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Sobre política, gobierno y pacifismo

In document Mis Ideas y Opiniones - Einstein, Albert (página 90-172)

Escrito poco después de la Primera Guerra Mundial. Publicado en Mein

Weltbild, Amsterdam: Querido Verlag, 1934.

En una reunión de la Academia durante la guerra, en una época en la que el nacionalismo y el fanatismo político habían alcanzado su apogeo, Emil Fischer pronunció las siguientes palabras: «Es inútil, caballeros, la ciencia es y sigue siendo internacional». Los científicos de verdadera talla siempre lo han sabido y han creído en ello apasio- nadamente, aun cuando en épocas de conflicto político puedan ha- ber quedado aislados entre sus colegas de menos altura. Durante la guerra, en todos los bandos, este grupo de ciudadanos traicio- nó su sagrada misión. La Asociación Internacional de Academias se desmoronó. Se celebraron congresos, aún siguen celebrándose, de los que se excluyó y excluye a los colegas de países antaño enemigos. Consideraciones políticas, expuestas con gran solemnidad, impiden el triunfo de las formas de pensamiento puramente objetivas, sin las cuales se verán inevitablemente frustrados nuestros objetivos.

¿Qué puede hacer la gente bien intencionada, los que son inmu- nes a las tentaciones pasionales del momento, para reparar el daño? Con la mayoría de los científicos en plena efervescencia emocional, aún no pueden celebrarse congresos verdaderamente internaciona- les a gran escala. Los obstáculos psicológicos que impiden la res- tauración de las asociaciones internacionales de trabajadores cien- tíficos, son aún demasiado formidables para que pueda superarlos

esa minoría cuyas ideas y sentimientos son de carácter más amplio. Hombres de este tipo suelen ayudar en la gran tarea de reconstruir las sociedades internacionales y de devolverles la salud mantenien- do estrecho contacto con los individuos de ideas similares de todo el mundo y defendiendo con firmeza la causa internacional en sus propias esferas. El éxito a gran escala tardará tiempo en llegar, pero llegará, de eso no hay duda. No quiero desaprovechar la ocasión de rendir homenaje, en particular, al gran número de colegas ingleses cuyo deseo de conservar los vínculos fraternales entre científicos ha seguido vivo durante todos estos difíciles años.

La actitud de los individuos es siempre mejor que las declaracio- nes oficiales. Los hombres de buena voluntad han de tenerlo en cuenta para no desanimarse. Recuérdese aquello de: Senatores boni viri, senatus autem bestia.

Si tengo tantas esperanzas puestas en el futuro de una organiza- ción internacional, tal sentimiento no se basa tanto en la confian- za que me inspiran la inteligencia y las elevadas miras del hombre, como en la presión imperativa de los acontecimientos económicos. Y puesto que estos son fruto en parte del trabajo de los científicos más retrógrados, también ellos ayudarán a crear, sin quererlo, la or- ganización internacional de la ciencia.

Una despedida

Carta escrita por Einstein en 1923, cuando dimitió del Comité de Coope- ración Intelectual de la Sociedad de Naciones. Albert Dufour-Feronce, por entonces alto funcionario del ministerio de asuntos exteriores alemán, se- ría posteriormente primer subsecretario alemán en la Sociedad de Nacio- nes. En 1924, Einstein, para contrarrestar el uso interesado que los nacio- nalistas alemanes habían hecho de su decisión anterior de dimitir, volvió a ingresar en el Comité de Cooperación Intelectual. Publicado en Mein Welt-

bild, Amsterdam: Querido Verlag, 1934.

Al representante alemán en la Sociedad de Naciones Distinguido señor Dufour-Feronce:

No puedo dejar de contestar a su amable carta, pues de no hacerlo podría usted interpretar erróneamente mi actitud. El motivo por

el que decidí no volver a Ginebra es el siguiente: la experiencia me ha enseñado, por desgracia, que la Comisión, en su conjunto, no se propone seriamente ningún objetivo concreto en la tarea de mejorar las relaciones internacionales. Me parece más que nada una encar- nación del principio ut aliquid fieri oideatur. La Comisión me parece peor incluso, en este sentido, que la propia Sociedad de Naciones.

Fue precisamente porque deseo trabajar con todas mis fuerzas en la creación de una organización supranacional capaz de regular y arbitrar asuntos internacionales, y por serme tan caro ese objetivo, por lo que me vi obligado a abandonar la Comisión.

La Comisión ha dado su apoyo a la opresión de las minorías cul- turales de todos los países, haciendo que se organizase en cada uno de ellos una Comisión Nacional, como su canal único de comunica- ción con los intelectuales del país. Ha abandonado, en consecuen- cia, deliberadamente, la tarea de prestar apoyo moral a las minorías nacionales en su lucha contra la opresión cultural.

