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PARA VERGÜENZA NUESTRA

Incluso los chimpancés de Gombe están amenazados por la imparable marcha de la expansión humana. Estaba pensando en esto durante una de mis recientes visitas mientras seguía a un gran grupo de chimpancés hacia los prados abiertos de las cumbres de la cordillera. Me hallaba sin aliento cuando llegamos a nuestro destino, una gran arboleda de muhandehande. Cuando los chimpancés, con sonoras expresiones de alegría, empezaron a comer las dulces frutas, me senté en una roca que, a la sombra de un arbolito, conservaba aún el frescor del aire nocturno. Nos hallábamos casi en la cumbre del mundo de los chimpancés, bajo el pálido cielo de la mañana. A nuestros pies la tierra descendía, abrupta unas veces, suave otras, hacia el gris azulado del lago Tanganika. Líneas y manchas verdes emergían justo debajo de los dorados montecillos y de las crestas de las resecas cordilleras y, gradualmente, se oscurecían y espesaban para luego converger en un laberinto de barrancos y gargantas hundidos en los valles densamente poblados de árboles. Hacia el norte, hacia el sur, un valle sucedía a otro valle, llevando cada uno sus arroyos de rápida corriente hacia el oeste, desde la divisoria de aguas, en las cumbres, hasta el lago.

El parque nacional de Gombe, estrecha franja de terreno accidentado que se extiende algo menos de dieciséis kilómetros a lo largo de la costa del lago, constituye un pequeño y conmovedor baluarte para las tres comunidades de chimpancés que viven allí. Porque, aunque aún pacen libremente, están efectivamente prisioneros; su refugio está rodeado por tres de sus lados por ciudades y tierra cultivada, mientras que en la cuarta frontera, la costa del lago, permanecen acampados más de mil pescadores. Sin embargo, estos ciento sesenta chimpancés están más seguros que casi todos los otros chimpancés libres en África, excepto aquellos que ocupan los pocos sitios absolutamente remotos en la zona central del límite de la especie. Por lo menos, en Gombe no hay caza.

Me senté allí, disfrutando de la fresca brisa, contemplando el reducido reino de los chimpancés. Cuando llegué a Gombe en 1960 se podía subir a la cumbre de la cordillera y al este; hasta donde se extendía la mirada todo estaba habitado por chimpancés. Los bosques y las junglas, santuario de la vida salvaje, se extendían sin interrupción desde el extremo norte del lago hasta la frontera sur de Tanzania y hasta más allá. Entonces debían vivir en Tanzania cerca de diez mil chimpancés, mientras que en la actualidad no quedarán más de dos mil quinientos. Pero al menos los que quedan están protegidos en dos parques nacionales, el de Gombe y el área mucho más grande de Mahale Mountains, en el sur. Hay también algunas reservas donde los chimpancés todavía viven en parecida seguridad. Ninguno de los pueblos de Tanzania se come los chimpancés ni la exportación de chimpancés vivos ha sido nunca un negocio floreciente. En muchos otros países africanos en los que todavía viven chimpancés su situación es bastante peor.

A principios de siglo se encontraron chimpancés por cientos de miles en veinticinco naciones africanas. En cuatro países ya han desaparecido completamente. En otros cinco, la población es tan pequeña que la especie no podrá sobrevivir mucho tiempo. En once países las poblaciones no llegan a cinco mil. E incluso las cinco fortalezas centrales de los chimpancés están perdiendo terreno ante el crecimiento de las necesidades y poblaciones humanas. Los bosques son arrasados para viviendas y cultivos. La explotación forestal y minera penetran cada vez más profundamente en sus hábitats naturales, y las enfermedades humanas, a las que todos los chimpancés son susceptibles, penetran con ellas. Además, las menguantes poblaciones de chimpancés se van fragmentando y la diversidad genética se va

perdiendo hasta que, en muchos casos, los pequeños grupos de supervivientes no pueden mantenerse mucho tiempo. En algunos países de África Central y Occidental los chimpancés se cazan para su consumo. Pero incluso en lugares donde no se comen, las hembras a menudo son atrapadas o perseguidas con perros y escopetas, o incluso envenenadas para capturar sus crías y venderlas a negociantes que las introducen en el mercado internacional del espectáculo y en industrias farmacéuticas, o las venden como «animales de compañía» a quien las quiera comprar.

