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1 (Por alus a los judíos, que no reconocen al Mesías en Jesucristo) loc verb Esperar a alguien que ya llegó.

EL PODER EN EL ENTRAMADO DE UN MITO

Acudo a Foucault, en primer término, y a su planteo de cuatro grandes ejes:

Me parece que por poder hay que comprender, primero, la multiplicidad de las relaciones de fuerza inmanentes y propias del dominio en que se ejercen, y que son constitutivas de su organización; el juego que por medio de luchas y enfrentamientos incesantes las transforma, la refuerza, las invierte; los apoyos que dichas relaciones de fuerza encuentran las unas en las otras, de modo que formen cadena o sistema, o, al contrario, los corrimientos, las contradicciones que aíslan a unas de otras; las estrategias, por último, que las tornan efectivas, y cuyo dibujo general o cristalización institucional toma forma en los aparatos estatales, en la formulación de la ley, en las hegemonías sociales. […] no debe ser buscado en la existencia primera de un punto central, en un foco único

184 de soberanía del cual irradiarían formas derivadas y descendientes; son los pedestales móviles de las relaciones de fuerzas los que sin cesar inducen, por su desigualdad, estados de poder –pero siempre locales e inestables.[…] El poder está en todas partes; no es que lo englobe todo, sino que viene de todas partes.[…] el poder no es una Institución, y no es una estructura, no es cierta potencia de la que algunos estarían dotados: es el nombre que se presta a una situación estratégica compleja en una sociedad dada (Foucault, 1995:112). Sintetizamos cuatro de las ideas principales referidas al poder y que se desprenden de la cita: 1. Se comprende como la multiplicidad de las relaciones de fuerzas inmanentes y propias del

dominio en que se ejercen.

2. No tiene una centralidad, son sus relaciones de fuerza las que por desigualdad inducen estados de poder siempre locales e inestables.

3. El poder está en todas partes.

4. Es el nombre que se presta a una situación estratégica compleja en una sociedad.

Tomaré entonces estas cuatro ideas para iniciar mis reflexiones sobre el poder en el entramado del Mito Mesiánico, lo que por correlato me llevará a hacer pié en el Mito Institucional del Líder, tal como lo postulo.

He planteado que el surgimiento de un Mesías posee tres tiempos bien demarcados:

1- Hay un tiempo primigenio en el cual el estado de cosas está signado por la crisis, la pérdida, la confusión, en síntesis, por un estado de necesidad. Este tiempo y esta necesidad instalan la espera de una llegada, de una venida. Hay una llamada que se pone en acto.

2- El segundo tiempo es el de la llegada, el Mesías aparece entre nosotros. Y toda vez que ha llegado, debe responder a la llamada, su misión ya está determinada. Esta situación implica una relación paradojal entre quienes llamaron y quien llega. El que llega debe escuchar lo que le piden, razón por la cual, el terreno de lo que debe hacer ya está delimitado por ese llamado. El Mesías (por más poderoso que parezca), no puede hacer lo que desee, debe responder a aquello para lo que fue llamado; de lo contrario, no será reconocido como el Mesías.

3- En este límite pivotea el tercer tiempo. Si el Mesías escucha el llamado, será reconocido y por lo tanto, elegido y nombrado. Este llamado, en tanto imaginario, requiere de recursos simbólicos que marquen la legalidad del Mesías; será a través de lo ceremonial de la unción que se establezca la dignidad de quien ha venido a cumplir la misión de salvarnos.

Estos tres tiempos deben ser debidamente comprendidos porque contienen una respuesta capaz de explicar el por qué, la misión salvadora de un Mesías, siempre está asociada a la restauración. La restauración es de un orden. ¿Qué orden? Pues el que se corresponde con el deseo expresado por ese llamado (aunque no se tenga la menor idea de lo que eso significa ni de qué debe hacerse). Lo central radica aquí en que este orden oculto en los pliegues del llamado, es el que establece las bases estructurales al Mesías. Para decirlo en forma coloquial, cuando el Salvador llega, su suerte está echada, porque su espacio de acción ya está marcado, determinado por lo que el llamado muestra y por lo que a su vez oculta. Las categorías de acción y estructura surgen de un llamado con estatuto imaginario y de un reconocimiento de los ropajes simbólicos que garantizan un orden. Por lo tanto, todo orden remite al universo simbólico desde el cual el sistema simbólico mismo se estructura.

