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Pensando desde los intersticios La Sociología

In document Sociologia (página 92-126)

Lucila Nejamkis

introducción

En este capítulo nos proponemos indagar el desarrollo de la Sociología en el conti- nente latinoamericano y especialmente en Argentina. Este es un camino arduo ya que tradicionalmente -desde los distintos ámbitos académicos- ha predominado el pensamiento europeo como “ideal” a seguir al momento de hacer “Ciencia Social”. La idea de ciencia esta puesta entre comillas porque remite a la manera en que se han entendido predominantemente las Ciencias Sociales, es decir a través de los ojos del positivismo. Se considera que, a pesar de sus críticos, el positivismo continúa teniendo hoy en día un papel importante al momento de hacer Ciencia Social.

Si bien una porción de nuestros orígenes científicos se lo debemos en parte a una triangulación entre un pasado colonial, las oleadas migratorias de fines del siglo XIX y principios del siglo XX, y el criollismo. Es importante remarcar que exis- tió y existe un pensamiento latinoamericano previo al surgimiento de la Sociología “Científica”, así como también la reivindicación de un pensamiento autónomo de nuestra región.

Sin embargo, a lo largo de los años la primacía de la asunción en bloque de los supuestos y prejuicios del pensamiento europeo del siglo pasado -el racismo científi- co, el patriarcado y la idea de progreso- reafirmaron el carácter colonial del discurso científico (Rotiman, 2008).

Tal como explica Lander (1997) “la construcción del conocimiento a partir de los paradigmas del siglo XIX estableció severas barreras a la posibilidad de pen- sar fuera de los límites definidos por el liberalismo”. Según este autor, el principal

“Ni el libro europeo, ni el libro yanquee daba la clave del enigma hispanoamericano”(José Martí, Nuestra América).

problema reside en el imaginario colonial a partir del cual la ciencia construye su interpretación del mundo imaginario, que ha permeado las Ciencias Sociales de todo el planeta, haciendo que la mayor parte de los saberes sociales del mundo periférico sean igualmente eurocéntricos (Lander, 1992: 25).

El término eurocentrismo se aplica a cualquier tipo de actitud, postura o enfoque intelectual, historiográfico y de la evolución social, que considera que Europa y su cultura han sido el centro y motor de la civilización, y que por ello identifica la historia europea con la Historia Universal. El eurocentrismo es una forma de etnocentrismo.

Por esta razón es que desde épocas tempranas y con mayor consenso en la ac- tualidad, ciertos autores han propuesto la necesidad de distanciarse del paradigma científico dominante y comenzar a construir líneas de pensamiento proclives a la creación de categorías de análisis, que permitan explicar la realidad latinoamericana desde Latinoamérica misma. Tal como sostiene Quijano “La crítica del paradigma europeo de la racionalidad-modernidad es indispensable. Más aún, urgente. Pero es dudoso que el camino consista en la negación simple de sus categorías; en la disolu- ción de la realidad en el discurso; en la pura negación de la idea y de la perspectiva de totalidad del conocimiento” (Quijano, 1992:447).

Por ello, planteamos la importancia de reivindicar el valor teórico conceptual de una matriz latinoamericana de pensamiento popular con perfiles autónomos, frente a las principales corrientes de la filosofía y las ciencias humanas (Roitman, 2008). Si bien los procesos políticos y sociales latinoamericanos no son homogéneos es posible y necesario reconocer la existencia de una matriz propia, autónoma de in- terpretación de los fenómenos sociales. Un paradigma teórico-político alternativo, con carácteres peculiares frente a las corrientes de pensamiento que expresan las distintas vertientes del liberalismo, el nacionalismo aristocratizante y el marxismo ortodoxo. (Argumedo, 2004:18).

En esta búsqueda el nombre del capítulo nos invita a pensar desde los intersticios refiriendo a las capacidades que tenemos de indagar desde los márgenes, los res- quicios, las hendijas, desde aquellos lugares que no aparecen como centrales en la lógica del pensamiento dominante, pero desde donde se puede construir categorías y formas de pensar propias de nuestras realidades latinoamericanas.

El capítulo comienza con un recorrido histórico sobre la instauración de la So- ciología Científica en nuestro país, nos centramos principalmente en el desarrollo de

la Sociología de cátedras y en el papel que tuvo el pensamiento positivista en este proceso.

En un segundo lugar, retomamos los principales aportes de arturo jauretche a la Ciencia Social: la crítica al paradigma positivista, el desarrollo del pensamiento nacional y popular, y el revisionismo histórico.

Por último, introducimos las principales discusiones de la Sociología en América Latina a partir de la segunda mitad del siglo XX. En el caso de Argentina nos cen- tramos principalmente en el análisis de las llamadas Sociología Científica y la So- ciología crítica. Analizamos la figura del sociólogo ítalo-argentino Gino Germani como uno de los principales exponentes de esta disputa teórica. Por otra parte, nos dedicamos a trabajar las teorías de la modernización. A la vez que desarrollamos las propuestas de Enzo Falleto y Fernado Enrique Cardoso con la teoría de la de- pendencia.

