• No se han encontrado resultados

el pontífice dijo: ¿Eres tú el Mesías ? Marcos 14.62 Jesús dijo: Yo soy

Sin embargo, incluso en la versión que da Mateo de la respuesta de Jesús, más cautelosa, el interrogado amplía su posición con una cita mesiánica. La observación sobre el Hijo del hombre es del libro de Daniel:

Daniel 7.13. ... vi venir sobre las nubes del cielo a un como hijo

de hombre...

Daniel 7.14. Fuele dado el señorío, la gloria y el imperio...

Ya estaba. Jesús ofrecía una clara comparación de sí mismo con la imagen de Daniel, que en la época se aceptaba comúnmente como representación del Mesías (v. cap. I, 27). El sumo sacerdote tenía lo que quería:

Mateo 26.65. Entonces el pontífice rasgó sus vestiduras,

diciendo: Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos de mas testigos?...

Mateo 26.66. ¿Qué os parece? Ellos (el tribunal) resí

pendieron: Reo es de muerte.

Pedro

Si Jesús mantuvo incluso en estos momentos críticos una creencia firme en su mesianismo, sus discípulos no hicieron lo mismo. Todos huyeron, y se dice que sólo uno estuvo presente, en secreto, en el juicio:

Mateo 26.58. Pedro le siguió (a Jesús) hasta el atrio * del

pontífice, y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver el desenlace.

* «Cristo», en la versión inglesa; también, en la CV-SB (N. del T.)

Al término del juicio, Pedro fue reconocido tres veces como uno de los discípulos de Jesús. Era la oportunidad de Pedro para mantenerse tan fiel a su misión como Jesús, pero falló. Cada una de las veces negó conocer a Jesús, la tercera de modo bastante enfático:

Mateo 26.74. Entonces comenzó él (Pedro) a maldecir y a

jurar: ¡Yo no conozco a ese hombre!...

Poncio Pilato

La jerarquía eclesiástica también tenía lo que necesitaba para llevar a Jesús ante las autoridades romanas:

Mateo 27.1. Llegada la mañana, todos los príncipes de los

sacerdotes...

Mateo 27.2. y atado le llevaron y entregaron al

gobernador Pilato.

Ésta es la primera mención que se hace en Mateo del dirigente seglar de Judea desde la referencia a Arquelao cuando la vuelta de José y su familia de Egipto (v. este mismo cap.). Arquelao, o Herodes Arquelao, gobernó como etnarca en Judea, Samaria e Idumea tras la muerte de su padre, Herodes el Grande, en el 4 dC. Sin embargo, su gobierno fue duro y opresivo, y logró enfrentarse tanto con los judíos como con los samaritanos. En una rara muestra de colaboración, ambos grupos apelaron por la liberación al emperador romano.

Roma no era contraria en lo más mínimo a reforzar su dominio sobre la indómita provincia, pues Judea poseía una importante significación estratégica en aquella época. Justo al oriente de Judea se hallaba el poderoso reino de Partia, y en tiempos del Nuevo Testamento aquel imperio era el enemigo más peligroso de Roma.

En el 53 aC, por ejemplo, no mucho después de que Judea pasara a ser dominio romano, los partos derrotaron a un ejército romano en Garres. (Ése era el nombre grecorromano de Jarán, la ciudad donde habitaron antiguamente Abraham y su familia; véase cap. I, 1). Siete legiones romanas fueron aniquiladas, la peor derrota que Roma sufrió jamás en el oriente y de la que aún no se había desquitado. Otra vez, en el 40 aC, los partos habían aprovechado la guerras civiles de Roma para ocupar grandes franjas de territorio romano en el este. Ocuparon Judea, que de buena gana colaboró con ellos contra Roma y contra el títere del imperio, Herodes.

Entonces, mientras Judea conservara siquiera la apariencia de independencia, constituía un peligro para la seguridad romana, pues su dirigente podía decidir en cualquier momento intrigar con los partos.

