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La perfecta desnudez

[04]

Por

Juan Manuel Romero

Álvaro García:

Ser sin sitio

Ed. Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2014.

je potente comprende mejor la existencia, y la reaviva. Muy lejos llega Ser sin sitio en la comprensión del desajuste esencial de las cosas y el sentido, del desacuerdo entre lo que es y lo que no puede ser. Ese acceso a capas de realidad se lleva a cabo privilegian- do el lenguaje como herramienta de perfora- ción: plasticidad de imágenes («la leve arbo- ladura de una grúa / que apenas se movía, / como moviendo nubes»), apertura del yo en poemas como «El espejo», donde la voz poética habla desde el otro lado o como si ya estuviera muerta, y precisión enunciati- va y paradójica («ni trabajo ni ocio. Sólo es- to, / sólo este empate en vilo desde niños, / desajustada luz de un marco roto»); la agili- dad verbal, la superposición y confluencia de vivencias, la desarticulación de toda pureza en busca de una desnuda naturalidad, termi- nan desvelando una sencilla verdad impura, una auténtica sencillez: «La vida se ha que- dado ante sí misma». Por eso, Ser sin sitio exige atención y dejarse llevar, tensión pro- longada y desasimiento en la música del ver- so. Porque promete, en estratos sucesivos, en visiones yuxtapuestas, en poemas que se convierten en un «círculo en que la vida de- safía / su propio terminarse», una armonía más compleja y un entendimiento más nu- tritivo. Y todo ello resuelto en una espiral de hipnótica belleza que surge en la reiteración fluida con que toca la médula de la concien- cia («Sentados a esta luz, / vamos en una luz que cruza el tiempo oscuro, / rumor del hie- rro como tiempo a escala / del intento de ser a través del instante o de los siglos»).

Con un conjunto de veinte poemas – tres de extensión amplia que respiran el ai- re de sus poemas-libro anteriores y diecisie- te sonetos (la novedad prosódica más visi- ble de esta entrega)– Álvaro García vuelve a acercarse al enigma de conquistar el tiem-

po a través del tiempo, como proponía Eliot. Ya el poema con el que comienza el libro, y que da título al conjunto, testifica a favor de las posibilidades de la poesía como revela- ción. Al inyectarles intensidad, las palabras logran decirnos parte de lo que no se ve. Lo invisible fundido en la mirada precisa de las cosas visibles («El sol, en la baranda, / le confía a la palma de la mano / el sol de todo el día que termina»), y en honda conexión con la emoción, provoca una expansión ace- lerada de conciencia («Se abre el pasadizo en la conciencia: / este tiempo sin tiempo, de no víspera»). Una expansión que senti- mos de pronto como revelación: algo que nos une a la historia y nos libra de ella, algo que nos trae un conocimiento vertiginoso de nosotros mismos y que también nos cambia. Esa amplitud del ser en la poesía tiene que ver con cálculos lingüísticos que conducen a la magia y al milagro, dos nombres de lo imposible que ocurre a veces, en instantes únicos de reavivamiento: «Yo sé por qué es- ta hora / me reaviva la vida y la no vida, / le da sentido, en paz y no, a este sol / un poco más arriba que los árboles, / un poco más inquieto que ahí la tarde inquieta».

Por otro lado, si la sabiduría es «encon- trar la piedad de lo eterno en la caridad de los momentos difíciles», tal como la define Harold Bloom, Ser sin sitio la expresa en alto grado. De hecho, todo el libro se puede leer como una reafirmación de la vida tras un tra- to tan íntimo con las cosas que nace un con- flicto, un lúcido entendimiento de la existen- cia a través del «desajuste», en «el reencuen- tro esencial del desajuste / que rompe entre los barcos y las tumbas». De ahí que el se- gundo poema extenso del libro, «Ante la tum- ba de Jane Bowles», proponga, en una con- movedora elegía a la escritora estadouniden- se enterrada en el Cementerio de San Miguel

de Málaga, una salvación ante la incapacidad de vivir. Una salvación que no proviene de la superación de uno mismo (que aconsejan los manuales de autoayuda), sino de confiar en las palabras igual que en un bautismo. De la misma manera, el deseo de romper o traspa- sar fronteras alienta «El viaje», poema con el que se cierra el libro, y que no es sino un can- to de reivindicación total que deja que suene de fondo el runrún trágico de la historia («Y los niños que habrán de despertarse / en ma- drugadas hondas de altavoces / sin saber por ahora que se ha quedado atrás / la trama de un infierno con nombres conocidos»), y nos invita a recorrer el trayecto que va de la libe- ración del yo hasta el impulso de una «huma- nidad / capaz de unirse para abrir caminos». Viajar igual que ser en transición: «Amar y ser como una transparencia».

