«Tener un hijo te cambia la vida al cien por cien. Todos deberíamos pasar por un test de “intolerancia familiar” antes de meternos en esta aventura». Sonia, madre de Juan y Sergio.
LOS HIJOS Hijo único
Cada día es mayor el número de hijos únicos y esta es una de las características que convergen en los hijos tiranos. Se tienen menos hijos, sí, hay quienes desearían tener más, pero la exigencia agotadora que la educación del hijo conlleva en la actualidad les hace desistir. Únanse las limitaciones económicas y de tiempo y tendremos la explicación de tantos hijos únicos que, dada la pérdida de la calle para el juego y la convivencia tendrán que pasar muchas horas consigo mismos, a menudo ante una pantalla (llámese televisión, videojuego, móvil, internet…). Muchos niños crecen solos.
Los niños precisan dialogar, compartir, discutir con iguales, eso es algo que deben tener en cuenta los padres de hijos únicos. Es fundamental que juegue, que pase ratos con otros niños, que no esté siempre con mayores.
En el desarrollo madurativo se ha de pasar del egocentrismo al altruismo: aprender a dar el salto de la finalidad de hacerme feliz solo a mí, a poder hacer feliz a los demás, descubriendo así otra forma de felicidad. Lo dice el Evangelio: «Hay más felicidad en dar que en recibir» (Hechos de los apóstoles, 20, 35).
La educación preescolar proporciona hoy a los niños una relación temprana con sus iguales. Un hijo único se beneficiará especialmente de ella. Ha de descubrir que él puede ayudar a los demás. El orden, la tolerancia, la autorresponsabilidad adquirida en la convivencia con hermanos han de ser inducidos en los hijos únicos (en ocasiones será positivo que se quede a comer en el colegio).
Abrumado por atenciones tan constantes, puede reaccionar haciéndose exigente. Hemos de evitar sobreprotegerlo, mimarle, hacerle débil o caprichoso. Otro riesgo de ser hijo único es sentirse sobrevalorado, perdiendo su percepción real con sus limitaciones propias. El hijo único recibe todas las atenciones, alegrías y disgustos. La relación de rivalidad o celos con los padres puede ser más acusada.
Antes, si se sabía que eras hijo único, se achacaban todos los problemas a esa causa. Hoy, dada la mayoría estadística de hijos únicos, nadie cita como causa de problemas esa situación. Bueno será que se matricule en actividades que le gusten junto a niños de su edad (pintura, kárate, danza, música…) y que a corta edad se incluya en actividades de ocio deportivo, campamentos, etc.
Por otro lado, no hemos de cargarle de responsabilidades impropias para su edad como si de un pequeño adulto se tratara, ni hacerle blanco de exigencias.
profundo de amistad, si se contacta con cotidianidad con primos y otros niños. Sabedores de cuáles son los vicios conductuales que se tienen con estos niños, evitémoslos y propiciemos sus antagonistas.
¿Por qué son tan diferentes si son hermanos?
Se dan casos de familias en las que uno de los hijos presenta este tipo de conductas tiránicas y los demás hermanos no. Coincide, además, en que son los hermanos pequeños, en familias donde los hijos mayores ya han abandonado el hogar.
Obviamente, no se educa igual a todos los hijos y ello no nos debe conducir a ningún sentimiento de culpabilidad. Piénsese en la edad con que se es padre en cada ocasión, en las distintas expectativas, en la diferencia de tener o no tener un hermano mayor, en la experiencia aprendida como padres, en… Nunca dos niños tienen infancias iguales (aunque intentemos educarlos con los mismos criterios). Aunque se quiera igual a cada hijo, no es natural comportarse exactamente igual con todos.
Hay que educar desde la individualidad. Cada niño es especial y único desde que nace con sus propias características como persona. No se trata de darles a todos lo mismo, sino «a cada uno lo suyo».
Cuidado con las hermanas mayores, a las que muchas veces se convierte en auténticas niñeras sin sueldo, con la merma de libertad que conlleva. Puede delegárseles alguna responsabilidad, pero de forma puntual y sin asumir el rol de «padre sustituto».
Cosa distinta es si se quiere igual a todos los hijos. Cuantitativamente quizás, pero cualitativamente es poco probable, pues la relación con cada hijo es diferente. Debemos saber que esto acontece y no vivirlo como algo antinatural (siempre y cuando no se produzca una injusticia comparativa). Hablamos del posicionamiento sano y normalizado, no de esos casos graves que puntualmente encontramos en el gabinete psicológico, cuando un padre varón dice: «La verdad es que no tengo claro que el tercer hijo sea mío». (¡Acabáramos!).
Tampoco es lo mismo tener un hijo que una hija. Va a depender de si se tiene otro u otros hijos mujeres u hombres y, en todo caso, de la carga de expectativas que ponga cada uno de los progenitores de que el descendiente sea de un sexo u otro.
