Annelou Ypeij
‘Perú es uno de los países de América que tiene el mayor porcentaje de población campesina y nativa. Esto implica que Perú tiene diversas posibilidades para el turismo cul- tural que capitalicen su patrimonio cultural prehispánico. Este tipo de productos turísticos debería de jugar un rol central en la diversificación de los productos turísticos del Perú (...) El concepto de turismo alternativo debería de ser aplicado ampliamente para el desarrollo de productos tu- rísticos que capitalicen los atractivos que pueden ofrecer las culturas indígenas.’2
Esta cita la he tomado del plan maestro elaborado por el Ministerio de Comercio Exterior y Turismo del Perú en colabora- ción con una organización de desarrollo japonesa. El plan cons- tituye el marco de una planificación y regulación más detalladas y puede encontrarse en el sitio web del Ministerio. Es la intención del gobierno peruano desarrollar varias formas de turismo. De la cita se desprende que las culturas indígenas del Perú se conside- ran importantes en la consecución de dicho objetivo.
El turismo en el Perú es una industria de rápido crecimien- to. El famoso sitio arqueológico de Machu Picchu atrae a cientos de miles de visitantes cada año. Muchos de ellos no sólo visitan Machu Picchu sino también otras atracciones turísticas en los An- des bolivianos y peruanos. En los Andes viven pueblos indígenas de habla quechua y aimara. Campesinos como son, su situación de vida es bastante dura, no sólo por las difíciles condiciones cli- matológicas y la altura, sino también porque sus actividades agrí- colas apenas les reportan ingresos suficientes para cubrir sus ne- cesidades básicas. Se pueden considerar entre los pueblos más
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pobres y marginados de Bolivia y Perú. Puesto que el turismo puede ofrecerles una fuente de ingreso, se plantea la pregunta de si deben participar o no en el proceso de desarrollo turístico y beneficiarse de él, y de ser así, en qué condiciones.
El presente capítulo no pretende responder a estas pre- guntas de manera exhaustiva y se ocupa más bien del papel que asignan a los pueblos indígenas los planes diseñados para pro- mover el turismo y proteger las atracciones y recursos turísticos. Como acabamos de ver en la cita con que inicia este capítulo, la población ‘campesina y nativa’ no sólo se considera numerosa si- no que es vista como la encarnación de la herencia cultural pre- hispánica, una cultura que puede y debe ser capitalizada como producto turístico. Me parece que las formas en que muchos pla- nes turísticos definen la ‘cultura’ y a los pueblos indígenas nos dan razones para ser escépticos. La idea de que la cultura es algo que puede ser apropiado, adueñado y comercializado por los planificadores turísticos está relacionado con un enfoque esencia- lista. Este enfoque no está exento de riesgos y no sólo puede crear políticas culturales cuestionables sino también repercutir ne- gativamente en las políticas y las prácticas socioeconómicas. Mi hipótesis es que un enfoque esencialista de la cultura puede rea- firmar y reforzar procesos de exclusión social ya existentes.
En este capítulo se analizarán varios planes de desarrollo turístico confeccionados por planificadores bolivianos y peruanos a nivel de organizaciones no-gubernamentales y gobiernos bina- cionales, nacionales, regionales y locales3, todos los cuales traba-
jan en estrecha colaboración. He puesto atención en las definicio- nes de cultura utilizadas en los documentos, la forma en que es- tas políticas culturales se implementan y el papel que se atribuye a la población rural e indígena en el turismo. Es importante notar que las distintas ONGs que trabajan en la región prestan mucha atención al papel de la población rural e indígena. Sin embargo, otros documentos, en particular los preparados por gobiernos nacionales, casi nunca tratan de la cultura o de los pueblos indí- genas. El silencio de dichos textos encierra, en mi opinión, un sig- nificado específico.
Este capítulo está organizado de la siguiente manera. En primer lugar trataré las ideas actuales en torno al concepto de cul- tura dentro de las ciencias sociales. Luego me ocuparé de la idea de cultura que maneja la Organización de las Naciones Unidas pa- ra la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). Esta organiza-
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ción constituye un importante actor social en la definición de polí- ticas encaminadas a la protección de los recursos turísticos. Sus po- líticas se formulan a través de un debate internacional, por lo que pueden considerarse el resultado de un consenso global. En ter- cer lugar analizaré la forma en que definen la cultura los distintos planes que he tomado en cuenta. En cuarto lugar relacionaré los significados especiales del concepto de cultura con distintos casos y prácticas a fin de mostrar que la política cultural y la política so- cioeconómica están íntimamente relacionadas y que dicha rela- ción puede conducir a procesos de exclusión social. No sólo los pueblos indígenas se ven afectados por estos procesos sino tam- bién otros sectores pobres tales como campesinos y vendedores ambulantes. La cultura es un concepto crucial que está en el cen- tro de la lucha por la inclusión social.
