Un hombre y una mujer no necesitan inhalar oxitocina para acercarse y posteriormente confiar el uno en el otro, ni para establecer una relación, o para enamorarse. (Aunque eso no ha impedido que algunos comerciantes sin escrúpulos hayan intentado venderle «oxitocina» a los clientes fijos de los bares). Por el contrario, lo que necesitamos son mecanismos que incrementen nuestra oxitocina cerebral igual que lo hace en las mujeres que acaban de ser madres. Afortunadamente para nosotros, disponemos de esos mecanismos. Y las ovejas también.
La temporada de cría es un momento crucial para los criadores de ganado ovino. Que el año arroje beneficios o no depende de cuántos corderos sobrevivan. Cuando muere un cordero, habitualmente ocurre en el transcurso de los tres primeros días después de nacer —a menudo porque su madre ha muerto o porque, por algún motivo, lo ha rechazado y se niega a darle de mamar—. En cualquier caso, sería muy bueno para los ganaderos si lograran idear un método para que las ovejas adoptaran a los corderos huérfanos o rechazados. Pero, como hemos explicado, las ovejas no quieren amamantar a ningún cordero que no sea el suyo. Y son capaces de distinguir a su cordero de todos los demás, incluso en un prado atestado de recién nacidos, gracias a la fuerte huella sensorial y emocional —su memoria social— que su cría les ha dejado en el cerebro después de tanto olfatearle y de masticar su placenta.
Hace muchísimo tiempo, un pastor ideó la forma de convertir a las ovejas en madres adoptivas. Quién fue aquel pastor y cómo descubrió el truco es algo que se pierde en la noche de los tiempos. Puede que sea mejor para la reputación de aquel pastor que no conozcamos su identidad, porque su truco consistía en estimular la vagina y el cuello del útero de una oveja que acababa de parir. La forma exacta en que estimulaba la vagina y el cuello del útero de la oveja sigue siendo un misterio, pero es de suponer que se dio cuenta de que, al hacerlo con un cordero huérfano en las inmediaciones, la oveja dejaba mamar al codero extraño.
Keith Kendrick y Barry Keverne, un colega suyo de la Universidad de Cambridge, fueron pioneros en una gran parte de la investigación científica que hay detrás de la vinculación de las ovejas. Fue Keverne el que averiguó por qué funcionaba aquel viejo truco de pastor.
En 1983, Keverne y algunos compañeros suyos fueron a comprar unos materiales de laboratorio un tanto insólitos. Entraron en un sex shop y al cabo de poco rato salieron con un vibrador muy grande, lo que viene a demostrar que el señor Wizard13 de la televisión tenía razón cuando decía que se puede utilizar todo tipo de objetos caseros para experimentar con la ciencia. Sea como fuere, utilizaron aquel vibrador para estimular la vagina y el cuello del útero de una oveja y descubrieron que incluso una oveja que no había parido (pero a la que anteriormente se había predispuesto mediante estrógeno y progesterona para simular un embarazo) mostraba «la gama completa de conductas maternales [...] al cabo de cinco minutos de estimulación vagino-cervical» (EVC). Las madres que acababan de parir no necesitaban ninguna preparación a base de hormonas. Kendrick descubrió que con cinco minutos de EVC manual se podía provocar que una oveja adoptara a un cordero ajeno —aunque ya hubiera establecido un vínculo con su propia cría— en un plazo de hasta veintisiete horas después de parir. Un montón de científicos procedieron a introducir la mano y sus «instrumentos de laboratorio» en la vagina de muchos otros animales y descubrieron que la EVC también funciona con las cabras y las yeguas.
En otras palabras, Kendrick y Keverne descubrieron que replicar la estimulación natural del parto provocaba que las ovejas establecieran un vínculo con un cordero extraño, independientemente de si ya habían establecido o no un vínculo con su propia cría o de si realmente habían parido o no. Ahora, el nacimiento podía disociarse de la vinculación entre la madre y su cría: era la estimulación de la vagina y el cuello del útero, así como la liberación de oxitocina que provoca esa estimulación, lo que desencadena el proceso de vinculación.
De hecho, aunque como anécdota resulta menos llamativa que la EVC, es posible inducir la vinculación en una oveja simplemente inyectándole oxitocina en el cerebro, concretamente en el núcleo paraventricular (NPV), el área donde se origina la oxitocina cerebral en el ser humano (y en las ovejas). Si se administra oxitocina a una oveja predispuesta a base de hormonas, esta adopta a un cordero ajeno en menos de un minuto.
