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ciando una tendencia que luego sería imitada por otros críticos, Balboa recalcó la edad y achaques de su superior:

«En cuanto a la persona del gobernador, aunque es persona honrada, V. A. sabrá que es muy viejo para estas partes y está muy doliente de grand enfermedad, que nunca ha estado un día bueno después que aquí vino»2

. Pese a la enfermedad del gobernador, Balboa lo acusaba de no castigar los abusos de sus capitanes, de provocar la discordia entre los diferen- tes grupos y de estar más pendiente de sus intereses que de los del Rey. En un esfuerzo por lograr la destitución del gobernador, Balboa descri- bía a Pedrarias como «persona sin ningund regimiento y sin ninguna maña ni ingenio para las cosas de la gobernación» y un «hombre que claramente paresce que tiene pospuesto atras y en olvido todo el servi- cio de V. A. y las cosas de su propia honra por solamente un peso de oro que le siga de interese»3. Aunque el Rey ya había rechazado tales acusa-

ciones como «inciertas», los historiadores se las han tomado más en serio4.

Es interesante destacar que Pedrarias hizo acusaciones muy simila- res contra Balboa. A pesar de sus diferentes orígenes sociales, cada líder sospechaba que el otro era codicioso, envidioso y mentiroso. En una carta de Pedrarias al Rey, en la que objetaba el nombramiento de Balboa como gobernador de Panamá y Coiba, quedó constancia de su categórica desaprobación hacia el aventurero. Tras meses de circuns- pección, Pedrarias utilizó un lenguaje legalista para condenar las ofen- sas de Balboa contra su idea de lo que era el servicio al rey:

«Lo que se ha de dezir de Vasco Núñez es que la condición que tiene, y asy es público y notorio, que no sabe dezir verdad ni sentir ni tomar por afrenta hazerle qualquier cosa que faga mal fecha de qualquiera calidad que sea, no tener voluntad ni amor a ningún bueno, preciarse de conver- sar e darse mucho a personas serviles, ser muy demasyadamente codicio- so, tener grande enbidia de qualquier bien que otro aya, ser muy cruel e yngrato, nunca perdonar, no sujetarse a ningún consejo, no tener razón ni poder usar della para resistir ningún apetito vicioso, ser muy interesal, no tener obediencia ni ninguna reverencia a la iglesia ni a sus ministros, ser de muy mala conciencia, estar siempre fundado en engañar a quien con el conversare, quando se le pide consejo dale syenpre al revés, ser muy entendido e procurar a justo o ynjusto ser superior a do quiera que estu- viere, procurándolo con ligas e munipudios y por todas las otras vías que puede fallar aparejo, aunque sea contra toda lealtad e servicio que a Dios e a Su Alteza se deva»5

Pedrarias describía a Balboa como avaricioso, envidioso, cruel, desa- gradecido, conspirador, impío e inclinado al vicio. En apoyo de esas ale- gaciones, el gobernador hacía referencia a una investigación secreta incluida en la residencia de Balboa, el juicio al que, obligatoriamente, todo oficial debía someterse cuando concluía su mandato. Ya en 1515, Pedrarias manifestaba su consternación porque las actas judiciales rele- vantes, que el alcalde mayor, Gaspar de Espinosa, había remitido a la Corte, se habían ocultado o extraviado6. Por suerte para la reputación de

Balboa, siguen perdidas7.

A falta de ese documento, este capítulo presenta nuevas muestras del enfrentamiento que tuvo lugar entre Pedrarias y Balboa a lo largo de cin- co años. Aunque cada uno de ellos criticó al otro en sus cartas al Rey, en realidad la relación entre ellos demostró ser mucho más dinámica y com- pleja. Curiosamente, dos líderes tan diferentes entre sí llegaron a pensar el uno del otro como padre e hijo. El contraste entre la leyenda y la rea- lidad de Castilla del Oro nos permitirá explorar las tensiones iniciales, la cooperación sincera y las diferencias subyacentes entre Pedrarias y Bal- boa. Ambas, leyenda y realidad, también nos permitirán analizar los cambios que se produjeron en las relaciones entre los españoles y los pueblos indígenas de América Central. La Corona, al tiempo que inter- fería entre Pedrarias y Balboa para coartar el poder de uno sobre el otro, les privó de ejercer de forma efectiva el poder ejecutivo y judicial al ins- tituir un sistema de gobierno por consenso, que sería más dañino para la región que cualquiera de los dos caudillos.

