2. La dimensión narrativa del agente
2.2. La identidad narrativa: la acción en el relato
2.2.1. El personaje y la acción
Dentro de este contexto de la discusión, se hace necesario analizar cómo la teoría narrativa explica la correlación entre acción y personaje. Ricoeur apunta a que el personaje se construye a través de sus diferentes acciones es decir que funda su noción de identidad narrativa en la manera en que se construye un personaje en una novela. Es así como no se habla de personaje, sino de ‘actante’ (1996, 144), porque es él quien opera las acciones en el recorrido narrativo. Este campo de actuación está
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mediado por la interacción con los otros, pues la trama que va desarrollando el personaje está sometida a los proyectos comunes y rivales de los otros personajes. Este juego permite la construcción del personaje narrado en la acción humana, pues ella es, en últimas, quien viene a constituir la identidad del personaje. Es decir, las acciones permiten identificar a un agente que las realizó. Como hemos visto el yo no es algo impersonal un ‘qué’, sino un ‘quién’, alguien que hace, no un sujeto pasivo que no interviene en la historia.
La noción de un sí mismo activo va a ser fundamental para la teoría de la acción, puesto que, siguiendo el modelo de hombre capaz, el sujeto vendría a reconocerse como el que puede: que puede actuar, que puede contar su historia y que puede reconocerse como personaje de la misma. De ahí que la narración se convierta en el escenario privilegiado para atribuir la acción a su agente, en tanto que “la articulación entre trama y personaje permite desarrollar al mismo tiempo una investigación virtualmente infinita en el plano de la búsqueda de los motivos, y otra, en principio
finita, en el plano de la atribución a alguien” (Ricoeur, 1996, 146) Es infinita porque los motivos del agente cambian, pero es finita porque al ser realizada la acción se puede observar quién la llevó a cabo.
De acuerdo a lo anterior, el personaje es quien ha iniciado algo, quien da lugar a una serie de hechos, pero sin que éste sea un comienzo absoluto, sino una intervención que produjo una ruptura y dio lugar a un cambio. El personaje tiene una
iniciativa pero, en últimas, es el narrador quien “tiene el poder de determinar el comienzo, el medio y el fin de la acción” (Ricoeur, 1996, 146). Esto implica que se puede hacer un reconocimiento de la trama en la acción que llevó a cabo el personaje dentro de la misma. Por ejemplo, cuando alguien está contando una historia sobre un determinado hecho, es él quien determina cuál es el objetivo de la misma, qué papel desempeña el personaje dentro de la acción, pero es el narrador quien tiene el poder de interpretar la acción realizada.
Gracias a la correlación que se da entre acción y personaje se establece una dialéctica interna del personaje, entre la mismidad y la ipseidad. En la primera el
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agente reconoce aquello que lo hace distinto de los demás, su permanencia en el tiempo, su singularidad y, al mismo tiempo, su totalidad. “La persona, entendida como personaje del relato no es una identidad distinta de sus experiencias. Al contrario: comparte el régimen de la identidad dinámica propia de la historia narrada El relato construye la identidad narrativa del personaje cuando éste construye la narración. Es decir, que el personaje no es un ser impersonal que toma distancia de sus experiencias, sino que ellas son las que le permiten realizarse como tal, alguien que constituye en la historia su propia historia: su identidad narrativa. La historia narrada es el lugar de realización del personaje, porque permanece en el tiempo y se afirma como un sí mismo, como un yo actuante, en tanto que confía en el poder que tiene de suscitar cambios en el mundo y avanzar en el mantenimiento de sus compromisos.
De lo anterior se puede concluir que un agente narrativo se construye a partir de la interrelación entre la trama y el personaje, en un doble juego en el que el agente es el realizador de la acción narrada. La historia de una vida es una historia narrada, una síntesis de diversos acontecimientos que se reúnen en un sólo agente capaz de enunciarse a sí mismo como el personaje que lleva a cabo una acción, al mismo tiempo que se puede hacer responsable de sus actos. Es un agente que se reconoce a sí mismo como uno, pero a la vez como extraño y cambiante, es decir como un otro. Es alguien capaz de pasar de la primera a la tercera persona en una síntesis en el que desarrolla su trama y construye sus acciones. En ese sentido “la acción narrada es la
que atestigua acerca del quien de la acción” (Ricoeur, 1988b, 392). He aquí el punto clave que diferencia la tesis de Ricoeur, con respecto a las filosofías del cogito, el agente no es solo un ente que piensa y se autofundamenta a sí mismo, ni tampoco es un ser que se niega a sí mismo para darle el lugar a los otros al estilo de Parfit, pues el agente de Ricoeur parte de su propio reconocimiento para llegar a los otros. El siguiente apartado tratará de señalar cómo el agente narrativo es capaz de dar su paso a la ética y, en esa tensión de la trama y el personaje, entre el deseo y la obligación se reconoce como un ser capaz de ser imputado moralmente.
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