Por último, los sonetos de Ser sin sitio prueban el nivel de empuje lírico que logra la retórica como sometimiento, como canto desde el rigor, como eje físico para la con- templación, si se mantiene alejada de toda impostura academicista. Y lo hacen sin que desentonen de la modulación estética del li- bro, confirmando su coherencia desde otro frente y creando, además, un pequeño can- cionero amoroso que brilla por su ingenio, soltura, profundidad conceptual sin efusivi- dades sentimentales y modernidad; cancio- nes más bien de una animalidad erótica co- mo en los memorables «Sudor», «El acero» o «Dientes». Nada más lejos del mero diver- timento pomposo que estos sonetos que hu- yen de la rima inmediata de un sustantivo con otro: el juego de la rima no categorial supone un esfuerzo de distancia mental por la que estamos obligados a pensar dos ve- ces, a reflexionar en versos que están pene- trados por el mismo alcance metafísico de

los de artefactos verbales –la amplitud elíp- tica y el avance fragmentario y poliédrico de los poemas extensos, con la breve elocuen- cia ceremonial y cerrada del soneto– lo que Ser sin sitio consigue que experimentemos es que «el vigor del decir, como ideal, está siempre más allá de la desecación de cual- quiera de sus ingredientes», como observa el autor en su ensayo Poesía sin estatua.

Ser y no ser en poética (2005), con el que

la obra que comentamos funcionaría plena- mente a la manera de un estudio de campo. Traductor de Auden, Larkin, Atwood, Kipling, White, Ferlinghetti y Lear, entre otros, la trayectoria poética de Álvaro García se ha ido caracterizando por su apertura de miras, su atrevimiento y su solidez, lo que la ha consolidado como una de las más rele- vantes de la poesía hispánica de las últimas décadas. Tras la apertura de caminos que supuso Intemperie (1995), el impacto de dimensiones generacionales de Para lo que

no existe (1999) y la culminación del am-

bicioso tríptico formado por Caída (2002),

El río de agua (2005) y Canción en blan- co (2012), un proyecto de poemas largos

cuya última entrega recibió el XXIV Premio Fundación Loewe, la poesía de García se en- contraba, visto ahora con perspectiva, en la disyuntiva del todo o nada: diluirse en sig- nos iguales o aspirar a la totalidad. En ese sentido, Ser sin sitio confirma el fondo in- agotable de un genio poético en estado de gracia. Con la misma capacidad de abstrac- ción emotiva, visión concreta e imaginativa de lo real y coraje para conectar exactitud y misterio, Ser sin sitio supone una vuelta de tuerca a los logros del ciclo anterior, consoli- dándolos, a la vez que alcanza, gracias a un pensamiento personal afianzado y a una ad- mirable concentración y naturalidad expre-

Conviene tener presente la ubicación de El

error del acierto. Contra ciertos dogmas la- tinoamericanistas, del crítico Wilfrido H.

Corral. Publicada en España, esta edición amplía y matiza la primera, publicada en Ecuador en 2006. Señalo la progresión porque este estudio despliega una crítica a varios avatares de los estudios cultura- les aplicados a la literatura latinoamerica- na desde Estados Unidos, y porque su au- tor advierte en el prólogo la «importancia epistemológica» de la ubicación de los crí- ticos. Ecuatoriano de nacimiento, Corral no está al margen: habla desde el mismo cen- tro, por ser nativo y por radicar en Estados Unidos, donde se formó y donde ha en- señado en universidades como Columbia y Stanford, entre otras. Con estas ubica-

ciones múltiples, se podría decir que po- ne en jaque cualquier suspicacia que pue- da restar solvencia a su crítica. Sobre to- do, porque no busca alentar –como advirtió Edward Said– un «sentido de inocencia pri- migenia ofendida». Corral estudió con él en Columbia, y ese legado no sólo es explíci- to en el ensayo específico que le dedica al maestro –sobre la capacidad autocrítica de Said frente a los excesos desatados por sus libros fundacionales–, sino en la actitud de intelectual sin miramientos.

La recepción de la primera edición, y de esta aumentada y corregida, ha sido en- tusiasta en España y Latinoamérica, pero si- gue al margen en el sistema anglosajón, lo que indica la necesidad de una traducción inglesa. Que no se dialogue con crítica como

Debilidades imperiales del