Ahora bien, cabe entonces la siguiente pregunta: ¿qué es ese llamado? O para preguntarlo aun mejor: ¿qué es lo que se oculta en los pliegues de ese llamado? Queda claro que no es una estructura. Ya he formulado que participa del establecimiento de bases estructurales, pero no que lo sea. Si no alcanza el estatuto de estructura, mucho menos lo podemos pensar desde el orden de lo instituido por la sencilla razón de que ese llamado puede ser respondido o no; o, para precisar aún más esta idea, puedo considerar que se me ha respondido o que no se me ha respondido. Los personalistas de la UCR dieron por respondido su llamado (al menos durante un tiempo), mientras que los antipersonalistas consideraron a Yrigoyen como un falso apóstol. Al igual que el Mesías, de quien hemos dicho que puede ser un sujeto real o imaginario, la respuesta al llamado también puede ser de estatuto real o imaginario. Lo que cuenta, es el efecto de verdad que puede significar para los distintos grupos sociales. Entonces, ni es una estructura, ni es una institución. Para no dilatarlo más, digamos que es el poder, el que se encuentra en los pliegues de la relación entre el llamado y su respuesta. Debe quedar

185 claro que entre la significación del llamado (es decir, lo que aquellos que llaman, esperan) y la significación de la respuesta del Mesías, no hay una solución de continuidad. No existen relaciones de absoluta correspondencia, sino que se presentan relaciones de tensión. Las mismas tienen base en que el Mesías, para ser reconocido como tal, tiene que brindar algo que sea esperado, pero lo cierto es que no hay ninguna certeza de que esto vaya a ser así. Ya hemos visto que ni Jesús (de acuerdo a la historia conocida), logró satisfacer a todos.

