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Anexo 1: Caso de uso
“¿Por qué los demás tienen una vida más fácil que yo?”. La misma pregunta se repite Pedro todas las mañanas día tras día de camino al trabajo. El metro en hora punta no ayuda a mirar ningún lado positivo, y quizá sea la falta de horas de sueño lo que le hace ser cada vez más pesimista. Pedro trabaja para una firma de servicios profesionales reconocida mundialmente, dentro de poco cumplirá seis años en la compañía y su jornada laboral desde el primer día nunca ha sido menor de doce horas. Es terrible y agotador. Pedro siempre ha sido muy maniático con la gestión del tiempo, y le agobia desmesuradamente pensar que no puede dedicar eficientemente las horas que transcurren desde que sale de trabajar hasta que entra a primera hora de la mañana. No recuerda la última vez que tuvo tiempo libre y disfrutó realmente.
El padre de Pedro trabajó durante mucho tiempo en la misma compañía y tiene un puesto honorífico. Comparar ambas trayectorias es absurdo, su padre siempre ha sido muy exigente y ha tenido un don para crecer año tras año profesionalmente. Al contrario que Pedro, que ve como cada día candidatos más jóvenes escalan sin problemas en sus puestos de trabajo.
El jefe de Pedro es igual o incluso más estricto que su padre. Viste de forma impoluta, y exige a sus empleados el mismo rigor en la vestimenta y apariencia. No es la primera vez que Pedro tiene que escuchar algún comentario hiriente acerca del nudo de su corbata o la mancha diminuta de su camisa. El jefe de Pedro además es experto en encontrar todas y cada una de las arrugas que tiene su camisa al comenzar la jornada laboral. No tiene reparos en comentarlo delante de todos, en mitad de una reunión o delante de la chica del Departamento Legal que tanto le gusta a Pedro. “Menudo gilipollas”, piensa Pedro cada vez que su jefe le mira con detenimiento si viene con algún fallo de casa.
Sin embargo, esto no siempre fue así, solo se ha convertido en pesadilla desde que Pedro decidió emanciparse. Al principio gozó de su libertad, pero pronto comprendió que vivir solo tiene sus inconvenientes. Planchar, tender, lavar, prepararse la cena, limpiar el cuarto de baño… todas esas actividades nunca fueron preocupación para Pedro cuando vivía con sus padres. Nunca se planteó el tiempo que requieren estas tareas, y, ahora, con un tiempo libre muy limitado, el caos se ha apoderado de su día a día. Su mente se inunda de pensamientos negativos, malestar y preguntas que todavía no tienen respuesta.
- “¿Por qué tengo que quedarme en casa tratando de planchar esta ropa cuando podría estar tomándome una cerveza con la chica del Departamento Legal?”
- “¿Por qué tengo que invertir mi tiempo libre en este tipo de tareas que siempre se me han dado fatal?” - “Qué fácil lo tienen los jóvenes que vienen planchaditos por mamá, con sus camisas y corbatas perfectas y no tienen que aguantar los comentarios del jefe”
- “Normal, así yo también escalaria puestos, al principio yo era el favorito y al emanciparme parece que todo cuesta más”.
- “¿Es que no hay nadie en este mundo que pueda plancharme las camisas y hacerme la vida un poco más fácil?”
- “Pagaría lo que fuese porque me lavaran toda la ropa que tengo acumulada en la habitación”.
Pedro comienza a sudar, su jefe acaba de entrar por la puerta y se acaba de dar cuenta de que lleva la misma camisa, arrugada y manchada, que ayer. Pedro se teme lo peor.
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* * *
Aquella misma tarde, después de un comentario sarcástico del jefe al ver el estado de su ropa, Pedro conoce lavango. Su amigo Joaquín, que trabaja en el Departamento de Marketing y está siempre al día de las nuevas tendencias, al verle tan sumamente preocupado le enseñó la aplicación web. Joaquín se había vuelto un fervoroso defensor de los modelos de negocio colaborativos, alegando que el consumo racional y el aprovechamiento de recursos era un rumbo coherente que hacía sostenibles a las empresas a largo plazo. Pero Pedro no había oído hablar nunca sobre esto, estaba demasiado ocupado tratando de entregar a tiempo sus informes. Por fin era viernes, y a la salida del trabajo Joaquín le explico cómo funcionaba lavango. Al principio Pedro era reticente a utilizar esta plataforma, pero se convenció dada la persuasión de su amigo, que le insistía que todo el proceso era muy ágil. En menos de dos minutos ya se había dado de alta como usuario con su móvil.
Volviendo a casa se acordó entonces de las camisas que tenía que lavar y planchar, todas amontonadas en la silla de su habitación, esperando a alguien que les dedicara tiempo para volver al armario en estado perfecto. Pedro ahora tenía claro que ya no sería él el encargado de esa tediosa tarea.
* * *
El lunes Pedro era otra persona distinta. Se había decidido a utilizar lavango y estaba más que satisfecho. Sus camisas impolutas y sin arrugas. Su estado espectacular. Y hasta su jefe se dio cuenta cuando, al verle en la reunión que organizaban al inicio de todas las semanas, le espetó un motivador “¡Qué bien te ha sentado el fin de semana, tienes buen aspecto!”.
Pedro únicamente había escrito en lavango: “planchado y lavado de seis camisas”. El viernes escribía el mensaje alrededor de las 19:00 y a las 20:15 cerraba el servicio con Marcos por un precio que, desde luego si el servicio salía como prometía el acuerdo, era mejor que un buen negocio. El domingo por la tarde Pedro tenía su ropa lista.
Marcos es amo de casa, trabaja de freelance como ilustrador, pero la carga de trabajo que tenía cada vez es menor. Ahora dedica su tiempo a las tareas del hogar y a la educación de sus hijos. Su mujer trabaja en las oficinas de al lado de donde se emplaza la empresa de Pedro. Marcos vive a dos manzanas de donde se encuentra la casa de Pedro. Durante la transacción, charlaron amistosamente. Tenían puntos en común y ambos celebraban que todo hubiese salido a la perfección. Pedro le dio las gracias, y se marchó. Increíble. Sus camisas preparadas para una nueva semana. Sin quemaduras por la plancha, sin coladas caóticas… ¡sin perder el tiempo!
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