Un palmeral a unos treinta kilómetros al sur de El Cairo. Algunos restos de antiguas piedras, una esfinge de alabastro con enigmática sonrisa y que parece velar sobre la nada, un coloso tendido de Ramsés II prisionero de un edificio moderno: eso es todo lo que subsiste de la primera capital de Egipto, la poderosa Menfis, uno de los mayores centros religiosos y administrativos del mundo antiguo.
El nombre de Menfis procede del egipcio Men-nefer, «la perfección es estable», nombre de la pirámide del faraón Pepi I (Imperio Antiguo). La ciudad era conocida también como «el muro blanco», en recuerdo del primer recinto de Menes, «la balanza de las dos tierras» y «la vida de las dos tierras», pues era el punto de equilibrio y de conjunción entre el Delta y el Valle, entre el Alto y el Bajo Egipto.
El gran templo de Ptah, joya arquitectónica de Menfis, ha desaparecido. Sin embargo, ha conseguido transmitir un nombre célebre en el mundo entero: el templo se llamaba, en efecto, Hut-ka-Ptah, «el santuario de la energía del dios Ptah», palabra que produjo aiguptos en griego y, finalmente, Egipto.
Menfis fue fundada por Menes, «el Estable», el faraón que unificó los dos países. Su emplazamiento estaba particularmente bien elegido Ocupando una posición estratégica, Menfis estaba rodeada de tierras muy ricas. En el Imperio Antiguo la ciudad conoció un gran desarrollo; encarna realmente el poderío de esa época en la que la civilización faraónica, en su primer vigor y juventud, vive una edad de oro que será considerada un modelo por las generaciones posteriores.
Menfis era la sede del dios Ptah, extraña figura desprovista de bóveda del cráneo y envuelta en un sudario. Pero esa fúnebre apariencia es una muerte que oculta la vida: Ptah creó el mundo con el Verbo y dirigió la mano de los artesanos para introducir la vida en la materia inerte. Dios secreto, era el patrono de los Maestros de Obra y los orfebres encargados de trabajar el oro, considerado como la carne de los dioses. Cualquier artesano digno de ese nombre pasaba por una «escuela» menfita para descubrir las reglas de su arte.
Además de sus célebres talleres, Menfis tenía otros puntos fuertes, en especial un puerto, un arsenal y una fábrica de armas. En Menfis se construían también barcos. Por lo demás, ésta es la razón de que la importancia económica de la ciudad perdurase a lo largo de toda la historia egipcia. Los sucesivos invasores, etíopes, asirios, persas, griegos, romanos, sabían que para someter Egipto era preciso apoderarse de Menfis.
Ramsés II se interesó mucho por Menfis, tanto más cuanto uno de sus hijos, Khaemuase, fue su sumo sacerdote. Apasionado por la arqueología, erudito y mago, Khaemuase exploraba incansablemente la necrópolis menfita y hacía restaurar monumentos que amenazaban ruina.
Mientras la otra gran ciudad de Egipto, Tebas, la única capaz de rivalizar con Menfis, se mantuvo estrictamente egipcia, la primera capital de los faraones se abrió de buena gana a las influencias extranjeras a partir del Imperio Nuevo. Todos los viajeros extranjeros van a Menfis. Se comercia mucho: griegos, asiáticos, judíos se instalan en ella. Algunos dioses extranjeros tienen incluso su lugar de culto. Se trataba pues de una ciudad cosmopolita, donde las razas se mezclaban, donde Oriente palpitaba en un torbellino de colores y ruidos.
Después de la fundación de Alejandría en el siglo III a. J. C., comienza el declive de Menfis. Alejandría nunca será una verdadera ciudad egipcia. Está en el lindero del país, a orillas del mar, pero poco a poco va agrupando las actividades que forjaban la riqueza de la vieja ciudad de los faraones. Menfis conservará su estatuto de centro religioso pero perderá su importancia económica.
Fueron los cristianos y los árabes quienes destruyeron Menfis. En el siglo IV d. J. C., alentados por el edicto de Teodosio, algunos cristianos fueron presa de un furor fanático contra el pasado faraónico. En lugar de limitarse a transformar en iglesias los antiguos templos, destruyeron numerosos edificios. Esta prueba, sin embargo, habría podido ser parcialmente superada si los árabes no hubiesen invadido el país. Para construir lo que iba a convertirse en El Cairo, aniquilaron los vestigios de Menfis, utilizándola como cantera, desmontando piedra a piedra los monumentos. Además, en la época de los mamelucos, el descuido administrativo fue tal que el notable sistema de canales, creado por Menes, se degradó de un modo irremediable. Con la ruptura de los diques que protegían los últimos vestigios de la antigua capital, llegó la muerte definitiva de Menfis. El propio emplazamiento de la «vida de las dos tierras» desapareció de la memoria de los hombres y sólo fue identificado a comienzos del siglo XIX.
