El hombre romántico es el que se da cuenta del desencanto que produjo el entusiasmo por un progreso basado en una racionalidad desmedida que lo único que consiguió es un presente y futuro desolador. Este hombre, en primera instancia, se asocia con la lucha burguesa de un afán de universalidad, con el deseo de ser un hombre competente y capaz de afrontar los desafíos de los tiempos en que se vive. Tal como lo entendiera Stendhal, lucha
por una “conciencia de la vida contemporánea” (Calinescu 2003: 53).Esta es la nueva ley que une a los hombres de la época romántica.
Fue sólo después, contra la idiosincrasia de la razón y la idea de progreso reducida al consumo, donde empieza a aparecer una actitud de rechazo por parte del alma romántica con respecto al burgués en ascenso. Englobado en un racionalismo, el romántico rechaza a la razón por desencanto. Sin embargo, vive ambiguamente en su presente e inaugura una contradictoria sensación que se alimenta de su propia ambivalencia de proyección e introspección. De esta manera se constituye un conglomerado diverso, pero al mismo tiempo vinculado de impresiones, autores, efectos y definiciones. Todo este conglomerado se convierte en una sola palabra a la que hoy nos referimos, no sólo como un periodo histórico, sino también como un concepto estético y una manera de sentir: la Modernidad. La relación entre Romanticismo y Modernidad no es casual, sus significados eran, en el inicio del siglo XIX, sinónimos de una diferencia radical con lo anterior, con lo antiguo. Tanto el romanticismo como posteriormente la modernidad buscan agrupar todos los parámetros que, en oposición a una vida arcaica, alientan la descripción y estructura de una vida como diferente, nueva y cambiante con respecto a sus establecimientos sociales, políticos, económicos, religiosos, artísticos, particulares y grupales.
El término romanticismo no fue adoptado inmediatamente en Inglaterra, sino que circuló ampliamente en Alemania, desde los hermanos Schlegel hasta Hegel: en Francia desde la obra De l´Allemagne (1813) de Madame de Staël hasta Víctor Hugo; y en otros países europeos, utilizándose en un sentido incomparablemente más amplio del que predominó posteriormente en el lenguaje de la historia literaria y del arte. A comienzos del siglo XIX, la palabra romántico, sinónimo de moderno en la más amplia aceptación, designaba todos los aspectos estéticamente relevantes de la civilización cristiana, considerada como un periodo distintivo de la historia mundial. […] Fue sólo después cuando el significado del término fue limitado a designar principalmente las escuelas literarias y artísticas que reaccionaron contra el sistema de valores neoclásico durante las primeras décadas del siglo XIX. (Calinescu 2003: 51)
Dicha relación analógica entre modernidad y romanticismo será evidente en una conciencia moderna que iniciaba su germinación con una actitud desenfrenada de ideal. Se da entonces una búsqueda por “estar a la altura de los tiempos” que se problematiza en el poeta romántico al darse cuenta que sus mayores necesidades no pueden ser asimiladas por
su presente cotidiano, lo que lo impulsa a resguardar sus intuiciones en un futuro que las posibilite, produciéndole una angustia romántica que lo asila. En esta medida, el romántico vuelve a adoptar un tinte privilegiado dado por el coste que implica ser reaccionario contra su propia época. Quizás este último aspecto sea la relación más importante entre el romanticismo y la modernidad
“Sthendal habla del escritor: ‘Se necesita valor para ser romántico […] un escritor necesita tanto valor como un soldado’” (Tomado de Calinescu 2003: 54), valor para producir un choque que sacuda las fibras más racionales del burgués adormecido en su cómoda racionalidad. El romántico ya impugna sobre el hombre su rendimiento exigido por el alargamiento de su jornada laboral en busca de mejores formas de vida para la sociedad, el poeta contradice las concentraciones de trabajadores en una jerarquía similar a la militar. El rebelde romántico rebate una estática periódica del accionar humano. “Según Stendhal: ‘La gente es víctima del poder despótico del hábito, y es una de las principales tareas del escritor intentar eliminar sus efectos inhibidores y casi paralizantes en cuestiones de la imaginación’” (Tomado de Calinescu 2003: 54)
Stendhal es consciente que para ser consistentemente moderno (romántico, en su terminología) uno tiene que arriesgarse conmocionando al público. El romanticismo se presenta entonces como una exacerbada sensibilidad actual, una forma artística de expresar el hoy, el presente desligado de las enraizadas tradiciones pasadas. “El escritor, liberado de las restricciones de la tradición, debe esforzarse por ofrecerles a sus contemporáneos un placer para el que no parecen estar preparados a disfrutar y que quizás no se merecen” (Calinescu 2003: 54).
