En la Inglaterra victoriana del siglo XIX se concitan dos de los referentes míticos de la Historia Homosexual, confeccionada a fi nales del siglo XX para hacer creer que ha habido una represión histórica de una “minoría oprimida” que, como hemos visto, es imposible que haya tenido una relación genética puesto que es absurdo que la Naturaleza transmita un gen que invalidaría a su hipotético poseedor para la trans- misión de su propio material genético.
El primero de ellos es Lord Byron, que como su nombre indica, era un aristócrata inglés. Además de reconocido poeta, Byron simbolizó el ideal romántico de aquella época que pretendía recuperar los valores de la Grecia clásica. Experto en latín y griego, y después de un sinfín de aventuras con mujeres (y algunas, al parecer, con chicos en su época de estudiante) emprendió viaje a Grecia, donde siguiendo las enseñanzas de Horacio y Petronio, se envolvió en prácticas homosexua- les con jóvenes griegos, llamados Eustathius Giorgiu y Nicolo Giraud. Sus prácticas homosexuales (bisexuales, habría que decir) eran una continuación de su postura estética, de repudio de la moral tradicional dominante, convirtiendo casi el clasicismo griego en una religión.
Pero sin duda, el icono homosexual por antonomasia es el también escritor Oscar Wilde, fi gura prominente de la naciente cul- tura del espectáculo, que repite punto por punto la tradición griega, y desmiente, de paso, la teoría de que “los gays hayan sido una minoría oprimida”. En todo momento, vemos que ha sido en la alta aristocracia
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donde se quebraron las normas morales de la época (como una reac- ción ante la opresión vivida en sus propias familias).
Aunque no son coetáneos, el caso de Wilde repite el de Lord Byron en el sentido de que se casaron, tuvieron hijos y su postura nar- cisista y esteta (lo que hoy llamaríamos fashion victims) les llevó a son- dear el mundo de la prostitución masculina, en especial, su “querido”, hijo de un Lord inglés. El nombre del efebo es Sir Alfred Douglas, que se convertirá en el eje desde el que operará la historia maldita de Wilde, pues las presiones a las que se ve sometido hacen que el propio escritor demande al Lord por libelo; acusarle de sodomita, cosa que no cuenta la historia ofi cial. El abogado que lleva el juicio a Wilde le pide que le asegure que no es cierto lo que sostiene el Lord Queensberry pues, de serlo, lo perderán. Finalmente, durante el juicio en el que Wilde pre-
Oscar Wilde, víctima de su propia querella y reconvertido en mártir gay.
tende hacer justicia, sale a la luz cómo ha dado dinero a hombres jóve- nes a cambio de favores sexuales. Y no sólo eso: mozos y criados, lo que, para una persona de su situación social es un pecado todavía mayor (recordemos que en la sociedad romana ocurría otro tanto). La postura radical de Oscar Wilde le lleva a reconocer ante el tribunal:
“Me gustan los jóvenes espontáneos, despreocupados y felices. No me gusta la gente vieja y razonable. No reconozco diferencias socia- les de ningún tipo. La juventud es para mí algo tan maravilloso, que prefi ero pasar media hora charlando con un hombre joven que siendo interrogado por una vieja rata justiciera”.
Un elemento más es importante para considerar el caso de Oscar Wilde, y es que en el Londres de aquella época había muchos rumores de que el primer ministro, Rosebery, había mantenido una relación homosexual con Francis Douglas, otro de los hijos del citado Lord. La animadversión del Lord por el amante de su hijo sucedió poco después de que su otro vástago muriera en un extraño “suicidio” mien- tras mantenía esa relación homosexual. A raíz de esto, parece que el citado Lord presionó al primer ministro con exponer su propia rela- ción homosexual para que la pena contra Wilde fuera contundente. Como prueba de ello, el primer ministro padeció de depresión y de insomnio durante los dos meses de juicio contra Wilde.
Las evidencias de que ha pervertido a menores son tantas que el propio Wilde retira su demanda, pero lo que viene acto seguido es la propia demanda del padre de su amante quien las tiene todas consigo pero Wilde, desoyendo los consejos de sus amigos, se niega a huir de Ingla- terra y es condenado a dos años de cárcel.
Según cuentan las crónicas, entonces ocurrió algo singular. Pre- cisamente en Londres, y en la mejor sociedad, había más homosexuales de lo que nadie se imaginaba. En los días siguientes al juicio, los trenes de Dover se llenaron a rebosar, así como los barcos vapores que iban a Calais rumbo a Francia. Entre los pasajeros se encontraban aristócra- tas u otros personajes encumbrados que se dirigían a París o Niza. Las
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crónicas de la época relatan que había un ex ministro, el presidente de una academia científi ca, un millonario ennoblecido recientemente, un famoso general y un actor muy conocido, aunque este último no hacía el viaje porque pudiera imputársele el cargo de homosexual, sino por la sencilla razón de que estaba de moda trasladarse al continente. No tardó en regresar a Londres y lo mismo hicieron todos los demás.
Al fi nal, Wilde acabó sus días odiando a las mujeres. “Tienes que reconocer que el cuerpo masculino es más bello y la impresión que causa, más noble y espiritual. ¡Las mujeres son tan rechonchas!”.
Los modernos estudiosos del origen del movimiento gay, sin embargo, sitúan en la Alemania romántica del siglo XIX, el comienzo de este movimiento. La especial relación entre Alemania y Grecia por vía de sus fi lósofos y su arte, empapados de un romanticismo que lle- varía a la exaltación de la hombría del prototipo ario, provocarían un primer lanzamiento de la homosexualidad en la era moderna.