• No se han encontrado resultados

EL PODER DE LA MÚSICA

Bomba se sorprendió tanto al ver al jaguar que estuvo completamente inmóvil durante un momento.

Aun tenía la armónica entre los labios, la súbita exclamación que la sorpresa arrancó de sus labios se tornó en una nota musical extraña y disonante.

El lamento produjo un efecto extraño en la bestia. Ésta se había acurrucado como para saltar, pero de pronto se contuvo. Jamás había visto a un ser humano con una boca tan brillante ni había oído un sonido así. Las bestias de la selva son criaturas apegadas a las costumbres, y todo lo nuevo les resultaba desconcertante.

Bomba notó de inmediato el efecto producido por la música y se aprovechó de la ventaja obtenida. Comprendió que la fiera estaba confundida y un tanto azorada. Si era posible trataría de evitar una lucha con ella en circunstancia tan poco ventajosa para él.

Así, pues, mientras su mano derecha se deslizaba lentamente hacia el revólver que tenía en la cintura, mantuvo el instrumento sobre sus labios y continuó ejecutando un aire compuesto de una serie de notas disonantes.

Se relajó la actitud amenazante del jaguar y el animal se sentó en el suelo, fijando sus ojos verdosos en el muchacho, quien a su vez lo miraba con igual intensidad.

Bomba era presa de gran nerviosidad, mas no lo demostró en su actitud. Todo dependía de que no perdiera el valor. Evidentemente, la bestia no sabía qué hacer.

Mientras continuaba tocando la armónica, recordó el muchacho un cuento que le relatara Casson en un momento de expansión. Se refería a los encantadores de serpientes de un país lejano cuyo nombre no recordaba Bomba. Casson había dicho que cuando esos hombres ejecutan una melodía, con un instrumento musical, conseguían que las serpientes más feroces y ponzoñosas se convirtieran en animales tan inofensivos como conejos, dejándose manejar al antojo del encantador.

Claro está que un jaguar no era una serpiente, ¿pero no se aplicaría a ellos la misma regla? Ya notaba que había conseguido contener a la bestia. ¿Duraría mucho la ventaja que tenía sobre ella?

De cualquier modo, tenía su machete y su revólver para defenderse. El muchacho continuó tocando. No sabía cuánto tiempo podría continuar así, pero le era necesario seguir.

Un detalle notó enseguida. Cuando tocaba con suavidad, el jaguar daba muestras de placer. Sus músculos parecían relajarse, y de no haber sido por la música, Bomba estaba seguro de que lo habría oído ronronear.

Pero cuando las notas eran más ásperas y sonoras, la bestia se movía inquieta y gemía lastimeramente, sacudiendo la cabeza como para no oír el sonido que le molestaba.

Bomba no supo cómo interpretar esa actitud del animal. ¿Despertarían las notas más altas su furia y lo obligarían a atacar? ¿O le molestarían tanto que tendría que alejarse?

Con la esperanza de que el efecto fuera este último, sopló con todas sus fuerzas. Era necesario arriesgarse para terminar con esa situación.

El resultado no se hizo esperar. La mirada que apareció en los ojos del jaguar no fue de rabia, sino de confusión y dolor. Se levantó enseguida, miró a su alrededor con incertidumbre y luego volvió grupas para perderse en la espesura.

Bomba continuó tocando hasta que estuvo seguro de que la bestia se había alejado para no volver. Luego, reaccionando de la tensión nerviosa sufrida, se tendió en el suelo, débil y tembloroso.

Al alivio que sentía se agregaba su gratitud hacia los hombres blancos. Sus regalos le habían salvado la vida dos veces. ¿Habría algún límite para su magia?

Ignoraba que los mismos blancos se habrían asombrado si hubieran conocido la aplicación que acababa de dar a la armónica. Lo único que el muchacho tenía en cuenta era el resultado. Se trataba de otro eslabón que lo unía a los hombres de su raza.

Un chillido procedente de lo alto lo sacó de su ensimismamiento, y al levantar la vista vio la cara de Doto, el que había desaparecido con la celeridad del rayo al presentarse el jaguar.

Con una sonrisa traviesa, Bomba ejecutó algunas notas. De nuevo se echó hacia atrás el mono, aunque no con tanta alarma como antes.

Cuando la cara de Doto volvió a aparecer por entre las ramas, Bomba logró atraerlo cada vez más hasta que el animal se dejó caer del árbol y se puso de cuclillas al lado de su amigo.

Animados por esa demostración de valor, los otros comenzaron a regresar, mirando primero con gran atención y desde lejos, pero acercándose cada vez más a medida que la curiosidad los impulsaba a hacerlo.

Al fin, cuando los tuvo a todos a su alrededor y Woowoo y Kiki estuvieron de nuevo sobre sus hombros, Bomba pasó el instrumento a Doto.

El mono lo tomó con cierta vacilación, retirando las manos varias veces antes de que al fin sus dedos se apoderaran del extraño juguete. La nerviosa charla de los monos se mezcló con los chillidos de los loros, los cuales tendieron sus alas multicolores sobre la cabeza del muchacho.

Doto contempló el extraño objeto con gran concentración.

No estaba seguro de que le gustara, y Bomba tardó bastante en persuadirlo de que se lo llevara a la boca. Luego, soplando varias veces, consiguió hacer comprender al mono lo que debía hacer.

Un chillido horrible salió de la armónica. Doto la dejó caer al suelo como si fuera un hierro candente y huyó amedrentado hacia el árbol más cercano.

Lo siguieron algunos de los monos más tímidos, pero la mayoría se quedó junto a Bomba. Un monito joven, más audaz que sus hermanos, levantó el instrumento.

De inmediato descendió Doto del árbol, protestando acerbamente. Dio varios tirones de orejas al atrevido monito y le quitó el instrumento de un manotón entregándolo de inmediato a su dueño.

El muchacho sonrió alegremente al tomar la armónica. Doto no la quería, pero deseaba asegurarse de que ningún otro mono se apoderara de ella.

Era muy agradable hallarse en la selva con los amigos. Bomba hubiera querido quedarse más tiempo con ellos, pero tenía mucho que hacer y no era conveniente que dejara solo a Casson demasiado tiempo.

Así, pues, se despidió de sus amigos, aunque éstos le imploraron que se quedara y partió en dirección al ygapo.

No se había alejado mucho cuando oyó una algarabía terrible entre los árboles y se dio cuenta de que ocurría algo desusado.

Asiéndose de una rama baja, trepó a uno de los árboles cercanos.

Los chillidos aumentaron de volumen, y a través del follaje pudo ver Bomba que se acercaba la numerosa tribu de los monos. Saltaban velozmente de rama en rama, aullando de ira y terror.

CAPÍTULO 14