo destinado a la reelaboración del dolor, no sólo es relevante, sino capilar. Más allá del andamiaje institucional, ampliamente analizado en momentos anteriores de esta investigación, se quiere ahora indagar acerca de la manera como los planes de intervención psicosociales imponen una concepción instituida que
limita, incluso revictimiza, a las víctimas. De esta suerte, es preciso revisar en qué consiste la concepción instituida de los tiempos de la rehabilitación, desde el PAPSIVI, como uno de los programas matrices del Estado para la rehabilitación psicosocial con ocasión del conflicto armado interno.
El PAPSIVI, como se alcanzó a esbozar en un acápite anterior, en el marco del componente de atención psicosocial, cuenta con las modalidades individual, familiar y comunitaria. Según se aprecia en las guías de trabajo, el Programa cuenta con una serie de sesiones, las cuales están focalizadas hacia unos objetivos específicos. Los momentos que deben tomar en cuenta los profesionales antes de iniciar el proceso de sesiones son, en un primer momento, hacer un análisis del contexto, el cual debe tomar en cuenta la historia de la región, la oferta institucional, aspectos socioeconómicos, entre otros; en un segundo momento, se hace un proceso de focalización relativo a las remisiones y las órdenes judiciales; un tercer momento es el relacionado con el acercamiento y el reconocimiento (comprensión de los daños psicosociales, conversación con efecto terapéutico, fichas de acercamiento, reportes e indicadores); un cuarto momento consistente en la atención psicosocial (periodicidad en la atención, guías metodológicas, fichas PAP para el registro y reporte por cada sesión); un quinto momento relacionado con la valoración y cierre (cumplimiento del plan de atención, alcance de objetivos, registros en fichas).
En contraste con lo anterior, las organizaciones psicosociales han presentado un balance desalentador al respecto. Según el documento realizado por la Mesa Psicosocial, en el debate de control político anteriormente mencionado, el tiempo estimado en el
marco de los planes de atención, que se circunscriben a una serie de sesiones por modalidad, no sólo es limitado, sino que estandariza, mecaniza y soslaya la necesidades propias de cada víctima, lo que puede resultar por ocasiones revictimizante.
Bien lo expresó la psicóloga jurídica Carolina Torres, de Copsico, cuando afirmó asertivamente:
Nuestras acciones no deben perpetuar el sufrimiento y el dolor de las víctimas y 20 años en la etapa de duelo, sino que lo que nos importa es que las acciones psicosociales contribuyan al recuperamiento emocional de las personas y desde allí trabajamos en la comprensión socio-política y psicosocial de lo ocurrido… Por eso no estamos de acuerdo que se hagan pocas consultas o que éstas sean restringidas, sino que debe comprenderse en su totalidad ese daño. Por lo tanto, la intervención debe corresponder con las dimensiones de ese daño.
Lo anterior cobra especial relevancia mirado desde el punto de vista del tiempo ensídico planteado por Castoriadis como la repetición de una cierta periodicidad, a partir de patrones externos concebidos como una multiplicidad de elementos o diferenciales o idénticos. Este tiempo es concebido por el Estado, a partir de la repetición sucesiva de esquemas, sesiones, resultados, indicadores, entre los más relevantes, sin que sea prioritario el tiempo de las víctimas para la elaboración del trauma psicosocial, el cual por lo contrario, se encuentra en los eslabones de la cadena sociohistórica; este tiempo ontológico, que es el tiempo de lo emergente –nada más emergente que un trauma o dolor tramitado, incluso sanado- va más allá de lo subjetivo y lo objetivo, se encuentra en el sujeto, es creado y recreado permanentemente.
No se asevera aquí que el tiempo instituido no sea necesario, de hecho es vital, pues no puede existir un plan de atención sin medición, pero este tiempo no debe imponerse y, de ser necesario, debe contemplar el tiempo que cada víctima considere dentro de su proceso de reelaboración de lo sucedido, así este tiempo sea irreductible.
En este sentido, resulta posible dicha cuestión cambiando los lentes bajo los cuales se observan los procesos de reparación. Ya decía el filósofo español, Raimon Pannikar (1999), en su discusión sobre la interculturalidad que se pretendía conocedora de otros contextos, pero bajo las categorías propias de pensamiento:
No se trata de ampliar mi esfera de pensamientos, de no limitarme al eurocentrismo y de pensar que también fuera haya cosas interesantes para saber, sino de cambiar las categorías mismas. Deberé usar las categorías del otro para ver la realidad y, fundamentalmente, mi realidad.