Falsos comienzos y primeros encuentros

Al partir de Sevilla en la primera semana de febrero de 1514, la armada parecía destinada a la gloria. Sus miembros, al igual que el Rey, esperaban obtener grandes beneficios de Castilla del Oro. El teniente del capitán general, Juan de Ayora, había llegado al extremo de nom- brar agentes que recibieran el oro que él esperaba enviar a España8. El

mismo día, Pedro Vires, quien se identificó como mayordomo de Pedrarias, recibió un préstamo de 10.500 maravedíes de dos mercade- res genoveses para comprar mercancías para su venta en Castilla del Oro, con la promesa de que Pedrarias mismo compraría los bienes si Vires fallecía antes de que pudieran ser vendidos9. El gobernador al

menos, si no su mayordomo, parecía disfrutar de buena salud. Otro sir- viente de la casa de Pedrarias, Pascual de Andagoya, recordaría más adelante que «la más lucida gente que de España ha salido» embarcó en 151410. Escribiendo después que Andagoya, el cronista Gonzalo Fer-

nández de Oviedo también celebró el «hermoso alarde en Sevilla» cuan- do Pedrarías y unos dos mil colonos, incluyendo al propio Oviedo, par- tieron hacia Sanlúcar de Barrameda11.

Conforme el entusiasmo inicial empezó a menguar, la expedición tendría que enfrentarse a sus primeras dificultades en Sanlúcar, Gome- ra, Dominica, Santa Marta e Isla Fuerte, por no mencionar el mar abierto. Estos problemas pondrían en cuestión la prudencia del Rey y el gobierno por consenso antes incluso de que la armada arribase a Castilla del Oro. La partida desde Sevilla, por magnífica que fuera, puso de relieve que los barcos llevaban demasiados pasajeros. Infor- mado de que sobraban trescientos hombres, el Rey aconsejó a Pedra- rias que eligiese «la gente más útil y de más trabajo» ofreciendo trans- portar al resto a La Española12. Después de desembarcar a trescientas

personas, el 26 de febrero la flota se dio a la vela desde Sanlúcar, sólo para verse forzada a volver atrás por una violenta tormenta. Tras dos penosos días a bordo, el tiempo mejoró lo suficiente como para permi- tir a los pasajeros que desembarcasen en Sanlúcar. Con 1.250 soldados, además de un número no especificado de mujeres y niños, parecía obvio que los barcos seguían estando sobrecargados. En vez de dejar en tierra otros doscientos cincuenta hombres, el Rey aprobó las peti- ciones del gobernador y del obispo para comprar un barco adicional13

. En un intento por mejorar la situación, Pedrarias encargó a un carpin- tero local que construyese «ciertos bergantines» entregándole un anti- cipo de 15 ducados14.

Las condiciones atmosféricas y las reparaciones forzaron a la armada a permanecer en Sanlúcar durante seis semanas15. En este plazo, Pedra-

rias tuvo que hacer frente a la ingrata tarea de evitar que los soldados desertasen y de mantener especialmente vigilados a los capitanes, los cuales ya habían cobrado parte de sus salarios16

. En su cargo de alcalde mayor, Gaspar de Espinosa, tal vez intentando ayudar al gobernador a mantener el orden, incurrió en la ira del obispo Quevedo «sobre sacar a uno de la yglesia»17. Por desgracia, no ha sobrevivido ningún documen-

to local que permita ilustrar tales disputas. Los grupos humanos involu- crados en la empresa, que ya se conocían bien entre ellos, estrecharon aún más los lazos que les unían. Gonzalo Fernández de Oviedo, quien más adelante se quejaría de las penalidades sufridas durante la larga espera en Sanlúcar18, actuó como testigo del testamento del gobernador,

firmado el 20 de marzo de 151419.

