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“La precaución es muy saludable, siempre que no te impida avanzar” Alexandro Tunnerman

In document CAMBIO PARA LA MEJORA (página 98-106)

Extracto de la Trilogía PIEDRAS PRECIOSAS de Ol Sasha.

RELATO: EN TI

Cámaras de televisión de numerosas cadenas nacionales e internacionales, largas

pértigas con micrófonos peludos en las puntas, brazos extendidos con grabadoras apuntando en la misma dirección. Multitud de periodistas realizando a voces la misma pregunta al octogenario señor.

—¿Cómo se siente?... ¡díganos! ¿Cómo se siente?

Nada hace por escapar de los fotógrafos que disparan sus máquinas automáticas dándose empujones y codazos entre sí. La vorágine arrincona al hombrecillo delgado de tamaño reducido, mientras diversos teléfonos móviles sintonizan en directo con las emisoras de radio. Gran cantidad de curiosos se asoman desde las ventanas de los edificios, los balcones y las terrazas, algunos jóvenes subidos a los árboles y a las farolas. Hay personas encima de los techos de sus vehículos. Todos reclaman la explicación del secreto más grande del mundo jamás contado hasta la fecha.

—¡Todo está en ti! –dice en medio de la confusión, y el escándalo enmudece al instante, como si alguien hubiera desconectado repentinamente el sonido.

—Todo está en ti. Ya está… ¿eso es todo? –exclama un periodista en la primera fila arrodillado.

El octogenario señor limita su declaración a las cuatro palabras mencionadas… Todo está en ti. Y luego, una especie de elipsis, pero se renueva el

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bullicio como si los vatios de potencia se hubieran multiplicado. Al ver que se sume en un mutismo absoluto. El desconcierto es total. Hay una enorme decepción entre los presentes. Siguen apuntándole las cámaras y los micrófonos, cerrando el círculo entorno a él, insistiendo, presionando, obligándolo a retroceder hasta que su espalda toca el muro de ladrillo.

Todo ese remolino de gente espera las palabras del hombrecillo de aspecto frágil y enfermizo al que los años han extirpado su vigor. Esperan capturar ese gran secreto. Necesitan una explicación. El anciano se pregunta ―¿por qué tanta prisa? ¿Por qué la velocidad de nuestros días? ¿Realmente les interesa lo que yo pueda decirles?...‖. Y al intuir que su testimonio es crucial, recapitula su existir para mayor gloria de todas las personas que lo rodean con suma expectación.

—Durante tres veranos, me fui solo a la playa con mi juventud. Visitaba mi lugar predilecto; el acantilado donde brota el peñón ovalado al que se denomina la espalda del indio. Durante tres veranos me acerqué hasta la punta de la roca y, al observar la magnitud del precipicio, de inmediato me retiraba. Yo era consciente que debía saltar, era la única forma de arrancarme del pecho este terror mío a las alturas.

Recuerdo haberme dicho la primera vez que lo intenté, rondándome el vértigo ―Si antes de empezar me siento vencido, estoy vencido. Si pienso que me gustaría hacerlo, pero por alguna razón no puedo... está claro que no lo haré. Pero si entiendo que toda acción se inicia con la voluntad de llevarla a cabo...‖.

Mi tono era insondable. Sugería una dimensión de hechizo. Sin embargo, no salté. Regresé por donde había venido enojado conmigo. Esta es la verdad, señoras y señores... como un perro con la cola entre las piernas entré en casa y me encerré en mi habitación sin hablar con nadie. Aquella noche no cené.

Quiero decirles a ustedes que recuerdo bien lo que me dije en la segunda ocasión que me acerqué a la punta del peñón ovalado al que denominan la espalda del indio ―Si pienso que no me atrevo, nunca saltaré. Si siento que perderé otra vez,

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aunque todavía desconozco el resultado, no conseguiré mi propósito. Pero si logro intuir que toda resolución está en la voluntad continuada...‖.

Sin embargo, tampoco salté. Regresé por donde había venido. Cuando al entrar en casa me preguntaron si me bañé, con vergüenza admití que no. No mentí, pero no salté. Y me afligí porque nuevamente postergaba la cita conmigo mismo.

También recuerdo lo sucedido durante la siguiente cita en la que me estaba dando un ultimátum. ―Hoy –me dije solemne-, por tercera vez consecutiva estás aquí, rozando en voz alta el filo del precipicio. Me hablo. Contemplo cómo las olas golpean los arrecifes allá abajo. El mar está inquieto, no más que yo. Y me repito con los ojos cerrados, empujando el cuerpo hacia delante... todo depende de esta posición interior que puede derivar en sabio comportamiento –lo señalé con cierto grado de euforia y con determinación seguí-. Ya percibo la agradable sensación de agua fría rodeándome el cuerpo. Pero todavía estoy aquí en lo alto, trenzando mis piernas como si fueran raíces que penetran la tierra, amarrado a la roca en vez de saltar... y volar‖.

El octogenario señor se detiene. Un veterano de la comunicación, suelta en voz baja una observación al camarógrafo que filma a su lado.

—¿Habéis oído el tono de su manifestación?... ¡Ego que te cagas!