Menfis ha desaparecido; sin embargo, permanece lo esencial: su inmensa necrópolis, esos prestigiosos parajes que se llaman Gizeh y Saqqara, un territorio que se extiende a lo largo de 50 Km por la orilla izquierda del Nilo. Cuando escribimos «necrópolis» podría creerse que la muerte ha vencido a la vida. Pero, para los egipcios, no hay realmente tumba, sepultura, cementerio, aunque hoy nos veamos obligados a emplear estos términos para que se nos comprenda. La tumba es la «morada de eternidad». Sólo ella puede durar y superar la prueba del tiempo. Menfis la poderosa, la brillante ciudad, ha desaparecido. Pero su necrópolis, su inmensa ciudad de los muertos donde reina otra vida, ha subsistido. Ahora dirigiremos nuestros pasos hacia ese universo, «dando camino a nuestros pies», como dicen los textos egipcios.7
Saqqara, el templo del alma
Comenzaremos nuestra exploración de la necrópolis menfita por el paraje de Saqqara. Habitualmente los turistas empiezan por el de las pirámides. Pero mejor será seguir un orden cronológico: Saqqara es la pirámide escalonada, que data de la III dinastía mientras que las pirámides de Gizeh datan de la IV dinastía.
Saqqara se halla al sur de El Cairo, en la orilla oeste del Nilo, en el emplazamiento de un arrabal de la antigua Menfís consagrado al dios Sokaris. La aldea dio su nombre a una vasta necrópolis, de casi 8 km de largo. Aquí, al borde de la llanura líbica, está el reino del desierto. Es la tierra sagrada que domina el Valle del Nilo. Es posible encontrar aún el silencio y la soledad en Saqqara, menos desfigurada por el turismo que la llanura de las pirámides. Sokaris, el dios de los espacios subterráneos, vela por unos monumentos de todas las épocas cuyo florón más importante es la extraordinaria pirámide escalonada, el primer gran edificio de piedra de la arquitectura egipcia.
En Saqqara se excavaron las tumbas de los faraones de la I dinastía, con superestructuras de ladrillo crudo y una austera ornamentación exterior en «fachada de palacio».
Egipto nace, Egipto va tomando forma. Sus primeros soberanos quieren descansar en la paz del desierto, protegidos de la inundación.
expresa en la invención de la forma piramidal. Desde la III hasta la XIIII dinastía, los reyes construyen pirámides en Saqqara, pero la mayoría están muy destrozadas. Aunque Saqqara se identifique con el Imperio Antiguo, conviene advertir que la necrópolis más antigua de Egipto nunca estuvo abandonada. Vestigios de los imperios Medio y Nuevo, pozos funerarios de la época persa, tumbas tolemaicas y Serapeum demuestran que Saqqara, como todos los grandes parajes egipcios, fue un lugar en perpetua actividad. Hoy prosiguen las excavaciones que a menudo consiguen interesantes descubrimientos, como el de las catacumbas de ibis, pájaros sagrados del dios Thot, el protector de los escribas. Pero se sigue buscando la tumba de Imhotep, el creador de la pirámide y el primer gran Maestro de Obra del Antiguo Egipto.
El centro espiritual y artístico de la necrópolis de Saqqara es el monumento funerario del rey Zoser, la pirámide I escalonada que se levanta en el centro de un conjunto de edificios.
Egipto debe descubrirse por esta pirámide. El monumento escalera de piedra que permite al cuerpo inmortal del faraón acceder a los paraísos celestiales, es la más pura encarnación de la serenidad y el poderío. Estabilidad y ligereza se conjugan en esta forma única.
Es muy difícil sustraerse a la magia de Saqqara. Allí puede encontrarse la soledad habitada del desierto, se disfruta plenamente la inalterable calma de las piedras de eternidad; muy pronto puedes sentirte en total comunión con los hombres que crearon esa obra maestra que eleva el alma del modo más directo y más intenso.
Cierto es que el conjunto de Zoser se concibió para el alma del faraón, para el mantenimiento y la regeneración de su energía espiritual. Egipto afirma aquí su fe en un principio creador, en un soberano arquitecto de los mundos cuyo representante en la Tierra es el faraón. Y está en juego la suerte de todo el pueblo egipcio, pues el rey no vive la felicidad del más allá para si mismo sino para todos sus súbditos.
