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La democracia amenazada
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a política era un tema delicado en la Atenas del año 399 aC, por mu chas razones. Las vidas de la mayoría de la población habían estado dominadas por una guerra con Esparta que había durado más de treinta años, toda una generación: la Guerra del Peloponeso. Las hostilida des se habían iniciado el año 431 aC.Esparta, a diferencia de Atenas, no era una democracia. Era una sociedad militar que tenía dos reyes pero que combinaba esta doble monarquía con una oligarquía. Una asamblea de veintiocho hombres formada por miem bros de élite de la población, dirigía el país y utilizaba la fuerza para man tener sometidas a las masas populares -los helotes, que eran tratados como esclavos.
Los atenienses confiaban inicialmente en la victoria en la guerra. Pero la guerra se fue prolongando y cada vez eran más las potencias mediterráneas que se iban viendo implicadas en un bando o en el otro. Los atenienses co metieron varios errores estratégicos, incluida una desastrosa expedición a Sicilia en la que la mayor parte de su flota fue destruida; hubo un número enorme de víctimas, por enfermedad, hambre y sed, además de los muertos durante la batalla. Muchos de los ciudadanos atenienses que sobrevivieron fueron esclavizados. La ciudad se quedó desmoralizada y cada vez más personas fueron perdiendo la fe en el gobierno democrático. El año 411 aC la democracia fue brevemente derrocada, y un grupo de Cuatrocientos ciu dadanos de élite constituyeron un gobierno oligárquico.
La oligarquía duró solamente unos meses. Pero su formación mostró las profundas divisiones políticas que había en Atenas en los años después de la guerra. Los oligarcas confiaban en que una Atenas no democrática podría negociar un tratado de paz con Esparta. Pero las conversaciones no llegaron a buen puerto y quienes estaban a favor de la oligarquía y se oponían a la democracia empezaron cada vez a más a ser considerados como unos trai dores en la propia ciudad de Atenas.
Al continuar la guerra, Atenas -a pesar de algunos éxitos militares- se quedó sin recursos. El año 404 aC, después de otra derrota naval, la ciudad se rindió a Esparta. Con la ayuda de esta, un grupo de ciudadanos atenien ses constituyeron una dictadura militar. Este grupo fue conocido con el nombre de los Treinta Tiranos. Instauraron un gobierno de terror. En menos de un año, al menos 1.500 ciudadanos fueron asesinados sin juicio previo. Si incluyéramos a los no ciudadanos, como los extranjeros residentes per manentes (llamados 'metecos'), a las mujeres y a los esclavos, el número sería mucho más elevado. Cualquiera que pudiera representar una ame naza para el régimen era sumariamente asesinado. Todos eran alentados a delatar a los demás para protegerse a sí mismos o a sus familias. La milicia suprimió todos los derechos civiles a la mayoría de los ciudadanos, permi tiendo solamente a una pequeña minoría el 'privilegio' de ser procesados por un jurado o el derecho a llevar armas.
Las semillas de la democracia habían sido sembradas en Atenas a princi pios del siglo VI aC por el gran legislador, estadista y poeta Solón. Solón introdujo el proceso conjurado, estableció un Consejo representativo de 400 ciudadanos de las cuatro principales tribus de Atenas, y concedió a todos los ciudadanos (incluidos los pobres) el derecho a votar en la Asamblea. La ciudad retrocedió al gobierno de un solo hombre, llamado 'tiranía' a finales del siglo VI aC, cuando Pisístrato y su hijo se hicieron con el poder. El año 508, Atenas dio un paso más hacia la democracia cuando los hijos de Pisís trato fueron derrocados, y un político llamado Clístenes introdujo una serie de reformas que dieron mayor poder e igualdad a todos los ciudadanos. Clístenes llamó a su sistema de gobierno 'isonomía' -'igualdad ante la ley'. El año 508 aC es convencionalmente considerado como el año del nacimien to de la democracia occidental.
Durante los primeros meses del año 404 aC, a muchos atenienses tuvo que parecerles que el experimento democrático había finalmente fracasado.
Pero después de unos meses espantosos, un grupo de atenienses que se habían exiliado en Tebas regresaron por la fuerza a la ciudad y consiguie ron derrocar a los Treinta. De un modo extraordinario, la amenaza de una nueva guerra civil se evitó y la democracia fue restaurada. El año 403-2 aC,
los atenienses redactaron una serie de acuerdos para reconstruir la sociedad civil después de la guerra.