Teorías de la cultura
La cultura es un término que se utiliza a menudo en deba- tes públicos y académicos, pero muchas veces su uso provoca malos entendidos debido a la multiplicidad de sus distintos signi- ficados. Raymond Williams, teórico de la cultura, distingue tres significados. En primer lugar, cultura significa un proceso general de desarrollo intelectual, mental y estético utilizado en el sentido de mayor civilización. El segundo significado de cultura es la for- ma de vida específica de un pueblo, una época o un grupo. El tercer significado tiene que ver con el producto de actividades in- telectuales o artísticas en particular (Williams, citado en Koenis 2002: 51). El último significado tiene que ver sobre todo con la alta cultura –con ‘C’ mayúscula. Se incluyen en este concepto la filosofía, la música, el teatro, la literatura y otras creaciones alta- mente valoradas de tradición cultural y cultura material. Está im- plícito en este significado la idea de que la cultura comprende lo mejor, no de cualquier tradición, sino sólo de la tradición occi- dental. La tradición occidental no sólo es la norma según la cual se evalúan los artefactos de otras culturas, sino también la única verdadera productora de alta cultura. El segundo significado de cultura, la cultura como forma de vida, representa un enfoque más antropológico hacia la diversidad: la gente que estudia la an- tropología es diferente de aquella que está dentro de la tradición occidental. La cultura como forma de vida comprende las carac- terísticas y valores específicos de un grupo, tribu, pueblo, nación,
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etc. (Koenis 2002: 54) Estas formas de vida también producen ar- tefactos, pero sólo en segunda instancia estos son reconocidos como cultura con ‘C’ mayúscula.
Si consideramos la cultura como una forma de vida especí- fica, existen dos teorías o discursos relevantes para la presente dis- cusión (véase Baumann 1999: 81-96). El primero tiene que ver con un enfoque esencialista de la cultura. Desde esta perspectiva, la cultura se considera un objeto fijo y acabado, cuyos rasgos han sido desarrollados en el pasado. En este discurso la cultura es una cosa que puede tener dueño y los individuos se consideran miembros de dicha cultura. Se asume que su cultura influye y mo- dela profundamente sus actos, ideas y perspectivas. Este enfoque de la cultura no ofrece mucho espacio para el cambio, la diferen- cia, las interpretaciones individuales y la flexibilidad. Al contrario, el énfasis está en la uniformidad, la coherencia y la inmutabilidad (Lutz y Abu-Lughod 1990: 9). El enfoque esencialista de la cultu- ra se asocia con el discurso del relativismo cultural: todo grupo es una entidad cerrada, con sus propios valores, prácticas y morali- dades. El segundo enfoque concibe la cultura como un proceso (Baumann 1999: 81-96). En este enfoque, la cultura no es algo estático que una persona posee, sino algo que está en constante creación por un grupo de personas, algo construido y reconstrui- do mediante actividades e interacciones cotidianas entre los indi- viduos. El enfoque procesualista de la cultura da cabida a las in- terpretaciones individuales, las negociaciones, la diferencia y las transformaciones.
De acuerdo con Baumann, los enfoques esencialista y pro- cesualista de la cultura no son excluyentes. Deben ser entendidos como discursos que se usan dependiendo de la situación. El enfo- que esencialista puede servir como estrategia política en caso de que una minoría cultural quiera luchar por sus derechos. Una re- tórica esencialista de la cultura como aquella que encierran las pa- labras “somos miembros de una cultura con raíces históricas y va- lores tradicionales”, tendrá mucho más éxito que una retórica pro- cesualista que implica cambio y diversidad. Baumann afirma que el discurso esencialista sobre la cultura (tener una cultura) es una teoría popular, quizá una teoría falsa, pero con un gran potencial estratégico. El discurso procesualista sobre la cultura (‘hacer una cultura’) es mucho menos usado en el discurso cotidiano, pero es la única teoría que puede ser útil a las ciencias sociales (Baumann 1999: 90). La idea de que un enfoque esencialista de la cultura
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puede servir como estrategia y mejorar las condiciones de vida de las minorías nos lleva a concluir que no debemos rechazar de pla- no el esencialismo en todos los casos. Cabe entonces preguntar- nos qué actores sociales utilizan el esencialismo y cuáles son sus in- tenciones.
