Arte, Psicología y Mística
II. La transformación del imaginario simbólico
4. Particularmente, en la mitad de la vida
Se ha reflexionado y escrito mucho acerca de la crisis de la mitad de la vida, esa inflexión dramática que se produce entre los 40 y los 50 años en la existencia de toda persona24. En términos valorativos, una de las experiencias más ricas que encontramos en el camino de nuestras vidas. Desde una perspectiva psicológica, una oportunidad única de crecimiento y transformación. Desde una óptica religiosa y creyente, una inmejorable posibilidad pascual de transfiguración “icónica”.
Por esto mismo, quisiera hablar –con mayor atención fenomenológica y con clara impostación pedagógica– de este kairológico momento “bisagra” en nuestro itinerario hacia una existencia icónica: en cierto modo, a manera de ejemplo práctico y recapitulador de todo lo dicho.
La metáfora de la meseta
Al llegar a la mitad de la vida se tiene la sensación de haber hecho un gran esfuerzo para escalar la ladera de un monte escarpado, y después de una prolongada fatiga haberse encontrado con una meseta. Al principio, esto alivia y alegra, pero después esta primera impresión se va modificando. Andar por la meseta plana ya no cansa tanto, ni tampoco disgusta tanto, pero el interés por la aventura se ha venido debilitando. Y después de algunas horas, ya no parece haber nada nuevo bajo el sol...
24 Cf. J. GARRIDO, o.c., pp.350-404, donde el autor habla del cristiano medio y la segunda conversión. También: A. GRÜN, La mitad de la vida como tarea espiritual, Narcea, Madrid 1988, especialmente pp.77-106, donde se desarrolla una interpretación de la crisis en clave jungeana.
En la mitad del camino, el entusiasmo de la vida se frena, la pasión por las cosas decae, y lo que hasta el momento generaba esperanza ya no lo hace: los ídolos que posiblemente seducían se resquebrajan, y Prometeo se debilita. A los ideales parece no bastarles entonces con un rápido recauchutaje de compromiso. En el plano humano, aflora una difusa pero creciente crisis de sentido, que impide a las pasiones y vivencias profundas organizarse con calma y orden. A decir de V. Frankl, parece insinuarse la necesidad de un nuevo metasentido25.
En este contexto, la primera sugerencia sería la de aceptar lo que se es y toca vivir. Se debe tomar consciencia de que la creatividad no pasa solo por el “hacer”, y que muchas veces es necesario “padecer”, en el sentido que a ese verbo le daba Aristóteles: “soportar con fortaleza”. Hay que recordar que no sólo se pasa por la vida, sino que la vida pasa por uno/a, dejando su impronta y sus interrogantes abiertos. Y que a través de la vida, es el mismo Dios “fascinante y tremendo” que sumerge en la perplejidad de la noche...
Al no tener ya todo bajo control, y al haber hecho –como todo ser humano– experiencias y elecciones vitales con carácter irreversible, la persona se da cuenta de que esta crisis, a diferencia de las anteriores, es una crisis auténticamente religiosa. Por eso, habrá que ponerse en presencia del Señor desde los propios límites personales, desconciertos e incluso heridas. Hasta el momento se pudo haber trabajado mucho: ahora, desde la propia experiencia de vulnerabilidad, hay que “parar la pelota” y empezar a sondear en profundidad.
25V. F
RANKL, La presencia ignorada de Dios. Psicoterapia y religión, Herder, Barcelona 1988, pp.69-79.
Tomar la vida en las propias manos
La crisis de la mitad de la vida invita a iniciar balances profundos. El futuro ya no es ilimitado, y lo que queda hay que vivirlo de la mejor manera posible. Emerge la consciencia de la propia finitud. De a poco se va percibiendo con mayor claridad que no se es omnipotente. Se comienza a distinguir lo que se puede de lo que no se puede. Incluso comienza a percibirse que lo que se puede, se puede relativamente: porque “ya no todo depende de uno/a” como cuando se tenía veinte años. En todo esto se va comenzando a descubrir qué significa, en serio, la virtud de “humildad”.
En contra partida, promediando los cuarenta, surge un vehemente deseo de recuperar el tiempo perdido o no bien aprovechado. No todo aquello a lo que se ha dedicado tiempo parece haberlo merecido realmente. Otras cosas importantes, en cambio, se han venido sistemáticamente descuidando. Ahora se quiere volver a jerarquizar las prioridades y reorganizar la vida de acuerdo a ellas. Surge el imperativo de optar por lo que verdaderamente se quiere ser y vivir. Se busca tomar en serio las riendas de la propia vida, ganar mayor libertad con respecto al rol social que se ha jugado hasta el momento y a las expectativas que se han ido generando en quienes nos rodean. Es momento de una mayor individuación (teologal) del propio yo: probablemente, la última oportunidad26.