El Mito Mesiánico se compone de una multiplicidad de relaciones de fuerza que son inmanentes del dominio en el que el Mito se celebra. El Mito existe en tanto es garante de un orden, mas este orden no debemos pensarlo como algo fijo y cristalizado, sino que se trata de un orden que surge como resultado de los equilibrios que se consolidan en el seno de las relaciones de fuerza dirimidas entre quienes llaman y quien responde. Cuando expresé que el Mesías al llegar ya tiene su suerte echada, me refería precisamente a esto. No existe una centralidad en el poder. No es el Mesías el exclusivo portador del poder. Éste está presente en función de las relaciones de fuerza de todos los actores que participan de un campo determinado. Cierto es que existen relaciones de desigualdad en dichas relaciones, y son precisamente estas desigualdades la que promueven las tensiones propias de las estrategias de poder. A lo largo de la historia de la humanidad hemos visto cientos, miles de líderes que fueron considerados los salvadores del reino, del país, del mundo; mas luego, y en cantidad proporcional a su surgimiento, hemos visto su caída y cuando no, como han sido víctimas de asesinatos. Sujetos que se consideraban todos poderosos hasta que simplemente cayeron. ¿Cómo pueden caer habiendo sido “tan poderosos”? Pues porque en algún punto comenzó a generarse una brecha entre el llamado que recibieron y la forma de responder, y cuando ese contrato básico se vuelve laxo, las situaciones viran dramáticamente. Además, cuando estas brechas comienzan a presentarse, lo que comienza a ceder es el orden mismo que el Mito representa en términos simbólicos. La confusión eterna de algunos líderes (muchos en realidad) recae en la creencia de que es posible ser un Mito en vida, ser “el Poder”. No hay relación unívoca posible entre líder y Mesías, por el simple hecho de que el Mito Mesiánico es una composición en la que subyacen las relaciones de fuerza presentes en el campo. La imposibilidad de ser “el poder” se funda en que la satisfacción de tales deseos significa un intento de negación de las fuerzas de los demás. El orden que el Mito Mesiánico aporta, es el del registro de lo simbólico, de allí que se lo conciba como un medio simbólicamente generalizado. Por eso, siguiendo a Foucault, podemos aseverar que el poder está en todas partes, ya que no es algo que dependa de un sujeto, es algo que existe en la tensión de las desigualdades presentes en una sociedad. Tales desigualdades pueden tener distintos orígenes, económicos, religiosos, étnicos, políticos, educativos, y otros. Es precisamente por el esfuerzo que la vida exige para sostenerse en campos constituidos por desigualdades, que las relaciones de fuerza se presentan. Cuando un líder (presente en algún campo social), se excede, comienzan las resistencias. En ocasiones, tales resistencias se enfrentan con notables desigualdades en los recursos, tanto es así, que al observar a quienes resisten nos encontramos con que el primer pensamiento que presentan frente a una situación de este tipo suele expresar la convicción de que no van a lograr nada. Tiempo después, los logros se vuelven parte de lo cotidiano. Los movimientos feministas, de homosexuales, de las comunidades negras, y tantos otros. ¿Cómo se puede resistir tanto tiempo y en ocasiones a tantos escarnios? Pues porque hay ordenadores simbólicos que han sido rotos previamente y sin los cuales las sociedades no pueden sostenerse en su conjunto. Es por eso que comienzan los períodos de lucha. La resistencia, ante todo, es una intervención en el orden de lo simbólico entre actores de un mismo campo que pugnan por la posesión del poder como forma de definir, de nominar una realidad. “La eficacia simbólica depende del grado en el que la visión propuesta está fundada en la realidad. […] El poder simbólico es un poder de hacer cosas con palabras. Sólo si es verdadera, es decir adecuada a las cosas, la descripción hace las cosas. En este sentido el poder simbólico es un poder de consagración o revelación, un poder de consagrar o de revelar las cosas que ya existen” (Bourdieu, 2000 :140). Esto es lo que precisamente comprendió Yrigoyen y desconoció Alem. Yrigoyen reveló lo ya existente, ocupó el rol que se le reclamaba que ocupara: el de salvador de la Patria. A estos fines, la definición por el personalismo era el medio inevitable para otorgar sentido a su obra restauradora. Yrigoyen propuso una visión moralizadora, como esquema contrario a los permanentes negociados de los gobiernos anteriores. Esa visión era su misión, por lo tanto él tenía que devenir en el guía de una cruzada político – espiritual que salvara a la Nación misma.

186 Bourdieu, buscando una respuesta al hecho de que alguien pueda ser investido de plenos poderes, menciona el misterio del ministerio:

¿Cómo el portavoz se encuentra investido del pleno poder de actuar y de hablar en nombre del grupo que produce por la magia del eslogan, la palabra de orden, el orden y por su sola existencia en tanto que encarnación del grupo? Como el rey de las sociedades arcaicas, Rex, que, según Benveniste, está encargado de regere fines y de regere sacrax, de trazar y de decir las fronteras entre los grupos y, por ahí, de hacerlas existir como tales, el jefe de un sindicato o de un partido, el funcionario o el experto investidos de una autoridad estatal, son otras tantas personificaciones de una ficción social a la cual dan existencia, en y por su ser mismo, y de la cual reciben de vuelta el poder. El portavoz es el sustituto del grupo que existe solamente a través de esta delegación y que actúa y habla a través de él. Es el grupo hecho hombre (Bourdieu, 2000 :141).

