En el río Orinoco, en la América meridional, vive otro pez, llamado peray. que acostumbra hacer un nido de tallos y hojas y lo suspende, entre dos aguas, de los zarcülos de ciertas plan tas trepadoras que crecen en las orillas del río.
Es muy probable que mis jóvenes lectores sepan que hay ciertas aves, como el avestruz, que no construyen un nido pro
piamente d i c h o ,
I sino que se conten
tan con practicar en el suelo una depre sión más o menos profunda, en la cual ponen los huevos. E x a c t a m e n t e lo mismo ocurre entre los peces. Un ejem plo interesante lo constituye el pez sol de la América del Norte, especie que tiene cierto parecido con nuestra carpa, aunque de más bellos colores. Este pez cría siempre en sitios de poca corriente y fondo arenoso, entre una lujuriante vegetación subacuática de los más variados colores, y generalmente escoge algún sitio no muy pro fundo y donde haya algo de sombra, producida por las anchas hojas de los nenúfares y otras plantas flotantes. El pez sol em pieza por cortar todos los tallos y hojas que pueden estorbarle para su trabajo, en un espacio de unos treinta centímetros de diámetro, y luego empieza a dar vueltas, azotando la arena con la cola hasta formar una depresión en forma de plato, la cual limpia por completo de guijarros y demás cuerpos extraños, ya a fuerza de coletazos o ya llevándoselos con la boca. En esta depresión es donde la hembra verifica la puesta. Después, las
plantas cortadas vuelven a crecer alrededor del nido, y acaban por formar sobre él una deliciosa enramada. Estos peces son muy sociables, y no es raro encontrar varios nidos cerca unos de otros; pero si el propietario de alguno de ellos se mete en otro que no sea el suyo, pronto es expulsado de mala manera por el legítimo dueño. Otro habitante de las aguas dulces de Nor teamérica, el amia o pez perro, hace un hoyo más grande para su freza, de unos ochenta centímetros de diámetro por algo más de veinte de profundidad. El macho cuida también del nido; todas las mañanas lo abandona unos momentos para ir a bus car su comida, que consiste en cangrejos y en peces más pe queños que él; pero luego, durante el resto del día, permanece inmóvil sobre el hoyo, como un verdadero centinela que toma en serio su papel.
Hay, en fin, peces que no crían en nidos ni en hoyos, sino que guardan su puesta bajo un montón de piedras. Estos peces son las lampreas. Yo no sé si mis lectores habrán visto alguna vez una lamprea; pero si la han visto, seguramente les parecería un pez muy repulsivo, lo cual no obsta para que sea muy apre ciado por los gastrónomos. La lamprea parece una anguila pe queña, pero en vez de tener la boca rasgada, como la anguila y los peces en general, la tiene redondeada y rodeada por labios muy elásticos, formando una ventosa o aparato chupador. Como muchos otros peces, la lamprea vive en el mar, pero pone los huevos en agua dulce. A principios de la primavera sube por los ríos y busca un sitio a propósito para desovar, y tan pron to como lo encuentra empieza por limpiarlo de limo y de ba sura. Para ello se enrosca en el fondo y se desenrosca de pronto, como si fuese de goma, barriendo con su elástico cuerpo cuanto hay a su alcance. Un par de lampreas entregadas a esta ocu pación parece enteramente que están sosteniendo un reñido combate, no que estén ayudándose para el bienestar de su fu tura descendencia.
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Una vez limpio el terreno comienza la construcción de un montón de limpios guijarros, que algunas veces llega a alcanzar una altura de medio metro o más por un metro de diámetro. Las piedrecillas más pequeñas las transporta la lamprea cogién dolas con su boca chupadora; pero muchas de ellas son tan grandes que parece imposible que haya podido moverlas un pez relativamente pequeño. Precisamente en esto, sin em bargo, es en lo que revela este pez una inteligencia poco fre cuente en su clase. Por regla general, en los sitios donde cría hay mucha corriente. Nadando contra ésta, la lamprea escoge una piedra grande, que a lo mejor pesa más de dos küos. Metiéndose bajo ella, empuján dola con todo su cuerpo y re volviéndose de mil maneras, consigue moverla hasta que su parte más lisa queda hacia arriba. Entonces el pez se ad hiere fuertemente a esta parte con la boca, y alzando cuanto puede la cola, mediante algunas violentas sacudidas logra levantar un poco la pesada mole, y la corriente arrastra al pez y a su carga algunos centímetros en la dirección deseada, antes de que el peso de la piedra haga caer al fondo a la lamprea. Cuando esto ocurre el pez descansa un instante, y en segmda vuelve a hacer la misma operación, repitiéndola una y otra vez, hasta que al fin, después de mu chos esfuerzos, el pequeño mampostero llega al sitio elegido y logra dejar la piedra en la posición conveniente.
El montón de guijarros de la lamprea es generalmente de forma ovalada, y las piedras que lo forman están muy apreta das, dejando solamente los intersticios necesarios para dar en trada a los largos y delgados cuerpos de los padres. Los huevos son depositados en el interior, y cuando salen las pequeñas lam preas no necesitan que el padre cuide de ellas, pues en las ren dijas que hay entre las piedras encuentran seguro refugio con tra cualquier peligro que pueda amenazarlas.
Para dar fin a este capítulo debo hablar de unos nidos de peces que bien pueden considerarse como los más extraordina rios de todos, porque no están hechos por ningún pez, sino por los huevos de un pez. Esto podrá parecer imposible; tan impo sible como que un niño, antes de nacer, se hiciese la cuna donde ha de dormir luego; pero ello es un hecho, y voy a explicar cómo se realiza.
Seguramente muchos de los lectores habrán oído hablar del mar de los Sargazos. Es una parte del Atlántico, próximamen te a la misma latitud de las islas Canarias, pero cerca ya de América, donde las corrientes reúnen una enorme cantidad de plantas marinas llamadas sargazos, que flotan cubriendo la su perficie de las olas en una gran extensión. Esta especie de ma leza flotante es la que Colón encontró en su primer viaje, a mediados de septiembre de 1492, haciéndole creer equivocada mente que estaba muy cerca de tierra. Allí viven y crían mu chos peces raros, y entre ellos los peces voladores de que nos hemos ocupado en otro capítulo. Los huevos que pone la hem bra del pez volador son unas esferillas, de cuyos polos salen unos filamentos bastante largos, y ocurre que por medio de estos filamentos se enredan los huevos entre sí y con los sar gazos flotantes, acabando por formar ima masa que se sostiene sobre el agua, y en la que los huevos quedan protegidos por Jas plantas marinas entre las cuales se enganchan.
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mecánica y casual; pero así y todo llenan su cometido tan per fectamente como si en su construcción hubieran intervenido los peces padres. En realidad, éstos no sólo no ponen nada de su parte para construirlos, sino que no vuelven a cuidarse de la freza una vez que la ha puesto la hembra.