• No se han encontrado resultados

CAPÍTULO III. MARCO TEÓRICO

3.11. PERSPECTIVA DE GÉNERO

La participación femenina en el mercado de trabajo en América Latina ha crecido más rápido que la de los hombres. Las diferencias se mantienen en todos los campos: el laboral, en el cual a pesar de una creciente tasa de participación las mujeres sufren por la discriminación salarial y por mayores tasas de desempleo, son las más afectadas por el fenómeno de la pobreza, tienen una bajísima participación en los puestos administrativos y ejecutivos y los puestos políticos (IICA, 1999). Se agrupa la participación femenina en la producción en siete tipos principales, que son:

1) Productoras no intensivas en la parcela: no trabajan la tierra directamente pero compran insumos, cuidan los huertos familiares y la ganadería menor. 2) Productoras intensivas en la parcela: hacen todo lo del grupo anterior pero

3) Cooperativistas agrícolas: trabajan igualmente como los hombres en las cooperativas, sin embargo generalmente no son socias. Este es un problema que refiere al derecho de asociación directa de las mujeres.

4) Comercializadoras: Están dedicadas principalmente al mercado y al intercambio de productos, especialmente en el Caribe y la Región Andina. 5) Jornaleras agrícolas: laboran en las fincas grandes, generalmente son

mujeres jóvenes o mujeres jefas de hogar.

6) Empleadas asalariadas: es un fenómeno más reciente, trabajan principalmente en el procesamiento y empaque de la fruta de exportación y en flores.

7) Microempresarias rurales: Participan en la producción de artesanías, tejido y procesamiento agroindustrial, muchas veces forman parte del sector informal trabajando en su hogar con bajas ganancias.

La participación de la mujer se asocia con el género. El género es un concepto construido socialmente a partir del conjunto de ideas, creencias y representaciones que cada cultura ha generado a partir de las diferencias sexuales entre hombres y mujeres. Estas características construidas han sido la causa de desigualdades, marginación y subordinación para la mayoría de las mujeres porque se considera que el hecho de que la mujer tenga la capacidad biológica del embarazo y la lactancia la limita de por vida al trabajo en la esfera privada para ser madre, esposa y ama de casa, independientemente de las actividades remuneradas o no que realice fuera de su casa.

El feminismo comienza desde las ideas de la ilustración en el siglo XVII y XVIII, cuando se planteaba que las mujeres tenían derecho a formar parte del gobierno, lo cual implicaba que se les considerara como ciudadanas en potencia y como entes que formaban parte de la sociedad; es decir, surgieron las ideas de no limitarlas al papel doméstico.

En México a mediados de los setenta se dio un mayor auge a estos procesos que ahora se traducen en los roles desempeñados históricamente por los géneros, entendiendo por roles el “conjunto de expectativas acerca de los comportamientos sociales considerados apropiados para las personas que poseen sexo determinado, formado por el conjunto de normas, principios y representaciones culturales que dicta la sociedad sobre el comportamiento masculino y femenino, esto es, conductas y actitudes que se esperan tanto de las mujeres como de los hombres”.

El feminismo fue modificándose de tal manera que dio un salto de la igualdad que se planteaba en los setenta al feminismo de la diferencia en los ochenta, cuando comienzan a cuestionarse los preceptos de la igualdad entre hombre y mujer y se esboza el reconocimiento a la diferencia (Chávez, 2004).

Actualmente las relaciones de género comienzan a dar un giro, la identidad femenina/masculina está reconociendo la transformación que ocurre en términos de relación social e incorpora ambos géneros. Se aborda el estudio de la mujer incorporándolo a otras áreas del saber y el conocimiento, como la planeación con perspectiva de género, así como la importancia que reviste el desarrollo de la sociedad.

La equidad de género es un instrumento de análisis que permite identificar las diferencias entre hombres y mujeres, para establecer acciones tendientes a promover situaciones de equidad.

Dentro de la perspectiva de género se busca alcanzar la igualdad de oportunidades respetando las diferencias biológicas entre ambos sexos, el respeto implica la valoración social de lo masculino y lo femenino (Ibídem).

Por otro lado el empoderamiento se considera como la base desde la cual se generarán visiones alternativas de la mujer, así como el proceso mediante el cual estas visiones se convertirán en realidades a medida que cambian las relaciones

sociales. Algunas de las precondiciones para el empoderamiento de las mujeres son los espacios democráticos y participativos, así como la organización de las mujeres (Deere, 2000).

Rowlands (1997 en Deere, 2000) plantea cuatro tipos de poder: poder sobre, poder para, poder con y poder dentro. El “poder sobre” representa un juego de suma cero; el incremento en el poder de uno significa una pérdida de poder por otro. Por el contrario, las otras tres formas de poder, poder para, poder con, poder dentro- son todas positivas y aditivas.

El empoderamiento de la mujer cuestiona las relaciones familiares patriarcales, pues puede conducir al desempoderamiento de los hombres, y sin duda a la pérdida de la posición privilegiada que éstos han tenido en el patriarcado. El empoderamiento no es un proceso lineal con un comienzo y un fin definitivo que es igual para diferentes mujeres o grupos de mujeres. El empoderamiento es diferente para cada individuo o grupo según sus vidas, su contexto y su historia, y de acuerdo con la subordinación en los niveles personal, familiar y comunal, y otros niveles altos de organización de la sociedad (Deere, 2000).

El empoderamiento persigue facilitar un proceso multidimensional e interconectado de cambio en las relaciones de poder que permita a las mujeres –tanto intelectual como colectivamente- tomar el control de sus vidas y, en consecuencia, plantear con autonomía sus necesidades, objetivos y estrategias (Carballo, 2006).

Los cambios en la forma de llevar a cabo la producción han conllevado modificaciones en los tipos de empleo y en la distribución de ocupaciones por género. Estos cambios son más fuertes en las economías que han ido ampliando su apertura externa y/o han reducido la intervención pública, es decir, que los países más abiertos y desregulados han generado mayores oportunidades de empleo para las mujeres en actividades intensivas en factor trabajo que son ramas productivas de bajo valor añadido (Vara, 2006).