Los significados de la cultura en la planificación
En el proceso de formulación de políticas para proteger re- cursos turísticos tales como sitios arqueológicos, medio ambiente y paisaje, la UNESCO desempeña un papel social preponderante. En los Andes peruanos y bolivianos4son cuatro los lugares decla-
rados por la UNESCO Patrimonio Mundial de la Humanidad: el centro histórico del Cuzco (Perú), el sitio inca de Machu Picchu (Perú), el centro histórico de Sucre (Bolivia) y la ciudad de Potosí (Bolivia). Además, recientemente, los tejidos de la isla de Taquile (Perú) han sido reconocidos como patrimonio cultural intangible. Cada año representantes de la UNESCO hacen visitas de campo, asesoran y escriben sendos informes sobre las condiciones de es- tos patrimonios culturales y naturales. Esto significa que la influen- cia de la UNESCO y su definición de cultura son visibles en la re- gión. El informe de la UNESCO Our Creative Diversity (WCDD 1995) constituye una importante declaración sobre la definición de cultura. El informe está escrito de forma muy meticulosa y su preparación llevó varios años5. Con una actitud crítica y concor-
dante a la vez, Eriksen resume el significado de cultura que adop- ta el informe. El mundo es culturalmente diverso y es necesario perseguir modelos políticos que mantengan y alienten dicha di- versidad. Esta variedad funciona de manera creativa porque esti- mula la originalidad de los miembros de una cultura. La herencia cultural debe ser respetada –no sólo la propia sino también la de otros (Eriksen 2003:132). Las minorías étnicas y lingüísticas tienen el derecho a conservar su particularidad cultural, pero sus cultu- ras se consideran frágiles, amenazadas y necesitadas de protec- ción. El informe de la UNESCO considera implícita o explícitamen- te las culturas como tradición, algo arraigado y viejo que compar- te en grupo y marca sus fronteras. En otras palabras: las culturas se perciben como una entidad circunscrita a un grupo social que comparte los mismos valores y costumbres basados en la tradi- ción y en raíces antiguas. Aunque el informe reconoce el univer- salismo cultural y los procesos de globalización, las influencias ex-
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ternas y la criollización como fenómeno cultural, el relativismo cul- tural es el discurso principal (Eriksen 2003: 130-132)6.
El enfoque de la UNESCO de las culturas como entidades circunscritas a grupos sociales se encuentra difundido en docu- mentos de planificación escritos por gobiernos y ONGs en los An- des bolivianos y peruanos. Dichos informes subrayan las raíces históricas y tradicionales y la autenticidad de las costumbres indí- genas. Algunos reportes incluso tratan de describir la esencia de las culturas indígenas en pocas palabras. El plan de desarrollo del distrito de Ollantaytambo, una población en la vía a Machu Pic- chu cuya municipalidad comprende comunidades indígenas, di- ce lo siguiente:
Las manifestaciones culturales de la zona alto-andina son ricas y marcadas, se inician en su vestimenta autóctona de uso diario (…) que es apreciado y admirado por los turis- tas. Las danzas propias en esta zona son “Huallata”, “Quill- huas” y Sargento. Todavía estas comunidades cuentan con sus ‘varayoc’ que se constituyen en los personajes im- portantes7.
Otros informes hablan de ‘valores históricos culturales’8,
‘costumbres ancestrales’9, y ‘artes folclóricas’10. En ocasiones los
pueblos indígenas contemporáneos son vinculados directamente con el pueblo Inca. La organización no-gubernamental Centro Andino de Tecnología Tradicional y Cultural de las Comunidades de Ollantaytambo (CATCCO) trabaja en las comunidades rurales del distrito de Ollantaytambo. En su afiche informativo afirma lo siguiente:
Hoy en día Ollantaytambo es un registro viviente de su pa- sado y los Ollantinos son los herederos de la riqueza cul- tural y las tradiciones que se acumularon aquí con el pa- sar de los tiempos (traducido del inglés)11.
En los informes analizados, la cultura se percibe a menudo como algo vinculado sobre todo con los pueblos indígenas, a quienes se describe como representantes del pasado. Este enfo- que esencialista de las culturas indígenas se vincula con la percep- ción de la cultura como algo valioso para el turismo, que puede ser capitalizado, según la cita con que abrimos este capítulo. Se convierte así la cultura en producto y recurso turístico. El informe sobre los problemas ambientales del Lago Titicaca, ubicado en la frontera entre Bolivia y Perú, fue redactado por los gobiernos de
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ambos países conjuntamente con el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Según dicho informe,
La región (...) tiene abundantes y variados recursos turísti- cos: áreas silvestres con fauna y flora nativas, paisaje, posi- bilidades de navegación y pesca, valores arqueológicos úni- cos en el mundo, reliquias histórico-religiosas, costumbres y tradiciones milenarias, eventos folclóricos y otros (énfasis de la autora)12.
