III. Antíoco III
4. Política occidental de Antíoco III tras el fin de la Anábasis
Anábasis
El retorno del m onarc a seleúcida a Occidente, una vez finalizada la gran expedición irania, coincide con dos importantes hechos históricos: uno el comienzo, o mejor, la clara manifes tación de las aspiraciones egeas de Filipo V; otro, el ca m bio dinástico acaecido en Egipto, que llevó al trono de los Lágidas a un niño de 6 años —Ptolom eo V— con la particulari dad, además, de hallarse el país en medio de una grave crisis económica y política que le im po sib ilita b a la prosecución de sus actividades fuera de su propio ámbito territorial.
Este marco internacional favorecía en parte las aspiraciones program áti cas de Antíoco, tendentes a recon quistar para su Imperio cuantos terri torios h abían estado en posesión de sus antepasados seleúcidas. En todo caso, antes de proseguir estos planes, el m onarca modificó algunos aspec tos relativos a política interior. Así, em prendió una reestructuración a d m inistrativa, d e stin a d a a ap lica r a todo el ámbito territorial el modelo aplicado en Asia Menor, es decir, la supresión de las satrapías y su susti tución por provincias, unidades más pequeñas y susceptibles, p or ello, de un mayor control por parte de los go bernadores, o estrategas, en cuyas ma nos se concentraban poderes milita res y civiles. La finalidad especial mente militar de tal reforma —se tra taría de tener un control más efectivo sobre los distritos donde se efectúa-
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b an levas de soldados— es subrayada por Bengston (Str. II, p. 143 ss.).
Dentro de este co njunto de m edi das de carácter centralizador se inser ta otra de finalidad similar, a u n q u e desconocemos su cronología exacta: la institución por vez prim era de un culto real oficial, es decir, de u n culto de Estado impuesto en la totalidad del Imperio. N o se trataba estricta mente de una novedad, pues el m o narca era objeto de culto por parte de aquellas com unidades que v o lunta riamente querían atribuírselo. Ahora, sin embargo, se organizaba e im po nía a todos desde la m ism a cúpula del Estado, (cfr. E. Bickerman, Institu tions des Seleucides, p. 247 ss.)
a) Acuerdo con Filipo V
La conjunción de los dos factores a n tes señalados dictó que Antíoco III, ah o ra fortalecido, decidiera a p o d e rarse de las posesiones lágidas situa das en ámbito seleúcida o en zonas de interés. Hay que señalar además, que la manifiesta debilidad de Egipto había determ inado el pago v o lunta rio de algunos de sus enclaves en Anatolia a ponerse bajo autoridad se leúcida. El caso más conocido es el de la caria Am izón (Welles, RC, n° 38).
Mayor alcance, a nivel teórico al menos, tenía el pacto concluido entre Filipo V y Antíoco III sobre el reparto del Imperio Lágida. Sus cláusulas no nos son conocidas exactamente por la pérdida del texto polibiano alusivo a ellas, pero al parecer y según una noticia escueta del mismo historiador griego, Filipo se apoderaría de Egip to, Caria y Samos, mientras Antíoco lo haría de Celesiria y Fenicia (Pol. III 2.8). Sin em bargo A piano ofrece una versión algo distinta (Mac. 4.1), pues habla del apoyo prom etido por F ilip o al m o n a r c a se le ú c id a p a ra apoderarse de Egipto y Chipre, m ien tras éste actuaría de m anera sim ilar con el rey m acedonio en relación con Cirenc, las Cíclades y Jonia.
Que esto sucediera en efecto así, bien fuera de u n a u otra m anera, es difícil decirlo (era un tratado secreto), pero es cierto en todo caso que algo h ub o y el convencim iento absoluto de ello por parte de Polibio así lo de muestra. Quizá, tan sólo se especifi cara la delimitación de las zonas de influencia respectivas, com p re n d ien do en ellas los antiguos dom inios lá gidas: Antíoco h abría dejado Caria a Filipo para poder lanzarse con tra n quilidad a la conquista definitiva de Celesiria.
b) 5a guerra siria (202-200)
El nuevo conflicto con Egipto tenía como objetivo la Celesiria. El ejército seleúcida parece h a b e r ocupado con facilidad todo el territorio, excepto G a z a que resistió defendida por el etolio Escopas, a cuyo cargo estaba la defensa de toda la zona. La contra o fensiva de éste, sin embargo, no obtu vo ningún éxito pues finalmente ven cido en Panion. Esta victoria, acaecida el año 200, significó la pérdida defini tiva de dicho territorio para los Lági das, anexionado así al Imperio Seleú cida com o provincia de Celesiria y Fenicia.
Se produjo entonces el envío a A n tíoco de una em baja da rom ana para mediar entre ambos monarcas en con flicto y cuyo objetivo aparente era o b tener del seleúcida el com prom iso de respetar Egipto. E n profundidad, sin embargo, se pretendía evitar por p a r te de Rom a la alianza de éste con F i lipo V en caso de producirse un c o n flicto, ya entonces previsible.
