La respuesta de Robert
En mi juventud había dos temas que me confundían relacionados con Dios, la Iglesia y la religión. El primero era que algunas personas iban al cielo y otras no, aunque creían en el mismo Dios. Recuerdo haber preguntado a un maestro en el catecismo: “¿Cuál es la diferencia entre nuestra iglesia y la católica?” Yo tenía ocho años y asistía a la iglesia protestante a la que pertenecían mis padres. Me sorprendí cuando mi maestro dijo: “Bueno, los dos creemos en Jesucristo, pero los católicos no van al Cielo”.
La respuesta me dejó anonadado. Cuando pregunté por qué, el maestro simplemente dijo: “No pertenecen a la iglesia correcta.”
Preocupado y más confundido, pregunté a mi compañero de clase católico si podía acompañarlo a su iglesia. Durante los meses siguientes asistí a una iglesia católica y descubrí que la congregación estaba formada por personas buenas que creían en el mismo Dios en que creía mi familia. Dejé de asistir al catecismo y pregunté a mis padres si en su lugar podía investigar acerca de las religiones de mis compañeros de clase. Ellos estuvieron de acuerdo.
Durante los días siguientes pregunté a mis compañeros a qué iglesia pertenecían y les pedí que me permitieran acompañarlos a sus servicios religiosos. Asistí a iglesias o templos luteranos, metodistas, evangélicos, budistas y sintoístas. En el pueblito donde crecí no tenía compañeros judíos ni musulmanes, pero después asistí a servicios religiosos en sinagogas y mezquitas.
Todavía me preocupa que haya tantas personas que creen seguir la religión “correcta” y que los demás pertenecen a religiones “equivocadas.” Creo firmemente en la libertad religiosa, por eso me preocupa que haya quienes digan que sólo ellos irán al Cielo y que son los únicos que siguen al Dios verdadero. Tal vez por esto ha habido tantas guerras religiosas. En mi opinión, la idea de una guerra santa es un oxímoron.
Fe en Dios
En Vietnam adquirí una fe muy firme en un poder superior. Hubo muchas ocasiones en que mi muerte o la de un amigo parecía inminente, pero milagrosamente escapábamos ilesos.
En los negocios, estoy convencido de que si trabajo con honradez y cumpliendo una misión, un llamado, la energía de un ser supremo trabajará en mi favor. Creo que si engaño, miento o no soy franco, reduzco el poder de eso que los indios norteamericanos llaman el Gran Espíritu. También creo que mientras más me esfuerzo por trabajar según los estándares legales, éticos y morales más elevados, más participará el poder del Gran Espíritu en mis negocios.
La regla de oro
Profeso gran respeto por la regla de oro: “No hagas a otros lo que no quieras que te hagan a ti”. Cuando me siento ofendido, enojado o culpo a los demás, en lugar de tomar represalias me pregunto: “¿Cómo me gustaría que me tratara esta persona en este momento?” Eso no quiere decir que siempre haga lo que sé que debo hacer, pero al menos lo considero. Por ejemplo, hace tiempo tuve una riña con un amigo. Me gustaría que me llamara para disculparse, por lo que yo debería llamar primero y disculparme, pero sigo resistiéndome y no lo he llamado para aclarar el malentendido. Encuentra tu camino
Me gusta lo que la religión hindú llama dharma, que tiene que ver con seguir por voluntad propia el sendero que un ser supremo ha establecido para nosotros. Cuando decidí enseñar y dedicarme a una profesión a la que mi corazón quería dedicarse, mi vida cambió drásticamente. En Antes de renunciar a tu empleo, mi libro sobre creación de empresas, escribí sobre mi decisión de ser maestro y toda la buena fortuna que he
disfrutado desde que tomé esa decisión. Uno de los regalos que recibí del Cielo fue que mi esposa, Kim, llegó a mi vida en el momento en que decidí enseñar.
