ningún acto de la inteligencia. Pin de la inte ligencia y fin de la naturaleza no pueden, por consiguiente, diferir, a menos que se deje cam po para las falsas suposiciones. Por naturaleza buscamos el placer y rechazamos el dolor. Ese será entonces el fin de la naturaleza y el fin de la inteligencia. Ese será el verdadero fin al cual debemos referir en toda circunstancia cada una de nuestras acciones» (MC. XXV), el «fin realmente dado» (hyphestékós telos) al que, como a toda evidencia real y efectiva, re ferimos nuestras opiniones, evitando así toda duda e inquietud (MC. XXII).
Conviene, sin embargo, hacer la salvedad de que el sensualismo que da lugar a la ética he- donista epicúrea no llega a determinar, pues la razón en segundo término regula lo que es simple instinto de la naturaleza, una concep ción del placer tal como la que aparece vincu lada de ordinario a la idea común, lo cual ne cesariamente ha provocado bastantes malen tendidos y no pocos desencantos. Ya el mismo Epicuro, como reacción a violentas críticas de adversarios coetáneos, advertía que su idea del placer como soberano bien distaba mucho de las interpretaciones debidas a incomprensio nes o a ignorancia y mantenía que por tal de bía entenderse fundamentalmente el «no su frir dolor en el cuerpo ni turbación en el al ma» (Ep. a Men., 131). Con todo, la cuestión es más compleja de lo que la mencionada afir mación sugiere, la cual en definitiva debe con siderarse como la esencial culminación de un 209
largo y, a veces complicado, proceso deduc tivo, no exento de matizados tonos polémicos. Un testimonio de Diógenes Laercio nos ase gura que Epicuro y su discípulo Metrodoro admitían dos tipos de placer, el catastemático 0 en reposo y el cinético o en movimiento, y ambos tanto para el alma como para el cuerpo.99 Por placer catastemático del cuerpo entendía Epicuro la simple ausencia de dolor (aponía
1 aochlésía) o bien, mediante una caracteriza
ción afirmativa, el equilibrio estable de la phy-
sis, la situación definida de reposo corporal
como privación del dolor.100 (Katástéma es el término contrapuesto a praxis en un texto de Diógenes de Enoanda).101 Cuando, en efecto, nuestro cuerpo experimenta alteraciones de sus átomos por causa de la enfermedad o pérdida considerable de los mismos provocada por las situaciones carenciales del hambre, frío o sed, entonces quedamos sumidos en el dolor. A ese estado doloroso se opone el estado placentero que resulta de la perfecta armonía de átomos corporales que hace posible la salud y el equi librio del organismo. Ese es el manifiesto, ne gativamente expresado, de la carne: el no te ner sed, el no tener hambre, el no tener frío
(SV. 33),102 esto es, la ausencia de todo estado
doloroso.
99. D. L., X, 136.
100. Cf. respectivamente, Fr. 398, 416 Us; Lucrecio, II, 16 ss; Fr. 68 Us. ( = Fr. 29); Pap. Bercul., 1232 Arri- ghetti, Epicuro, Fr. 66, 16, p. 404.
101. Fr. 28, col. VI, 4-5 Chilton. 102. Fr. 200, 423, Us.
Con la concepción del placer catastemático se oponía Epicuro a los Cirenaicos y a Platón, colocándose para el análisis de la cuestión en la misma perspectiva trazada por Aristóteles. Los Cirenaicos, en efecto, negaban que pudiera haber una forma de placer marginada del mo vimiento. Influenciados por la idea heraclítea del devenir opinaban que la ausencia de pla cer y la ausencia de dolor son estados inter medios que de ningún modo pueden ser con siderados como dolor y placer respectivamen te. Placer y dolor, afirmaban, «consisten en el movimiento, no siendo movimiento la falta de placer o la falta de dolor, ya que la falta de dolor es semejante al estado del que duerme.103 También Platón partía del dolor para el aná lisis de su contrario, el placer. La naturaleza, explicaba en el Filebo, es un perfecto orden,104 una equilibrada armonía. Se produce el dolor cuando, por el efecto de fenómenos carenciales como la falta de líquido, de alimento o de ca lor, tal armonía se destruye. Cuando, por el contrario, de nuevo el organismo tiende a re cobrar el equilibrio alterado, mediante un pro ceso de restauración (¡catástasis), entonces se produce el placer, aunque mezclado y en rela ción de intensidad con el dolor.105 Un hipotéti co tercer estado, el de la ausencia de placer o dolor, no puede llamarse dolor o placer respec tivamente y es tan sólo un estado ilusorio, apa
103. D. L., II, 89-90. 104. Fil., 25 d ss.
tente.106 Sólo existe, pues, el placer en movi miento, que surge como oposición al dolor, por ejemplo, el comer cuando se tiene hambre, be ber cuando se tiene sed.
En realidad tampoco Epicuro «juzgó que hu biese un estado intermedio entre el dolor y el placer. Pues lo que para algunos es tan sólo un estado aparente, esto es, la ausencia de do lor, no sólo es. placer sino además placer má ximo.» 107 De hecho, cuando el organismo ha su frido un desequilibrio, experimentamos dolor. Pero de ningún modo el cuerpo percibe como placer el proceso de restauración por el que se tiende a restablecer ese equilibrio (¡catástasis) sino la situación ya definida del equilibrio res tablecido (katástéma). El alma podría percibir conjuntamente la situación de desequilibrio, esto es, el dolor y al mismo tiempo la ausencia de dolor. Pero el alma no es, como en Platón, el receptáculo hegemónico de la sensibilidad. La sensación se da donde se siente y el cuerpo no puede sentir el placer y el dolor conjunta mente.108 Dada una alteración del equilibrio de nuestra physis, el cuerpo experimenta dolor. Una vez recuperado ese equilibrio, la sensación corpórea es de placer como simple ausencia de dolor.
La argumentación seguía muy de cerca an teriores reflexiones aristotélicas. Todo proceso vital, opinaba el Estagirita, viene a ser una
106. Ibid., 43 d ss; Cf. Rep., 583 c — 584 c. 107. Fr. 397 (p. 266), 420 Us.