Este notable documento, hasta hoy sólo conocido por una copia de 171520, permite profundizar en las ideas del principal representante del

Rey mientras esperaba a darse a la vela por segunda vez hacia Castilla del Oro. Después de meses de intensa actividad, las inclementes condiciones

climáticas permitieron por fin a Pedrarias poner a salvo su patrimonio. Al día siguiente de su nombramiento como gobernador y capitán gene- ral, Pedrarias había recibido licencia real para concretar cuáles eran los bienes recibidos en mayorazgo de la herencia de su tío, el obispo Juan Arias Dávila, junto con cualesquiera otras posesiones que desease aña- dir21. Ocho meses más tarde, en Sanlúcar, el gobernador enumeraba esas

pertenencias, incluyendo propiedades en Segovia, Bernuy de Palacios, Cristobalejos, Juarros de Boltoya, Chinchón, Buenaventura, Olmedo, Alcazarén y Mojados. De acuerdo con este documento, las instrucciones de la Corona y el requerimiento habían dejado, aparentemente, a Pedra- rias con pocas dudas de que embarcaba «contra los enemigos de nuestra Santa Fe Católica» y que iba «a la dicha Castilla del Oro para la conver- sión de los infieles»22

. Además de citar con afecto a su esposa, Doña Isa- bel de Bobadilla, cuatro hijos, cinco hijas y diez criados, el testamento del gobernador incluía extensas disposiciones para su heredero. Entre otras advertencias, Pedrarias ordenaba a su sucesor, «que siempre sirva al Rey, nuestro señor, e a la Corona Real e no consyenta que ningun hijo syrba syno al Rey, nuestro señor, y a la Corona Real»23. Lo que no podía

imaginarse Pedrarias es que tan sólo cinco años más tarde él mismo ten- dría que hacer respetar esas instrucciones.

La armada, que finalmente partió de Sanlúcar el 11 de abril de 1514, estuvo anclada durante veinte días en la Isla de Gomera para reunir suministros, arribando a la Isla de Dominica el 3 de junio. Años más tar- de, el cronista y veedor Gonzalo Fernández de Oviedo recordaría los sucesos de Dominica. Aunque el Rey había ordenado a Pedrarias «poner nombre general a todo la tierra» a la que llegase, con la intención de con- trarrestar las reivindicaciones de Colón y sus herederos24, Oviedo criti-

caría después a Pedrarias por bautizar una ensenada en Dominica «bahía de Fonseca, como si él fuera el primero que la descubría entonces»25

. Oviedo también censuró el castigo ejemplar que el gobernador infligió a su propio criado, San Martín, ahorcado en Dominica después de que se retrasase y desobedeciese las órdenes del teniente Juan de Ayora26

. Por otra parte, la defensa de Pedrarias aseguraba que la suerte de San Martín había entristecido al gobernador:

«Pero porque el dicho San Martín se desmandó tanto y amontinó en tiempo a donde tanto peligro ocurre a toda el Armada, por ser a donde estavan entre los Yndios Caribes y de tanta guerra, y que convenía reco- gerse a los navios para seguir su viaje, y le enbió el dicho governador muchas vezes a llamar para que se veniese a enbarcar él y los que con él estavan, porque por él y a su cabsa se detenía toda la hueste. Y porque hizo otros delitos e crimines y porque muy desacatadamente le enbió a

dezir que no avía de venir ni vedría e que se quería quedar. Y viendo que a su cabsa toda la gente tomó alteración, convino porque otros no toma- sen exenplo en sus desacatos ni tomasen atrevimiento a hazer otros tales, siendo tan públicos y notorios, hazerse la dicha justicia...»27

.

La actuación del gobernador, contraria al favoritismo, y su inmediata respuesta ante la insubordinación sirvieron para enviar un mensaje claro a las tropas. Vasco Núñez de Balboa, desafortunadamente, se perdió la lección.

