cabeza
adolorida;
y
cuando estaba muriendo,
me dijo que no afligiera
mi corazón”: ese púlpito,
¡millones ahora en gloria
dicen: “me advirtió de
aquella fiera prisión y me
dirigió a estas mansiones
en la casa de mi Padre!”
(Gardiner Spring, 1785-
1873; traducido por el
Introducción
Imagina la escena. Estás en un auditorio; alguien está disertando sobre un tema que conoces muy bien. El expositor no sabe que estás allí sentado en la última fila y de repente menciona tu nombre. ¡Está citando algo que dijiste en una conferencia hace apenas unos días! Si antes estabas un poco distraído, ahora tiene toda tu atención. Aunque te cueste reconocerlo, te sientes importante. Pero tu reacción inicial comienza a desvanecerse al darte cuenta de que esa
persona está sacando de contexto alguna que otra frase por aquí y distorsionando otras por allá; de manera que el resultado final es que él dice que dijiste algo que en realidad no dijiste. No sabes si el orador lo está haciendo con mala intención o por ignorancia; pero, francamente, estás molesto. Tienes que hacer un verdadero ejercicio de paciencia para aguardar hasta el final de su charla para acercarte a él, pedirle una explicación y, de ser posible, una restitución del agravio.
Ahora imagina esta otra escena. Tú eres el que está delante del auditorio
predicando sobre un pasaje de las Escrituras ¡y el Señor está sentado en primera fila escuchándote con atención! ¿Cómo impactaría esa realidad en tu ministerio de predicación? Lo cierto es que, exceptuando lo de estar sentado en primera fila, esta no es una mera ilustración: el Señor está presente cada domingo en Sus iglesias escuchando la predicación. Pablo dice, en 2 Corintios 2:17, que los ministros del evangelio hablamos “de parte de Dios y delante de
Dios” (énfasis agregado). ¡Qué gran
privilegio y qué gran responsabilidad! Aunque predicamos para la edificación
de los creyentes y la salvación de los perdidos, hay una sola Persona en el auditorio que debe estar de acuerdo con nuestra predicación, una sola Persona a quien debemos procurar agradar y cuya opinión vale más que la del mundo entero. En su Primera carta a los tesalonicenses, Pablo argumenta que su “exhortación no procedió de error ni de impureza, ni fue por engaño, sino que según fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio, así hablamos; no como para agradar a los
hombres, sino a Dios, que prueba
énfasis agregado). Fue Dios quien le confió a Pablo el ministerio de proclamar el evangelio; Él es quien prueba o pesa los corazones; por tanto, era solo a Él a quien el apóstol quería agradar. Esa convicción fue para Pablo una muralla de protección que lo guardó del error y de las malas motivaciones.
Escribí este libro con el propósito de promover esta misma convicción que dominaba la conciencia de Pablo: predicamos de parte de Dios y delante de Dios. Aunque procuro demostrar que la predicación expositiva es la mejor dieta a largo plazo para edificar la
iglesia de Cristo y el medio por excelencia para la salvación de las almas, también estaremos insistiendo en que la predicación no es un fin en sí misma. Debemos esforzarnos por exponer fielmente las Escrituras porque Dios se glorifica llevando a cabo Su obra a través de Su Palabra.
Esta perspectiva de la predicación, a la vez que pone un gran peso de responsabilidad sobre los predicadores, también es muy liberadora porque nos recuerda que somos meros portavoces de Dios, quien se ha placido en usar instrumentos humanos para obrar en el
corazón de los hombres por medio de Su Palabra. Por lo tanto, la obra de Dios no depende de nuestra oratoria, y mucho menos de nuestra astucia ministerial; depende enteramente del poder de Su Palabra. Por otra parte, esta perspectiva de la predicación nos alienta en el desempeño de nuestra labor, al mostrarnos que los predicadores no hablamos en nuestro propio nombre, sino en el Nombre de Aquel que nos ha dado la encomienda de ser Sus embajadores. ¡Es un solemne y gozoso privilegio predicar de parte de Dios y delante de Dios!
Este libro está organizado en tres partes. En la primera, estableceremos el fundamento teológico que sustenta la predicación expositiva: Dios ha hablado y lleva a cabo Su obra hablando (capítulo 1); Dios habla hoy a través de Su Palabra escrita (capítulo 2); y Dios nos ordena predicar Su Palabra para hacer oír públicamente Su voz (capítulo 3).
En la segunda parte, definiremos qué es un sermón expositivo (capítulo 4) y en qué consiste el acto de predicar (capítulo 5); luego veremos la importancia de predicar en dependencia
del Espíritu Santo (capítulo 6) y que el gran tema de la predicación es Cristo, y Este crucificado (capítulo 7). Los siete capítulos que componen estas dos partes del libro intentan establecer la doctrina de la predicación expositiva. Como sé que a muchos no les gusta teorizar, espero que no cedas a la tentación de saltarlos para llegar directamente a la parte práctica; toma en cuenta que la práctica se deriva de la doctrina y que la doctrina será un enorme incentivo para dedicarnos a la tarea de predicar fielmente las Escrituras, a pesar del reto que eso implica en la práctica.
En la tercera parte, los capítulos 8 al 14, veremos cómo preparar un sermón expositivo paso a paso: la elección del pasaje (capítulo 8), el estudio del pasaje (capítulo 9), la estructuración del sermón (capítulo 10), la preparación del sermón (capítulo 11), la aplicación del sermón (capítulo 12), la preparación de la introducción y la conclusión (capítulo 13), y algunos consejos relativos al acto de predicar (capítulo 14). Al final de los capítulos 8 al 13, he añadido una sección en la que trabajaremos juntos en la elaboración de un sermón expositivo basado en Éxodo 17:1-7, el cual se
encuentra íntegro en la parte final del libro, el capítulo 15. De ese modo espero que puedas ver un ejemplo concreto de los principios prácticos enunciados aquí.
Algunos aspectos importantes relacionados con la predicación no serán tratados en profundidad en esta obra, sino solo de manera incidental, tales como el llamamiento de Dios al ministerio de la predicación, el carácter y los dones del predicador, su vida devocional, su hábito de lectura, y otros temas similares. Por eso he incluido al final una lista de libros recomendados
que complementan lo que no pudimos tratar aquí debido al enfoque particular de este libro.
Aunque escribí pensando principalmente en los predicadores, ellos no son los únicos que pueden beneficiarse con la lectura. Espero que esta guía sea útil para maestros de escuela dominical, líderes de grupos pequeños o para todos aquellos que tengan la responsabilidad de enseñar las Escrituras, sin importar en qué contexto lo hagan. Por otra parte, me anima pensar que algunos miembros habituales de las iglesias locales puedan leer este
libro y crecer en su aprecio por la predicación expositiva; después de todo, la predicación deficiente abunda, entre otras razones, porque hay muchas personas que están dispuestas a escucharla de buena gana.
Ha sido mi oración que el Señor use esta obra para animar y ayudar a muchos predicadores en la ardua pero extraordinaria labor de exponer las Escrituras con el propósito de llevar a los hombres a Cristo, quien es “poder de Dios y sabiduría de Dios”, de modo que puedan conocerlo, amarlo, obedecerle, adorarlo y deleitarse en Él. Si nuestro
Dios en Su bondad se complace en responder este clamor, a pesar de las imperfecciones y limitaciones del libro, estaré profundamente agradecido a mi Señor y Salvador por haber contribuido de alguna manera a continuar diseminando la predicación expositiva en el mundo de habla hispana.