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Por la preocupación al estrés

In document Fluir en La Adversidad (página 178-181)

Si un precio del progreso es la preocupación, otro, no menor, es la prisa, el agobio, la aceleración constante y obsesiva que se ha apode- rado de multitud de mentes contemporáneas, generando tensión a la que llamamos estrés.

La preocupación grave se ha incrementado en la misma propor- ción que se ha reducido la proporción de esfuerzo físico para ganarse la vida. En realidad el esfuerzo actual es psíquico, tensión que se tra- duce en obsesión. Incluso personas marginadas están invadidas por la preocupación, no sólo directivos, atletas de elite, triunfadores, etc.

Podría afirmarse que “nacemos con la preocupación” haciendo un símil, sin duda, exagerado.

Exagerado o no, los escolares de tres y cuatro años, empiezan a ser preocupados y, por lo mismo, a preocuparse de manera excesiva de hacer bien los deberes y además “aprovechando el tiempo”, es decir con prisa. Ahí empieza la loca carrera hacia la tensión permanente, enfer- miza y sin límites, de la cual está “infectada”, como si de un virus se tratara, la civilización actual.

La prisa es una consecuencia de la urgencia por ser eficaz. Nos empujamos los unos a los otros sin respeto alguno. Es poco arriesga- do afirmar que la preocupación no parece un hecho tan reciente como pudiera parecer, ya que las primeras civilizaciones de seguro la origi- naron claramente. Y este hecho se produjo hace unos 7.000 años.

La urgencia es indiscutiblemente un factor de influencia, mucho más “nuevo”, relacionado con el inicio de la civilización industrial, cuyo origen puede fijarse con más claridad en la Inglaterra del XIX, con la aparición de los telares y la máquina de vapor de Papin y Watt. Un elemento instigador más en esa epidemia hacia la preocupa- ción, la tensión y la prisa, lo ha constituido la aparición de los medios de comunicación y más modernamente las nuevas tecnologías, que nos trasladan a la era de lo hiper: Hipercalidad, hiperproducción, hipere- ficacia, etc., con lo cual pronto desembocaremos, si no estamos ya en la época de la hiperpreocupación.

Los medios de transporte han incidido en ampliar la concepción de los espacios, el mundo se ha vuelto cercano, asequible, conocido y menos amplio. Lo más lejano es accesible, gracias a la velocidad, de forma sencilla y casi inmediata. En menos de un día es posible trasla- darse de un continente a otro, e incluso ganar horas al día, volando hacia determinadas direcciones, en función de los diferentes ciclos de luz-oscuridad.

Las sensaciones de quienes tienen que ir de un lado a otro de su ciudad, frente a las de quienes ese mismo día deben atravesar un con- tinente, son desde luego, distintas.

Ahí en esa forma diferente de percibir la realidad, influido por la necesidad de hipereficacia, la prisa y el estrés, es donde puede investi- garse realmente la distancia que existe entre el modo de vivir del pasa- do y el presente. Y por supuesto las consecuencias y el nivel de expec- tativas que exige tener que responder a ese tipo de retos cotidianos.

Entre el cazador de la tribu inicial, que en los desaciertos se juga- ba la vida y el comercial que vuela a otro país para cerrar una opera- ción en la que se juega su futuro, parece no existir similitud. No es así. Ahora puede continuarse vivo y sentirse “muerto”, para el contexto de referencia, lo que implica la desvalorización más absoluta como individuo. El valor de la vida es mucho mayor, está más protegida, es más seguro y probable permanecer y por esa razón es penoso y duro arriesgarse.

La autovalía como sujeto considerado y respetable, necesidad básica para una autoestima sana es sencillísima de perder. Muchas personas consideradas importantes, cuando por diferentes circuns- tancias, dependientes o independientes de sus propias acciones inefi- caces pierden su estatus, no lo soportan, preferirían haber muerto, hasta el punto de que algunos han llevado a cabo intentos de suicidio y otros lo consuman.

Lo que ahora se pierde, cuando no se es eficaz, en la lucha es la posibilidad de mantener unas condiciones de comodidad que se con- sideran por cada sujeto indispensables, y que varían infinitamente en cada caso.

Si salvamos las distancias en el tiempo, lo que se teme perder es precisamente ¡lo mismo que en los tiempos ancestrales del hombre cazador!... categoría social.

El asunto es idéntico. Se teme la sanción grupal, la desvaloriza- ción de familiares, amigos, compañeros, jefes, subordinados, etc., que, en gran medida, mantiene incólume la sensación de autovalía, con- cepto eminentemente social, como vimos al describir las claves de la autoestima.

En esta línea de argumentación, no es menor el estrés del hombre moderno con altos niveles de riesgo y responsabilidad, aunque no se juegue la vida físicamente, en cada “lance”, que la del hombre primi- tivo.

Hemos descrito la tensión de dirigentes y líderes, de profesionales y deportistas de elite, de hombres emprendedores y de negocios, de políticos serios y comprometidos, los pocos que desde luego existen, y no sería justo dejar a un lado el nivel de tensión y estrés de los menos afortunados, los que continúan “brujuleando” cada amanecer por el pla- neta para buscar lo imprescindible. Esos, que son demasiados, están mucho más cerca de la descarnada sensación de pánico que embota los sentidos, que siente el hombre cuando ve peligrar su existencia.

Son las multitudes que engrosan el paro, los millones de trabaja- dores que en jornadas extenuantes reciben salarios misérrimos. Los componentes de las innumerables “bolsas de marginalidad” provoca-

das por actitudes propias y ajenas en dinámicas casi infernales y ape- nas resolubles, que hacen que los habitantes del mundo más exitosos, necesiten impregnarse de grandes dosis de humildad y espíritu coo- perativo, educativo, de desarrollo y generosidad para intentar real- mente que la tensión, esa que ahora llamamos estrés y al parecer siem- pre ha presidido la labor humana, con estilos diferentes eso sí, se reduzca realmente en la serenidad, la plenitud, el equilibrio, la ayuda mutua y el amor, dirección de progreso verdadero que siempre ha sido, tristemente, camino de minorías y elegidos.

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