De igual manera, la ley de promoción y desarrollo turístico de Bolivia menciona las culturas vivas de los Andes junto con los recursos arqueológicos y naturales del país. El artículo 5.b de di- cha ley dice así:
Garantizar la conservación y uso racional de los recursos naturales, históricos, arqueológicos y culturales que tie- nen significación turística y que son de interés general de la Nación’ (énfasis de la autora)13.
El peligro de entender la cultura como recurso y producto turístico es negar el hecho de que las culturas son vividas y re- construidas en la vida diaria. La gente renegocia constantemente sus prácticas y valores culturales en sus relaciones sociales. Sin embargo, al entender la cultura como producto y recurso turísti- co, la convertimos en un objeto pre-moderno y estático congela- do en el tiempo (Cf. Phillips 1995). Este enfoque apenas da cuen- ta del cambio y la dinámica.
Algunos informes perciben el cambio de las culturas indí- genas como una amenaza que socava las costumbres tradiciona- les. Las comunidades indígenas sufren una ‘transculturación’ que conduce a la pérdida de ‘formas de trabajo social establecidas desde la época incaica’14. La Fundación para la Investigación An-
tropológica y el Etnodesarrollo (ASUR) es una ONG que trabaja en varias comunidades rurales de los Andes bolivianos. La organi- zación asocia el cambio cultural con la extinción. al respecto dice lo siguiente en su sitio web:
En los alrededores de la ciudad de Sucre, y dentro de la Provincia Oropeza, hacia el norte, teniendo como vecinos a los Jalq’a, se encuentran varias comunidades Ch’uta de habla quechua. Actualmente este grupo étnico está en peligro de extinción, sobre todo debido a la rápida acul- turación que se produce por encontrarse esta etnia muy cerca de Sucre15.
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Otros informes sostienen que el turismo constituye una amenaza de transformación cultural. El municipio de Ollantay- tambo asocia el turismo con el ‘inminente peligro de pérdida de valores y costumbres tradicionales’16. Las ONGs que han redacta-
do un plan para la provincia de Calca lo formulan en los siguien- tes términos:
La provincia de Calca registra valores y manifestaciones culturales expresados en los sistemas de organización co- munal, ritos, festividades, danza, música, e idioma que se pierden con el transcurso de los años y por la influencia de elementos externos como... el turismo...17
Otros informes consideran su misión proteger, ‘revivir’ y ‘re- cuperar’ las manifestaciones culturales amenazadas. Un reporte habla incluso de la ‘revitalización de las culturas’ en general18. De
igual manera, el gobierno boliviano considera importante ‘pro- mover la preservación y salvaguarda de los valores culturales... y étnicos …de la región’19. La intención de organizaciones no-gu-
bernamentales como CATCCO, el Centro para Textiles Tradiciona- les de Cuzco (CTTC) y ASUR es revivir las ‘antiguas’ técnicas, entre otras expresiones culturales. Para ellas, el turismo es muy impor- tante para conseguir sus objetivos, porque ofrece un mercado para vender los productos obtenidos a través de supuestas técni- cas ‘antiguas’. Así, el turismo es visto como una amenaza para las culturas de los pueblos indígenas y al mismo tiempo como una fuerza capaz de fortalecerlas y salvarlas.
En los planes que hemos estudiado, observamos que la cultura se define de forma esencialista, con tres significados: el cambio cultural es una amenaza, la cultura puede ser comerciali- zada y es algo exclusivo de los pueblos indígenas. La implemen- tación de políticas basadas en estos significados puede crear prác- ticas socioeconómicas que conduzcan a la exclusión social.
La amenaza del cambio cultural
La planificación se ha basado en gran parte en la idea de que se debe rescatar las culturas ‘antiguas’. Aunque estrategias de este tipo pueden parecer positivas a primera vista, encierran también muchos riesgos. Como lo ha explicado Baumann (1999), una definición esencialista de la cultura puede tener un gran potencial estratégico. Sin embargo, el esencialismo tam-
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bién puede tener efectos nocivos. Todo depende de qué actor social utilice el esencialismo y con qué fines. En el caso de que los pueblos indígenas puedan traducir sus propias definiciones en políticas y ejercer control sobre la implementación de las mis- mas, el esencialismo puede ser una herramienta importante en su lucha por la inclusión y ayudar a obtener mejoras socioeconó- micas. Un caso interesante al respecto es el de Nilda Callañaupa, una indígena de la población serrana de Chinchero. Con la ayu- da de contactos transnacionales y donaciones externas, logró es- tablecer el Centro para Textiles Tradicionales de Cuzco (CTTC) en 1996. Según el sitio web de la organización, el objetivo de la