Es cierto que hombres y mujeres se relacionan de distintas formas con los hijos, ya sean niñas o niños. En primer lugar, en muchas ocasiones se transmiten de forma muy acusada los roles distintivos del varón y de la fémina, asignándoles papeles marcadamente diferenciados, cayendo incluso en la discriminación.
Por otra parte, se dice que los padres varones «babeamos» con las hijas, que «nos ganan» con facilidad, que «vemos por los ojos de la niña» y, como la mayoría de los tópicos, se comprueba cierto, encantadoramente real. Al convertirse en mujeres, el padre vive momentos difíciles, entiende que la está perdiendo. Sentir decepción, tristeza, celos son emociones admisibles si no entorpecen la voluntad de emancipación de su hija.
también un rival.
¿Y las madres? Pues a cierta edad se apoyan en las hijas, pero a veces muestran su admiración, cuando no predilección, por el varón.
Quizás estos distingos en la relación obedezcan al propio sexo y al atractivo que (mayoritariamente) ejerce el otro. Que la relación con el hijo o hija sea distinta, no quiere decir que se quiera más a uno que a otro. Hijo o hija, lo importante es que lo son.
Hoy se demuestra el profundo amor a los hijos aun cuando no hayan estado nueve meses en el seno materno. Y se quiere mucho (en ocasiones con una dedicación continua) a los que nacen con problemas.
LOS PADRES
Relaciones de padres e hijos
Hijos y padres coinciden al señalar como el valor más importante el «mantener buenas relaciones familiares» (subrayemos que el 94 por ciento de los hijos manifiestan la gran importancia que conceden a este objetivo). Se aprecia que los sistemas de valores de los hijos coinciden en gran medida con los de sus padres.
Las discrepancias en los puntos de vista se refieren a la enfatización de los conflictos domésticos que verbalizan los padres y que no comparten los hijos, mientras que los jóvenes señalan problemas en la calle (drogas, prostitución, violencia), que los padres desconocen. En estos casos de falta de sintonía se detectan problemas más o menos graves.
Si analizamos distintos factores, observamos que lo más valorado por hijos y padres respecto a las pautas educativas es que los padres tengan y muestren criterios claros, que impongan límites, que responsabilicen a los hijos y que sean flexibles. Los padres exponen que hay temas que entienden problemáticos pero se sienten incapaces de resolverlos; es el caso de los horarios nocturnos o el alejamiento de los adolescentes.
Por otro lado, los padres se manejan en una continua ambigüedad entre establecer límites y darles un alto grado de libertad (mayor que el que disfrutaron cuando ellos fueron hijos). Hay un 8 por ciento de padres que refieren sentimientos de impotencia y desesperación. Las madres tienen una visión más favorable de la realidad familiar, parece que la edulcoran, pero además se adaptan mejor a los cambios acontecidos en la familia y su entorno.
En lo relativo a los amigos de los hijos, aproximadamente un 8 por ciento de los padres verbalizan un claro rechazo a las características de dichas amistades.
Respecto a las opiniones de los hijos, se constata que en un 25 por ciento se imponen las de los hijos. Si se debaten temas genéricos se tienen en consideración las de los hijos en un 50 por ciento y si les atañe a ellos se tienen en cuenta en un 70 por ciento. Los adolescentes y jóvenes que consideran que sus criterios se imponen en el hogar valoran como fuente primordial de su socialización al grupo de amigos y mucho menos a los padres y maestros.
El porcentaje de hijos que considera que a los miembros familiares les gusta disfrutar del tiempo libre juntos no alcanza el 40 por ciento.
Al hablar con los padres se aprecia un gran esfuerzo por democratizar su relación con los hijos, en adaptar posiciones protectoras y permisivas, pero añorando las relaciones de autoridad que facilitaban que las normas se cumplieran. Los padres se quejan de la inhibición de las instituciones en la educación de sus hijos. También proyectan responsabilidades en la figura del maestro que entienden no imponen la necesaria disciplina.
Junto a ello, los padres culpan a la sociedad de manera genérica por transmitir auténticos antivalores, por ser tan competitiva y rendida al dinero, por impedir con los horarios laborales dedicar el tiempo necesario a la educación de los hijos. Esa crítica se tiñe de indignación al referirse a los espacios emitidos por las televisiones.
Dentro de la pareja de forma conjunta se transmite la angustia por la inseguridad de si son unos padres que actúan correctamente (en bastantes casos con sentimiento de culpabilidad) por no cumplir los mínimos que el rol paternal exige. Las madres acusan a los padres de un posicionamiento de abandono de sus funciones y los padres a las madres de ser excesivamente permisivas. Aproximadamente un 40 por ciento de los padres dicen sentirse desbordados en la función educativa; es más, entienden que no educan bien porque no saben hacerlo.