Oí unas risas en un árbol cercano. Las dos hijas de Fifi, Fanni y Flossi, ahítas de comida, habían empezado a jugar. Cuando las miré, la cría más reciente de Fifi, el pequeño Faustino, tocó uno de los frutos que su madre estaba masticando y luego se lamió los dedos. Varios chimpancés, saciado su apetito, bajaron al suelo y se tumbaron. Gremlin y Galahad estaban cerca de mí y, aunque yo las observaba, la cría se durmió, relajada por el acicalamiento de los dedos de su madre. Estaban a ciento cincuenta metros de donde yo estaba y una vez más me sorprendí por la absoluta confianza que mostraban y cuán patéticamente seguros estaban de mi responsabilidad hacia ellos: nunca debía quebrar dicha confianza. Galahad, quizás soñando, agarró de repente el pelo de su madre. Gremlin respondió instantáneamente cogiéndolo, tranquilizándolo incluso mientras dormía, de manera que volvió a relajarse. Mirándolos pensé, como hoy pienso a menudo, en el triste destino de centenares de chimpancés africanos. En las madres muertas, en las crías arrebatadas de sus manos que aturdidas, aterrorizadas y heridas se ven arrastradas a una nueva y amarga vida. Una vida estéril y fría, siempre sin los tranquilizadores brazos de su madre, sin el confort y la nutrición de sus pechos.

El negocio, totalmente morboso, de capturar crías de chimpancés con cualquier objetivo no es sólo cruel, sino además constituye un auténtico derroche. Las armas de los cazadores son en su mayoría viejas e inseguras. Muchas madres escapan heridas, sólo para morir más tarde de sus lesiones. Sus crías seguramente también morirán. A menudo sucederá lo mismo con los jóvenes, particularmente cuando las armas son rudimentarias y cargadas con pedazos de metal. Y si otros chimpancés corren en defensa de la madre y el hijo, dispararán también sobre ellos.

Sólo ocasionalmente los cazadores fracasan. Hay una historia verídica de dos cazadores que partieron en busca de un joven chimpancé. Después de tres días, durante los cuales dispararon sobre cuatro madres, tres de las cuales escaparon heridas y otra fue asesinada junto a su cría, localizaron y mataron a una quinta.

Ésta cayó al suelo, con su cría aún viva. El hombre bajó el arma y fue a coger al aterrorizado crío, que se agarraba con fuerza a su madre moribunda gritando con desesperación. De repente hubo un estruendo en la maleza y un macho chimpancé adulto, con el pelo erizado, cargó hacia ellos. Con un rápido movimiento escalpó-arrancó el cuero cabelludo- a uno de los cazadores. Agarró al otro y lo lanzó contra unas rocas, rompiéndole varias costillas. Luego cogió a la cría y se la llevó hacia el bosque. La primera vez que escuché la historia creí que el pequeño habría muerto. Pero eso fue antes de que viésemos a Spindle cuidando al pequeño Mel, lo que nos permitió suponer que el macho justiciero había mostrado una conducta parecida y que el joven era tan tenaz como Mel. Los dos hombres consiguieron llegar a un hospital, donde se recuperaron y fueron encarcelados después.