Tengo una gran fe en Dios, en un poder más elevado. Sólo cuestiono algunas creencias que las religiones tienen acerca de Dios y de quién tiene el acceso al Cielo. En mi opinión, nuestra tarea principal es lograr que la vida en la Tierra se parezca lo más posible a la vida en el Cielo.
La segunda confusión
La segunda confusión se relacionaba con Dios y el dinero. Todavía recuerdo que la madre de un amigo, quien era muy rica, siempre llegaba a la conclusión de que el dinero era malo. Yo me preguntaba por qué si pensaba eso, no daba todo su dinero a la iglesia a la que asistía.
No sabía si querer ser rico era contrario a Dios. Incluso me preguntaba si los pobres iban al Cielo y los ricos no. Esta confusión entre Dios y el dinero me atormentaba. La respuesta la encontré en un campamento de verano organizado por la iglesia, cuando llevaron a un joven ministro para la juventud. Todavía recuerdo el día que llegó al campamento. Los líderes de mayor edad quedaron boquiabiertos al verlo llegar con una guitarra colgada a la espalda, pantalones de mezclilla, playera y botas vaqueras. Debe tomarse en cuenta que esto ocurrió en Hawai a principios de los sesenta, y los únicos que vestían así eran los delincuentes juveniles de las películas. Por supuesto, a los muchachos les agradó inmediatamente.
En vez de sermonear y decirnos qué hacer y qué no, el joven ministro nos hizo cantar y bailar. En vez de enseñarnos a sentirnos avergonzados o culpables, nos enseñó a sentirnos bien con nosotros mismos.
El ministro principal de la iglesia tenía la apariencia de un frijol seco y a menudo nos advertía sobre los peligros potenciales de la carne. Así, cuando llegó el joven y alegre ministro, la tensión entre ambos se hizo evidente. Durante una de nuestras fogatas nocturnas formulé algunas de mis típicas preguntas sobre el dinero. El ministro mayor afirmó que: “El amor al dinero era el origen de todo mal”, y que: “Era más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja que un rico entrara al Cielo”. Sentí que mi espíritu se hundía y me sentí culpable por querer ser rico.
El ministro joven tenía una perspectiva distinta del tema. En vez de despotricar contra el dinero nos contó la historia del hombre rico y sus tres sirvientes, conocida como la parábola de los talentos, que aparece en el evangelio de Mateo. Antes de salir de viaje, el hombre rico dio a sus siervos dinero (talentos). A uno le dio cinco talentos, a otro dos y al tercero uno.
El siervo que recibió cinco talentos inmediatamente se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco; el que recibió dos talentos ganó dos más, y el que recibió uno, cavó un hoyo en el suelo y lo enterró.
Al regresar del viaje, el hombre rico dijo a los siervos que había duplicado su dinero: “Bien hecho, siervo bueno y fiel. En lo poco me has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor”.
En esta parte de la historia, el ministro joven dijo:
—Fíjense en las palabras “entra en el gozo de tu señor”. ¿Qué creen que signifiquen? Varios aventuramos respuestas hasta que una joven dijo:
—Nuestro señor quiere que seamos ricos. ¿A nuestro señor le alegra que seamos ricos, cuando compartimos en este mundo de abundancia?
El joven ministro sonrió pero no respondió, y dijo:
—Permítanme leerles lo que dijo el siervo que enterró su talento.
Diciendo esto, puso a un lado la guitarra, abrió su Biblia y leyó la respuesta del siervo: “Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo.”
El joven ministro alzó la vista para ver si seguíamos escuchando y dijo:
—El siervo afirmó que su señor era un hombre duro y que por eso no hizo nada. —¿Quieres decir que culpó a su señor? —preguntó la misma joven.
El joven ministro de nuevo sonrió y leyó la respuesta del señor: “Siervo malo y perezoso.”
—¿El señor lo llamó malo y perezoso? —preguntó otro de los que estaban alrededor del fuego—. ¿Porque no multiplicó su dinero? ¿Quieres decir que lo llamó malo y perezoso porque no multiplicó su dinero?
