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Si bien Formas de volver a casa profundiza la mirada en una serie de historias particulares de los hijos, no olvida la heterogeneidad de experiencias de esta generación durante el periodo dictatorial. Cuando retorna la democracia y el protagonista está en la escuela secundaria, se refiere a los compañeros que tienen familiares presos, torturados, desaparecidos pero también a aquellos cuyos padres

fueron victimarios5, perspectivas estas que recorrimos en capítulos anteriores.

La historia familiar de Claudia durante la dictadura hace partícipe al protagonista, a través del juego de espionaje, de la vida política del país. Esta historia que el narrador, de adulto, intentará reconstruir indagando en la memoria de su amiga, contrasta con su propia historia familiar. Claudia expresa al protagonista: “Sé que te importa mi historia, pero más te importa tu propia historia” (140). En este sentido, la novela examina los vínculos parentales entre un hijo que pregunta a los progenitores sobre su posicionamiento político durante

5 “El colegio cambió mucho cuando volvió la democracia. Entonces yo acababa de cumplir trece años y empezaba tardíamente a

la dictadura y estos insisten en que sostuvieron una posición neutral. Las “familias sin historia”, como la suya, que se instalan a vivir en Maipú, un barrio de clase media que experimenta el ascenso socioeconómico, carecen de una historia de participación política. Son parte de un grupo social que apuesta al progreso y que sostiene discursivamente una supuesta posición neutral ante cualquier credo político. Durante su infancia, mientras el protagonista juega a ser espía y apura los límites de lo que a su edad está permitido, los adultos “jugaban a ignorar el peligro: jugaban a pensar que el descontento era cosa de pobres y el poder asunto de ricos, y nadie era pobre ni era rico, al menos no todavía, en esas calles, entonces” (23). Esta indiferencia ante los acontecimientos político-sociales de una franja de adultos pertenecientes a la clase media en ascenso entre los que se encuentran los padres del protagonista refracta en la novela una de las causas que colaboró en el estallido y la continuidad de la dictadura. Durante este periodo

el niño sabe con seguridad que, políticamente, su padre “no es nada” (40)6;

condición esta que comenzará a cuestionar con la eclosión de su conciencia ciudadana. En efecto, de adulto, se pregunta por sus padres y expresa: “nuestros padres nunca tienen cara realmente. Nunca aprendemos a mirarlos bien” (18). Este desconocimiento del verdadero rostro de los padres se trama, a lo largo del tercer capítulo, en la brecha ideológica entre las generaciones, ligada a la experiencia y a la formación educativa.

Los diálogos en torno a la política entre el hijo y el padre están

atravesados por provocaciones y contrariedades. El ideologema7 del ‘orden

social’ instalado durante la dictadura por el ámbito castrense se reproduce durante la posdictadura en el discurso del progenitor dando cuenta así de la pervivencia y la actualidad del arraigo de una visión de mundo responsable del terrorismo de Estado: “No le vendría mal a este país un poco de orden, dice. Y finalmente viene la frase temida y esperada, el límite de lo que no puedo, que no voy a tolerar: Pinochet fue un dictador y todo eso, mató a alguna gente, pero al menos en ese tiempo había orden” (129). Por medio de este enunciado la novela recupera la posición del padre ante el pasado dictatorial que colisiona con la del hijo. En

6En la tercera parte de la novela, leemos: “durante la dictadura mis padres se habían mantenido al margen”. (69)

7Entendemos esta noción desde la perspectiva bajtiniana, es decir, considerando que los enunciados de los personajes en tanto que

ideólogos, constituyen ideologemas (Bajtín, 1999) al modo de refracciones de enunciados que constituyen puntos de vista del hombre y su entorno social.