A diferencia del alemismo, cuya aspiración se parecía mucho más a lo que hoy entendemos como una democracia pluralista de partidos, en el movimiento yrigoyenista, causa, pueblo, Nación y poder público, son una unidad subsumida en una sola persona; podríamos decir, encarnada en un solo individuo. Sin embargo este individuo, como es de imaginarse, no puede ser cualquier individuo, debe ser alguien que admita ser visualizado como el líder de esta religión cívica, es decir, como su apóstol. Un tema que nos permite revelar la profundidad del orden simbólico que el Mito Mesiánico habilita, es la forma en que desde la misma UCR se pretendió resistir. Sus detractores plantearon siempre que Yrigoyen era un “falso apóstol”, que engañaba al pueblo. Al hacerlo, ellos mismos le brindaban mayor poder, simplemente, porque al hacerlo, lo que se sancionaba era que efectivamente debía existir un apóstol; solo que Yrigoyen no lo era. De esta manera se continuaba fortaleciendo el mito de base, pues el lenguaje político del radicalismo (tanto para antipersonalistas como personalistas) se ordenaba desde el mismo eje semántico. De hecho, esta incapacidad terminó en el primer golpe al orden constitucional de nuestra historia. Esto nos demuestra que la confrontación estaba definida en un campo que establecía un espacio social común, y que la lucha se llevó adelante apelando a un mismo capital simbólico, a la vez que todos los contendientes de la disputa compartían una misma representación sobre la misión de la UCR, la que involucraba la salvación de la Patria y el rol apostólico de la UCR en dicha empresa. Regresando a la lógica de los tres tiempos del Mito Mesiánico, podemos afirmar que existía un acuerdo generalizado en que la patria generaba un llamado, pedía la salvación, existía acuerdo en que la misión histórica de la UCR era la de responder a ese llamado, de allí su misión apostólica (en la cual tanto Alem como Yrigoyen creían). Finalmente, el punto central de la disputa fue el esquema de valores sobre el que tenía que descansar la ejecución de esta misión. ¿Sería desde el personalismo o desde el antipersonalismo? Esto llevó al establecimiento del conflicto central entre sus dos “grandes hombres”. Cabe entonces una reflexión: tal misión, no era posible que fuera llevada adelante por un líder como Alem quien, como ya expresé, no terminó de asumir el rol que se le demandaba. Y la asunción de este rol era fundamental, ya que tenía que ver con el establecimiento del orden simbólico requerido. ¿Si no hay alguien que acepte el rol del Mesías salvador, cómo sigue la historia? Lo que Yrigoyen llevó adelante, fue lo que ya estaba allí. Una sociedad en la que, al menos en amplios sectores, realmente existía la creencia de que alguien podía salvarlos de la política de los negociados, y según ellos, de la caída de un país.

No deja de ser interesante, aunque un tanto dramático, que la historia argentina haya estado signada por estas formas en el ejercicio del poder, y no creo cometer un exceso en mi tesis, si planteo que el bicentenario de la República, aún nos encuentra con amplios sectores que están a la espera de alguien que pueda “arreglar las cosas”, es decir, “que nos salve”.

Hemos visto que el Mito Mesiánico devino, en el mundo de las organizaciones modernas, en el Mito Institucional del Líder. Este mito hace a los procesos de institucionalización y por ende de estructuración de las organizaciones sociales. De allí que esta forma de comprender el poder en los pliegues, en el entramado del Mito, alcanza su poder explicativo desde el orden simbólico que aporta a las relaciones humanas. Cabe en este capítulo una observación final. Anteriormente planteamos que esta forma de concebir las organizaciones posee, en la identificación, el proceso psicológico central de su composición. Esto es coherente en función de lo que se viene expresando, ya que en los procesos identificatorios, “cada individuo tiene una doble ligazón libidinosa: con el conductor […] y con los

187 otros individuos de la masa” (Freud, 1992:91). Esto es lo que permite que -a decir de Bourdieu- el portavoz sea el grupo hecho hombre. Y ciertamente, este es el proceso psicológico fundamental que habilita la constitución de esa ilusión, la de que hay un Jefe.

En la Parte final de esta tesis, dedicada a la crisis del liderazgo, revisaré esto a partir de la formulación de una pregunta que anticipo aquí: ¿la identificación, se sostiene aún como el proceso psicológico fundamental?

CAPITULO 2

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