Antes de dirigirse al Darién, Pedrarias decidió ir a buscar a los super- vivientes cristianos en Santa Marta, en la costa de Tierra Firme. Oviedo también criticó esta decisión. Según el cronista, el requerimiento, que él llevaba, resultó ser incomprensible para los nativos que encontraron, quienes dispararon flechas envenenadas o huyeron. Pedrarias, que había colocado a Oviedo en primera línea de batalla, nunca volvería a confiarle el mando de tropas. Aunque Oviedo aseguraba haber encon- trado «siete mill pesos de oro o mas, en diversas piezas, labrado», en Santa Marta, las cuentas del Rey sólo registraron 1.008 pesos de oro de baja calidad en toda la expedición28. O bien Oviedo estaba exagerando

las ganancias o, peor aún, dado su oficio de veedor de los beneficios del Rey, no informó de ellas. Todavía en aquellos momentos, Oviedo y sus camaradas probablemente esperaban encontrar mayores riquezas en el Darién. Sin embargo, más tarde Oviedo acusó al gobernador por no establecer un asentamiento en Santa Marta29. En realidad, el goberna-

dor, el obispo y los oficiales del Rey habían planeado enviar a un ca- pitán con 250 hombres de regreso a Santa Marta30, aunque la alta mor-

talidad en el Darién pudo haber provocado que se paralizase la operación.

En Santa Marta e Isla Fuerte, Pedrarias y sus capitanes aplicaron una mezcla de rigor y compasión. De acuerdo con las instrucciones del Rey, los capitanes aseguraron que habían capturado nativos «sin hacer- les mal ni daño», si es que tal cosa era realmente posible. Tras llegar al Darién, varios de estos prisioneros fueron vendidos en subasta públi- ca31. Mientras que algunos nativos fueron esclavizados, el gobernador

ordenó que otros fueran puestos en libertad como gesto de magnani- midad. Según Pedro Mártir de Anglería, la mayor parte de los cautivos de Santa Marta fueron vestidos y alimentados. Otros fueron llevados a los barcos españoles para mostrarles «la grandeza de nuestras cosas para que se lo contaran a los demás» antes de ser liberados «con el fin de granjearse su buena voluntad»32.

Una vez hubo llegado al Caribe, Pedrarias puso en práctica las ins- trucciones regias. Informó de forma sistemática del requerimiento a los

nativos americanos. La pretensión del Rey de proteger y al mismo tiem- po explotar a la población indígena fracasó rotundamente. Tal vez más preocupante para los soldados, Pedrarias también impuso la disciplina militar entre sus seguidores. Tal y como el Rey había advertido, las tro- pas empezaron a «tener mas estrecha vida de lo que se han tenido»33

. Sin embargo, incluso alguien tan crítico como Oviedo tuvo que recono- cer que Pedrarias, lejos de comportarse como un autócrata, tomaba las decisiones tras consultar con el obispo, los funcionarios y los marineros con experiencia. Aunque fuera en su perjuicio, el gobernador parecía decidido a poner en práctica las órdenes del Rey.

Al llegar a su destino, la armada de 1514 no estaba preparada para el asentamiento del Darién. Un joven hidalgo que acompañaba a Pedrarias, Pascual de Andagoya, recordaba la «mala desposición de la tierra, que es montuosa y anegadiza, poblada de muy pocos indios», y describía el Darién como un pequeño poblado con «pocos mantenimientos de la tie- rra»34

. La comunidad, formada por 515 españoles y más de 1.500 nativos a su servicio, estaba situada a una legua y media de la costa, en la ribera de un río poco profundo. Uno de los integrantes de la armada que más ligado llegaría a estar al Darién, Gonzalo Fernández de Oviedo, recor- daría la llegada de ésta con más detalle:

«A los treinta de junio de mil e quinientos y catorce años de la Nativi- dad del Redemptor nuestro, saltó Pedrarias en tierra e entró en la cibdad de Sancta María del Darién con toda la gente que llevaba del armada, que eran dos mil hombres o más, e muy bien aderezados e armados, e el obis- po e oficiales y capitanes, y en muy buena orden todos, que era cosa que en todas partes parescía bien»35.