Por tanto. Roma aprovechó las quejas de judíos y samaritanos para deponer a Herodes Arquelao en el 6 dC, permitiéndole vivir en el exilio los doce años restantes de su vida.

Ni Judea ni Samaria lograron la independencia por ello, claro está. En cambio, la zona entró a formar parte de una provincia romana, con un gobernador romano y una guarnición bien armada.

Aunque Judea se incluyó en la provincia de Siria, debido a su importancia estratégica se le concedió un «status» especial.

El emperador nombró un gobernador que era responsable directo ante él, lo mismo que ante el gobernador provincial de Siria. El nombre latino de ese funcionario era procurador («administrador»).

En griego, el nombre dado a los funcionarios romanos de Judea era «hegemón» («dirigente»), y tanto en la versión King James como en la Revised Standard el nombre que se da es «gobernador».

Los cuatro primeros procuradores de Judea gobernaron en

relativa paz. En el 26 dC, se nombró a Poncio Pilato. Era un hombre de origen oscuro que debía su nombramiento al hecho de ser protegido de Lucio Elio Seyano, que entonces era jefe de la Guardia Pretoriana (contingente de soldados que guardaban la ciudad de Roma) y el individuo más poderoso del Imperio en aquel momento.

Seyano era fuertemente antijudío, y Pilato asumió probablemente el cargo con el entendimiento de mantener controlados a los judíos, debilitarlos en toda oportunidad y evitar que sirvieran a los partos como peones contra Roma.

Pilato se puso a la tarea con energía. Mientras los primeros procuradores asentaron su cuartel general en Cesárea, ciudad en la costa samaritana, a 80 kilómetros al noroeste de Jerusalén, Poncio Pilato destacó tropas en la propia capital. Lo que significaba que el ejército, con las enseñas que llevaban el retrato del emperador, se presentó en Jerusalén. Los inquietos judíos consideraron que tales retratos eran una falta al mandamiento contra la idolatría, y protestaron de manera violenta. Finalmente, Pilato hubo de quitar los retratos protestados cuando vio que, si no lo hacía, se produciría una revuelta inevitable. No había duda de que podía aplastar tal rebelión, pero los desórdenes, que tal vez hicieran intervenir a los partos, serían una mancha en su hoja de servicios si daba la impresión de que él mismo los había provocado deliberadamente.

Pilato tal vez tuviera costumbre de estar en Jerusalén durante la Pascua, cuando la ciudad se hallaba atestada y se disparaban las emociones peligrosas. Sin duda estaría dispuesto a tomar medidas directas en caso de que tales sentimientos se convirtieran en una rebelión. Incluso habría acogido con agrado tal oportunidad.

En una ocasión reciente no había vacilado en perpetrar una matanza contra una muchedumbre galilea que empezó provocando desórdenes durante una fiesta:

Lucas 13.1. ... algunos ... le contaron (a Jesús) lo de los

galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con los sacrificios...

No titubearía en hacerlo de nuevo. El sumo sacerdote debía ser consciente de ello, y uno de los motivos del juicio realizado contra Jesús debió obedecer al deseo de evitar esa eventualidad por cualquier medio, de desviar la ira de Pilato de los judíos en general y dirigirla a un sólo individuo para que «un hombre muriera por todo el pueblo».

El campo del Alfarero

Entretanto, se describe a Judas Iscariote horrorizado por las consecuencias de su traición:

Mateo 27.3. Viendo entonces Judas... cómo era condenado (Jesús), se arrepintió...

Si pensaba obligar a Jesús a realizar algún acto mesiánico, ahora vio que su plan había fracasado y que él iba a ser responsable de su muerte. Si trataba de castigar a Jesús por no ser la clase de Mesías que a él le hubiera gustado, entonces pensó que la pena de muerte era un castigo mayor del que había pensado.

Trató de devolver las treinta piezas de plata a los jerarcas eclesiásticos y, cuando se negaron a tomarlas de sus manos, arrojó el dinero al suelo, se marchó y se ahorcó; de modo que murió la misma noche de su traición. Este remordimiento tiende a salvar al traidor de algunos de los negros estigmas que han surgido en torno a su nombre.

