2. Perspectivas actuales I Las perspectivas clásicas
2.2. La perspectiva dialéctica
Un enfoque dialéctico se centra en la interacción discursiva, más bien normalizada, entre unos agentes que desempeñan papeles opuestos y com- plementarios en el curso de un debate, el de proponente o defensor de una posición y el de oponente o adversario. De ahí que su paradigma o modelo argumentativo sea la discusión crítica, y que el aspecto de la ar- gumentación situado en primer plano sea el curso seguido en la confron- tación en orden a la consecución del buen fin de la discusión y conforme a unas determinadas reglas de procedimiento. El propósito principal de conducir la discusión a buen puerto y la normativa del debate deparan las condiciones y normas que ha de cumplir la buena argumentación: se supone que, por contraste, el bloqueo de la resolución racional del con- flicto o la violación de las reglas de juego definen la mala argumentación en general o, al menos, son la marca de un proceder perverso o ilícito.
En consecuencia, será falaz la intervención argumentativa que, en el contexto de la discusión, atente contra las condiciones o las reglas que go- biernan el buen curso y el buen fin cooperativo de la discusión, de modo que, por ejemplo, no respete las máximas conversacionales que presiden el entendimiento mutuo y la fluidez de la comunicación, o viole alguna de las reglas del código de la discusión crítica.
10. Sin embargo, más allá de estos límites epistémicos o desde una perspectiva más comprensiva, el estudio de la propia petición de principio puede complicarse y refinarse bastante, según muestra Walton (2006).
El mismo Pereda (1994) también ha considerado otro modelo de ar- gumentación viciada en este sentido que, en principio al menos, parece discurrir en paralelo a su concepción del argumento falaz. Se trata de la idea de vértigo argumental, una idea de especial relieve y significación para el análisis crítico de las argumentaciones y discusiones en filosofía y en el discurso común. Ahora nos vamos a mover en el marco de unos ci- clos argumentales que funcionan como ataque o defensa de un enunciado (1994: 81) y envuelven tanto papeles discursivos, pro/contra, como res- paldos de aseveraciones que se rigen por unas reglas específicas inferencia- les, morfológicas y procedimentales. En este contexto, epistemológico una vez más pero reanimado por la tensión dialéctica del debate, los vértigos argumentales vienen a ser tendencias viciosas que acompañan a la inevi- table asunción de un punto de vista y a la consiguiente dirección o sesgo de la atención. Tienen lugar, en particular, cuando los argumentos se usan para: a) exagerar de modo ilegítimo el alcance de unas creencias supues- tamente verdaderas; b) debilitar o desdeñar las creencias opuestas; c) blin- darse frente a los ataques que provengan de supuestos o puntos de vista alternativos; y por añadidura, d) la prolongación de la discusión, la re- afirmación de la propia posición o el blindaje frente a la contraria se suelen hacer de modo no deliberado o intencionado, sino de manera inconsciente al calor de la discusión. Por contraposición a estos vicios, Pereda (1994) recomienda el cultivo de ciertas virtudes epistémicas, como la integridad, el rigor o la coherencia interna, y la atención a ciertas reglas prudencia- les, en especial estas cuatro: I) ante perplejidades, conflictos o problemas de creencias, piensa que tratarlos con argumentos conforma el modelo para hacer frente a tales dificultades; II) ten cuidado con las palabras; III) evita los vértigos argumentales; IV) procura que tus argumentos no su- cumban a las tentaciones extremas de la certeza o la ignorancia, ni a las del poder o la impotencia (cf. 1994: 1-10). Salta a la vista no solo el cambio de marco de referencia de estos nuevos vicios cognitivo-dialécticos, sino incluso su presentación más informal y casi conversacional, menos estipu- lativa y analítica, que la ofrecida en el caso de las falacias: lo que allí era dictamen, ahora se vuelve consejo y advertencia.