Tales incidentes, sin embargo, son poco corrientes. Para la mayoría de las crías la muerte de su madre lleva a un cambio radical y provoca una sucesión de nuevas experiencias. Después de esa brutal separación, la cría debe soportar la pesadilla de un viaje a un poblado

nativo o al campamento del comerciante. El cautivo, a menudo con los pies y las manos atados con cuerdas, se ve metido en una pequeña caja o cesta, o guardado en un saco sofocante. Y con el profundo cambio, con el nuevo ambiente de cautividad, la libertad, la comodidad y la alegría quedan muy, muy lejos. Y no nos olvidemos que una cría de chimpancé sufre de la misma manera, emocional y mentalmente, como sufriría un niño humano.

Muchos jóvenes no sobreviven a estos viajes porque en ruta no reciben la menor atención. Los que resisten llegan en un estado lamentable. Muchos están heridos, todos deshidratados, sufriendo por el «shock». Es muy improbable que recobren la confianza y la alegría, ya que las condiciones que prevalecen en tales lugares son típicamente precarias y los niveles de cuidados atroces. Y mientras esperan el embarque hacia su destino final, más crías morirán aún. Los supervivientes deben soportar el traslado a distintos lugares alrededor del mundo. Los retrasos en los aeropuertos son corrientes y pocos alimentan a los animales cautivos. A menudo la salida es de hecho ilegal, por lo que los traficantes, y quienes los pagan, hacen lo posible por ocultar la naturaleza de la carga. Estos traficantes son auténticos malvados. Engordan y se enriquecen con la sangre de estos inocentes, como los que traficaban con esclavos humanos hace muchos años.

Es sorprendente que algunos jóvenes salgan vivos de esos cajones de transporte llenas de aire viciado. Pero a veces lo consiguen, contra todo pronóstico. Como los supervivientes de los campos de concentración del Tercer Reich, estos pequeños chimpancés muestran una sorprendente tenacidad para sobrevivir. Pero incluso su llegada no es necesariamente el final del trayecto; algunos deben viajar por tortuosos caminos para que su país de origen quede disimulado. Es por eso que pueden ser importados como nacidos en cautividad a países que no aceptan importar chimpancés nacidos en libertad procedentes de África. Y por eso el número de vidas malgastadas continua creciendo. Estos jóvenes que, eventualmente, llegan vivos a su punto de destino final suelen estar tan débiles, tan castigados emocionalmente, que es imposible que recuperen la salud. Se ha estimado que entre diez y veinte chimpancés mueren por cada cría que sobrevive al final de su primer año en su último destino.

Mis pensamientos se interrumpieron cuando el grupo de chimpancés, alimentado y descansado, empezó a bajar de la montaña. Cuando seguía a Fifi y a su familia mi placer del principio se veía turbado por una profunda depresión. La vista de Faustino disfrutando de las atenciones de su madre y sus dos hermanas mayores me recordaba constantemente a todas las crías arrebatadas tan bruscamente de parecidos grupos familiares.

¿Qué ocurre con los pocos que sobreviven al horror de la captura y el transporte? ¿Qué les ofrecemos como recompensa a su resistencia? Demasiado a menudo, sus vidas serán tan desdichadas y tristes que más les hubiera valido morir durante aquellos primeros meses de su cautiverio a manos humanas. Muchas crías nacen en cautividad con un futuro igualmente crudo. Lo mejor que estos chimpancés prisioneros pueden esperar es terminar en un buen zoológico. Y es triste decirlo, pero son pocos aún los zoológicos que ofrecen buenas condiciones de vida a los chimpancés. A causa de que los chimpancés adultos son demasiado fuertes y escapan con facilidad, las jaulas que pueden proporcionarles un ambiente adecuado son caras. Por eso innumerables chimpancés languidecen en pequeñas celdas de barrotes de acero y suelo de cemento en todas parte del mundo. Algunos de estos desgraciados tienen dos o tres compañeros con quien compartir su encarcelamiento; otros deben sufrir solos más de cincuenta años de completo aburrimiento. Se frustran y se vuelven apáticos y, finalmente, psicóticos. Las condiciones tienden a ser particularmente

tristes en muchos zoológicos africanos y del Tercer Mundo, cosa apenas sorprendente en vista del hecho de que también centenares de Beses humanos deben soportar allí la miseria. Pero no hay excusa para las sorprendentes condiciones que aún prevalecen en muchos zoológicos de Europa y los Estados Unidos.