¿Los comienzos? El reconocimiento de la sociología como disciplina académica El desarrollo de las Ciencias Sociales modernas en: Argentina, Brasil, Chile, Mé- xico y Uruguay tuvo casi siempre un vínculo fuerte y significativo con el contexto propiamente sociopolítico macro de cada país y también de la región.

Podemos decir que en sus comienzos el proceso de institucionalización de la Sociología estuvo caracterizado por distintas formas de expresiones científicas: las cátedras académicas, el pensamiento político junto a la literatura crítica (las inter- pretaciones y propuestas de políticos pensadores junto a las obras literarias que re- flejan problemas sociales) y por último el conjunto de las investigaciones de estudios independientes (Trindade et. al., 2005:17).

A fines del siglo XIX y comienzos del XX se crearon en Latinoamérica cátedras de Sociología o de Ciencia Social que fueron el punto de partida de un proceso de institucionalización, en la medida que implicaba el reconocimiento de las Ciencias Sociales como áreas del conocimiento dignas de ser incluidas en el sistema académi- co. Las cátedras estuvieron contenidas inicialmente en campos profesionales como el Derecho y la Filosofía y más tarde en Economía o Educación.

Específicamente en la Argentina la primera cátedra de Sociología fue establecida en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, en 1898. Esta se interrumpirá para reiniciar en 1905, y en 1912 se crea una segunda en la Facultad de Humanidades de La Plata (Trindade et. al., 2005: 19).

de Sociología dictada por Ernesto Quesada en Abril de 1905, acontecimiento funda- cional de la Sociología nativa, ya que implicó una clara apuesta por el carácter cien- tífico de la disciplina y la aceptación de su capacidad para estudiar la modernización social del país (Pereyra, 2007:153).

La importancia de Quesada para la Sociología no solo es que fuera responsable de una de las primeras cátedras, sino que formula los alcances posibles de ese con- cepto y esa palabra en el terreno de muy diversos relatos. Quesada plantea que la Sociología es un saber científico y por esta razón capaz de arribar a la comprensión de uniformidades sociales (González, 2000).

En esta línea la Sociología de cátedras se nutrió principalmente de tres fuentes intelectuales diferenciadas. Por un lado, el legado de las ideas y preocupaciones de la generación del 37. Especialmente se heredó la vocación del realismo social para estudiar la realidad social argentina y centrar el eje de análisis en el problema de la construcción del Estado Nación (Pereyra, 2007: 154).

La Generación del ‘37 estuvo formada por un grupo de jóvenes intelectuales universitarios argentinos durante el año 1837, cuyos principales exponentes fueron Domingo Sarmiento, Esteban Echeverría y Juan Bautista Alberdi. Se caracterizaron por sus ideas políticas, muchas de las cuales las transmitieron mediante sus obras literarias, influenciadas principalmente por el Romanticismo inglés y francés. Los románticos de la Generación del ‘37 se consideraban “hijos” de la Revolución de Mayo porque habían nacido poco después de su estallido. Sin embargo, consideraban que eran los únicos capacitados para hacer progresar el país, y que tendrían que haber sido los “abuelos” de la Revolución. Se consideraban contrarrevolucionarios ya que, aunque estaban de acuerdo con haberse independizado de España, no compartían cómo se había llevado a cabo dicha revolución. En 1837 fundaron el Salón Literario, un lugar en el que se intercambiaban sus ideas sobre cultura, progreso y política. Uno de los objetivos de la Generación del ‘37 era el de poder encontrar los orígenes de los miembros de la generación, los cuales no los encontraban con la llegada de los conquistadores al continente en 1492 sino en la Revolución, acontecida solo veintisiete años atrás.

Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Generaci%C3%B3n_del_37

En una segunda instancia este grupo de intelectuales fue influido por la tradición de investigación sociográfica, iniciada por Freduc Le play. Esta ofrecía una guía para el análisis sociológico y una serie de técnicas de investigación que combinaba el análisis cuantitativo con la información cualitativa sobre la vida de las familias obreras (Pereyra, 2007:155).

tino. Las cátedras adoptaron más sistemáticamente modelos teóricos como el positi- vismo y el socialismo. El positivismo tanto en su versión comterana como sansimo- niana fue indudablemente una doctrina inspiradora al iniciarse los estudios sociales.

Las discusiones en torno al carácter científico de la Sociología y en particular a su desarrollo en nuestro país, ya se evidenciaba en los primeros números del periódi- co La Montaña (periódico socialista revolucionario de 1897) dirigido por Leopoldo Lugones y José Ingenieros, donde se aprecia más plenamente la introducción de la palabra Sociología teñida de un aire positivista, pero aún no escindida de su matriz general –el socialismo.

