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La parroquia, una comunidad unida en el banquete eucarístico

LA PARROQUIA A LA LUZ DE LA ÚLTIMA CENA

2.2 La parroquia, una comunidad unida en el banquete eucarístico

El Reino de Dios supone en principio la comunión de Dios con el hombre. El signo preferente del Reino es el banquete familiar. Jesús es el Reino personificado. En los evangelios aparece participando con frecuencia en banquetes (Mt 11,19; Lc 7,34). En referencia a los profetas, estos vislumbraban el Reino de Dios como imagen de un banquete preparado “para todos los pueblos en el monte Sión: un festín de suculentos manjares, un festín de vinos generosos, de manjares grasos y tiernos, de vinos generosos clarificados” (Is

25,6). Jesús utilizará este símil del convite escatológico como expresión del Reino de Dios, subrayando al máximo aquel universalismo destacado ya por Isaías.

El Señor utiliza el motivo del banquete nupcial, pero advierte que el esposo ya está presente e insiste además en el vino nuevo del Reino, en la participación de los pecadores, que se convierten en signos de acogida gratuita, gestos de perdón con los invitados y de generosidad de Dios para con los pecadores, y por ello, en signo concreto de gracia y de alianza nueva, de la presencia de Dios.

Entre los principales momentos en los que Jesús invitó a una comida, se cuentan la multiplicación de los panes y la Última Cena. En los relatos de la multiplicación se destacan tres características fundamentales:

1. La compasión que Jesús siente por las turbas, su actitud de acogida (Mc 6,34; 8,2; Lc 9,11).

2. El paralelismo de los relatos de la multiplicación de los panes con las narraciones de la Última Cena.

133 3. La analogía de la multiplicación de los panes, con el milagro del maná, tal como aparecerá luego en el cuarto Evangelio: Jesús, nuevo Moisés, alimenta al pueblo en el desierto.

El Evangelio de Juan menciona el convite de las bodas de Caná, la multiplicación de los panes y la Última Cena. Para Juan, Jesús no sólo invita al banquete y lo preside, sino él mismo es el banquete del Reino; de la misma forma en que no sólo da el pan, sino él mismo es el pan de vida. El banquete se convierte en una clave global de comprensión de toda la persona de la obra de Jesús.

El banquete de Jesús no sólo expresa salvación y vida, sino también unidad con él y con todos los invitados que se acercan a la mesa. Quienes participan están llamados a expresar coherencia con la persona de Jesús, con su vida, su obra y su misión, para que sea banquete de comunión. En el banquete, el comensal debe comportarse como servidor de todos (Mt 23,1) al estilo de Jesús. Esta actitud de servicio es una de las más genuinas, a la vez que es la más original del Jesús histórico. Lucas lo expresa en una parábola, según la cual el Señor, a su vuelta del banquete de bodas y ante los siervos que permanecieran vigilantes,

“se ceñirá, los sentará a la mesa y se prestará a servirles” (Lc 12,37).

Por eso, la parroquia encarna esta realidad de banquete que debe congregar a todos, especialmente a los pecadores y a los alejados. La mesa del banquete eucarístico no es mesa de exclusión sino de inclusión; es una mesa en la que la actitud propia de los comensales es el servicio hasta dar la vida por todos. La muerte en Jesús es sacramento de vida, y es en la

entrega en las “manos del padre” (Lc 23,46) cuando la vida de Jesús se constituye y manifiesta como verdadero sacrificio que se orienta hacia el futuro: hacia la nueva creación del Reino, hacia una comunidad plena. Se trata pues de un “sacrificio de comunión”.

Por el mandato de hacer memoria de Jesús se pide a la Iglesia que llegue a su punto de origen: tal es la función de la memoria, con la particularidad de que en Jesús llega hasta el

134 Dios que actúa. En Jesús, la Iglesia encuentra el sentido de su misma existencia y se dispone a dejar a que Dios y Jesús actúen por medio de ella.

A través de la anamnesis, la Iglesia no sólo es invitada a pronunciar las palabras de la consagración sino a realizar una comida; pero esta no es comida que tiene por fin inmediato saciar, sino es un banquete eucarístico, que incluye preparación, consagración, comunión y misión. Esta experiencia de banquete eucarístico es la dimensión más significativa, porque da impulso a la Iglesia, al producirse el encuentro vivo con Jesucristo, y porque ha de manifestar en la existencia ordinaria lo mismo que Jesús vivió en la Tierra: el amor de Dios.174

La comunidad que participa en la celebración eucarística es ante todo una comunidad fraterna en la que se tejen valores trascendentales que van más allá de un simple compartir, y llegan hasta la experiencia de tener un mismo corazón y un mismo sentir.

Jesús establece una relación entre dos acciones. Una es la que él mismo lleva a cabo, ofreciéndose por la multitud durante la comida fraternal compartida, en el momento de sufrir. La otra es la de los discípulos en sus asambleas futuras:

El carácter convival de la eucaristía está expresando un profundo sentido de valoración de la dignidad de la persona humana; en la Cena de Jesús se está fundando una comunidad; en la “Cena del Señor” es una comunidad la que celebra. Se

establece una realidad de efectiva comunión. Común-unión, la eucaristía sacramento de comunidad.175

La memoria se realiza en concreto mediante el relato de lo que dijo e hizo Jesús. Tal relato tiene por misión poner a la persona en presencia del acontecimiento de la cruz salvadora. Jesús, al pronunciar las palabras sobre el pan y sobre la copa, expresa el sentido del don de su vida hasta la muerte: se da a quienes comparten su comida. La intención del texto es

174 Cfr. Ibid., 156.

135 sobre todo invitar a estar presente y a comulgar de manera real en el acto de Jesús que salva al mundo.

