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CAPÍTULO I EL PROCESO DE ESCRITURA DESDE EL DISCURSO

2.5 Alonso Cueto y el discurso autorreflexivo en la segunda década del siglo XXI

2.5.2 La piel de un escritor o las posibilidades y limitaciones del discurso

La crítica genética considera como objeto de estudio el ante-texto de una obra, es decir, todos aquellos procesos previos a su publicación o versión definitiva impresa. Esta ampliación del objeto permite contar con categorías de análisis para los momentos iniciales de la creación, como aquellas primeras notas que un autor realiza de su proyecto, las cuales se leen desde este enfoque como parte de un proceso provisional. Esta ampliación del objeto es sin duda valiosa. No obstante, consideramos que el discurso autorreflexivo permite a un autor referir instancias aún más tempranas de dicho proceso, que el autor considera importantes para su constitución. Por ejemplo, en este ensayo, Cueto no solo precisa el suceso que desencadena su imaginación, sino que registra su evolución: “Aunque Ricardo me contó muchas historias ese día, esta se quedó conmigo” (p. 76). Asimismo, precisa el tránsito entre una etapa y otra del proceso: “Como no podía librarme de pensar en esta historia, decidí darle curso en el

“decide” emprender dicho proyecto, ingresa en el denominado proceso provisional y atraviesa cada uno de los procesos al interior del estado ante-textual.

Antes de dedicarse a la redacción misma o textualización, toma ciertas decisiones, típicas de un proceso preparatorio: “Decidí que debía situar la historia algunos años después del evento” (p. 76); o también “decidí que mi protagonista iba a ser el hijo del general” (p. 76). Una vez que tomadas estas decisiones, se dedica a la concepción del proyecto en sus detalles generales (proceso de inicialización). En este punto, Cueto esboza a su protagonista, lo describe: “un abogado adinerado, de buena posición, felizmente casado, que de pronto descubre que su padre militar ha sido un torturador y también que perdonó la vida de esta prisionera” (p. 76). Habría sido interesante que precisara cómo arribó a esta decisión, y por qué o cómo eligió que aquel sería el protagonista y narrador de su novela, una omisión que es también una limitación. A continuación, en el proceso guionístico, esboza planes generales de la novela, y vuelve a trabajar el proyecto y ampliarlo: “Pensé que cuando el protagonista se enterara de esta verdad sobre su padre, se iba a abrir una grieta en su vida. (...) Ese podría ser el hilo conductor de la historia” (p. 76). Con esta frase, deja abierta la posibilidad de volver sobre alguna de las etapas ya mencionadas, aparentemente traspuestas o superadas; en este caso, al proceso exploratorio, de ideas posibles del proyecto.

Tras preparar el material, el autor recurre a un elemento autobiográfico para referir las siguientes etapas. Para el proceso documental o de investigación, por ejemplo, indica: “Yo mismo, para escribir este libro, viajé varias veces a Ayacucho para aprender todo lo que podía sobre el contexto de la historia” (p. 77). En esta etapa, el autor realiza entrevistas, notas de viaje, e incluye fotografías como elementos fundamentales para su trabajo de redacción: “A mi regreso a Lima estuve trabajando

con esas fotos para sentir que estaba todavía allí”. Así mismo, este elemento está presente cuando el autor precisa cómo este proceso puede obligar a replantear incluso los guiones de la obra: “En mi viaje decidí cambiar el lugar de los hechos de Huamanga a Huanta, y agregué algunos datos sobre la identidad de la mujer” (p. 77).

En la cuarta unidad, el autor no refiere más el proceso de escritura de su novela; de a pocos, la focalización se aleja de este objeto. En ella, el autor retorna al elemento reflexivo: “Todavía se debate en el Perú sobre si debemos olvidar o perdonar todo lo que ocurrió durante la guerra” (p. 77); y al elemento preceptivo del inicio del ensayo: “Los escritores son los encargados de abrir las cajas de Pandora de la sociedades” (p. 77, nuestras cursivas), a su tono de sentencia. No obstante, surge también un aspecto que, a nuestro juicio, representa una posible limitación del discurso autorreflexivo: el interés por parte de un autor de transmitir, a modo de balance, la idea formada que tiene sobre su trabajo: “En La hora azul, el personaje de Miriam representa a las muchas personas sin nombre de la guerra, los individuos cuyas acciones importaron en algún momento” (p.78, nuestras cursivas); así como pretender brindar las claves de lectura o dirigir la interpretación de la obra: “El nombre de Adrián, una variante de Adán, se

refiere a la pérdida del paraíso del personaje que busca la verdad. El nombre de Míriam, por otro lado, es una variante de María, la primera madre” (p. 78, nuestras cursivas).

En síntesis, el ensayo “La hora azul y la literatura de la violencia” de Alonso Cueto, incluido en La piel de un escritor, permite evidenciar en primer lugar la presencia de un discurso autorreflexivo, dentro de la tradición narrativa peruana, en la segunda década del siglo XXI. Asimismo, su análisis reafirma la inclusión de cuatro elementos en la construcción de este tipo de discurso: preceptivo, testimonial, autobiográfico y reflexivo. Además, muestra los puntos de encuentro y desencuentro

entre el objeto que es motivo de su reflexión y el objeto de estudio de la crítica genética. Por último, es posible verificar también algunas de sus posibles limitaciones.