Conviene señalar en este p unto que m ien tras se d e sa rro lla b a la guerra por la posesión de Celesiria, Filipo V desplegaba una gran actividad en el Egeo y costa anatólica. La peligrosi d ad que éstas encerraban motivó la formación de un frente contra él en el que participaron los estados afecta dos, Rodas y Pérgamo más Quíos, Bi- zancio y Cícico. A unque las acciones
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de Filipo no podían en absoluto ser bien vistas p or Antíoco, éste no inter vino, lo cual puede avalar indirecta mente la existencia de un convenio entre ambos, si bien Filipo tampoco encontró el apoyo esperado cuando el ejército m acedonio tuvo dificulta des de avituallamiento.
c) Antíoco 111 en Anatolia
El estallido de la segunda guerra de
realizadas las c a m p a ñ a s previas e n cargadas a Zeuxis, su gobernador en Asia Menor. Las operaciones de A n tíoco se centraron en el litoral, dado que el objetivo a conseguir no era otro que recuperar las salidas al m ar de que otrora h a b ía n dispuesto los Seleúcidas (para m ayor detalle remi timos al capítulo dedicado a Asia M e nor). La serie de éxitos alcanzados por el m onarca desencadenó, sin e m bargo, que E sm irna y Lampsaco, te-
Cabeza de Eutidemo I moneda. Boston, l\
M acedonia impidió a Filipo V conti n u ar con sus proyectos expansionis- tas en el Egeo y Asia Menor, pues se vio forzado a emplear todos sus recur sos en la resolución de este conflicto. La o p ortunidad que la fortuna b rin dó a Antíoco fue aprovechada de m a nera inmediata por éste, una vez cum plido su propósito de re co n q u ista r Celesiria.
La intervención personal del rey no se produjo hasta el año 197 u n a vez
de Bactria sobre una
iseum of Fine Arts.
merosas de perder su independencia, le opusieran resistencia y acudieran a R om a en d em a n d a de apoyo.
d) Antíoco y Roma desde 196:
guerra entre am bas potencias
La contraposición de intereses' exis tente entre Rom a y el Imperio Seleú cida encabezado p o r Antíoco III, en torno a los cuales girab a n adem ás otras potencias con am biciones pro-
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pias, abocó finalm ente al en fren ta miento directo entre las dos primeras. Las circunstancias que confluyeron en la gestación del conflicto no va mos a exponerlas aquí puesto que es tán analizadas en el capítúlo c o n sa grado a Asia Menor, al cual remitimos al lector u n a vez más.
U na vez planteada la guerra, A n tíoco tuvo en Grecia de su parte a los etolios, m ientras R om a conservaba la alianza de la C onfederación aquea y de Filipo V. Tuvo dos fases, u n a en Europa otra en Asia. La prim era ac a bó en la desbandada del ejército etolio- seleúcida, acaecida en las Termopilas en el 191, tras la cual el rey se retiró a Asia, m ientras la resistencia de los etolios y otros pueblos com prom eti dos con él era sofocada por los ro m a nos. La segunda culm inó en la b a ta lla librada en M agnesia del Sípilo a com ienzos del 189, d on d e Antíoco su frió un total descalabro frente al ejér cito c o m a n d a d o p o r C n. D o m itio A henobarbo, tras la cual aquél se re tiró al interior de su imperio (para los detalles cfr. capítulo Asia Menor).
e) La paz de Apam ea (188)
Las cláusulas del tratado de paz im puestas por Rom a a Antíoco, conoci das en detalle gracias a Polibio (XXI, 24, 1-2) y A piano (Syr. 39) fueron d u ras. La frontera del Imperio Seleúci da se situaba hacia el Este, en el Tau ro y el río Halis, lo que im ponía la retirada de guarniciones de los terri torios a evacuar. Asimismo, le fueron limitados los efectivos relativos a la posesión de elefantes y unidades de m arina , la cual no podía actuar al Oeste de la desem bocadura del Cali- cadno (nada se dice del ejército de tierra lo cual indica su falta de lim ita ción numérica, si bien le afectaría la im posibilidad de actuación más allá de la línea establecida), Antíoco III debía entregar adem ás u n a serie de rehenes en su poder, así como hacer entrega a Roma de destacadas perso
nalidades antirrom anas.
Desde el punto de vista económico, se le im ponía u n a cuantiosa in d em nización de guerra, 15.000 talentos y la obligación de proveer al avitualla miento del ejército rom ano de Asia Menor. Aparte, se com prom etía a li b e ra r de tasas las m ercancías que, desde las fronteras de su Imperio, fueran destinadas a Rodas.
F inalm ente Antíoco se com prom e tió a regularizar cualquier conflicto pen diente con las co m u n id a d e s de las regiones o c c id e n ta le s que m e diante este tratado había perdido. La cláusula afectaba sobre todo a Rodas.
El precio de la derrota que Antíoco debió pagar fue muy alto. Significó la renuncia, entonces para siempre, de sus territorios occidentales, q u e d a n do replegado hacia Oriente donde el área siria pasó a ser el nuevo centro de gravedad del Im perio Seleúcida. El m ismo rey no sobreviviría d e m a siado a la situación creadas tras A p a mea. Poco después, en 187, moriría asesinado a consecuencia de la oposi ción po p u lar suscitada por su intento de s a q u e a r o tra vez el te m p lo de Ecbátana.
El Tratado de Apamea
Tras ofrecer esta respuesta, nombraron a diez legados en cuyas manos pusieron las cuestiones de detalle. Pero ellos mismos decidieron sobre el conjunto lo siguiente:
Cuantos habitantes de esta parte del Tauro habían estado sujetos a Antíoco, de bían pasar a ser súbditos de Eumenes, sal vo Licia y Caria hasta el Meandro, parte que había que quedar en posesión de Ro das; de entre las ciudades griegas, aque llas que habían pagado tributo a Átalo de bían hacerlo también a Eumenes, salvo las que eran tributarias de Antíoco a las que debía eximírseles de tales impuestos. Y tras haber determ inado estos principios generales para el gobierno de Asia, enviaron a los diez legados a Cneo, e'l procónsul. (Polibio, Historia, XXI 24, 6-9)
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