El joven ministro sólo sonrió y continuó leyendo: “Sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí; debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses. Quitadle, por tanto, su talento y dádselo al que tiene los diez talentos”.
—Entonces, ¿el señor recompensó al siervo que ganó más dinero? —dije yo. —¿Acaso es eso lo que entiendes? —preguntó el joven ministro.
—Eso me parece —dije—. ¿Eso significa que mientras más dinero gane, más recibiré? El ministro joven sólo sonrió y rasgueó su guitarra suavemente.
—¿El señor de esta historia es Dios —preguntó otra joven—, y nosotros los siervos? —¿Dios recompensa más a los ricos que a los pobres? —preguntó otro más.
—Si dios es el señor de la historia, ¿Dios recompensa al rico y castiga al pobre? —preguntó el joven que estaba sentada a mi lado.
Para entonces, el ministro mayor movía la cabeza de un lado a otro preguntándose cuándo terminaría aquella conversación. El ministro joven sólo rasgueaba su guitarra, dejando que nuestros pensamientos se arremolinaran en nuestras cabezas, permitiéndonos decidir acerca de la enseñanza de la parábola. Finalmente, mientras el fuego crepitaba y el humo se dispersaba en la noche, preguntó:
—¿Qué nos dice esto sobre quienes tienen dinero y sobre quienes no lo tienen?
—¿Que quienes no tienen dinero son flojos? —preguntó un joven sentado frente a mí, al otro lado de la fogata—. ¿O que quienes no tienen dinero son malos?
—No, eso no significa —dijo alguien más—. Eso sería demasiado cruel. El mundo está lleno de personas pobres.
—Pero, ¿qué hay de las palabras “entra en el gozo de tu señor”? ¿No significa eso que la riqueza da felicidad?
—No, eso no significa —gritó otro joven campista—. Mis padres dicen que los ricos no son felices, que sólo los pobres y los buenos pueden ir al Cielo. Dicen que el amor al dinero es el origen de todos los males.
—Muy bien, muy bien —dijo el ministro joven para calmar la discusión que empezaba a caldearse—. Déjenme terminar la lectura.
Dejando su guitarra a un lado, terminó la lectura: “Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará.”
El fuego crepitaba en el silencio. Nadie dijo nada. Ambos ministros, el joven y el mayor, permanecieron callados.
—¿Eso significa que los ricos serán más ricos y los pobres más pobres? —preguntó una joven.
Ninguno de los ministros habló.
—Eso sería injusto —añadió la joven—. Dios debería dar a quienes no tienen nada; debería ser generoso con los pobres.
—Sí, sería justo —dijo otra persona—. Es terrible decir que “a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará”.
—¿Esto significa que los perezosos son malos? —preguntó una voz suave desde la oscuridad—. ¿Por eso aun lo que tienen se les quitará?
La conversación alrededor de la fogata continuó hasta que el fuego se consumió. Vertiendo agua sobre los carbones, el ministro joven dijo: “Hora de acostarse. Todos
deben hallar sus propias conclusiones acerca de la parábola. Algunos seguirán pensando que el dinero no es importante; otros pensarán que los ricos son malos o que los pobres tienen más posibilidades de ir al Cielo. Sea cual sea, la conclusión a la que lleguen determinará el resto de sus vidas.”
Aunque tal vez no haya comprendido el significado cabal de la parábola, sí entendí que el señor dio el dinero a quien lo había multiplicado; también que el señor había creado a partir de la nada. En otras palabras: era creativo y la creatividad es infinita, por lo que el dinero es infinito, abundante. Y ser creativo y tener abundancia era el gozo del señor. En cuanto a lo que ocurre a quienes no multiplican su dinero y por qué se les quita lo poco que tienen, no estoy seguro del significado. Tengo mis dudas. Sin embargo, las palabras que el ministro joven dijo aquella noche me parecieron convincentes: la conclusión a la que llegara afectaría el resto de mi vida.