El poeta romántico es incomprendido desde su propio origen al ser parte de un presente que lo produjo pero que lo hace resguardarse en su más infranqueable interior para conservar ese algo espiritual que aún sobrevive a la cómoda racionalidad que lo convierte todo en aparente progreso. Éste se convierte en un Prometeo moderno que roba a la tradición ese fuego místico que le agudiza la visión y le permite retraerse del “despótico del hábito” al que se ven avocados sus mismos contemporáneos. Esta sensación, que vuelve a adquirir los
tintes más reflexivos, recuerda a sus antecesores humorales y a una asedia medieval que ahora es vinculada estrechamente con la vida cotidiana de una sociedad progresivamente secular porque está racionalmente adiestrada, que adormece en un progreso desabrido al burgués.
Se adquiere un nuevo hábito determinado por una adecuación del trabajo en relación con el capital. Su jerárquica organización instrumental busca la producción acelerada y el consumo desenfrenado, separando el trabajo de esa visión monacal en la que la laboriosidad hace parte de la praxis vital.
La industria moderna, ha convertido el pequeño taller del maestro patriarcal, en la gran fábrica del magnate capitalista. Las masas de obreros concentrados en la fábrica, son sometidas a una organización y disciplina militares. Los obreros, soldados rasos de la industria, trabajan bajo el mando de toda una jerarquía de sargentos, oficiales y jefes. No son sólo esclavos de la burguesía y del estado burgués, sino que están todos los días y a todas horas, bajo el yugo esclavizador de la máquina, del contramaestre, y sobre todo, del industrial burgués dueño de la fábrica. Y este despotismo es tanto más mezquino, más odioso, más indignante, cuanta mayor es la franqueza, con que proclama que no tiene otro fin que el lucro. (Marx 2005: 22)
El poeta romántico, sufre en su clarividencia el peso de la humanidad sobre sus hombros, encara con sus entrañas los mismos humores, la misma asedia que acomete al “hombre privilegiado” del que habla Aristóteles. Su don lo hunde en una angustia que le pudre la carne mientras emite una infusión aromáticamente romántica.
El poder despótico del hábito y la angustia romántica son los parientes en primera línea del tedio moderno. A partir de ellos, el enfrentamiento que el hombre moderno asume ante esta sensación rastreada, irá configurando lo que se ha querido definir como tedio moderno. Sólo faltará que los protagonistas que encaran esta doble confrontación maduren y se constituyan en sujetos identificables que no sólo conforman visiones paralelas de una misma batalla, sino que producen dos estéticas que desde los albores de la modernidad se entrecruzan, superponen y mimetizan para enfrentarse.
Detener este rastreo histórico de algunas características que rodean el concepto de tedio moderno en el romanticismo no es gratuito. Las consecuencias de este concepto de “hábito despótico” son definitivas para comprender las ideas modernas definidas por Baudelaire y, de la misma manera, son todas las acepciones revisadas desde las épocas antiguas hasta el romanticismo a las que el poeta francés denominará tedio moderno. Este tedio es el único resultado viable de la correspondencia entre dichas connotaciones y las tensiones propias de la industrialización, el capitalismo y la secularización.