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PARÍS LIBERADO

In document Joseph Joffo Un saco de canicas (página 196-200)

Fue una mañana temprano, vuelvo a ver el camión que se aleja; en el pueblo todo duerme aún, tengo unos paquetes mal atados que repiten todos lo mismo, y me siento en la acera delante de lo que ya es mi tienda.

El agua corre por el arroyo bajo mis piernas… es el Sena.

Cerca de mi talón izquierdo, este montoncito de tierra, esta colina, es Montmartre, detrás, junto a la ramita, está la calle Clignancourt, y ahí, en el preciso lugar donde empieza el musgo, está mi casa.

El letrero «comercio judío» ha desaparecido, ya no volverá a aparecer jamás, van a abrir las ventanas de encima de la peluquería, van a salir las primeras bicicletas, abajo debe de haber ya un rumor que va subiendo, que se encarama por encima de los tejados.

Me pongo en pie, me lanzo a la escalera y llego a mi cuarto. Debajo de la cama está el morral, y sé que ésta es la última vez que lo cojo.

No hay duda de que me costará trabajo encontrar un tren, y mucho más poder subir en él, pero nada puede detenerme.

Nada puede detenerme.

Éste es un tipo de frase que nunca hay que decir, ni siquiera pensar.

De la librería a la estación no hay mucha distancia, sin duda menos de un kilómetro, es paseo recto, umbroso, con bancos macizos en los que nunca se sienta nadie, y que en otoño se cubren de hojas muertas.

Yo iba al trote, silbando, me parecía que al final del camino iba a toparme con el metro Marcadet–Poissonier.

Pero no fue esto lo que me encontré.

Llegaron los tres, con el brazal al bíceps, el cinturón un poco flojo, como si hubieran visto la última película del Oeste. Uno de ellos llevaba un pañuelo al cuello anudado como un legionario y botas de caza, y los fusiles en bandolera, tres máusers alemanes, los fusiles más antipáticos que jamás hayan existido.

Yo me detengo estupefacto. —Media vuelta, chaval.

No los conozco, nunca los vi antes en el pueblo, deben de ser de otros maquis, y en todo caso no parecen estar para bromas.

—¡Pero bueno! ¿Qué es lo que pasa?

El hombre del pañuelo se ajusta la correa del fusil y me señala el lugar de donde vengo. Yo obedezco.

Esta sí que es buena. Me detiene la Gestapo, me persiguen durante toda la guerra, y ahora me cogen unos resistentes franceses el día de la liberación de París.

—¡Vosotros estáis chalados! ¿Me tomáis por un S.S. disfrazado, o qué? No contestan. Tozudos, los F.F.I. del sector, pero eso no va a quedar así, van a oírme, y entonces…

Otra vez en la plaza. Ahora hay gente delante de la tienda, sobre todo hombres con cazadora de cuero, armados todos, hay uno muy joven al que llaman «mi capitán», y más lejos un grupo con mapas del Estado Mayor en el capó de una camioneta.

Uno de mis guardianes da un taconazo ante un hombre flacucho vestido de paisano.

—Aquí tiene, mi comandante, lo hemos atrapado. Esto sí que me deja de piedra, ahora me cazan a mí como a los colaboracionistas.

El flacucho me mira, tiene una ceja más alta que otra. —¿Adónde ibas?

—¡Pues a París! —¿Por qué a París? —Porque allí vivo.

—¿E ibas a dejar todo eso aquí?

Con un ademán de la mano barre los montones de periódicos y la librería. —¡Pues claro que iba a dejar todo eso aquí!

Me mira fijamente y sus cejas se ponen al mismo nivel.

—Me parece que no comprendes bien la situación. Con un gesto me hace entrar en la librería.

Otros nos siguen y se instalan, no sé si lo hacen para impresionarme, o es que han adquirido la costumbre últimamente; el caso es que se sientan en fila detrás de la mesa grande, con el coronel en el centro.

Yo estoy al otro lado, como un acusado ante sus jueces.

—No has entendido la situación —prosigue el coronel— tú eres el responsable de la circulación de las noticias en el pueblo, y debes seguir en tu puesto, porque aún estamos en guerra, y tu misión es parecida a la de un soldado que…

—¿No quieren que vuelva a París?

Se ha quedado un poco cortado, pero se recupera en seguida. Simplemente pronuncia:

—No.

Yo no me inmuto. Amigo, los tíos de la Gestapo no lograron echarme el guante, así que no serás tú quien me asuste.

—Muy bien, pues entonces fusiladme.

Al gordo del extremo de la fila se le cae la colilla de la boca. Esta vez el coronel no encuentra respuesta.

—Hace tres años que me marché de mi casa, que estamos todos separados, y hoy que puedo volver, volveré, y vosotros no me lo impediréis.

El coronel pone las palmas de la mano sobre la mesa. —¿Cómo te llamas?

Joseph Joffo, soy judío.

Respira ligeramente, como si temiera lastimarse los pulmones respirando demasiado profundamente.