Además, la actitud de la Comisión en la lucha contra las tenden- cias chauvinistas y militaristas que impregnan la educación en diver- sos países ha sido tan tibia que no puede esperarse de ella ningún resultado apreciable en esta importantísima cuestión.

La Comisión se ha abstenido siempre de dar apoyo moral a quie- nes se han lanzado sin reservas a trabajar por un orden internacio- nal radicalmente nuevo y contra todo sistema militar.

La Comisión nunca ha hecho tentativa alguna de oponerse al nombramiento de miembros con opiniones contrarias a las que, en cumplimiento de sus obligaciones, deberían defender.

No quiero aburrirlo con más razones, pues considero que con estas breves aclaraciones comprenderá usted ya de sobra los motivos de mi resolución. No es cosa mía redactar un pliego de cargos; sólo pretendo explicar mi postura. Puede usted estar seguro de que si al- bergase aún alguna esperanza, actuaría de otro modo.

El Instituto para la Cooperación Intelectual

Escrito probablemente en 1926 con motivo de la inauguración en Pa- rís del Instituto para la Cooperación Intelectual. A este le sucedió la UNESCO en 1945. Publicado en Mein Weltbild, Amsterdam: Querido Ver- lag, 1934.

Los políticos europeos más destacados han sacado este año por pri- mera vez las lógicas conclusiones, tras comprender que nuestro con- tinente sólo puede recuperar su prosperidad si cesa la lucha latente entre las naciones. Hay que fortalecer la organización política de Europa, acabando poco a poco con las barreras aduaneras. Este gran objetivo no puede lograrse sólo con tratados entre países. Ante todo hay que preparar la mentalidad de la gente. Hemos de procu- rar despertar poco a poco un sentimiento de solidaridad que no se detenga, como hasta ahora, en las fronteras. Fue con este propósito con el que la Sociedad de Naciones creó la Commission de Coopération Intellectuelle.Esta organización debía ser un organismo estrictamen- te internacional y sin ningún contenido político, encargado de po- ner en contacto a los intelectuales de todas las naciones, aislados por la guerra. La tarea resultó difícil; he de admitir, desgraciadamente, que (al menos en los países que yo conozco mejor) los artistas e in- telectuales se dejan arrastrar por pasiones nacionalistas mucho más que los hombres de negocios.

Esta Comisión se ha reunido hasta ahora dos veces por año. Para dar mayor eficacia a su labor, el gobierno francés ha decidido fun- dar un Instituto para la Cooperación Intelectual permanente, que acaba de inaugurarse. Es un acto generoso del gobierno francés y merece, por ello, el agradecimiento de todos.

Es una tarea cómoda y grata alegrarse y alabar y no decir nada sobre lo que uno lamenta o desaprueba. Pero sólo la sinceridad pue- de hacer que nuestra tarea progrese y, en consecuencia, quiero aña- dir a mi felicitación una crítica:

He tenido a diario ocasión de observar que el mayor obstáculo que ha de afrontar nuestra Comisión en su tarea es la falta de con- fianza en su imparcialidad política. Hemos de hacer todo lo posible por fortalecer esta confianza y evitar todo lo que pueda dañarla.

En consecuencia, si el gobierno francés crea y sostiene, en París, un instituto con fondos públicos como órgano permanente de la Co- misión, con un francés como director, lo natural es que se piense que predomina en la Comisión la influencia francesa. Esta impre- sión se ve fortalecida aún más por el hecho de que hasta ahora el presidente de la propia Comisión ha sido también un francés. Aun- que se trata de hombres del mayor prestigio, respetados y estimados en todas partes, la impresión persiste.

Dixi et salvavi animam meam. Deseo de todo corazón que el nuevo Instituto, en coordinación constante con la Comisión, logre alcan-

zar sus fines comunes y granjearse la confianza y el reconocimiento de los intelectuales de todo el mundo.

Reflexiones sobre la crisis de la economía mundial

Einstein escribió este artículo, y los dos siguientes, durante la crisis eco- nómica mundial de los años treinta. Aunque las condiciones actuales no son las mismas y algunas de las soluciones propuestas han sido utilizadas por varios países, creemos que deben incluirse estos artículos. Publicado en

Mein Weltbild, Amsterdam: Querido Verlag, 1934.

Si hay algo que pueda dar a un lego en el campo de la economía valor para emitir una opinión sobre el carácter de las alarmantes dificultades económicas del presente, es la descorazonadora confu- sión de opiniones que reina entre los expertos. Lo que yo diré no es nuevo, y no pretende ser más que la opinión de un hombre honra- do e independiente que, sin el peso de prejuicios de nacionalidad o clase, sólo desea el bien de la humanidad y un marco lo más armo- nioso posible para la vida humana. Si en lo que sigue escribo como si estuviera seguro de la verdad de lo que digo, se debe únicamente al deseo de expresar las cosas del modo más simple. No se debe a una confianza injustificada en las propias opiniones ni a una fe en la infalibilidad de mi visión intelectual, un tanto simple, de problemas que son, en realidad, excepcionalmente complejos.

