CAPÍTULO II. SER MUJER, SER PARA OTROS
2.2 La pasividad femenina
Continuando con la configuración de la subjetividad femenina cabe mencionar lo señalado por Fernández (1993), respecto a que el discurso de la tan llamada naturaleza femenina va a consagrar en el siglo de las “Luces” la narrativa particular que delineará la imagen de la mujer como frágil, emotiva, dependiente, sexualmente pasiva y predestinada a la maternidad. Narrativa que aún en la actualidad sigue resultando vigente y eficaz.
Discursos como este son los que se adscriben a características biológicas y universales, por lo que se justifica como natural la pasividad de las mujeres en lo que respecta a su sexualidad. Y es de esta forma como se condensan con eficaz equivalencia simbólica el par actividad con masculino y pasividad con femenino.
Fernández (1993) a partir de un análisis de la identidad femenina se pregunta ¿Cómo fue que de demoníacas e insaciables pasamos a pasivas, desganadas y, tan frecuentemente, frígidas? Es decir, ¿Cómo fue que se construyó la pasividad femenina? Intenta responder a estas cuestiones haciendo un recorrido histórico donde propone a los cambios en la constitución de la familia, sus funciones, hábitos, roles y costumbres como elementos profundamente ligados este proceso.
Aludiendo a lo anterior es que se puede mencionar, en primer lugar, la alta valoración que se tiene de la sexualidad ejercida dentro de los parámetros de una vida conyugal y con fines reproductivos. Asimismo, se ha tenido una visón diferente de lo que es adecuado durante la crianza de los hijos, colaborando con esto las intensas campañas de promoción de estrategias hechas por médicos, moralistas y hombres de Estado para que las madres amamanten a sus hijos. En este punto Fernández (1993) hace la
observación de que las madres europeas tardaron más de dos siglos en aceptar su papel en el mundo doméstico como organizadoras del hogar y la crianza de los hijos, lo cual pone en duda muchas de las afirmaciones respecto al mito del instinto materno.
Por otro lado, desde los discursos morales hegemónicos se fortalecen virtudes consideradas esencialmente femeninas con el fin de que funcionen como “dispositivos de la sexualidad”, que desde una visión foucaltiana es la noción que incluye cuatro grandes conjuntos estratégicos que desplegarán a partir del sexo dispositivos específicos del saber y, por supuesto, del poder. Según Foucault (1978) los conjuntos estratégicos que se han consolidado eficazmente a través de los siglos son:
La histerización del cuerpo de la mujer: la madre-histérica.
La pedagogización del sexo del niño: la guerra contra el niño masturbador.
La socialización de las conductas procreadoras: la pareja malthusiana. La psiquiatrización del placer perverso: el adulto perverso.
Para Fernández (1993) estos ejes son de tal eficacia como estrategias simbólicas de nuestra cultura que tienen alto impacto sobre la realidad de los cuerpos y en la vivencia subjetiva de éstos. Es decir, se consolida un pacto por el que es posible construir una feminidad más pasiva que activa, más objeto que sujeto de deseo. Por lo tanto, esta pasividad construida y no natural tendrá como resultado una maternidad de igual forma construida históricamente y no natural.
Esta educación moral que comienza por distanciar a las niñas del casamiento, es la que se hace a través de la madre como ejecutora política de los deberes morales dentro
del hogar y que tiene como fin entrenar a las jóvenes y prepararlas en vista de dos objetivos esenciales: ser esposas sumisas y madres entregadas.
La Iglesia es otro organismo que no se puede dejar a un lado al analizar los diferentes dispositivos creados para ejercer control tanto en hombres como en mujeres. Aler Gay (1981) afirma que este organismo ha estado a cargo, a través de los siglos, de la educación femenina, ha definido la feminidad y creado una realidad femenina que se acopla a sus intereses. Así en el mito del Génesis, la autora lo interpreta como una masculinidad profana enmascarada en una masculinidad sagrada protagónica. Al hombre se le adjudica haber sido creado a la imagen y semejanza de Dios, dejando a la feminidad en la categoría del “segundo sexo”, además de ser considerado como el género trasgresor representado por Eva.
En este análisis del mito de la creación la autora sugiere que el relato del Génesis es un mecanismo regulador, es decir, un control normativo masculino de conductas trasgresoras femeninas, lo cual queda definido también en las sanciones que se otorgan a los sexos en dicho mito: se castiga a la mujer con la maternidad dolorosa y al hombre con la manutención de la especie. Por último, la Iglesia define al matrimonio como Sacramento Cristiano, por medio del cual (únicamente) la mujer puede alcanzar su destino: la reproducción de la especie.
Según Hita Dussel (1997) en la concepción cristiana predomina una moral dualista que divide lo femenino en dos facetas: por un lado presenta a la mujer pagana, desobediente, rebelde, activa y sexualizada, representada por Eva; por otro lado, se encuentra el modelo de María, a quien se le identifica como obediente, sumisa, pasiva y desexualizada.
En esta institución sigue predominando la idea de que las mujeres nacemos Evas, de allí que debamos ser domesticadas cristianamente para alcanzar el modelo de María, por lo tanto, es la imagen de María-virgen-madre el modelo de la identidad femenina dictado por una institución tan fuertemente impregnada en nuestra cultura latinoamericana como lo es la Iglesia católica.