Conviene dedicar a Saqqara el mayor tiempo posible, incluso en un viaje corto. No hay relieves, no hay ninguna de esas encantadoras imágenes que se descubrirán en otros lugares, no hay adorno que seduzca la mirada: sólo piedra, la pirámide y sus anexos, la arena del desierto. Pero es también el Egipto en su verdad primigenia, en su grandeza original, que se percibe en Saqqara mejor que en cualquier otra parte. Este paraje es la clave de todo el arte egipcio. Empapándose de él, se percibe que el sentido de lo colosal no era un desafío técnico ni una voluntad de competición, sino una necesidad interior, una visión arquitectónica que fue posible por la estructura de un Estado servidor de lo divino.
Dos hombres excepcionales fueron el origen de Saqqara: Zoser, faraón de la III dinastía, que reinó de 2624 a 2605 a. J. C., y su Maestro de Obra, primer ministro, médico y mago, Imhotep. El nombre de Zoser significa «Sagrado» (se llama también: «Más divino que el cuerpo de los dioses»); el de Imhotep: «El que viene en paz». Sumo sacerdote de Ra en Heliópolis, es decir representante de la más alta función religiosa del país después de la del faraón, Imhotep es uno de esos genios característicos del Imperio Antiguo que nunca separan el espíritu de las manos, lo
material de lo espiritual. Conoce el funcionamiento del Estado y su Administración en sus menores detalles, organiza las obras públicas, pone la economía al servicio de la arquitectura sagrada. Para los egipcios de todas las épocas, Imhotep será el prototipo del sabio. La tradición considera que inventó el arte de construir con piedras sillares. Los griegos le convirtieron en dios, identificándole con su Asklepios. En la época tardía, se pedía a Imhotep que curara las enfermedades e hiciera milagros. Está presente, junto a otro Maestro de Obra, en un pequeño santuario de iniciación, en la terraza superior del templo de Dayr al-Bahari. Hijo del dios Ptah de Menfis, Imhotep era «el conocido del rey, encargado de los forjadores de jarros, de los escultores, el maestro de los maestros en toda clase de venerables piedras: colocó su recuerdo entre los hombres y su amor entre los dioses». A este magnífico texto debe añadírsele la más conmovedora inscripción, que se encontró en el zócalo de una estatua. Pobre vestigio, aparentemente; pero qué gozo y qué sorpresa descubrir en él el nombre de Imhotep, con estas precisiones: «El canciller del rey del Bajo Egipto, el primero después del rey del Alto Egipto, administrador del gran palacio, noble hereditario, sumo sacerdote de Heliópolis, Imhotep, Maestro de Obra, escultor, fabricante de jarros de piedra». Junto al nombre de Imhotep, el de Zoser: los dos compañeros de camino quedaban así asociados para siempre y una modesta piedra, con un cortísimo texto jeroglífico, lograba que su recuerdo arraigara definitivamente en la memoria de los hombres.
Durante el Imperio Nuevo, numerosos peregrinos acudían a meditar a esos lugares. Se decía que el cielo estaba en ese monumento, que se podían conocer los secretos del más allá contemplando la pirámide y el conjunto funerario de Zoser. Se invocaba a Zoser, el justo, se le pedía una larga vida, se le rogaba que hiciera salir el sol en los corazones como salía en su templo.
La pirámide es el centro simbólico de un vasto conjunto monumental contenido en el interior de un recinto. Está casi en el centro de un rectángulo (555 x 278 m). De una altura de algo más de 60 m, la pirámide está formada por seis enormes peldaños, una escalera hacia el cielo. Aunque el monumento, a pesar de la degradación, ha resistido bien el paso del tiempo, no ocurre lo mismo con los distintos edificios que completan el conjunto funerario. Se han efectuado numerosas restauraciones, en gran parte debidas al arquitecto J.-P. Lauer, sin que faltaran las voces contra unas restituciones a veces hipotéticas.
La característica del conjunto de Zoser es que la arquitectura está concebida para la circulación de la energía espiritual. Por eso se habla de «trampantojos», de edificios «ficticios» que debieran estar vacíos cuando están llenos o se han excavado habitaciones demasiado minúsculas para los vivos; en realidad, no se trata de efectos visuales, de engañar la mirada, sino de abrir la buena, la del Ka, personificación de la energía creadora que subsiste más allá de la muerte. Al conseguir penetrar en el recinto de Zoser, pasamos de la apariencia a lo real.
A menudo se ha escrito y repetido como consecuencia de una hipótesis arquitectónica, que la pirámide escalonada es fruto de una larga sucesión de tanteos. El Maestro de Obra, Imhotep en ese caso, no habría sabido, realmente, lo que iba a hacer y habría cambiado varias veces de proyecto en el camino. La idea podría considerarse tratándose de la construcción de un edificio moderno, pero en modo alguno de un edificio egipcio de tanta importancia. A veces nos cuesta percibir las intenciones simbólicas del Maestro de Obra; no se trata de que él tanteara o construyera al azar, sino de que nosotros hacemos preguntas. Atribuirle nuestra ignorancia sería una gran vanidad.
