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CAPÍTULO II: MARCO TEÓRICO

2.2 Gestión educativa

2.2.3 Papel del gestor en administración educativa dentro de un centro universitario

Si bien en la gestión universitaria existen diversos modelos de gobernanza, en todos ellos el papel de la dirección de unidades académicas es fundamental en el desarrollo de la acción docente.

De acuerdo con Hernández, Quesada y Sánchez (2005), citados por Anchía, Ramírez, Hernández y Brenes (2017), el involucramiento de quien ocupa el cargo de director de unidad académica “es una condición imprescindible para el éxito de los procesos de autoevaluación, acreditación y mejoramiento de la calidad de las carreras” (p.137).

Sin embargo, dicho involucramiento requiere más que la buena voluntad del gestor. En uno de sus estudios sobre gestión educativa, la Oficina Regional de Educación para América Latina y el Caribe (2000) concluye que existen una serie de tensiones en la gestión de proyectos educativos, y una de ellas es la que ese autor llama “desfase entre la formación en gestión y las demandas de la política educativa” (p. 23). Con esto se refiere a los cambios que se han venido generando en los contextos educativos para los cuales se requiere de la capacidad del gestor para su equilibrada atención, trascendiendo lo puramente pedagógico y el dominio de su área de conocimiento, respondiendo y promoviendo cuestiones relativas a la gestión curricular y la gestión administrativa, en un contexto organizacional complejo, diverso y cambiante.

En ese sentido, Elizondo (2011), acentúa en las condiciones en que se desempeñan los gestores en el ámbito universitario, destacando la amplia “variedad de responsabilidades y

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muchos retos que enfrentar, que tienden a evolucionar con la siempre cambiante cara de la educación superior, por lo que su papel es multifacético y a veces ambiguo” (p.208).

Aristimuño, Guaita y Rodríguez (sf), son aún más críticos pues plantean que “la gestión o gerenciación de estas instituciones está determinada por las competencias o elementos gerenciales que manejan sus cuadros directivos, quienes en la gran mayoría de las universidades del mundo son sus académicos, elegidos por elección popular y por compromisos políticos” (p.3), con lo cual, indican, existe el riesgo de que el rol que desempeñen no logre incidir significativamente en la conducción eficiente y eficaz del proyecto educativo.

Según estos autores, la falta de competencias, experiencias y conocimientos en administración educativa pueden acarrear dificultades para que se atiendan oportunamente las exigencias del contexto interno y externo a la instancia que lideran.

Por ello, para que haya un desempeño exitoso se requiere, de acuerdo con Aristimuño, Guaita y Rodríguez (sf), de un importante nivel de competencias asociadas a su campo de conocimiento disciplinar, así como la experticia que le permita comprender y articular desde su gestión las áreas sustantivas de toda universidad, es decir, docencia, investigación y extensión, pero además “debe manejar y desarrollar un conjunto de competencias genéricas, referidas a motivación al logro, toma de decisiones e iniciativa, manejo de efectivas relaciones interpersonales entre otras” (p. 4).

Es importante también considerar que en la actualidad, las instituciones de educación superior presentan una gobernanza en la cual, si bien sigue siendo relevante el cargo de director, su papel se lleva a cabo desde una dinámica que da protagonismo al equipo directivo o a la dirección no como algo unipersonal sino como instancia de conducción. En ese sentido, Patrón (2016) explica que “las últimas tendencias del estudio del liderazgo en los centros educativos, han pasado de centrarse en el puesto del director a un nuevo modelo llamado liderazgo distribuido, compartido o participativo” (p.6).

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Además, el papel del gestor es fundamental para la atención, en particular, de uno de los desafíos que enfrenta la Educación Superior según el CONARE-OPES (2011), correspondiente a “la necesidad de llevar a la práctica estrategias conjuntas que permitan abordar con prioridad los aspectos relacionados con el rendimiento académico, la permanencia exitosa y los índices de graduación estudiantiles” (p.39), pues se trata de temáticas inherentes a la gestión académica y curricular que deben liderar quienes ocupan el cargo de dirección en las unidades académicas.

Al respecto, Alfaro (2007) presenta como parte del papel del gestor la oferta de “propuestas de solución anticipadas a problemas que conocen desde la perspectiva de donde los construyen e incluso viven como parte de la comunidad” (p.244), aduciendo además a los dilemas que esto conlleva especialmente porque al ocupar el cargo de gestor, se enfrentan a una realidad en la cual se dan cuenta de que las soluciones “no dependen de quienes conducen, sino de la forma en que la institución fue definida y el marco legal que la sustenta” (p.244).

Ante tal dilema, para Alfaro (2007) debe visualizarse a las autoridades del ámbito universitario como

verdaderos gestores de calidad y cambio, enfrentadas al dilema de partir del

estado en el que se encuentra la institución, comprendiendo a profundidad los

elementos de la cultura, los potenciales tácitos con que se cuenta en las

comunidades de aprendizaje que se han constituido a lo largo del desarrollo

histórico de la institución, el potencial de evolución que tienen esos grupos, la

confianza que tienen en sí mismos y en las estructuras universitarias y los

lenguajes desde los cuales se puede construir visiones alternativas para un proceso de gestión…del cual son parte. (p.245)

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De lo expuesto, es posible considerar que el papel del gestor, si bien ocurre en un contexto

histórico institucional y comunitario que debe comprenderse, requiere de condiciones de

liderazgo contextualizado, así como de capacidades y conocimientos básicos en

administración educativa para una eficiente y articulada gestión de recursos orientada al logro

estudiantil, así como para la gestión de la calidad integral de la oferta académica que dirige.