Lamentablemente, la verosimilitud de la dramática historia de Mateo sobre el final de Judas queda mermada por la sospecha de que el evangelista se limitara a introducir otra cita del Antiguo Testamento. Aludiendo a las treinta piezas de plata que Judas arroja. Mateo explica que los sacerdotes pensaban que aquel dinero, precio de la traición, no podía volver a depositarse en las arcas del tesoro. Estaba manchado con la sangre de un hombre.

Mateo 27.7. Y ... compraron con ellas el campo del Alfarero para sepultura

de peregrinos. *

Mateo 27.8. Por eso aquel campo se llamó Campo de la

Sangre hasta el día de hoy.

Mateo 27.9. Entonces se cumplió lo dicho por el profeta

Jeremías: «Y tomaron treinta piezas de plata...

Mateo 27.10. y las dieron por el Campo del Alfarero...» Posiblemente, el campo del Alfarero era un sitio donde podía obtenerse arcilla de una especie conveniente para la alfarería. Por los versículos que acabamos de citar, la frase «campo del Alfarero» ha llegado a significar cualquier cementerio público para enterrar a criminales, desposeídos y mendigos, a todo aquel que no pueda pagar o que no merezca sepultura mejor.

Sin embargo, en este caso la cita de Mateo del Antiguo Testamento está más injustificada que de costumbre. En primer lugar no es de Jeremías, sino de la enigmática historia de Zacarías acerca de los pastores. (El error pudo originarse por el hecho de que Jeremías habla en cierta ocasión de comprar un campo —véase cap. I, 24— y en otro momento cuenta una parábola sobre unos alfareros, pero no por ello deja de ser un error.)

En el libro de Zacarías, el pastor se niega a aceptar treinta piezas de plata por su salario (v. cap. I, 38);

Zacarías 11.13. ... Y tomando las treinta monedas de plata,

las tiré en la casa de Yahvé al tesoro.**

Pero el «alfarero en la casa de Yahvé» no es en absoluto el «campo del Alfarero». Efectivamente, la palabra «alfarero» es una traducción errónea y quizá aparezca en el Antiguo Testamento como resultado de la mala utilización del pasaje por parte de Mateo y sus consecuencias sobre la devoción de los que trabajaban en la versión King James. La Revised Standard transcribe así la frase: «al tesoro en la casa de Yahvé.*

Es decir, en Zacarías se deposita el dinero en el tesoro del Templo, que es precisamente lo que los sacerdotes se niegan a hacer con el dinero de Judas. Por consiguiente, los dos pasajes no son paralelos, tal como parece creer Mateo, sino, por el contrario, antitéticos.

En los Hechos de los Apóstoles hay otra tradición sobre la muerte de Judas:

* «De extranjeros», en la King James, que cita el autor; «para extranjeros», en la CV-SB (N. del T.).

**La King James dice: «... y las tiré al alfarero en la casa...» (N. del T.

Hechos 1.18. Éste (Judas), pues, adquirió un campo con un salario inicuo;

pero, precipitándose de cabeza, reventó y todas sus entrañas se derramaron;

Hechos 1.19. y fue público a todos los habitantes de

Jerusalén, tanto que el campo se llamó en su lengua (arameo) Hacéldama, que quiere decir Campo de Sangre.

Según esta tradición rival, que no entraña profecías del Antiguo Testamento, Judas no sintió remordimiento, ni tampoco se suicidó. Vivió lo suficiente para llevar a cabo una transacción comercial con el fin de convertirse en terrateniente, muriendo después de alguna especie de ataque.

Barrabás

Según parece, Pilato consideró la evasiva respuesta de Jesús al sumo sacerdote («Tú lo has dicho») como una negativa, o al menos no como una afirmación, y por ello dudaba de que fuera reo de muerte. O tal vez pretendiera Pilato desacreditar al sumo sacerdote, que quizá tuviese otros motivos particulares para querer la muerte de Jesús, aparte de su verdadera culpa o inocencia.

