5.Pedagogía del amor y la ternura
5.1. La pedagogía del amor es pedagogía de la alegría y el asombro
La alegría es un valor fundamental del ser humano. Por ello, hay que proponerla y cultivarla. Al alumno hay que tratarlo con alegría que es el signo que acompaña siempre a cualquier tarea creadora. Hacer feliz a un niño es ayudarle a ser bueno. Si hay alegría, hay motivación, deseos de aprender. Si en los centros educativos brilla la alegría, habremos conseguido lo más importante.
La alegría afirma la existencia de cada alumno. Si el edu- cador no se alegra por la existencia de su alumno, en el fondo lo está rechazando y negando. En consecuencia, la pedago- gía de la alegría sólo será posible si cada educador acude con el «corazón maquillado» de dicha al encuentro gozoso con sus alumnos. El maestro o profesor debe ser el personaje más entusiasta y gozoso del salón. Si él está alegre, convertirá su salón en una fiesta, pero si está amargado o aburrido, su clase será un fastidio. Un educador alegre se esfuerza por apartar sus preocupaciones y problemas y se mantiene siem- pre positivo y cercano, con una sonrisa en sus labios. Una sonrisa negada a un estudiante puede convertirse en un pupi- tre o una silla vacíos.
Una sonrisa cuesta poco y produce mucho.
No empobrece al que la da y enriquece al que la recibe. Dura sólo un instante y perdura en el recuerdo eterna-
mente.
Es la señal externa de la amistad profunda. Nadie hay tan rico que no la necesite, nadie hay tan pobre que no pueda darla.
Una sonrisa alivia el cansancio, renueva las fuerzas y es consuelo en la tristeza.
Una sonrisa tiene valor desde el comienzo que se da. Si crees que a ti la sonrisa no te importa,
sé generoso y da la tuya,
porque nadie tiene tanta necesidad de una sonrisa Como quien no sabe sonreír.
(Charles Chaplin).
En momentos en que en nuestras ciudades y pueblos im- pera la cultura de la muerte, los centros educativos deben ser recintos de vida, donde todos los alumnos se sientan a gusto, seguros y felices. Las aulas y todos los recintos escolares deben invitar a la alegría y ser atractivos en lo físico y en el ambiente irradiador de aceptación, comprensión, ayuda. Con frecuencia, el ambiente de los recintos escolares y de sus al- rededores, el abandono, el descuido, la suciedad, la desidia, la frialdad desnuda de los salones, y unas relaciones centra- das en el autoritarismo y el miedo, traen mucha niebla de des- motivación y fastidio. Si pretendemos una educación en la ale- gría, cada plantel tiene que ser un manantial de confianza, camaradería y amistad, un espacio digno, pulcro, que irradie vida y donde todos se sientan bien.
Quedan, en consecuencia, prohibidas las caras largas, las palabras ofensivas y desestimulantes, las amenazas, los gritos, las normas sin comprensión, los ejercicios tediosos y aburridos, las memorizaciones sin entender, los aprendizajes sin sentido, que sólo sirven para pasar los exámenes y conti- nuar en la escuela Hay que volver al saber con sabor; hay que recuperar la escuela (scholé) como lugar del disfrute en el trabajo creativo y compartido, pues hemos convertido la ense- ñanza en algo muy tedioso y aburrido. Necesitamos en con- secuencia «recrear» la escuela para que no siga privilegiando la memoria y la repetición, sino que cultive la imaginación y la creatividad. Creatividad ya no para adaptarse y triunfar en este mundo que confunde la felicidad con consumir y el capricho con la libertad, sino para transformar y crear.
Desrutinemos la educación, abramos las ventanas del aula a la vida, recuperemos el valor educativo del recreo, el depor- te, las actividades culturales, los grupos musicales o de tea- tro, las convivencias y excursiones. Este tipo de actividades que fortalecen la voluntad, desarrollan la expresión, la iniciati- va, la creatividad y la sensibilidad, son las que calan más hon- do en el espíritu. Ellas marcan a la persona para toda la vida. Desterremos la rutina, los rituales grises, las jornadas mo- nótonas, siempre iguales. Cada día debe ser una sorpresa, cada actividad una fuente de asombro. Los alumnos acuden al centro educativo no a repetir rituales aburridos, sino a dejar- se sorprender por la innovación y la creatividad. Los salones se convierten en talleres y laboratorios donde se aprende a crear y producir y no meramente a copiar y reproducir. Pro- ducción dialógica, cooperativa, donde todos aprenden y apren- den de todos. La biblioteca ya no será un mero depósito de
libros, sino que se convertirá en la casa de la magia y de los sueños, donde se cultivará el amor a los libros. Ir a la bibliote- ca debe considerarse un premio. La maestra bibliotecaria debe ser la más soñadora, la más dinámica y creativa, capaz de provocar las ganas de aprender y de crear.
Se trata, en definitiva, de ir desverbalizando la labor edu- cativa. Para ello, los docentes deben aprender a callarse. La palabra del docente que ocupa generalmente la mayor parte de los tiempos educativos, debe ceder lugar al trabajo organi- zado de los alumnos. Hay que hablar menos y dedicar más tiempo a planificar. Entendiendo la planificación no como esa antiplanificación de copiar rutinariamente los objetivos y activi- dades del programa, sino la que plantea cómo motivar, organi- zar y guiar el trabajo de los alumnos. La mayoría de las veces, los problemas de indisciplina suelen tener en su origen una inadecuada planificación. El alumno se fastidia, y con razón, si lo obligamos a estar horas y horas clavado a un pupitre es- cuchando cosas ajenas a sus intereses, o le obligamos a ha- cer cosas en las que no encuentra el menor eco a sus inquie- tudes, aspiraciones y problemas. Él se rebela por medio de la agresividad o la apatía, y el docente se agota intentando man- tener el orden y el silencio.
Atrevámonos a innovar, proponer, soñar, convertir nues- tras actividades en una fiesta. Estimulemos en los alumnos la capacidad de creer y crear para que no se dejen atrapar en el fango rastrero, sin alma, del materialismo que nos domina y aplasta, que no nos deja soñar y que lleva al fastidio y el aburri- miento. La verdadera alegría, que no viene de afuera, de las cosas, sino que mana de adentro cuando se ha aprendido a vivir en la verdad y en el amor, es siempre subversiva de este
mundo inhumano y excluyente, que considera que la felicidad se compra con tarjeta de crédito. Es una alegría siempre es- peranzada, más fuerte que los cansancios y las aparentes derrotas. Esta alegría, que brota de la compasión y el com- promiso, se convierte en fuerza para combatir todo lo que ocasiona tristeza y dolor, para así construir la civilización del amor, donde sea posible la felicidad para todos. En palabras de Eduardo Galeano:
«Nosotros tenemos la alegría de nuestras alegrías y tam- bién la alegría de nuestros dolores, porque no nos interesa la vida indolora, que la civilización del consumo vende en los supermercados. Y estamos orgullosos del precio de tanto dolor, que con tanto amor pagamos. Nosotros tenemos la ale- gría de nuestros errores, tropezones que muestran la pasión de andar y amor por el camino. Y tenemos la alegría de nues- tras derrotas, porque la lucha por la justicia y la belleza valen la pena también cuando se pierden. Y sobre todo tenemos la alegría de nuestras esperanzas. En plena moda del desen- canto cuando el desencanto se ha convertido en artículo masivo y universal, nosotros seguimos creyendo en los asom- brosos poderes del abrazo humano».
5.2. La pedagogía del amor es una