Pero la propuesta no solo más representativa sino quizás más influ- yente en esta línea ha sido una bien conocida a estas alturas: la prag- madialéctica. Como ya sabemos, considera que las falacias son procedi- mientos de argumentación que contravienen sistemáticamente la finalidad o las normas de la discusión crítica; pueden definirse más específicamen- te como actos de habla que sesgan o frustran los esfuerzos dirigidos a re-
solver una diferencia de opinión11. Siendo las falacias transgresiones, su
11. La propuesta se remonta a una de las contribuciones fundacionales de la escuela de ámsterdam; véase Eemeren y Grootendorst (1992). Luego, a veces, parece atenuarse el
determinación se confía al código de reglas que vienen a violar. Como también hemos visto, este código normativo se deja resumir en una suer- te de decálogo presidido por dos mandamientos básicos de la discusión crítica y tres directrices del debate racional. Rezan esos mandamien- tos: i) guardarás por encima de todo una actitud razonable, cooperativa con el buen fin de la discusión, y ii) tratarás las alegaciones de tu con- trincante con el respeto debido a las tuyas propias. Las directrices, a su vez, procuran velar por 1) el juego limpio, 2) la pertinencia de las alega- ciones cruzadas, y 3) su suficiencia y efectividad en orden a la resolución de la cuestión o con miras a un buen fin del debate.
Entre sus méritos se cuentan desde poner la interacción discursiva del juego de dar y pedir razones en primer plano o constituir una propues- ta sistemática y normativa, hasta reconocer el relieve de procedimientos ilegítimos un tanto descuidados por la tradición, como la evasión de la carga de la prueba o el bloqueo de la capacidad de intervención de la otra parte en la discusión. Mayor virtud es, a mi juicio, la introducción de un planteamiento de sumo interés en la perspectiva general de una teoría de la argumentación: la consideración de dos planos a los que ya he he- cho referencia, a saber, la infraestructura pragmática del discurso y la estructura regulativa de la interacción dialéctica, en el estudio de la ar- gumentación. Pero luego da en tratar esta interacción argumentativa en unos términos más convencionales e institucionales —entre actores de papeles proponente/oponente— que comunes y efectivos —entre agen- tes que conversan o se enfrentan cara a cara, entre personas de carne y hueso—. Por lo demás, acusa ciertos problemas de indeterminación y tiende a asociar en exceso el cargo de falacia a la idea de mala argumen- tación, al juzgarla contrapartida de la buena. En este punto puede ser oportuna la revisión de Walton (1995) cuando añade a la incorrección o falta de virtud la simulación u otra suerte de vicio como el uso relati- vamente sistemático de una estratagema engañosa con el propósito de ganar una ventaja ilícita sobre el contrario, para, sin ir más lejos, distin- guir entre la falacia y el error casual o la falta de competencia. En suma: una falacia es una argumentación que incumple alguna de las normas de procedimiento correcto, en un determinado marco de diálogo o contex- to de discusión, pero simula o reviste una apariencia de corrección y
énfasis inicial en la argumentación como acto de habla para adoptar un punto de vista más estratégico y aproximado a nuevas ideas, como la de esquema argumentativo. Aunque la pragmadialéctica no ha llegado a la pragmática del compromiso, en el sentido antes preci- sado. Por otro lado, más recientemente Van Eemeren y Houtlosser vienen a definir las fala- cias como «descarrilamientos» de maniobras estratégicas en aras de la persuasión, cf. Eeme- ren y Houtlosser (2003). Pero no ha variado la creencia inicial en que toda argumentación falaz es el correlato viciado o ilegítimo de un proceder argumentativo correcto o legíti- mo y así remite a la contrapartida correspondiente de argumentar bien o como es debido.
constituye un serio obstáculo para la realización de los fines propios de la discusión o del diálogo. De modo que al final volvemos a encontramos en esta perspectiva dialéctica con el viejo tópico de la apariencia —si bien bajo un aspecto más activo e incisivo de simulación—, frente a otras consideraciones pertinentes como la eficacia suasoria e inductora. Será al tercero de los enfoques mencionados, el de la retórica, al que corres- ponda la vindicación de estas últimas.