El área sagrada de Zoser —aproximadamente 15 hectáreas— estaba protegida por un recinto que imitaba una fortificación, con bastiones, partes entrantes y salientes, las reconstrucciones se efectuaron con piedras originales. Nos hallamos ante la fachada de un palacio primitivo, motivo tradicional que encontraremos en los sarcófagos del Imperio Medio, «castillos del alma» reducidos que necesitan, también ellos, una protección eficaz contra las fuerzas nocivas. La construcción de este muro en piedra calcárea de gran calidad, procedente de las canteras de Turah, fue especialmente escrupulosa. En su origen, tenía unos diez metros de altura. La cima de la pirámide escalonada emergía por encima del muro, mientras que los monumentos interiores permanecían ocultos.
No era fácil entrar en el interior del dominio de Zoser. En los cuatro lados del recinto, catorce puertas cerradas. En apariencia son aberturas. Están tapiadas. En realidad, hay una única entrada posible, como en cualquier laberinto. Y ésta, situada en la esquina sudeste, era muy estrecha (n.º 1 en el plano). Aquí todas las puertas son de piedra. Esa entrada única estaba siempre abierta, pues sólo el alma del justo podía franquear sin riesgo el recinto mágico. Pasada la entrada, se descubre una columnata (n.º 2 del plano) formada por dos hileras de columnas. El paso sigue siendo muy estrecho. Es el exiguo camino que lleva a lo divino. La avenida, cubierta antaño de losas de piedra, desemboca en una sala con ocho columnas cuyo techo era claramente más bajo que el de la avenida, como si fuera preciso rebajarse antes de alcanzar los misterios, mostrarse humilde antes de ser enaltecido por la iniciación. Las columnas de esta sala estaban pintadas de rojo, el color del poder. Representan tallos de cañas que, una vez petrificadas, mantenían el poder vertical del vegetal que se eleva hacia la luz. En esta pequeña sala se celebraban ritos de purificación. Se sale de ella por una puerta perpetuamente abierta y se desemboca en el gran patio del sur (n.º 4 del plano) en cuyo extremo se levanta la pirámide escalonada (n. 7 del plano). El primer detalle sorprendente, en el muro de este patio, frente a la pirámide, es un friso de serpientes-uraeus (n.º 5 del plano) que simbolizan la purificación por el fuego. Estos reptiles, que suelen verse en la frente de los faraones y forman una especie de tercer ojo, se encargan de destruir con las llamas a quienes impiden la difusión de la luz.
En el eje central del gran patio subsisten dos mojones. Simbolizan los extremos sur y norte de Egipto. El faraón llevaba a cabo una carrera ritual del uno al otro y viceversa, significando así su toma de posesión de las Dos Tierras convirtiéndose en responsable ante los dioses. Señalaba su voluntad de mantener el movimiento vital mediante ese vaivén entre los dos polos esenciales de la vida.
impresionante pozo que conduce a una tumba (n. 6 en el plano). Al fondo, un panteón y algunos aposentos funerarios donde se representa al dios Zoser en actitudes rituales destinadas a su regeneración. Se trata, por tanto, de una tumba del faraón, la del sur, mientras que la del norte se halla bajo la pirámide escalonada. Los arqueólogos estimaron que esa tumba sur fue desvalijada por Hijos ladrones. Pero muy probablemente, siempre estuvo vacía, puesto que su función consistía en albergar el cuerpo invisible del rey, mientras la tumba del norte albergaba su cuerpo de carne, momificado. Esa doble tumba era también la del faraón simbólicamente desdoblado, como rey del Bajo Egipto a) norte y rey del Alto Egipto al sur.
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Dirijámonos ahora hacia la propia pirámide escalonada. Tiene dos funciones principales: vinculo entre el cielo y la tierra y protección de los aposentos funerarios del rey. Construir una forma piramidal supone pensar que el universo está ordenado, que responde a cierta arquitectura por la que el alma puede trepar, en la que se hace capaz de orientarse: para los antiguos egipcios, la tierra debía levantarse hacia el cielo y el cielo estar presente en la tierra. La pirámide es el símbolo perfecto de este vínculo entre los mundos.
Debajo de esta pirámide, la primera en su género, una de las más nobles creaciones nunca concebidas por un espíritu humano, reposan el faraón Zoser y su familia. Lamentablemente, esta parte subterránea no es accesible a los visitantes. Un complejo dispositivo se centra en torno a un gran pozo de más de 28 m de