La copa bendecida por Jesús fue una copa única, de la que todos los discípulos debieron participar. Los evangelistas así lo subrayan con cierto interés: “Tomadla y distribuidla entre

vosotros” (Lc 22,17), “y bebieron todos de ella” (Mc 14,23); “bebed todos de ella” (Mt 26,27). Incluso Pablo alude también a la copa de bendición como copa de comunión o

común: “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de

Cristo?” (1Co 10,16)

Al dar de beber de su propia copa, Jesús quiere expresar la comunicación de un don único que es ofrecido por igual a todos los comensales a través de la participación de estos en su propia copa, es decir, en su propia suerte o destino. Se acentúa además la participación de todos en un único don, en la misma y única bendición, en la única copa de salvación.176 2.3 La parroquia, mediadora de una presencia

eucarística que es presencia de comunión

En el misterio eucarístico, el Señor está presente, como el que invita al banquete de la salvación. En el banquete eucarístico, el Señor es quien invita y preside, quien parte el pan y lo distribuye, a la vez que se da y se entrega a sí mismo en comunión a través de los dones del pan y del vino.

Es Cristo quien nos sale al encuentro y nos incorpora a sí mismo antes de que nosotros podamos incorporarle a él por la comunión eucarística. Con su presencia oblativa, de autodonación y entrega, Jesús sólo se hace presente a aquellos que, como miembros suyos, forman parte de su cuerpo eclesial.

136 La presencia eucarística no puede reducirse a la mera presencia objetiva, al mero estar ahí propio de la pasividad de la materia inerte. La presencia personal es una presencia activa y no pasiva, dinámica y viva, no estática; es una presencia dialogal, intencional, y de algún modo consciente; sobre todo, es una presencia de comunión.

La Iglesia es la única mediación que nos permite hablar de una realidad objetiva y de una realidad personal, pero como comunión e interrelación. En el marco de la parroquia integrada al cuerpo de Cristo, el Señor resucitado se hace presente personalmente para nosotros y en nosotros, y es en ese mismo marco de la Iglesia, cuerpo de Cristo, en el que nosotros, sus miembros, nos hacemos también presentes a él, de forma recíproca y consciente.

En esa presencia dialogal hecha carne, hecha cuerpo en la comunidad eclesial, y de forma especial, en ese momento más denso y pleno de la existencia de la Iglesia (el banquete y la celebración eucarísticos, que plasman a la comunidad eclesial), realmente acaece la verdadera presencia de comunión de Cristo para nosotros y de nosotros para Cristo.

No bastan, para el misterio de la presencia eucarística, la mera fe individual ni la mera presencia en los dones objetivos. Ambos elementos son necesarios, pero si se integran y enmarcan en la realidad eclesial; porque es en los dones de la Iglesia donde acaece la presencia de Cristo para nosotros, y es a su vez en la fe de la Iglesia donde acaece nuestra presencia consciente y responsable para el Señor y ante él.

Por eso, sólo en el contexto de una parroquia creyente, que vive y celebra la vida en la muerte y la resurrección de Jesucristo, donde puede realizarse la presencia eucarística de Cristo a su Iglesia. En este contexto, resuena la Palabra creadora de Cristo y actúa su Espíritu.

Son la presencia actual y personal de Cristo en la celebración y la fe y oración de la Iglesia las que respaldan y garantizan la presencia somática de Cristo en los dones. La fe no es sólo

137 el fruto de la comunión eucarística sino también es el presupuesto necesario para que pueda darse la presencia real somática.

En una fe gradual, tal como la presentan los evangelios, los discípulos van aceptando progresivamente la presencia viva del Señor, en la medida en que se van dejando impregnar también por la vida nueva del Resucitado y por su Espíritu vivificador. La fe es necesaria para que la presencia de Cristo sea verdaderamente una presencia humana, personal, y no una mera presencia objetiva e inerte.

Anterior y previa a la presencia real objetiva, hay otra presencia actuante y vivificante de Cristo; él ha salido a nuestro encuentro antes de que nosotros nos acerquemos a él. Él viene a nosotros con el don de su presencia personal, de su Palabra y de su Espíritu y, por último, con el don pleno de sí mismo en los dones: sólo una vez acogido en el dinamismo de esta presencia progresiva y gradual, podemos recibirlo al final como alimento y comunión. En este marco de una comunidad como lugar de presencia, el hombre debería convertirse en persona y dejar de ser mero individuo:

La liturgia, y en especial la eucaristía, tiende a crear un ámbito de verdadera comunión y presencia interpersonal, a crear personas que en el marco de la comunidad cuerpo de Cristo realicen su personalidad y la afirmación de sí mismos en el contexto de una auténtica comunión de amor y solidaridad y afirmación del otro, encontrando así la plenitud de su realización personal en la unión con Dios y con los hermanos.177