La EVC también provoca la sobrecarga de la memoria social de una rata. Si se le aplica un masaje de EVC (y en caso de que usted se lo esté preguntando — ¿por qué no habría de hacerlo?— para las ratas los técnicos utilizan una sonda, no las manos) a una hembra a punto de entrar en celo, o ya en él, y a
continuación se le coloca una inmadura a su lado, la hembra adulta seguirá reconociendo a esa cría cinco horas después. Eso demuestra que estimular la vagina y el cuello del útero provoca la segregación de oxitocina en el cerebro, lo que induce al aprendizaje por recompensa y agudiza la memoria social y el deseo de establecer vínculos.
Existen unos nervios que enlazan los genitales con el núcleo paraventricular de los roedores, un hecho que descubrieron Anne Murphy, la esposa de Larry, y sus compañeros de trabajo. La influencia de esas señales en las células que producen oxitocina es mayor en las hembras que en los machos, lo que tiene sentido, dado que el estrógeno incrementa la expresión de los receptores de oxitocina. Murphy cree que es probable que las células productoras de oxitocina se proyecten en las regiones del cerebro que regulan la conducta social, lo que a todos los efectos aglutina como una sola cosa el sexo y el amor entre los roedores.
Experimentos como los que han realizado Larry y sus colaboradores y colegas, y que demuestran que los ratones de campo que copulan de forma natural reciben descargas de oxitocina, dopamina y opioides en el cerebro —y que esos compuestos químicos son los que promueven el amor entre los ratones de campo—, son imposibles de realizar con seres humanos. De este modo, no podemos demostrar que la actitud de Maud Gonne con respecto a Yeats cambió debido a que ambos tuvieron relaciones sexuales. Pero caben pocas dudas de que durante el acto sexual y el orgasmo se libera oxitocina en el cerebro humano.
Se sabe que el cuerpo emite oxitocina en la sangre cuando las personas hacen el amor. Durante siglos, las comadronas le han dicho a las mujeres que es posible acelerar el parto por el procedimiento de mantener relaciones sexuales. En los tiempos modernos, los tocólogos han utilizado dilatadores e instrumentos parecidos a un globo lleno de agua para realizar esa misma tarea. La razón de por qué funcionan esos aparatos y por qué las relaciones sexuales pueden desencadenar el parto es que ambos estimulan la vagina y el cuello del útero, igual que cuando los ratones de campo copulan y cuando se practica una EVC a una oveja. También es altamente probable que al mismo tiempo se libere oxitocina en el cerebro, porque, como Murphy demostró con los roedores, el centro productor de oxitocina cerebral está conectado directamente con los genitales.
Al parecer, los seres humanos han evolucionado específicamente para aprovechar esos circuitos.
Puede que a muchos hombres les parezca una grata noticia que, en relación con nuestro tamaño corporal, estamos muy bien dotados. Tenemos el pene más grande de entre todos los primates. El tamaño medio del pene erecto de un gorila es de tan solo cuatro centímetros aproximadamente. (Que no se le suba a la cabeza. Los percebes tienen un pene que mide hasta ocho veces la longitud de su cuerpo). También es cierto que el tamaño cuenta.
Parafraseando la respuesta que le dio Abraham Lincoln, que tenía una considerable estatura, a un hombre que le preguntó cómo de largas debían ser las piernas de una persona (Lincoln contestó: «Lo suficiente como para que le lleguen al suelo»), a efectos de la reproducción, el pene solo tiene que tener una longitud suficiente como para depositar el semen junto a la abertura del cuello del útero. La vagina humana tiene una profundidad media de aproximadamente 63 mm, medida desde el cuello del útero, al fondo, hasta el introito, es decir el lugar donde estaría situado el himen, en la parte frontal. Teniendo en cuenta que el tamaño medio de un pene erecto, al margen de los actores porno, es de aproximadamente 13 centímetros, da la impresión de que el pene humano es un caso en que la evolución ha sobredimensionado nuestro equipamiento. La vagina es increíblemente flexible, razón por la cual es posible que un bebé de tres kilos pase a través de ella, de modo que es capaz de acoger incluso el pene de un hombre portentosamente bien dotado, sobre todo si la mujer está excitada sexualmente. Pero lo cierto es que la mayoría de los hombres tienen un pene que es sensiblemente más largo de lo necesario para depositar el semen en el lugar adecuado.