Las condiciones de estos acuerdos nos dicen mucho acerca del ambiente político que se vivía en la ciudad por aquel entonces. Una previsión impor tante era que cualquiera que se sintiera amenazado en la democracia recién restaurada tenía permitido emigrar a la vecina ciudad de Eleusis. Para quie nes deseasen permanecer en Atenas, se dictó una Ley del Olvido o amnistía general: todos excepto los Treinta y sus secuaces más próximos quedaron exonerados de cualquier futura recriminación. Pasó a ser ilegal 'recordar vie jos agravios'. Las antiguas leyes fueron totalmente revisadas y codificadas: todas las leyes que no hubiesen sido restablecidas de nuevo por la comisión dejaban de estar en vigor. Fue un período de inquietud y débil esperanza -comparable, en tiempos modernos, con la Alemania posterior a la Segunda Guerra Mundial o la Sudáfrica posterior al apartheid. Al igual que en di chas sociedades, Atenas había quedado empobrecida y sacudida por las hostilidades, incluso después de que hubiesen terminado. Los ciudadanos eran conscientes de que, tan sólo unos meses antes, muchos de los vecinos con los que ahora tenían que ser amigos les hubieran entregado a la milicia.
No tiene, pues, nada de sorprendente que aquellos que hacía tan poco habían perdido una guerra larga y empobrecedora, y que habían escapado por tan poco a una junta militar, recelasen de cualquiera que pudiese ame nazar al flamante gobierno democrático. Tampoco hubiera sido nada sor prendente que quienes estaban en una situación como aquella anduviesen a la caza de chivos expiatorios.
La Ley del Olvido había convertido en ilegal perseguir a alguien por crí menes políticos cometidos durante el gobierno de la milicia. Pero parece al menos inicialmente plausible que tuvieran lugar procesos con motivaciones políticas disfrazadas bajo otro tipo de cargos -como el de impiedad, por ejemplo. Resulta, por tanto, tentador creer que el 'verdadero' cargo contra Sócrates era la falta de apoyo al gobierno democrático -o incluso la simpa tía por la milicia. Como veremos, Sócrates tenía ciertas reservas respecto a la democracia. Y ciertamente se relacionaba tanto con los aristócratas como con los oligarcas.
Sería reduccionista sugerir que todas las inquietudes religiosas pueden traducirse directamente en términos políticos. Pero la política desempeñó un papel fundamental en las persecuciones religiosas de la época. La pobla ción ateniense estaba particularmente impaciente por apaciguar a los dio ses después de las recientes tribulaciones. La religión y la política estaban estrechamente ligadas.
-una estatua que representaba la cabeza y el falo del dios Hermes. Existía la creencia de que los hermes proporcionaban protección divina al hogar. El año 415 aC, inmediatamente antes de que la flota ateniense partiese en ex pedición hacia Sicilia, todos los hermes de la ciudad habían sido mutilados. Los vándalos habían despedazado la cara y el falo del dios. Y dado que Hermes era el dios que presidía los viajes, el ataque era claramente un mal agüero para la flota. Hubo también rumores de otro sacrilegio. Un conjun to de ritos religiosos secretos especialmente sagrados, llamados los Mis terios Eleusinos, habían sido profanados. Un pequeño grupo de ciudada nos, incluido el célebre playboy Alcibíades -sobre quien volveremos al final de este capítulo- habían llevado a cabo una forma perversa de ritual se creto, representando el equivalente ateniense de una misa negra.
La flota se hizo a la mar, sin embargo, aunque con una sensación de aprensión. Sus temores se vieron confirmados. Visto en retrospectiva, pare ció que la destrucción de los hermes y la profanación de los Misterios ha bían sido la causa de la derrota ateniense en Sicilia, y tal vez eran los res ponsables de la victoria final de Esparta en la guerra en su conjunto.
Uno de los acusados de este sacrilegio era un orador llamado Andocides, que se había librado del castigo delatando a sus más famosos compañeros. Después Andocides se alejó prudentemente de la ciudad. Una de las condi ciones que le impusieron para dejarle en libertad y no aplicarle penas más duras fue la de prohibirle entrar en los templos y participar en los ritos de Eleusis en el futuro; fue, como quien dice, excomulgado.
Andocides regresó a Atenas después de la restauración de la democra cia, aprovechándose del carácter indulgente del nuevo clima político. Pero a finales del año 400, comienzos del 399 aC, fue finalmente procesado, so bre la base de que había violado las condiciones en las que le habían con cedido la libertad: había sido visto participando en actos religiosos de los que había sido proscrito. Aunque el cargo era explícitamente religioso, había matices claramente políticos en el proceso. Quienes habían destroza do los hermes habían sido miembros de un club oligárquico. No eran, como se dice a veces, simplemente un grupo de jóvenes tarambanas divirtiéndose, sino un grupo con un propósito claramente político: oponerse a la decisión del gobierno democrático de enviar la flota a Sicilia. El juicio de Andocides era una oportunidad para la acusación de echar la culpa a los ciudadanos no democráticos, oligárquicos, de todo lo que había ido mal en Atenas en los úl timos quince años. En su defensa, Andocides citó las nuevas leyes de amnis tía, sugiriendo que ya había llegado el momento de olvidar viejos agravios en el espíritu de la nueva armonía cívica. Se defendió él mismo con éxito y fue absuelto.
El juicio de Andocides esclarece el de Sócrates en varios aspectos impor tantes. Nos recuerda hasta qué punto estaban conectadas la religión y la política. También nos muestra muy claramente que la ciudad estaba divi dida en dos direcciones diferentes en este momento del renacimiento de la democracia ateniense. Por un lado, los ciudadanos confiaban evitar las re criminaciones incesantes. Por el otro, estaban -inevitablemente- interesados en mirar hacia atrás, a la historia reciente, y tratar de encontrar la razón de que las cosas les hubiesen ido tan mal a los atenienses.
El juicio de Androcides tuvo lugar el año 400, o tal vez a comienzos del 399 aC. El de Sócrates se produjo unos meses más tarde, en primavera -pro bablemente en algún momento del mes de mayo del 399 aC. En el contexto del juicio de Androcides, deberíamos ser especialmente conscientes del car go según el cual Sócrates 'corrompió a la juventud'. El tribunal ateniense acababa de decidir que las travesuras de los vándalos del año 415 aC tenían que ser realmente olvidadas. Tal vez no habían actuado por ninguna clase de depravación natural, sino a consecuencia de una mala enseñanza. Só crates estaba ya en la cincuentena cuando empezó la expedición a Sicilia. Si era visto como el instigador de los sacrilegios contra los hermes y los Mis terios y como la fuente moral última de la perdición política de la ciudad, sus contemporáneos podían muy bien haberse sentido menos inclinados a dejarle escapar. Las ideas y las enseñanzas de este (supuestamente) malva do, antidemocrático anciano podían muy bien ser vistas como la auténtica causa de la derrota ateniense.
La política de Sócrates
La democracia ateniense era en muchos sentidos más participativa que los sistemas políticos mixtos de la mayoría de las sociedades occidentales modernas. La democracia no se combinaba con el republicanismo o con la monarquía, como en EEUU o el Reino Unido. No era una democracia re presentativa: los ciudadanos votaban directamente las decisiones impor tantes, en vez de delegar su autoridad a un senador o a un diputado parla mentario.
Atenas no era, en sentido estricto, una 'democracia radical': no toda la autoridad última residía en el pueblo, ya que los tribunales de justicia (di-
kasteria) también tenían importantes poderes. Algunos estudiosos afirman que los tribunales, no la asamblea popular, deben considerarse como el 'má ximo soberano' en Atenas. Pero la autoridad sobre los asuntos más im portantes de la ciudad residía en la Asamblea (la ekklesia), una reunión de al
menos 6000 personas, formada por todos los ciudadanos varones adultos cualificados. Entre otras cosas, la Asamblea tenía el control de todas las de cisiones de política exterior.
Para la administración diaria de los asuntos del gobierno, existían unos grupos ejecutivos más pequeños. El Consejo de los Quinientos era elegido por sorteo cada año y se subdividía por turnos en diez grupos más pe queños (las Diez Tribus establecidas por Clístenes), de modo que en cada momento la nayoría de las decisiones políticas las tomaba un grupo de cin cuenta ciudadanos (los prytañéis). De estos cincuenta, y mediante otro sor teo, se seleccionaba a un solo hombre como líder -un cargo que solamente duraba un día o dos y que sólo podía ejercerse una vez.
Desde un punto de vista democrático, el sistema de selección aleatoria tenía importantes ventajas. Garantizaba que, en la medida en que el sorteo fuese justo, todo el mundo podía ocupar un cargo de gran importancia polí tica, independientemente del dinero que tuviese o de su origen familiar.
Atenas no era, por supuesto, una sociedad libre de divisiones sociales. Había esclavos, a las mujeres raramente se les permitía salir de casa, y los residentes extranjeros -incluso los nacidos libres- tenían bastantes menos derechos que los ciudadanos atenienses. Algunos ciudadanos eran mucho más ricos que otros. Algunos eran aristócratas, otros campesinos. El rango militar, especialmente en tiempos de guerra, tenía una gran trascendencia política: los generales carismáticos se ganaban fácilmente el corazón y los votos de la gente.
Pero el grado de igualdad entre miembros de la población de ciudadanos varones adultos era notable de acuerdo con los estándares actuales. Incluso aquellos que no podían permitirse una campaña electoral larga y cara, po dían llegar a ser gobernadores de la ciudad. Si EEUU cambiase su sistema actual para elegir al presidente y al senado por sorteo, ya no sería un incon veniente que uno de los candidatos fuese poco fotogénico, o que fuese gay, negro, hispano, mujer, que no hubiese estudiado en alguna de las universi dades de la Ivy League, o que fuese pobre.
Pero desde el punto de vista de Sócrates, la práctica de seleccionar a los funcionarios por sorteo era problemática, porque no tenía en cuenta la posi ble competencia de la persona para desempeñar el cargo. Una de las creen cias nucleares de Sócrates es que para hacer algo bien, uno tiene que saber cómo hacerlo. Se oponía, pues, a la idea de que no fuese necesaria ninguna cualificación o competencia en quienes fueran elegidos para dirigir la ciu dad. Sócrates pensaba que cada persona tenía que hacer el trabajo para el que estuviese más cualificada. Quienes saben cómo gobernar son los que tienen que gobernar.
No todos los estudiosos modernos están de acuerdo en que se deba con siderar la filosofía socrática como esencialmente antidemocrática. Es posi ble afirmar que Sócrates hubiese puesto a la democracia por encima de otros sistemas políticos -aunque pusiera reparos concretos a la práctica de mocrática ateniense. Si recordamos que Sócrates dudaba de que existiera algo que pudiera llamarse 'sabiduría humana', parece posible que pensase que nadie estaba realmente capacitado para gobernar. Ninguno de nosotros sabe nada realmente valioso, y menos que nada cómo dirigir una ciudad.
Probablemente, Sócrates no estuvo a favor de ninguna forma convencio nal de gobierno de las que existieron en su tiempo, ya fuera la oligarquía, la monarquía, la aristocracia o la democracia. Pero en la medida en que puso en duda las elecciones por sorteo y las elecciones por parte de un organis mo formado por los ciudadanos (no informados), y en la medida en que puso en entredicho que las personas fuesen capaces de reconocer sus ver daderos intereses, es fácil ver que su filosofía puede haber parecido peligro sa para la democracia a las personas ajenas a su círculo íntimo. Como vere mos, sus contemporáneos sospechaban que Sócrates simpatizaba con los oligarcas y los aristócratas.
Autoridad y sumisión
La actitud de Sócrates hacia la autoridad es uno de los aspectos más com plejos y apasionadamente debatidos de su pensamiento político. Sócrates insistía en que, en determinados momentos, es importante que uno se so meta a sus superiores. El mismo luchó por la ciudad de Atenas en no menos de tres campañas militares durante la Guerra del Peloponeso. Creía que, en tiempo de guerra, un soldado tiene que obedecer a sus jefes militares.
Pero una vez en Atenas, Sócrates solamente participó en un consejo, y nunca puso los pies en un tribunal como litigante antes del día de su pro pio juicio. Sócrates tenía una visión de sus obligaciones políticas diferente de la mayoría de sus contemporáneos. Creía que la mejor manera que tenía de servir a la ciudad no era formando parte de comités o participando en asambleas, sino haciendo exactamente lo que hacía: paseando por las calles de Atenas conversando y pensando acerca de la buena vida. Redefinió la 'política' de modo que él, y no los políticos profesionales, era el miembro político más auténtico de la comunidad. 'Soy uno de los pocos atenienses -por no decir el único- que lleva a cabo el auténtico oficio y la verdadera práctica de la política', declaró (según Platón, en el Gorgias).
de la ciudad, tal como se define convencionalmente. Uno de estos momen tos fue después de una victoria naval ateniense hacia el fin de la guerra. Los atenienses habían ganado la batalla (en Arginusa, el año 406 aC), pero pos teriormente veinticinco naves naufragaron en una tormenta. Los diez gene rales que estaban a cargo de la expedición no consiguieron recuperar los cuerpos de los fallecidos ni rescatar a los heridos. El conocimiento de que los cuerpos de todos aquellos atenienses yacían sin honor en el fondo del mar era algo insoportable para una sociedad que atribuía una importancia enorme a dar adecuada sepultura a sus muertos (como demuestra, por ejemplo, la Antígona de Sófocles).
Cuando los supervivientes regresaron, se propuso que los diez generales responsables fuesen ejecutados todos juntos, y que no les fuera permitido defenderse individualmente. Esto era ilegal de acuerdo con la legislación ateniense, que estipulaba que cualquiera que fuese acusado de un delito capital tenía derecho a tener un juicio propio. También era -por supuesto- injusto, independientemente de la culpabilidad o inocencia de los presos. El derecho de los presos a tener un juicio en condiciones ha sido una doctrina