Mateo 27.18. Pues sabía (Pilato) que por envidia (los acerdotes) se lo habían entregado (a Jesús).

En cualquier caso, ignoró al príncipe de los sacerdotes y se dirigió al pueblo, ofreciendo liberar a un prisionero con ocasión de la fiesta de la Pascua.

Mateo 27.16. Había entonces un preso famoso llamado

Barrabás.

Mateo 27.17. ... les dijo Pilato: ¿A quién queréis que os

suelte: a Barrabás o a Jesús, el llamado Mesías? *

Mateo no da más descripción de Barrabás. Sin embargo, Marcos dice: Marcos 15.7. Había uno llamado Barrabás, encarcelado

con sediciosos que en una revuelta habían cometido un homicidio;

Es posible, entonces, que Barrabás fuese uno de los sicarios o terroristas y que dirigiera una partida guerrillera contra los romanos, perpetrando el asesinato de algún funcionario del imperio. Por consiguiente, sería un héroe para los zelotes, los mismos que se decepcionaron por la actitud de Jesús al retroceder en el asunto del tributo.

Ante la elección entre un bandido destacado, que no predicaba sino que luchaba contra los romanos, y un hombre que predicaba y se llamaba Mesías,

pero que no actuaba y se sometía dócilmente a la captura, encarcelamiento y juicio, la plebe (o al menos los portavoces zelotes que había entre ellos), se decidió por Barrabás, que fue liberado.

Barrabás no es un nombre auténtico, sino el equivalente arameo de un apodo que significa «hijo del padre». La palabra «Cristo», o «Mesías», también puede transcribirse como «hijo del Padre» (aunque con mayúscula). Y cosa bastante curiosa, la tradición afirma que el verdadero nombre de Barrabás era Josué o, en griego, Jesús. En consecuencia, lo que Pilato preguntaba a la muchedumbre era si quería a Jesús, hijo del padre, o a Jesús, hijo del Padre. Efectivamente, se ha sugerido que Barrabás y Jesús son la misma persona, que se han fundido las leyendas de un bandido y de un Mesías bondadoso y pacífico, que Jesús fue juzgado ante Pilato, pero fue soltado como Barrabás, y que la historia de la crucifixión y resurrección son adornos de una leyenda posterior. Sin embargo, no es probable que esta teoría adquiera alguna vez muchos partidarios.

Pilato y su mujer

Mateo subraya la desgana de Pilato para dar la orden de ejecución. En parte lo explica mediante la utilización de su procedimiento favorito: un sueño.

Mateo 27.19. Mientras estaba sentado (Pilato) en el

tribunal envió su mujer a decirle: No te metas con ese justo, pues he padecido mucho hoy en sueños por causa de él.

Ésta es la única aparición de la mujer de Pilato en el Nuevo Testamento, pero la tradición da abundante noticia de ella. Se dice que se llamaba Claudia Prócula y que era cristiana en secreto, aunque también se afirma que se convirtió después. Está canonizada por la Iglesia Ortodoxa griega.

Tras ofrecer la liberación de Jesús y tener que soltar en cambio a Barrabás, Pilato se enfrenta con un grito unánime que pide la ejecución de Jesús. Pilato protesta:

Mateo 27.23. Dijo el procurador: ¿Y qué mal ha hecho?... Mateo 27.24. Viendo, pues, Pilato que nada conseguía,

sino que el tumulto crecía cada vez más, tomó agua y se lavó las manos delante de la muchedumbre, diciendo: Yo soy inocente de esta sangre...*

* La CV-SB se ajusta más en este caso a la King James; traduce así el final de este versículo: «...de la sangre

Los cuatro evangelios coinciden en que Pilato se mostraba reacio a ordenar la ejecución de Jesús, pero sólo Mateo incluye el lavado de manos, escena dramática que da origen a la frase «en esto me lavo las manos» con el sentido de «rechazar toda responsabilidad».