Los teóricos de la evolución llevan mucho tiempo preguntándose por qué nuestro pene es más largo que el de nuestros primos primates. Una teoría afirma que los hombres utilizan el pene como una forma de llamar la atención, al estilo de Anthony Weiner14, algo así como la melena del león: con él estamos avisando a los demás varones de que somos unos machotes, así que cuidado con nosotros. Nuestros ancestros con penes más largos no permitían que los varones rivales se acercaran a las mujeres. Otra teoría sugiere que un pene tan largo evolucionó en el hombre porque nuestro semen compite dentro del canal vaginal con el de otros varones que pueden copular con la misma mujer justamente después que nosotros. Cuanto más cerca del cuello del útero consigamos depositar nuestro semen, más ventaja estaremos concediendo a nuestros nadadores en la gran carrera hacia el óvulo. Una tercera idea es que las mujeres son exigentes. A
diferencia de la mayoría de las hembras primates, las mujeres pueden tener más de un orgasmo. Cuando se dan cuenta de que el pene del varón es un instrumento muy útil para inducir dichos orgasmos, eligen a los hombres mejor dotados.
Nosotros estamos convencidos de que hay una forma mejor de explicar el gran tamaño del pene humano; es decir, que el doctor Long sabía muy bien lo que decía cuando escribió su tratado en 1919. Larry opina que el pene humano ha evolucionado como una herramienta para estimular la vagina y el cuello del útero, a fin de que se libere oxitocina en el cerebro de la mujer. Cuanto mayor es el pene, más eficaz resulta a la hora de provocar un aumento en el nivel de oxitocina durante el coito. Los picos de oxitocina ayudan a reducir cualquier temor o angustia que pueda sentir una mujer y a que se abra a las señales emocionales y sociales que le transmite su amante. Ella observa el rostro y la mirada del hombre y registra el contexto emocional en su amígdala cerebral. Probablemente se liberan dopamina y opioides. Mientras ella contempla a su amante de una forma que resultaría desconcertante en otros contextos, ella experimenta placer y lo asocia específicamente a ese hombre, igual que una madre sintoniza con su bebé. Se trata de un escenario mucho más erótico y placentero que cuando un pastor estimula a una oveja para que adopte a un cordero, pero el mecanismo es aproximadamente el mismo.
Un estudio realizado por Stuart Brody, de la Universidad del Oeste de Escocia, ha señalado que, por muy divertidos que sean, ni el sexo oral ni la masturbación ni cualquier otra forma de actividad sexual proporciona a una mujer la sensación de satisfacción general con la relación, incluyendo el «sentimiento de proximidad a su pareja», que crea el coito vaginal.
Somos conscientes de que tal vez parezca que somos defensores de la posición del misionero, pero el sexo cara a cara tiene otra ventaja: los pechos de la mujer están muy a mano.
En el capítulo 3 argumentábamos que la obsesión por los pechos era algo innato en el varón heterosexual y que Hugh Hefner se hizo rico explotándola. Desde nuestra más tierna infancia, los pechos han sido un elemento crucial en el imaginario erótico humano.
No obstante, los hombres no solo quieren ver los pechos. Claramente nos encanta jugar con ellos. Los chupamos, los mordisqueamos, los giramos como si fueran el dial de una radio. Cantamos My Way junto a ellos como si fueran un micrófono. No hace falta que estemos haciendo el amor para que practiquemos alguna de esas cosas, pero lo hacemos sobre todo durante el coito y somos los
únicos animales machos que lo hacen. Y desde el punto de vista de la reproducción, todo eso carece de sentido.
Sin embargo, juguetear con los pechos durante el coito es algo prácticamente universal. Cuando Roy Levin, de la Universidad de Sheffield, y Cindy Meston, de la Universidad de Texas, encuestaron a 301 personas (de las que 153 eran mujeres) acerca de los pechos y el acto sexual, descubrieron que estimular los pechos o los pezones incrementaba la excitación sexual en aproximadamente el 82% de las mujeres. En torno a un 60% le pedía explícitamente a su pareja que le tocara los pezones.
Al igual que el tamaño del pene en el varón, esta excentricidad de los humanos con las tetas lleva mucho tiempo intrigando a los biólogos de la evolución. Algunos conjeturan que unos pechos bien desarrollados almacenan una grasa que es necesaria, lo que, a su vez, indica al hombre que la mujer goza de buena salud y que, por consiguiente, es una candidata de primer orden para parir y criar a sus hijos. Pero los hombres no se distinguen por ser demasiado exigentes con sus parejas sexuales. Si el principal objetivo del sexo es transmitir nuestros genes, tendría más sentido tener relaciones sexuales con el mayor número posible de mujeres, independientemente de si son tan atractivas como la chica del mes del último número de Playboy.