Un 20 por ciento de los padres se sienten agobiados por las exigencias económicas de sus hijos.
Los padres entienden que requieren apoyo del exterior (incluyendo las fuerzas de seguridad y operadores jurídicos), un 8 por ciento reconoce que su hijo le insulta o amenaza cuando se enfada.
Los hijos se relacionan más y mejor con las madres. Los hijos que dicen tener buenas relaciones con sus progenitores entienden que sus agentes de socialización son la familia, el centro de enseñanza y los libros, mientras que los que tienen malas relaciones valoran primordialmente a los amigos y los medios de comunicación.
Se aprecia que los padres que admiten más comportamientos incívicos con los hijos y mantienen el criterio de «dejar hacer» acaban llevándose peor con sus hijos.
Se detecta que mayoritariamente los padres transmiten a sus hijos (o lo intentan) ilusión por alcanzar puestos laborales reconocidos, amor al estudio, desarrollo del esfuerzo y asunción de responsabilidad.
Los padres inciden muchísimo menos en valores ideológicos, sociales, políticos o religiosos.
Claramente los padres transmiten pragmatismo (quizás miope).
Dentro de los múltiples tipos de familia actuales en España, hemos de destacar por su importancia numérica las «familias light». Aproximadamente un 40 por ciento son familias donde la valoración máxima se da a la amistad, por lo que se estima esencial el grupo de referencia (los amigos) del hijo, dado que la educación es del tipo horizontal. Los padres han dimitido de su función socializadora y tampoco se potencian otras instituciones como la escuela o la iglesia.
Otro grupo importante es el de las familias cooperativas, aproximadamente el 25 por ciento. Sus miembros buscan estar juntos, son autosuficientes, dan valor no solo a la capacitación profesional sino al desarrollo ético, moral y ciudadano. Todos los miembros transmiten ideas y opiniones y crean un correcto y cálido clima en el hogar.
Hay una nueva familia española que podríamos denominar de puertas abiertas. Se caracteriza por tener una comunicación fluida, se tienen en cuenta las opiniones de los hijos, existen conflictos derivados del ajuste de roles en las nuevas estructuras socio-familiares y las actuales demandas laborales y de ocio. Los padres (con alto nivel formativo) buscan dotar de autonomía a los hijos, intentando inculcarles solidaridad, lealtad, honradez y un adecuado nivel educativo. Este grupo de correctas y novedosas familias alcanza un porcentaje del 20 por ciento.
Por último, está la familia conflictiva que supone un 15 por ciento del total de las familias. La relación padres/hijos es mala. Los padres tienen un universo de valores muy distinto al de los hijos, desean mostrarse rígidos pero son reiteradamente desbordados; los comportamientos de los hijos acaban siendo conflictivos.
En general, las relaciones entre padres e hijos son buenas, afectuosas, cálidas. Tanto padres como hijos tienen una positiva vivencia de sus relaciones. No hay que dejar de fomentarlas. Hay que animar a los niños a tener confianza en los padres y viceversa. Debemos contarnos nuestras alegrías y frustraciones. Los lazos más que de consanguineidad, son de afectividad. Decir de vez en cuando «te quiero» es una terapia mutua.
Cuando el niño alcanza la adolescencia, es muy difícil recuperar el hábito de la relación si anteriormente no ha existido. Estos primeros años son preciosos, pasan rápido y no vuelven.
La importancia de la relación paterno-filial está en proporción inversa a la edad. En algún momento de su vida dirán o valorarán que no nos quieren. Es imposible no hacerles sufrir puntualmente. A veces parece que solo recuerden las peores situaciones que han vivido, como si no se les hubiera dedicado el tiempo, la ilusión, la entrega. Lo importante es que sepan que estamos a su lado, siempre, que lo hacemos lo mejor que podemos.
SER PADRES
Querido/a lector/a, llegados a este punto, estará de acuerdo conmigo en que los padres han de cumplir su papel. Ser padres conlleva saber educar. Lo que se requiere para ello es amor, lógica, técnica, arte y conocimiento. No es fácil, pero tampoco imposible.
Se trata de un acto ininterrumpido, pues para educar bien a los hijos hay que educar bien a los padres. Es un gesto continuado de generosidad, pues se debe amar sin intentar poseer.
Ser padres es un alarde de optimismo, de confianza en los otros, de conocimiento positivo de sí mismos. Es incentivar la libertad de los pequeños, ejerciendo con responsabilidad la propia. Es buscar ser, siendo, pensar y actuar en búsqueda de una
mejora diaria.
Ser padres es asumir que se educa en todo momento, más con los actos que con la palabra, que la educación es el combustible del alma, que se precisa educar en el altruismo, autocontrol y autodisciplina, que hay que enriquecer la competencia emocional.
Importante será lo que enseñemos, pero más el gusto que transmitamos por aprender.
En conclusión, la relación de padres y madres respecto a sus hijos debe ser de amor y enseñanza a la par. Por eso tenemos que aprender y posteriormente enseñar a contemplar, a percibir la realidad. Hay que educar en el afecto, la tolerancia, la empatía y administrar capacidad para planificar, para demorar los impulsos. Hay que enseñar a labrar el propio ser con amor, sembrándolo de generosidad. Hay que transmitir una fundada sospecha de la perduración de las cosas, algo con lo que convivimos, pues cuando se nos mueren los nuestros, anticipamos nuestra propia muerte.
Ciertamente la paz solo puede empezar en los niños, pero a algunos les enseñamos a ser mentirosos compulsivos o mentirosos de conveniencia, no nos referimos a la «mentirijilla», sino a primar el propio interés sobre la verdad. Y es que ven esa actitud a su alrededor. La mentira, en muchas ocasiones, debe ser más sancionada que la causa que la ha generado.
Las graves y continuadas faltas educativas, las vivencias traumáticas, ocasionan que algunos niños muestren desviaciones en emociones y sentimientos. Otros jóvenes caen en la indefensión aprendida, la cual aparece cuando la persona cree que los sucesos son incontrolables, que no puede hacer nada para cambiarlos, pues no influye sobre ellos.
Como bien dice Aldo Naouri, un niño tirano hace imposible las relaciones familiares y altera en el futuro la convivencia social. Por eso el trato no puede ser entre algodones sino desde la enseñanza del autogobierno; mostrémosle sin miedo que les enseñamos para que se emancipen, hagámoslo desde las cosas que pudieran parecer intrascendentes como la asignación económica, formémosles para que sean responsables ante la toma de decisiones, lo que conllevará su posicionamiento ante la oferta de drogas o su opción para mantener relaciones sexuales.
A los niños tenemos que intentar enseñarles la verdad de la vida, las verdades, las utopías, tenemos que mostrarles su capacidad para llevar su vida en sus propios brazos, no debemos colocarlos ante los acontecimientos sin capacidad de crítica, de iniciativa.
Tener hijos no es lo mismo que ser padres. La familia educa por «presión osmótica», los niños aprenden de los modelos, no de la crítica destructiva. En el hogar se han de transmitir valores éticos, educar en los ideales, en la no-violencia, en la apreciación de lo distinto, en la reflexión. Hay que retomar la charla, el sentimiento de vecindad, el interesarse por el otro.
Algunos influyen de manera muy negativa en el comportamiento que su hijo pueda tener hacia usted padre/madre.
Yo no quiero ser padre «¡¡Es tan difícil!!».
Esta expresión empieza a generalizarse entre algunos jóvenes. Debiéramos replantearnos qué estamos transmitiendo para que este pesimismo (¿objetivo?) se difunda. Educar es difícil, pues sí, pero es tan precioso, tan natural, tan vital. Todo esto y mucho más lo ha sido siempre. Nos encontramos con jóvenes que aprecian un gran cambio en la generación que les continúa. Es más, no se reconocen en ella.
Lo cierto es que los jóvenes empiezan a dejar de serlo cuando se plantean abandonar el hogar de los padres. Verdad es que resulta difícil encontrar un trabajo con garantías de continuidad y casi imposible acceder a una vivienda. Pero también repercute en esta decisión de vivir con los padres, la comprensión de estos y cierta acomodación de algunos jóvenes.
En fin, que para cuando abandonan el nido (que conlleva en los progenitores el «síndrome del nido vacío» dada la habituación que los muchos años de convivencia proporciona), los jóvenes son menos jóvenes y hasta que deciden ser padres, transcurre otro tiempo.
Disyuntiva: ¿ser padres? Hay quien no se ve capacitado. Haberlos los hay que no quieren complicaciones. También quien anticipatoriamente se responsabiliza tanto que se bloquea ante tamaña decisión. Un grupo, no pequeño, se plantea, ¿y si luego las cosas no van bien, queremos separarnos y tenemos un hijo? Como dice Aldo Naouri: «¡No podemos llegar al límite de obligar a los padres a sacarse el carné para tener hijos!». Por fin, menos mal, los que se ponen a la tarea entendida como misión y ocasión de disfrutar, ilusionarse en la vida y transmitirla.
Dada la cronología referida y otros aspectos, no es infrecuente la necesidad de inseminación artificial. Lo cual, que se sepa, no es ningún problema (convendría escuchar las vivencias sinceras y sentidas de los padres tras el ejercicio de su función parental).
Hay quien opta por la adopción, bien como una decisión solidaria para