Esta crisis, tal como yo lo veo, tiene un carácter distinto a las crisis anteriores, por basarse en una serie de condiciones totalmen- te nuevas, nacidas del rápido progreso de los métodos de produc- ción. Actualmente sólo se necesita una fracción del trabajo humano disponible en el mundo para la producción del volumen total de bienes de consumo necesarios para la vida. Este hecho, en un siste- ma económico de laisez-faire absoluto, tiene que generar paro.

Por razones que no me propongo analizar aquí, la mayoría de los seres humanos se ven obligados a trabajar a cambio del mínimo necesario para cubrir sus necesidades básicas. Si dos fábricas produ- cen el mismo tipo de artículos, manteniendo igual todo lo demás, producirá más barato la que emplee menos trabajadores..., es decir, la que haga trabajar al obrero al máximo de su capacidad. De esto se deduce inevitablemente que, con métodos de producción como los

actuales, sólo puede utilizarse una porción del trabajo disponible. Por una parte, se impone a esta porción de trabajadores un régimen de trabajo muy duro, mientras se excluye automáticamente a los de- más del proceso de producción. Esto lleva a un descenso de las ven- tas y de los beneficios. Los negocios se hunden, lo cual aumenta aún más el paro, disminuye la confianza en las actividades industriales y bancarias y, por último, los bancos deben suspender pagos por la brusca retirada de los depósitos, con lo que los engranajes de la in- dustria se paralizan por completo.

La crisis se ha atribuido también a otras causas que considerare- mos a continuación.

Superproducción. Hemos de distinguir aquí entre dos cosas: su - perproducción real y superproducción aparente. Bajo el primer con- cepto entiendo una producción tan grande que excede a la demanda. Esto quizá pueda aplicarse en este momento a los vehículos de motor y al trigo en Estados Unidos, aunque hasta eso es dudoso. Por «super- producción» suele entender la gente una situación en la que se pro- duce más cantidad de un artículo concreto de lo que puede venderse, dadas las circunstancias, pese a la escasez de bienes de consumo entre los consumidores. Yo a esto le llamo superproducción aparente. En este caso, no es que no haya demanda, sino que el consumidor carece de poder adquisitivo. Esta superproducción aparente no es sino otro modo de designar una crisis y, por tanto, no puede servir para expli- carla; en consecuencia, quienes intentan responsabilizar de la pre- sente crisis a la superproducción, no hacen sino jugar con las palabras.

Indemnizaciones. La obligación de pagar indemnizaciones de guerra es un peso agobiante para las naciones deudoras y para sus economías. Las obliga a vender al exterior a bajo precio, con lo cual salen también perjudicadas las naciones acreedoras. Pero la llegada de la crisis a Estados Unidos, a pesar de sus elevados aran- celes, demuestra que no puede ser esta la causa principal de la cri- sis mundial. La escasez de oro en los países deudores, debido a las indemnizaciones por la guerra, puede servir en todo caso de argu- mento para poner fin a estos pagos; pero no nos proporciona una explicación de la crisis mundial.

Creación de nuevos aranceles. Aumento del gravamen impro- ductivo de la fabricación de armamento. Inseguridad política de- bida al peligro latente de guerra. Todas estas cosas empeoran con- siderablemente la situación en Europa sin afectar en realidad a Nor-

teamérica. La aparición de la crisis en Norteamérica muestra que es- tas no pueden ser sus causas principales.

La decadencia de las dos potencias, China y Rusia. Tampoco su impacto sobre el comercio mundial se ha hecho sentir con dema- siada intensidad en Norteamérica y, por tanto, no puede ser la causa principal de la crisis.

El ascenso económico de las clases bajas a partir de la guerra. Esto, suponiendo que fuese verdad, sólo acarrearía una escasez de bienes, no un exceso de producción.

No cansaré al lector enumerando más razones que no explican la crisis. Estoy seguro de una cosa: este mismo progreso técnico que debía aliviar al género humano de gran parte del trabajo necesario para su subsistencia, es la causa principal de nuestras desgracias ac- tuales. Por eso hay individuos que estarían dispuestos a prohibir, con toda seriedad, la introducción de mejoras técnicas. Esto, evidente- mente, es absurdo. Pero ¿cómo dar con un medio más racional de resolver nuestro dilema?