Otra hipótesis se basa en el hecho de que la mayoría de los primates copulan con el macho penetrando desde atrás, tal y como decía el doctor Long. Eso podría explicar por qué las hembras de algunas especies de monos exhiben una publicidad tan elaborada en sus traseros. Los hombres, reza el argumento, necesitaban cierto aliciente erótico que les recordara cómo lo hacían nuestros ancestros evolutivos. De modo que los dos pechos en la parte delantera se hicieron más grandes para replicar el contorno del trasero de una mujer.
Sin embargo, solo existe una explicación neurológica para esta peculiaridad entre los humanos. Como veíamos en el capítulo anterior, los recién nacidos llevan a cabo una serie de elaboradas manipulaciones de los pechos de su madre no solo para conseguir que baje la leche, sino también para que se libere oxitocina, lo que facilita el establecimiento del vínculo, al inducir a la madre a que se aproxime emocionalmente a su bebé, y que de esa forma el bebé deje su huella sensorial en la amígdala cerebral de la madre. Además, el bebé también recibe una recompensa cerebral y una sensación de seguridad. La fascinación del varón por los pechos comienza ahí.
vida, utilizamos los pechos para contribuir a crear y mantener el vínculo amoroso. Los pechos, al igual que el pene, han ido evolucionando hasta convertirse en instrumentos para estimular la segregación de oxitocina a través del neurocircuito de la vinculación madre-hijo.
Manipular los pechos libera oxitocina, y no hace falta ser un bebé lactante para lograrlo. La lactancia, igual que el coito, se ha utilizado para provocar el parto desde la prehistoria. En algunas culturas antiguas, las comadronas colocaban a un bebé lactante junto al pezón de una madre con dificultades para dar a luz a fin de acelerar el parto. Desde entonces se han utilizado distintos métodos, como las ventosas, el masaje de los pechos e incluso frotar los pezones con algodón empapado en parafina. En 1973, unos médicos israelíes experimentaron con una bomba sacaleches corriente que manejaban las propias mujeres que se sometían a la prueba, y descubrieron que inducía el parto el 69% de las veces.
Existe una conexión neuronal directa entre los pezones y las neuronas oxitocinérgicas del cerebro. Cuando Barry Komisaruk, de la Universidad Rutgers, y Stuart Brody obtuvieron imágenes del cerebro de algunas mujeres estimulándose a sí mismas de distintas formas, descubrieron que estimular los pezones activaba el cerebro de un modo muy parecido a cuando se estimula el cuello del útero. Komisaruk y Rutgers plantearon la hipótesis de que ese tipo de estimulación provoca que el núcleo paraventricular segregue oxitocina, igual que ocurre con los roedores.
Esa correlación entre los pechos y la oxitocina explicaría por qué los varones son los únicos mamíferos machos fascinados por los pechos y por qué las mujeres son las únicas mamíferas hembras cuyos pechos se mantienen tersos aunque no estén dando de mamar. La especie humana es el único animal para el que los pechos se han convertido en una segunda característica del sexo femenino.
Para abundar en las evidencias de que el apareamiento entre humanos aprovecha el circuito de establecimiento del vínculo madre-hijo para crear el amor, un equipo de neurocientíficos del University College de Londres pidió a un grupo de mujeres que pasara por una máquina de resonancia magnética funcional y contemplara, igual que en otros estudios que ya hemos mencionado, fotos de sus bebés. Las imágenes resultantes se parecían mucho a las de otras pruebas de ese tipo. Se activaban las mismas áreas, lo que volvía a confirmar la existencia de un circuito de vinculación madre-hijo. A continuación, los
científicos pedían a las mujeres que miraran otro tipo de imágenes, como retratos de George Clooney, de extraños anónimos, de familiares suyos y de sus parejas. El efecto de mirar a Clooney no era ni remotamente parecido al efecto de mirar a sus bebés —como tampoco lo era el de mirar fotos de extraños, y ni siquiera fotos de sus familiares—. Pero cuando las mujeres miraban la foto de su pareja, las pautas de activación de su cerebro se superponían de una forma increíble con las pautas que se formaban cuando miraban a sus bebés.
Nadie puede intentar realizar con seres humanos el tipo de experimentos que Larry y sus colegas han realizado con ratones de la pradera. De modo que las evidencias que hemos presentado aquí no son una prueba definitiva, científica: