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In document Aristóteles y El Aristotelismo (página 54-56)

protagonizaron una fuerte reacción frente al idealismo reclamando una filosofía menos «especulativa» y más próxima a la ciencia en su método y en sus propuestas. Para ello uno y otro se volvieron al aristotelismo. El primero retomó la idea aristoté­ lica de finalidad proponiendo una «concepción organicista del mundo». Trató, ade­ más, de conciliar a Aristóteles con Kant en el tema de las categorías. En cuanto a F.Brentano, discípulo de aquél, fué también un notable estudioso de Aristóteles. A éste dedicó varias obras, la primera de las cuales (F.Brentano, 1862) contiene ya en germen muchos de los elementos de su pensamiento posterior. Entre sus discípulos destacarían A.Meinong y, sobre todo, E.Husserl, fundador de la fenomenología. A partir de la «psicología descriptiva» de F.Brentano (inspirada en Aristóteles) llegó Husserl a su noción clave de «intencionalidad».

1.3. Desde otro ámbito filosófico -asociado en este caso a posiciones confesionales dentro de la Iglesia Católica- vino también Aristóteles a adquirir una nueva y peculiar presencia gracias al denominado neotomismo. Aunque cabría rastrear los orígenes del resurgimiento del tomismo remontándose, incluso, hasta finales del S.XV11I, el renacimiento católico de la filosofía de Santo Tomás de Aquino recibió su estimulo definitivo con la encíclica Aeterni Patris del papa León XIII (1879) en que se afirmaba el valor perenne de la filosofía tomista y se instaba a los católicos a defenderla y desa­ rrollarla. El estudio del pensamiento «aristotélico-tomista», muy especialmente en su tradición escolástica medieval, adquirió un notable impulso en las instituciones aca­ démicas católicas, impulso que se prolongaría a lo largo del s. XX. Hacia mediados ya de este siglo, y aún antes, surgirían (especialmente en las áreas lingüísticas francesa y alemana) algunos neotomistas que trataron de incorporar al tomismo ciertos plan­ teamientos filosóficos modernos, en particular el «método transcendental» de cuño kantiano (éste fue el caso de J. Maréchal (1924-31), J.B.Lotz (1957, K. Rahner (1957) o E. Coreth (1961), las figuras más relevantes en este contexto). Tales planteamien­ tos, sin embargo, no pueden considerarse ya realmente como desarrollos del aristo­ telismo, a no ser en un sentido excesivamente amplio y de un modo muy indirecto. (En cuanto al tomismo español de este largo período, quizás no debería llamarse ni siquiera «neotomismo», sino simplemente «tomismo tardo-medieval». Salvo muy esca­ sas excepciones, el tomismo español contemporáneo ha sido dogmático y mediocre, caracterizándose por un desconocimiento absoluto de Aristóteles y por una interpre­ tación más bien vulgar, por lo general, del propio Santo Tomás. A esta pobreza con­ tribuyó, sin ninguna duda, la circunstancia de que la máxima presencia del tomismo en España tuvo lugar durante el nacional-catolicismo de la era del general Franco).

1.4. Pero volvamos al siglo XIX para dejar constancia de un cuarto ámbito en que se desarrolló un importante estudio de la obra de Aristóteles, el ámbito de la filología y de los estudios históricos. Dentro de este contexto es necesario citar nuevamente el nombre de ATrendelenburg, uno de los más notables impul­ sores de los estudios históricos en general y de los estudios aristotélicos en parti­ cular. La edición crítica de las obras de Aristóteles por la Academia de Berlín, con el texto griego a cargo de E.Bekker, constituye un auténtico hito (1831). A partir de este momento y a lo largo de todo el siglo XIX se suceden las ediciones críticas y los comentarios a las obras de Aristóteles (así, entre otros, A. Schwegler, 1847- 8; H. Bonitz, 1848-9; W. Christ, 1886; E. Grant, 1875; J. Burnet, 1900; W. L. New- man, 1887-1902, etc.). Ediciones críticas, comentarios y excelentes monografías continuaron sucediéndose a lo largo del siglo XX.

Entre los aristotelistas, adentrados ya en el siglo XX, merece una mención espe­ cial W. Jaeger, al cual nos hemos referido en el capítulo cuarto al ocuparnos del pro­ blema de la unidad de la metafísica {supra, pp. 36-38). Su investigación imprimió una poderosa sacudida a los estudios aristotélicos. En general, puede decirse que a par­ tir de la publicación del Corpus por Andrónico de Rodas la interpretación de la filo­ sofía aristotélica había adoptado un punto de vista sistemático: se aceptaba sin reservas que la filosofía de Aristóteles constituye un «sistema» completo y coheren­ te. Ciertamente se observaban discrepancias doctrinales dentro del Corpus, pero la tendencia general era a minimizar tales discrepancias en beneficio de la coherencia sistemática. Mayores aún resultaban las discrepancias entre los tratados del Corpus y los diálogos primeros, pero la cuestión solía zanjarse, bien negando que la verda­ dera doctrina de Aristóteles estuviera en los diálogos (así, en la antigüedad, Alejan­ dro de Afrodisia para quien Aristóteles exponía en los diálogos las doctrinas de otros), bien negando la autenticidad de los mismos, como había hecho V. Rose en el siglo XIX (V. Rose, 1863). Ante este cúmulo de insonsistencias (entre los diálogos y el Corpus, entre distintas doctrinas contenidas en éste), W. Jaeger adoptó la postura opuesta: nada de minimizar las discrepancias, éstas han de considerarse como un dato inexcusable, ha de encontrárseles una explicación adecuada. Para ello abando­ nó el punto de vista sistemático adoptando un punto de vista genético-evolutivo según el cual la filosofía de Aristóteles evolucionó a lo largo de los años alejándose progresivamente del platonismo hasta situarse en posiciones que cabría calificar como «empiristas». Textos pertenecientes a distintos momentos o estratos coexisten en distintas obras de Aristóteles. He ahí la explicación simple y razonable de las dis­ crepancias (W. Jaeger, 1923).

La influencia de W. Jaeger en los estudios aristotélicos fue enorme a lo largo de muchas décadas del siglo XX. Se escribieron, por unos y otros, importantes mono­ grafías sobre distintas obras de Aristóteles aplicando el método jaegeriano con el fin de descubrir en ellas estratos o momentos diferentes del pensamiento aristoté­ lico. Pasada ya la mitad del siglo XX se produjo una reacción generalizada contra los excesos a que llevaba la aplicación del método jaegeriano. No obstante, la aporta­ ción de W.Jaeger puede considerarse, en algún sentido, definitiva. Aun adoptando un punto de vista sistemático para la lectura de Aristóteles (punto de vista perfec­ tamente justificado dada la «voluntad de sistema» que caracteriza a éste), todo aris- totelista se verá obligado a tener en cuenta la importante variable introducida por W.Jaeger.

El último tercio del siglo XX (décadas de los sesenta y setenta) ha visto produ­ cirse una notable recuperación de Aristó­ teles que ha dado lugar a un movimiento que puede muy bien denominarse -y usualmente se denomina- neoaristote- lismo. Esta vuelta a Aristóteles posee características bien definidas: en primer lugar, se produce desde dentro del debate filosófico contemporáneo y, por tanto, el aris­ totelismo se presenta como punto de referencia e, incluso, como alternativa; en segundo lugar, la recuperación del aristotelismo no lo es del «sistema» aristotélico en

La recuperación

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