Tampoco hay excusa para el abuso de chimpancés jóvenes en la costa sur de España y en las zonas costeras de las Islas Canarias. Estos jóvenes, traídos ilegalmente al país desde África, están sujetos a años de miseria en manos de un grupo de fotógrafos que hacen su negocio durante la temporada de vacaciones, ofreciendo a los turistas la oportunidad de ser fotografiados sosteniendo a un joven chimpancé vestido con ropas de niño. Las fotos sirven como recuerdo de unas placenteras vacaciones al sol en un país que parece más exótico a causa de la presencia de animales salvajes. Después de todo, no se pueden ver chimpancés en los paseos de Brighton, ni en Blackpool, ni en la Riviera Francesa.

El turista casual no tiene ni idea del sufrimiento infligido a estas patéticas crías. Durante el día los obligan a transitar bajo un sol de justicia. Por la noche, algunos deben soportar clubs nocturnos y discotecas, donde sus ojos se inflaman en una atmósfera cargada de humo y cuyo ruido debe ser angustioso para sus sensibles tímpanos. Llevan los pies metidos en zapatos que no tienen la forma adecuada para sus dedos. Llevan pañales (que apenas se cambian) bajo unos pantalones de plástico de manera que sus traseros se irritan, con el consiguiente dolor. La mayoría de ellos están muy drogados. Se les disciplina a golpes y a algunos también con la punta de un cigarrillo encendido. A medida que envejecen se les arranca los caninos de leche, y a veces también otros dientes, para evitar el riesgo de que muerdan al cliente. A los cinco o seis años son demasiado grandes y fuertes para este trabajo; entonces son sacrificados o vendidos a los comerciantes.

Gracias a los persistentes esfuerzos de una pareja británica que vivía en España, Simon y Peggy Templar, se ha aprobado una nueva legislación que permite a las autoridades confiscar chimpancés sin permiso. Yo estaba presente cuando dos de estos jóvenes fueron trasladados desde el asilo de los Templar en España a un refugio en Inglaterra.

Uno de ellos, Charlie, había sido rescatado pocas semanas antes de que llegásemos. Tenía seis o siete años. Le habían arrancado todos los dientes, excepto tres caninos y los molares, que estaban saliendo. Estaba delgado, casi demacrado. Y sus movimientos eran lentos, como los de un anciano; parecía muy sabio para su edad y abrumado por sus experiencias de la vida. Sus ojos parecían mirar sólo hacia dentro, hacia su sufrimiento.

Un veterinario británico, Kenneth Pack, que había estado ayudando a los Templar durante años, estaba allí con su pistola somnífera para que los chimpancés pudiesen guardarse en las cajas de viaje. Cuando le puso una inyección a Charlie, éste miró tranquilamente al dardo enganchado en su brazo, con su pequeña aguja roja; luego se la retiró y la examinó cuidadosamente. Sacó la aguja, luego intentó volverla a poner. Entonces, ante mi incredulidad, intentó inyectarse a sí mismo. Desde luego fracasó, puesto que no había aguja. Vino hacia mí y me entregó la jeringa. Pero cuando se la iba a coger, él dirigió mi mano, sosteniendo la jeringa, hacia su brazo.

Los Templar habían descrito cómo algunos de los jóvenes confiscados que recogieron pasaron los horribles síntomas del «mono», a veces durante varias semanas. Cuando vi a Charlie, con su cara triste, con su vieja cara de joven, me puse enferma. Aquí teníamos un adicto intentando darse un «chute».