Posiblemente se tratara de una ceremonia de la liturgia judía que el romano Pilato no habría realizado, pero Mateo, que sabía mucho del ritual judío y muy poco de las costumbres romanas, lo incluyó con toda la naturalidad del mundo.

En el libro del Deuteronomio se manifiesta que si se encuentra el cadáver de un asesinado y no se sabe quién es el asesino, los habitantes de la ciudad más próxima deben llevar a cabo cierto ritual con una vaquilla para eximirse de toda culpa:

Deuteronomio 21.6. Y ... todos los ancianos de la ciudad ...

lavarán sus manos sobre la becerra...

Deuteronomio 21.7. y responderán diciendo: No han

derramado nuestras manos esta sangre...

Como Pilato declara así su inocencia. Mateo dice que la impaciente muchedumbre acepta la responsabilidad, utilizando a propósito el dramático lenguaje del Antiguo Testamento:

Mateo 27.25. Y todo el pueblo contestó diciendo: Caiga su

sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos.

Esta declaración, que no se encuentra en los demás evangelios y que quizá surgiera simplemente por la tendencia de Mateo a interpretar y describir todas las cosas de acuerdo con las profecías, liturgia y lenguaje del Antiguo Testamento, ha costado a los judíos un precio tremendo en los dos mil años transcurridos desde la muerte de Jesús.

En cuanto a Pilato, sus últimos años son oscuros. Siguió siendo procurador de Judea hasta el 36 dC, cuando finalmente fue depuesto porque su falta de tacto continuó provocando revueltas entre judíos y samaritanos.

Se desconoce la forma en que murió. Una tradición hostil afirma que fue ejecutado por el emperador romano o que se suicidó para evitar la ejecución. Por otro lado, también hay leyendas referentes a su posterior conversión al cristianismo, tal vez basadas en los relatos de su aversión a condenar a Jesús. Asimismo, hay escritos apócrifos ya desaparecidos que algunos atribuyen a algunos autores del cristianismo primitivo; se supone que recogían las impresiones de Pilato sobre el juicio y la resurrección de Jesús.

Crucifixión

Tras rechazar toda responsabilidad por la muerte de Jesús, Pilato dio la orden de ejecución:

Mateo 27.26. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús,

después de haberle hecho azotar, se lo entregó para que le crucificaran.

La crucifixión no era un método de ejecución judío o griego. Entre los judíos era corriente la lapidación; entre los griegos se obligaba a los reos a ingerir veneno. Los romanos, en cambio, utilizaban la crucifixión como pena para la traición (también otros pueblos, como los persas y cartagineses).

El reo, clavado a una cruz de madera, moría poco a poco por hambre, por sed y por la permanencia a la intemperie. Era una muerte cruel; tanto más, cuanto que se despojaba al agonizante hasta del último vestigio de su dignidad, pues la ejecución era pública y el reo estaba expuesto a las burlas de los despiadados espectadores.

Sin embargo, el hecho es que Jesús no fue condenado a una muerte insólita o desacostumbrada, pues era corriente en el código penal romano. En el 72 aC, unos cien años antes de la ejecución de Jesús, un grupo de gladiadores y esclavos se rebelaron contra Roma bajo la dirección de Espartaco. Fueron finalmente derrotados por el general romano Marco Licinio Craso (general que quince años después fue vencido y muerto por los partos en la batalla de Carres; v. este mismo cap.). Craso capturó a unos seis mil esclavos y, según cuenta la historia, los crucificó a lo largo de la calzada de Roma a Capua para que todo viajero hiciese el camino entre kilómetros y kilómetros de una interminable fila de hombres que morían poco a poco en medio de dolorosos tormentos. (De modo semejante, Darío I de Persia crucificó una vez a miles de rebeldes babilonios al mismo tiempo.)

Como medio de castigo, la crucificación formó parte del código romano hasta su abolición por Constantino I, el emperador romano que legalizó la

Documento similar