En mi opinión, nuestra tarea principal es lograr que la vida en la Tierra se parezca lo más posible a la vida en el Cielo.
ROBERT T. KIYOSAKI La diferencia entre Dios y el oro
Mi padre rico me enseñó la diferencia entre Dios y el oro: “Si quieres parecerte a Dios y convertir cualquier cosa en oro, debes conocer la diferencia entre Dios y el oro”. Y añadió: “La diferencia entre Dios [God] y el oro [gold] es la letra ‘l’. La ‘l’ significa perdedor [loser], saqueador [looter], pésimo líder [lousy leader] y mentiroso [liar]. Si no eliminas estos calificativos de tu carácter nunca adquirirás el toque de Midas: la capacidad de convertir todo lo que toques en oro”.
La respuesta de Donald
He notado que las personas con una fe profunda son más centradas y productivas. Tienen un sentido del propósito que no puede destruirse y no se desaniman fácilmente. Sean judíos, cristianos, budistas, musulmanes o de cualquier otra religión, muestran una concentración y dedicación que escapan al análisis de negocios.
Tengo empleados que por motivos religiosos deben concluir labores antes del atardecer del viernes, por lo que este día deben salir temprano. Son individuos trabajadores y yo respeto su devoción y fiel observancia. Cuando han viajado conmigo, he programado la llegada de mi jet el viernes temprano para no interferir con este requisito. Ellos tienen sus prioridades y yo puedo sacrificar un par de horas en la oficina con ese fin. Sé que son devotos y que no sólo buscan salir temprano.
Yo crecí en una familia cristiana y aprendí a respetar las creencias de los demás. Todos teníamos y tenemos amigos de creencias diferentes. Creo que esto nos ha ayudado a comprender al mundo y a quienes lo habitan. La comprensión puede sustituir al odio, y ésta es la solución para algunas de las guerras que ha padecido este planeta.
A menudo las personas me envían biblias, ya sea porque me consideran un maestro o porque creen que las necesito. Sé que me he opuesto a algunas enseñanzas, en particular cuando digo que si alguien te aplasta debes aplastarlo. Esto se opone a la lección de “poner la otra mejilla”, pero así son las cosas en este negocio.
En muchas ocasiones sigo uno de los preceptos que me gustan: “Sed, pues, prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas”. Siento que esto modera mi carácter y agudiza mi inteligencia.
No soy un erudito en el tema, pero entiendo por qué las personas pueden dedicar décadas a estudiar la Biblia. Hay en ella mucha sabiduría, muchas lecciones y mucha historia. Mi padre era amigo del doctor Norman Vincent Peale, a quien conocí, y cuyo libro recomiendo: The Power of Positive Thinking. (Él ya no está con nosotros, pero su esposa, Ruth, cumplirá 100 años en septiembre de 2006.)
Tener fe significa creer en un poder más grande que uno. Yo tengo la certeza de que ese poder existe, y eso me da la fuerza para perseverar en cualquier circunstancia. Es una idea que tienen los líderes porque la necesitan. Saben que no son omniscientes ni
omnipresentes, pero realizan su mejor esfuerzo para quienes los rodean y se esfuerzan en valorar todos los aspectos al tomar decisiones.
Tengo un cuadro de una galaxia y lo miro con frecuencia porque me recuerda cuán pequeños son mis problemas en comparación con los del universo. Al verlo recupero la proporción de las cosas y me siento menos presionado. Sigo siendo responsable ante mi familia, mis empleados y mis negocios, pero sé que aunque soy famoso y exitoso, hay un poder mucho más grande que yo. La fe te da la confianza para seguir adelante y al mismo tiempo te enseña humildad.
Nunca he pensado que la prosperidad sea mala o que deba evitarse. DONALD J. TRUMP
Tu respuesta
¿Cuáles son tus ideas respecto a Dios y la religión?
¿Cómo influyen tus creencias religiosas en tus sentimientos acerca del dinero?