El Estado parece mirarse a sí mismo, sin comprender el dolor y los tiempos de las víctimas. Se impone un tiempo dominante sobre el tiempo sociohistórico que le pertenece al ser y sin el cual no es posible ninguna concepción de un antes y un después, esta idea dominante quiere subyugar, relegando al plano de lo secundario, con enorme violencia, a las víctimas mismas, por medio de una acción con daño en la atención psicosocial.
El papel de las memorias (construcción colectiva de lo sucedido) en la superación de los daños psicosociales
En este momento me propongo reflexionar acerca del papel de las memorias sociales en la superación de los daños psicosociales, siendo necesario ubicar tales memorias en el ámbito amplio de lo político, visto éste desde la trascendencia de las
circunstancias particulares de cada individuo y como aquel que se sitúa en un entramado común, en un proyecto social colectivo.
Al incluir aquí los hallazgos en torno a la memoria de las víctimas, es preciso confesar que existe siempre la enorme tentación de abarcar sus múltiples aspectos teóricos encarnados en las memorias sociales, memorias colectivas, memorias históricas, entre tantos rótulos hoy en boga. Por ello, particularmente aquí me centraré en la idea de la memoria social como construcción, retomando, sin hurgar demasiado, la discusión sostenida entre Maurice Halbwachs y Henry Bergson o más bien, el distanciamiento del primero en relación con el segundo, en tanto la memoria para el primero no puede ser abstraída del mundo social y las mediaciones del lenguaje, el tiempo y el espacio, mientras que para el segundo existe una memoria-hábito que trasciende hacia una memoria-pura. En síntesis y aportándole a la perspectiva del Halbwachs, la memoria más que ser recuperada es construida socialmente.5
En este mismo sentido, en prácticamente todas las entrevistas realizadas, se destacó la importancia de la memoria social para la superación del “trauma psicosocial”, aunque no sólo esto, sino el papel instituyente de la misma en la trama de relaciones sociales. Un interesante aporte lo brindó Claudia Girón al respecto:
…Pensar en historizar, es que esto que cuenta, que saca la víctima y que uno oye como psicólogo, se convierta en un entramado y que no quede como una anécdota
5 Esta diferenciación entre El discípulo Maurice Habwachs (y la idea de la memoria como construcción) y
su maestro durante siete años, Henry Bergson, (y su planteamiento del “cono de la memoria”), resulta siendo trascendental aquí, sobre todo por su preocupación en cuanto a los asuntos de la memoria, posteriores a la Primera Guerra Mundial. En contextos de guerra como el colombiano tal preocupación es relevante sobre todo en su acepción de construcción colectiva.
suelta y los otros miren desde una barrera: ¡mire lo que le pasó a estas personas!, sino que esto sea leído como un entramado común y esa es la función de lo psicosocial: poder situar su experiencia y poder darle sentido, y ese sentido se construye con un interlocutor que es otro, una sociedad en donde ocurrieron esos crímenes, donde las prácticas de victimización tuvieron lugar, porque no sucedieron en el vacío.
La memoria, según esta psicóloga y activista de derechos humanos, cumple una función importante para efectos de la elaboración de los hechos, entendidos éstos a partir de la estructura social. Tal afirmación engloba una idea que trasciende la catarsis y la sitúa en un entramado de relaciones sociales. Según ella:
Uno de los elementos que considero clave es que los procesos de memoria vayan más allá de la catarsis. Es parte del proceso cuando uno necesita sacar y purgar lo que se tiene adentro, pero en realidad la función de la memoria es elaborar, es resignificar y cómo la persona que los recibe, no lo hace como algo extraño, ajeno, sino con el entramado relacional, discursivo que nos ha marcado a todos en este contexto y que hay personas que lo han vivido concretamente.6
6 Es preciso en este punto incluir el papel de las víctimas en dicho entramado, en tanto que son las víctimas
mismas las portadoras de su propia historia y, en un sentido amplio, es una historia que parte de un sujeto colectivo, cuyas implicaciones son estructurales. En una idea ya bastante transitada pero no por ello ausente de profundidad, que citamos en el estado del arte de esta investigación del texto El Narrador de Walter Benjamín, en su crítica al historicismo, se requiere restituirle a los oprimidos la palabra expoliada, así como que la narración vaya más allá de los eventos anecdóticos y episódicos.
En las entrevistas brindadas hay una contraposición a dicho historicismo. Se evidenció que las organizaciones psicosociales conciben la historia de dolor del país, a partir de las disputas de las memorias y la construcción de tales tramas, haciendo propia una visión colectivista de las memorias del dolor, en cuanto a sacar a éstas del