efecto, dicho enunciado constituye el límite intolerable para él que cuenta con otra comprensión y otro saber de la historia. La posición de su progenitor ante los acontecimientos del pasado produce en el hijo extrañamiento, un alejamiento donde lo familiar se torna incomprensible y, por tanto, donde lo que se creía saber acerca de los padres se desarma; en dos oportunidades el narrador expresa, casi sin variaciones: “Lo miro a los ojos. En qué momento, pienso, en qué momento mi padre se convirtió en esto. ¿O siempre fue así? ¿Siempre fue así? Lo pienso con fuerza, con un dramatismo severo y doloroso: ¿siempre fue así?” (129). La pregunta parece responderse en la idea de que nunca aprendemos a mirar bien a los padres, aspecto que encierra para parte de la generación de los hijos “un dramatismo severo y doloroso” porque la relación paterno-filial se liga a lo identitario y este hijo no puede identificarse con la palabra paterna, lo que implicará ruptura y distancia.

El vínculo con la madre proyecta una posibilidad de diálogo que con el padre parece vedado. Al recuperar la historia de Claudia, la madre recuerda el miedo que le despertaba el vecino Raúl puesto que intuía que “estaba metido en política”. En tono pedagógico, el hijo le explica que todos estaban metidos en política, incluso ellos que al no participar apoyaban la dictadura. La respuesta de la madre busca eludir todo compromiso aduciendo que ellos nunca estuvieron a favor o en contra de Allende ni de Pinochet. Cuando el hijo le señala que la lucha era necesaria, la respuesta de la madre apela a otro lugar común del discurso social del periodo que implica una interdicción a opinar: “Qué sabes tú de esas cosas. Tú ni habías nacido cuando estaba Allende. Tú eras un crío en esos años./ Muchas veces escuché esa frase. Tú ni siquiera habías nacido. Esta vez, sin embargo, no me duele. En cierto modo me da risa” (133).

Como explica Zambra en la entrevista citada al comienzo de este trabajo, su generación creció escuchando esta frase. Este argumento-defensa de

los padres devenido en cliché impone una frontera infranqueable para la

indagación de los hijos. Sobre este relato heredado por los personajes secundarios que implica un mandato de callar, de no cuestionar, trabaja la novela, es decir, erosionándolo para dar cuenta de que los personajes secundarios sí saben, sí recuerdan y que tienen un lugar en esa historia en la medida que interviene por herencia en su identidad.

La distancia ideológico-generacional entre padres e hijo no se resuelve en el tratamiento de este tema; es posible encontrar una explicación y una profundización que se conjuga en el desplazamiento temático del diálogo en torno a la política hacia los gustos literarios. El cuestionamiento del hijo a la madre por su identificación con personajes literarios que pertenecen a otra clase social hace que este reflexione sobre sus dichos: “…no voy a solucionar nada enrostrando a mis padres el pasado” (134). Es la madre la que articula una relación de distancia con el hijo: al igual que Claudia, “Tú también pareces más refinado que nosotros. Nadie diría que eres mi hijo” (134). Este hijo, que tempranamente ha partido de la casa paterna y ha devenido escritor, se ha convertido también para la madre en una incógnita “yo no sé muy bien en qué te convertiste tú” (135). Sin embargo, esta distancia que se ha establecido en el vínculo materno-filial es aceptada por los personajes como la mejor posibilidad: “Quizás es bueno que estemos menos cerca” (135), expresa la madre.

La conciencia de la distancia integra aspectos generacionales, experienciales, de nivel educativo y de clase. La madre acepta a su hijo en su diferencia, “A mí me gusta cómo eres. Me gusta que defiendas tus ideas” (135), pero el hijo no puede resolver sencillamente el conflicto. Cuando sus padres le sugieren que escriba la historia de Raúl, militante sobreviviente, el hijo eleva la apuesta: “Voy a escribir un libro sobre ustedes” (131). Ya no se trata, entonces, de escribir historias de la resistencia sino de agudizar la mirada en esas zonas sociales, en esas subjetividades producidas por y funcionales a la dictadura, esto es, escribir el libro de un hijo cuyos padres, por indiferencia y omisión, apoyaron un estado criminal, exposición que deviene en un gesto parricida.