Si pudiésemos lograr de algún modo que el poder adquisitivo de las masas, medido en términos reales, no descendiese por debajo de un mínimo determinado, serían imposibles paralizaciones del ciclo industrial como las que hoy estamos padeciendo.

El método lógicamente más simple, aunque también más audaz, de lograrlo, es adoptar una economía totalmente planificada en la que sea la comunidad quien distribuya y produzca los bienes de con- sumo. Esto es básicamente lo que se está intentando hoy en Rusia. Sólo el tiempo revelará el resultado de esta experiencia. Aventurar una profecía sería una presunción. ¿Pueden producirse con ese sis- tema bienes tan económicamente como el que deja más libertad a la iniciativa individual? ¿Puede este sistema mantenerse sin el terror que lo ha acompañado hasta ahora, al que ninguno de nosotros, los occidentales, desearíamos exponernos? ¿No tenderá una economía tan centralizada y rígida como esta al proteccionismo y se opondrá a innovaciones ventajosas? Debemos procurar, sin embargo, que estos recelos no nos impidan un juicio objetivo.

Mi opinión personal es que a tales métodos son, en general, pre- feribles los que respetan las tradiciones y costumbres. Y no creo tam- poco que un súbito control de la economía por parte del Gobierno sea beneficioso para la producción. Debería dejarse a la libre inicia-

tiva su esfera de actividad, en tanto no la haya eliminado la propia industria mediante el artificio de la cartelización.

Hay, sin embargo, dos aspectos en los que debería limitarse esta libertad económica. Debería reducirse por ley el número de horas de trabajo semanales en todos los ramos de la industria hasta acabar por completo con el paro. Deberían fijarse al mismo tiempo salarios mínimos, de modo que el poder adquisitivo de los trabajadores se correspondiera con la producción.

Además, en las industrias monopolistas el Estado debería contro- lar los precios para que una acumulación excesiva del capital no es- trangulara de forma artificial la producción y el consumo,

De este modo, quizá fuese posible alcanzar un equilibrio justo entre producción y consumo, sin limitar en exceso la libre iniciativa y poniendo coto, al mismo tiempo, al despotismo intolerable a que los propietarios de los medios de producción (tierra y maquinaria) someten a los asalariados, en el sentido más amplio del término. Producción y poder adquisitivo

Publicado en Mein Weltbild, Amsterdam: Querido Verlag, 1934.

No creo que la solución de nuestros problemas actuales estribe en conocer la capacidad productiva y de consumo de un país, por- que este conocimiento lo más probable es que, en lo esencial, lle- gue demasiado tarde. Por otra parte, no creo que el problema de Alemania sea la hipertrofia del sistema de producción, sino la falta de poder adquisitivo de gran parte de la población, que se ha visto marginada del proceso productivo por la reorganización racional de la industria.

Yo creo que el patrón oro tiene el grave inconveniente de que una escasez en el suministro del metal produce automáticamente una contracción del crédito y también del volumen de efectivo en circulación, contracción a la que precios y salarios no pueden ajus- tarse con la suficiente rapidez.

Las soluciones naturales a nuestros problemas son, a mi juicio, las siguientes:

1) Una reducción obligatoria de las horas de trabajo, graduada en cada sector de la industria, para erradicar el paro, junto con la

introducción de un salario mínimo a fin de equiparar el poder ad- quisitivo de las masas a la cuantía de bienes disponibles.

2) Control del volumen de dinero en circulación y del volumen de crédito, de modo que los precios permanezcan estables, abolien- do todo patrón monetario.

3) Limitación obligatoria de los precios de los artículos que han quedado prácticamente al margen de la libre competencia por la formación de monopolios o cárteles.

Producción y trabajo

Respuesta a un informe. Publicado en Mein Weltbild, Amsterdam: Querido Verlag, 1934.

El problema fundamental es, a mi juicio, la libertad casi ilimitada del mercado de trabajo junto al extraordinario progreso de los métodos de producción. No se precisa todo el trabajo disponible para satisfa- cer las necesidades del mundo actual. El resultado es el paro y una perniciosa competencia entre los trabajadores, cosas ambas que re- ducen el poder adquisitivo y desorganizan, en consecuencia, todo el sistema económico.

Sé que los economistas liberales sostienen que todo ahorro de trabajo viene compensado por un aumento de la demanda. Yo no lo creo. Pero aunque así fuese, los factores mencionados operarían siempre forzando el nivel de vida de una gran parte del género hu- mano a un descenso antinatural.

Comparto también vuestra convicción de que es necesario tomar medidas que hagan posible y necesario que los jóvenes participen en el proceso productivo. Además, las personas de edad avanzada deberían quedar excluidas de ciertos tipos de trabajo (el que yo lla- mo trabajo «no cualificado», recibiendo a cambio una pensión, por

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