Años más tarde José Ingenieros (uno de los principales exponentes del positivis- mo en la Argentina) escribe el libro Sociología argentina donde recopila reseñas y artículos publicados en la primera y la segunda década del siglo XX entre los que se destaca el artículo “La formación de una raza argentina” de 1915. Este artículo sería el inicio de una formación nacional y cultural estudiada con criterios de una ciencia –la Sociología– que no debía privarse de una ponderación del papel constructivo de raza blanca evolucionista. Ingenieros afirmaba que en el caso argentino la crea- ción de una raza euroargentina generaría una nacionalidad inspirada en doctrinas francesas y norteamericanas. La Argentina quedaría, así, libre de “razas inferiores” (González, 2000).

En este contexto, es fundamental la discusión que entabla Ingenieros con José María Ramos Mejía la cual establece cimientos importantes para el posterior desa- rrollo de la Sociología. Ingenieros entendía que la definición de multitud hecha por Ramos Mejía era anticientífica. Concibe que este era más un artista que un cientí- fico. Le cuestiona a Ramos Mejía la ausencia de criterios económicos sociales para definir la “confusa” idea de multitud. Se puede decir que ahí se jugaban las relacio- nes entre ciencia y escritura “simbolista” (González, 2000: 44).

Según Horacio González (2000) esta discusión es de algún modo el modelo de todas las discusiones sobre método y sentido de las Ciencias Sociales posteriores. Así es como la Sociología argentina fue impregnada en sus comienzos por las luchas en torno a lo que era considerado ciencia y lo que no.

Con el correr de los años, ya hacia la década de 1930 y mientras las universidades nacionales eran dominadas por la Sociología de cátedras, un grupo de intelectuales liberales y socialistas fundaron el colegio Libre de Estudios superiores en una coyuntura en donde el Partido Radical, tras ocupar la presidencia de la República (1916-1930), fue derivado en 1930 por el golpe de Uriburu que restauró el poder de

las oligarquías tradicionales. La creación de la institución respondía al anhelo de este conjunto de intelectuales que pretendían constituir un centro de cultura abierto a todas las cuestiones y preocupaciones de la vida nacional, transformándolo en el ámbito propicio para la discusión de diferentes temas, estuvieran incluidas o no en los planes de estudios universitarios (Cernadas, 2005).

Por su parte, en el ámbito universitario a partir de la década del cuarenta las uni- versidades argentinas desarrollaron un cambio institucional innovador, cuando ad- virtieron que ellas podían cumplir un rol decisivo en la producción de conocimiento empírico de la realidad social (Pereyra, 2007). Este último punto se desarrollara con mayor profundidad en el título “La Sociología en América Latina. Segunda Mitad del siglo XX”.

Más allá del positivismo: Las huellas de arturo Jauretche

“Desenmascarar al intelectual de su antifaz importado para que vea su propio rostro, porque al intelectual reo se podía comprender. El intelectual puro no” (Jauretche 1957:156).

En pleno auge de institucionalización de la llamada Sociología Científica, Ar- turo Jauretche va a proponer recuperar y reelaborar un pensamiento sociopolítico nacional y popular para entender la realidad argentina. De allí que, si bien se lo ha incluido en muy pocos programas de Sociología, es fundamental difundir sus ideas si se pretende cuestionar el abordaje predominante de la ciencia en aquellos años. Como veremos Jauretche era un hombre visionario, adelantado a sus tiempos, ya que las críticas que él realizó, han sido tomadas posteriormente por otras corrientes del pensamiento social.

un poco de su historia

arturo Jauretche nació el 13 de noviembre de 1901 en Lincoln, un pueblo de la provincia

de Buenos Aires. Hijo de vasco francés y madre española de origen vasco, creció en una familia de clase media y en un ambiente políticamente conservador, marcado por la militancia de su padre en el Partido Conservador. En él Jauretche hizo sus primeras armas, pero su participación en el movimiento estudiantil lo puso en contacto con Irigoyen en una reunión con los estudiantes reformistas. Ese encuentro, un 12 de septiembre de 1919, lo marcó definitivamente en sus actitudes políticas. En 1920 se trasladó a Buenos Aires y continuó sus estudios, en medio de la pobreza y el cambio

de posiciones ideológicas, hasta conseguir el título de abogado. En la década del ‘30 se define su activismo político, participando en luchas y conspiraciones a favor del radicalismo, como en Paso de los Libres (1933). Aspirando a ser una revolución extendida a todo el país, con compromiso de civiles y militares y bajo el lema “por la soberanía popular que es la libertad de la patria”, la patriada terminó en un fracaso, que llevó a Jauretche a la prisión y le inspiró un poema que narra la experiencia revolucionaria. Esa militancia cobró forma y fuerza por su participación en FORJA –Fuerza Orientación Radical de la Joven Argentina–, (19 de junio de 1935), surgida como una fuerza política de sustitución ante la evidencia de que el radicalismo había dejado de ser una fuerza de cambio nacional a la muerte de Irigoyen.