El entusiasmo de Oviedo por la impresionante exhibición no podía ocul- tar las complicaciones de alojar a dos mil soldados en un centenar de cabañas ni las dificultades de alimentarlos. Las inevitables tensiones entre los antiguos y los nuevos colonos terminaron proyectándose sobre sus líderes.

Un cronista que no fue testigo de los hechos, Bartolomé de Las Casas, menos privilegiado que Oviedo pero con sus propios prejuicios, aprovechó el relato del encuentro entre Pedrarias y Balboa para dra- matizar el contraste entre el viejo y el nuevo mundo. El fraile retrató al mensajero del gobernador, procedente de un continente en el que la ropa era un símbolo de estatus social, escandalizándose al ver a Balboa humildemente vestido, mientras dirigía a un grupo de nativos que cubrían una cabaña con paja. Además Las Casas imaginó y ridiculizó los sueños de oro abundante de los recién llegados:

«La gente toda recién venida no se descuidaba de preguntar dónde y cómo el oro con redes se pescaba, y, según yo creo, comenzó desde luego a desmayar como no veía las redes y aparejos con que se pescaba, ni hablar o tratar dello a cada paso; y así fue que, oidos los trabajos que los huéspedes les contaban haber pasado, y cómo el oro que tenían no era pescado, sino a los indios robado, y puesto que había muchas minas y muy ricas en la tierra, pero que se sacaba con inmenso trabajo, comenza- ron luego a se desengañar y hallarse del todo burlados»36

.

Las Casas utilizó el contraste entre la codicia de los recién llegados y la frugalidad de los colonos, acaudillados respectivamente por Pedrarias y por Balboa, para impartir una lección de moral sobre la futilidad de ambicionar riquezas mundanas.

Lejos de representar la indolencia del viejo mundo, Pedrarias no perdió tiempo al llegar a Castilla del Oro. El gobernador y sus hombres desembarcaron en la costa, se encontraron con Balboa y entraron en el Darién el 30 de junio37

. Al día siguiente, según un documento inédito, el obispo Quevedo, el tesorero de la Puente, el contador Márquez y el factor Tavira se reunieron para tratar de resolver su más acuciante pro- blema: cómo desembarcar las provisiones en la costa y transportarlas hasta el asentamiento. Debido a que sólo se podía transportar una car- ga de alimentos río arriba por día, la broma había empezado a dañar a los navíos que esperaban. Para prevenir esa destrucción y hacer del fon- deadero un refugio más acogedor para los futuros barcos de provisio- nes, el gobernador, el obispo y los funcionarios acordaron construir un almacén en la línea de playa. Tavira, tras ponerse de acuerdo con De la Puente, elegiría un emplazamiento y se aseguraría que la construcción fuera realizada con la mayor economía y brevedad posibles38. A pesar

de estas rápidas decisiones no se pudo evitar que muchos alimentos y suministros fueran destruidos por las lluvias o robados39. Según Ovie-

do, Pedrarias se reunió al poco tiempo con Balboa, solicitando detalles «del estado e cosas de la tierra, e qué indios había de paz, e cuales de guerra», información que Balboa entregaría por escrito al gobernador el 2 de julio40

.

A la semana siguiente Pedrarias y la mayor parte de los que le habían acompañado cayeron enfermos. Los más saludables y ambiciosos, inclu- yendo a Balboa, el obispo Quevedo y Oviedo, aparentemente se hicieron con el poder41. El 8 de julio, el obispo, el tesorero y el contador anuncia-

ron públicamente que todo el oro de la colonia tenía que ser marcado y valorado en la residencia del veedor, Oviedo, so pena de que cualquier oro que no estuviera marcado sería confiscado para el tesoro real. Llama la atención que el nombre del gobernador no figurase en el documen-

to42

. El 13 de julio, Oviedo pidió al obispo, al tesorero y al contador que ordenasen que todo el oro obtenido de las expediciones que estaban al llegar del Mar del Sur y Dabaibe fuera fundido y marcado en el Darién43.