—¿Tienes noticias de tu familia? —Voy a París por ellas. Se miran. El gordo golpea la mesa con el índice. —Oye, no podrías quedarte un poco para… —No.

Se abre la puerta. A éste le conozco, es el señor Jean. Sonríe. Tenía yo razón al pensar que era mejor ser amigo suyo, ahora va a probarlo.

—Conozco a este muchacho, nos hizo algunos servicios. ¿Qué ocurre? El coronel se sienta, en el fondo parece simpático, si no fuera por las cejas que le dan un aspecto un tanto diabólico, sería el tipo perfecto del papá de familia. Levanta la cabeza.

—Quiere volver a su casa, y como es lógico, esto plantea problemas para la librería.

El señor Jean me pone las manos en los hombros como la primera vez que nos vimos.

—¿Quieres marcharte? Yo le miro.

—Sí.

Desde este momento sé que he ganado la partida. Mis jueces no ponen ya cara de juez. Ha sido el alivio lo que me ha hecho saltar las lágrimas, han llegado a traición, como para ponerme en ridículo.

Es difícil impedirles que caigan.

Me puse de nuevo en camino, ellos eran quince acompañándome, el malo de antes, el del pañuelo, me llevaba el morral, me dolía la espalda de tantas palmadas.

—¿Quieres un bocadillo para el tren? —¿Crees que encontrarás asiento?

—Dale un beso de mi parte a la Torre Eiffel.

Me dejaron un poco antes de llegar, porque llegó un camión con otros maquis y los acompañaron. Dije adiós una vez más y empujé la puerta de acceso al andén. En el andén había diez millones de personas.

¿Y Maurice?

Antes de irme hacia la estación fui a verle, su patrón no le dejó marchar. Qué manía. Pero no hay que preocuparse, se las arreglará bien, le conozco.

En los libros que he leído más tarde, he visto que los escritores suelen decir que la multitud «bulle». En el andén de R. la multitud no bullía, no había suficiente espacio para ello. Había una masa densa, comprimida, hasta el mismo borde del andén. ¿De dónde venía toda esta gente?

Seguramente de todos los rincones del departamento, o de otros departamentos. También ellos debían haber estado escondidos y ahora volvían a la capital con bultos, cajas; en París no debía haber nada que comer, llevaban sacos de harina, cestos repletos de carne, gallinas atadas por las patas, un éxodo completo pero al revés.

—No cabremos todos. Me vuelvo.

La que ha hablado es la señora que está detrás de mí, le tiembla la barbilla, en ella tiene dos largos pelos que también tiemblan un poco. Respira muy

fuerte, lleva una bolsa bajo el brazo y una enorme maleta atada con cordeles que crujen como una manzana en el horno, una auténtica catástrofe en potencia. Me pongo de puntillas y logro ver al jefe de estación que escala montañas de paquetes, un trabajo de alpinista.

Hay oleadas, y los que están al borde del andén arquean la espalda para no caer a las vías.

Oigo lo que hablan a mi alrededor, el tren lleva retraso, una hora ya, y eso no es todo, hay líneas que aún no están reparadas.

Lo esencial es acercarse lo más posible, y yo tengo una ventaja sobre toda esta gente, es que soy pequeño.

—¡Aaaay!

He pisado un pie, su dueño me agarra por el morral y abre una boca como un túnel, pero yo soy más rápido.

—Discúlpeme, mi hermanito pequeño está allí y van a aplastarlo.

El tío gruñe y realiza la hazaña de desplazarse cinco centímetros, lo cual me permite a mí avanzar veinte. Ante mí hay una muralla de baúles superpuestos.

Tiro el morral por encima de ellos y los escalo como un alpinista. Ahora estoy encima, veo a mis miles de cabezas, parece como si fuera a dar un discurso.

—¡Eh, mocoso! ¡Bájate de ahí!

—Mi hermanito pequeño está ahí, y…

Pongo voz suave, voz de parvulito. Ello me permite bajar por la otra vertiente del obstáculo. Hay que adaptarse al terreno: avanzo a gatas entre dos pares de nalgas. Las de la derecha parece que no han sufrido restricciones. Me inclino hada la izquierda. Oh milagro: hay un hueco entre dos piernas, me deslizo, me arrastro en diagonal, y ¿quién es el que está ahora en primera fila? Jo Joffo.

Imposible sentarse, no podría volver a levantarme o moriría asfixiado. Me da miedo sólo pensar en la avalancha que se producirá cuando llegue el tren. Hay una señora a mi lado. Sería más justo decir contra mi. Lleva unos altísimos tacones de madera, y un gran bolso, va muy bien peinada, se ha puesto guapa y la oigo que no cesa de gemir suavemente. Intenta sonreírme tristemente.

—Ojalá no dure mucho.

Estuvimos esperando dos horas y media.

Lo más malo son las rodillas, es como si dos placas de madera se te pegaran delante y detrás de la rótula, y van apretando, primero suavemente, y al fin con una fuerza terrible.

In document Joseph Joffo Un saco de canicas (página 196-200)

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