Y también están los chimpancés utilizados en la industria del espectáculo, en circos y películas. Desde luego es posible entrenar a los chimpancés con amabilidad, pero las pulidas actuaciones de los chimpancés estrella, tales como aquellos que aparecen en las

películas de Tarzán, Project X, Bedtime for Bonzo, etc... se consiguen, casi sin excepción, a base de crueldad. En el plató la brutalidad es rara; no sería tolerada. Pero durante las sesiones de entrenamiento los futuros actores no humanos son rutinariamente golpeados. El entrenador suele utilizar una cachiporra envuelta en papel de periódico. Cuando el entrenamiento continua en el estudio, en presencia de actores humanos, el rollo de papel es el símbolo que asegura la obediencia instantánea.

Muchos chimpancés cautivos acaban como animales domésticos, particularmente en África. La mayoría pertenecen a personas que los rescatan, acurrucados y miserables, de un mercado o de la cuneta. Sus madres han sido abatidas, troceadas y vendidas como carne. Las crías tienen poca carne y los cazadores, si tienen suerte, pueden sacar más dinero vendiéndolos como animales de compañía. Y así el negocio continúa.

En un principio estos jóvenes son fáciles de cuidar en casa. Vestidos con pañales son como muñecos vivos, dóciles, afectivos y lindos. Pueden estar mimados y bien cuidados y cuando los propietarios se toman la molestia de proporcionarles una dieta nutritiva, seguridad y amor, las crías disfrutarán de esa clase de vida, aunque sea poco natural. Pero cuando crecen son más difíciles de llevar y a los cuatro o cinco años se han convertido ya en una molestia. Son fuertes y curiosos. Quieren investigar su entorno. Suben por las cortinas, lo rompen todo, asaltan la nevera, cierran con llave los armarios. Deben ser disciplinados cada vez más y se resienten ante los castigos. Cogen fuertes rabietas y muerden. Y por eso son desterrados de la casa, a menudo a pequeñas jaulas en la terraza. Un chimpancé, Sócrates, había estado en una prisión así durante meses cuando lo conocí. La historia del sufrimiento que había conocido en sus escasos tres años estaba claramente escrita en su cara.

Whiskey estuvo encadenado. Yo había visto fotografías suyas atado en la parte de atrás de un garaje, pero incluso así no estaba preparada para el estallido de pura rabia que me barrió cuando lo vi. Su celda tenía el suelo de hormigón y las paredes de ladrillo y metro cincuenta por metro ochenta. Había una pequeña abertura en el desvencijado techo. El pequeño cubículo se hallaba junto a un urinario de tipo asiático, algo más que un agujero en el suelo con la puerta medio abierta. Probablemente el «hogar» de Whiskey había tenido el mismo uso alguna vez.

«Es como un hijo para mí» dijo el sonriente árabe. Lo miré, pasmada, ¿Era estupidez o insolencia lo que le llevaba a presentarme a un «hijo» atado con una cadena de medio metro a un poste de acero detrás de un urinario abandonado? Miré a Whiskey y me encontré con su mirada interrogadora. «Su cadena se alarga por la noche», dijo su «padre». «Así se puede mover por el garaje». Sí, pensé, por la noche, cuando el chimpancé duerme. Fui hacia Whiskey y él puso sus brazos a mi alrededor, devolviéndome un abrazo.

Mientras me marchaba comenzó a dar volteretas, tirando de la cadena y golpeando el muro con las manos y los pies. Miró hacia mí; luego arrojó una piel de plátano, que fue todo lo que pudo encontrar en su prisión. Me habían dicho que solía arrojar excrementos, pero lo habían limpiado todo para mi visita.

¿Qué ocurre con estos desafortunados chimpancés cuando se hacen realmente grandes y fuertes, en la adolescencia? ¿O cuando sus propietarios abandonan el país? Algunos van a parar a un zoológico local donde, aunque tengan las mejores intenciones, los fondos son limitados. Además, los dueños tienen sus propias familias que cuidar y el coste de los chimpancés es demasiado elevado. Cuando los zoológicos no acogen a los jóvenes chimpancés suelen matarlos, ya que la mayoría de los países prohíben su exportación legal.

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