26
En esta línea de personalización, y de la mano de un itinerario ignaciano, cf. H. ALPHONSO, The personal vocation. Transformation in Depth through the Spiritual Exercises, Gujarat Sahitya Prakash – Secretariat for Ignatian Spirituality, Gujart – Rome 1997. Desde una perspectiva sanjuanista, cf. D. BILÓ, Teología y santidad. Un retorno a la unidad, Guadalupe, Buenos Aires 2006, 99-130, donde se desarrolla una exégesis espiritual de la noche en torno a Nicodemo, a partir de Juan 3,1-21. Por
Desde una perspectiva humano-espiritual, se necesita iniciar un proceso de purificación de la memoria. En primer lugar, se debe valorar con la mayor objetividad posible lo que se ha ido siendo y construyendo. Se tiene que ir más allá de la (a esta edad) característica tentación escéptica: claudicante Prometeo, no sería deseable entronizar a Sísifo “con trompetas y fanfarrias”. Se debe mirar uno/a mismo/a con cariño y animarse a celebrar una acción de gracias por lo vivido: en verdad, no todo ha estado tan mal y se han logrado y (sobre todo) recibido cosas valiosas.
Es cierto que también hay derroteros a corregir, y que por eso hay que ponerse en actitud de confiado discernimiento en el “aquí y ahora” de la encrucijada; y hacerlo sin dilaciones, porque en ello se juega el futuro. Pero esto no puede ni debe inhibir u opacar la acción de gracias: como en el camino de Emaús, el Señor ha estado verdaderamente presente también en nuestra historia personal (cf. Lc 24,15). Es preciso reconocer y valorar agradecidamente esa presencia, justamente allí donde pensábamos que las cosas “no eran sino” (cf. v.21). La gratitud por el hallazgo de que “no eran sólo” (cf. v.32) es condición sine qua non para la gratuidad que aguarda ser vivida, de ahora en más, con mayor generosidad (cf. v.33).
¿Golpe de timón o viraje de rumbo?
Normalmente, los balances de todo tipo los hacemos para sacar conclusiones y tomar decisiones que recreen la esperanza. Son elaboraciones sinópticas, que permiten percibir de un pantallazo lo más importante, lo que no se quiere perder de vista en
último, puede consultarse una sinopsis integradora de mi autoría en
el fárrago de variados asuntos y percepciones. La mitad de la vida invita a remitirse a lo esencial y a quedarse con “poco y claro”, para ver más profundo, para descubrir nuevos matices, para percibir el “don” con gratitud. Así emerge o se consolida en nosotros un vehemente anhelo, que llega a ser gozoso, de que las personas, eventos y cosas devengan verdaderamente significativos y, por lo mismo, sacramentales: a saber, evocativos del Misterio.
Sin embargo siempre acechará una obstinada tentación: la insensata impremeditación que todo tergiversa y arruina. Sabemos que un imprudente golpe de timón en medio de la tempestad, sobre todo si es de noche y la nave es endeble, puede hacer dar al navío una lamentable “vuelta campana”. Así son las decisiones apresuradas y poco discernidas en la vida: sobre todo las atinentes al propio itinerario vocacional-teologal. De estos cambios intempestivos y poco prudentes solo podrá aguardarse, en el mejor de los casos, un oportuno rescate.
Para evitar el naufragio, es importante convencerse de que los verdaderos problemas o dificultades no se resuelven de la mañana a la noche. A lo largo de la vida, muchas cosas prácticas han podido resolverse así, casi “a lo guapo”, pero las cuestiones existenciales funcionan de otra manera. Sobre todo en la mitad de la vida, las soluciones “mágicas” no existen: es sobre todo en esta etapa donde la esperanza se afianza a ritmo paciente. Se impone así una decisiva y definitiva dosificación de cualquier remanente expectativa desmesurada. En efecto, para convertirnos en auténticos oyentes de esa Palabra que hace arder el corazón y renueva la esperanza (cf. Lc24,32), lo primero que necesitamos es serenidad. Solo el espacio humano aportado por esta calma psico- espiritual permitirá discernir en profundidad, sin ilusiones ni
engaños, lo que el Señor espera aún de nosotros: como Moisés ante la luminosa zarza ardiente (cf. Ex3,1ss.). La oración silenciosa debe contribuir a una escucha atenta. Y como toda escucha creyente, debe asociarse a la docilidad de espíritu y conducir a una entrega más genuina y fecunda.
Parafraseando el clásico adagio ignaciano de que “no el mucho conocer harta y satisface el alma sino el sentir y gustar de las cosas internamente” (EE 2), podríamos decir que “no el mucho hacer o producir plenifica la vida, sino el obrar sapiencialmente, unificadamente, sin quiebres ni fracturas, lúdicamente, como disfrutando”, dejando que Dios sea Dios en nuestra vida. Por eso, más que de “golpe de timón”, habría que hablar de “viraje o ajuste de rumbo”. De ahora en más tendrá que ser el Espíritu el que, como sabio timonel, decididamente conduzca. Es la experiencia que hizo Pablo de Tarso, al considerar “basura” su idolátrica vida de fariseo observante en comparación con el donicónicode la revelación en él del Hijo: “Ya no soy yo quien vive, sino Cristo en mí” (Gal 2,20). Y como todo proceso de crecimiento y transfiguración psico-espiritual, también y sobre todo éste de la mediana edad deberá conducir, seguramente, a la alabanza gratuita del salmista: “Alabaré al Señor mientras viva” (Sal146,2).