Con el advenimiento del peronismo, FORJA fue disuelta el 24 de febrero de 1946, por considerar que Perón había inaugurado una política nacional y de recuperación de la soberanía contra el capitalismo extranjero, que eran las banderas de la organización. Jauretche valoró la experiencia peronista positivamente. Durante el gobierno peronista fue director del Banco de la Provincia de Buenos Aires (1946-1950), desde donde promovió una política de apoyo a la empresa nacional. Renunció en 1950 por disidencias con el nuevo equipo económico de Perón y se retiró a la vida privada.

Tuvo intensa participación en la lucha de la resistencia peronista después del golpe militar que derrocó a Perón en 1955, con el propósito de que la derrota política de las masas no se convirtiera en una derrota ideológica. Fue en esa etapa que aparecieron sus libros, como expresión más acabada de un pensamiento que se había perfilado en la década del ‘30 en artículos aparecidos en revistas, semanarios y periódicos, la mayoría de escasa tirada y corta vida. Fueron 12 obras que se sucedieron desde 1955, año en que apareció El Plan Prebisch. Retorno al coloniaje, hasta 1972, cuando publicó De

memoria. Pantalones cortos. Los profetas del odio (1957), Ejército y Política. La patria grande y la patria chica (1958), Política Nacional y revisionismo histórico (1959), Prosas de hacha y tiza (1960), FORJA y la Década Infame (1962), Filo, contrafilo y punta (1964), El medio pelo de la sociedad argentina (1966), Los profetas del odio y la yapa (1967) y su Manual de zonceras argentinas (1972), pueden ser considerados como

un único libro, pues el mensaje se repitió en ellos en forma reiterada.

Jauretche se vio en la necesidad de reubicar su lucha en nuevas realidades, en particular la radicalización política de los ‘70 y la violencia que dominaba al país. Saludó el regreso de Perón en 1972 viéndolo como el retorno no de un hombre sino de una continuidad histórica interrumpida, no sin sentirse intranquilo por la tendencia de Perón y su entorno de no tener en cuenta a los intelectuales, especialmente a los viejos luchadores como él. Pese a su permanente confianza en el papel de la juventud, sus últimos años fueron de disidencias con los sectores juveniles del peronismo, que habían adoptado la lucha armada.

Dio sus últimas charlas en la Universidad del Sur, intentando aferrarse a una esperanza que él sabía que iba diluyéndose en la realidad, y como cabía a un gran luchador por la cuestión nacional, murió en el día de la Patria, un 25 de mayo de 1974.

Fuente: Matsushita, 2004 disponible en<http://www.ensayistas.org/critica/ generales/C-H/argentina/jauretche.htm>

Una de las tareas más arduas, respecto de Jauretche, es ubicarlo en una disciplina determinada. Él mismo confesó que no era un político en el sentido aceptado del término y que había “utilizado la política como trampolín para esa empresa”, la de crear un estado de conciencia entre los argentinos (Galasso, 2000: 275), lo cual au- toriza a considerar su labor como metapolítica (Matsushita, 2004).

Por consiguiente, y acorde con lo que él defendía, es importante no encasillarlo en una disciplina específica. Podemos decir que es un pensador social y un activista político que aportó elementos fundamentales para entender, en un sentido crítico, los procesos sociales de su tiempo.

Las referencias lo ubican en la corriente del nacionalismo popular o revolucio- nario, nacido contra las corrientes liberales y conllevando una reinterpretación de la historia.

Desde el punto de vista sociológico son varios los elementos que Jauretche nos aporta ya sea desde lo epistemológico, metodológico o lo teórico. En este sentido siguiendo a Manuele (2000) podemos decir que Jauretche realiza una Sociología de la denuncia no solo política si no también epistemológica alrededor de las formas en que nos acercamos a la realidad. Su pensamiento se funde, entonces, en un bloque entre la denuncia cultural contra la intelligentzia colonial, la denuncia política con- tra la oligarquía nacional y la denuncia social de una guaranga burguesía (Manuele, 2000: 302).

Desde una perspectiva epistemológica y metodológica, Jauretche se aleja de las propuestas del positivismo para repensar la relación entre lo universal y lo particu- lar. En relación a lo anterior, plantea que no hay nada universal que no haya nacido de una reflexión inspirada en lo particular. En esta propuesta se ve claramente sus pretensiones de una adecuación del pensamiento a la realidad del país. En base a lo anterior, realiza una muy fuerte crítica a la idea de “intelligentzia” argentina asenta-

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