El octogenario señor realiza una mirada circular que repliega amorosamente a todas las personas que lo escuchan con atención en los ojos y sus almas separadas del cuerpo. Y los percibe como a sus discípulos, igual que lo fuera él, discípulo de su abuela y de su padre, igual que lo era también de sus propios hijos. Explica...

Le había oído decir más de mil treinta y siete veces a mi abuela la frase que presentaba como una ofrenda: ―Muchas carreras se han perdido antes de haberse corrido‖. Tal afirmación era un regalo que yo había sabido atesorar.

A mi padre, le había oído decir en varias ocasiones en las que establecíamos una comunicación perfecta: ―Todos los cobardes fracasan.

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Fracasan porque jamás inician el trabajo‖. Esa frase era digna de elogios por su claridad.

Rememorando la sabiduría de mis ancestros es que flexioné las rodillas, me impulsé con la puntas de los pies y, ¡salté! Y mientras caía, distinguía una verdad inconmensurable que me era susurrada por diversos tramos de cielo a los que atravesaba en mi caída ―En la batalla de la vida no gana el más fuerte –dijo un pedazo de cielo-, ni el más ágil –dijo otro pedazo de cielo-, ni el más rápido – añadió un tercer pedazo de cielo-. Gana aquel que es consciente, el que sabe lo que necesita y se lanza a por ello –apostilló el último pedazo de cielo que completaba una difusa figura que tenía cuerpo‖. Yo tenía diecinueve años, y toda la vida por delante.

El mismo veterano de la comunicación le dice al ayudante que lo acompaña.

—¿Nadie le ha enseñado humildad a este tipo?

—Debería hablarle a los saltamontes del camino –añadió el camarógrafo, con la intención de ser gracioso.

Aquél octogenario señor seguía exponiendo su peculiar odisea.

Algunos años más tarde, pude conversar con mis tres hijos, pleno de satisfacción, comprendiendo que aquellos pedazos de cielo componían la figura de un pájaro.

―Piensa en grande. Tus éxitos crecerán. Si piensas en pequeño te quedarás atrás. Nunca crecerás ni avanzarás si no dejas que florezcan tus alas de cielo‖. Helena me sonreía desde la cuna con esa cara de vieja que tienen los niños que no han cumplido un año.

―Si sientes que puedes, podrás. Conseguirás hacer cualquier cosa. Averigua qué sabes hacer. Practica la actividad hasta convertirla en un arte. Disfrútala, y serás dichoso como el niño que chapotea en la orilla del mar‖. Ramiro

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daba sus primeros pasos con dificultad, mientras mantenía mis manos abiertas cerca de su cuerpecito para retenerlo por si se caía.

―Gana quien intuye que es ganador, quien cree en sí mismo y confía en su virtud. Es presa de semejante estado de exaltación que puedes comprobar quién eres en realidad, y puedes averiguar hasta dónde eres capaz de llegar sin desfallecer en el intento‖. Le enjabonaba la cabeza a Gabriel, quien sumergía el camión plástico de bomberos bajo el agua espumosa.

Conforme fueron pasando los años, aprendí observando a cada uno de mis tres hijos. Aprendí, que no es recomendable compararse con aquellos logros que alcanzan otras personas. Conviene abordar las actividades que mejor pueda realizar cada uno, centrándose en el potencial personal, para desarrollarlo con elegancia y refinamiento, sin precisar ninguna clase de aprobación externa. Sepan ustedes, señoras y señores, que mis tres hijos, todavía estaban pequeños para comprender. Pero aquello que su alma me transmitía en un código singular con el que ellos todavía no sintonizaban, yo lo retransmitía, y no me callaba. Recuerdo una Navidad que susurraba a sus oídos con voz trémula ―Aquello que se realiza a diario, y que no es otra cosa que la superación constante de uno mismo, ya sea en cultura, deporte o en la ciencia del saber vivir...‖ y luego, confieso que no supe como terminar la frase. Sonreía aguardando a que los tres que me observaban con sus ojos redondos me respondieran. Recuerdo que llevábamos flores al panteón donde vivía su mamá. A veces, le cantábamos juntos. Otras veces, por turnos, leíamos poesías o versos manuscritos en pedacitos de papel. En una ocasión nos pusimos a llorar los cuatro cogidos de la mano.

—¡Qué bochorno!

Este alarido espontáneo se ha escuchado de manera nítida entre la gente que se ha girado a mirar al hombre del sombrero. Lo secunda el conductor de la furgoneta de una cadena de televisión.

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—¡Todos los demás tienen que aprender de mí!... ¿Eso es lo que está diciendo el viejo? —Pues sí, eso mismo es lo que está diciendo –confirma el conductor de la furgoneta.

El ser de aspecto frágil y enfermizo demuestra su vigor en cada una de sus palabras vivas, continuando, a pesar de las voces discordantes que sobresalen, ignorando el negativo murmullo que crece como una ola.

En fin... a lo que íbamos, me siento dichoso cuando mi hija ha dicho en lo alto del pódium mientras sostenía el premio: ―Debes saberte vencedor antes de empezar. Y debes competir contigo misma, jamás contra los demás. Aprendí de la obstinada determinación de mi padre. ¡Te amo, papá!‖.

Y me siento dichoso cuando mi hijo ha dicho al subirse al pódium para recoger el trofeo: ―No perseguía ser mejor que nadie, sino realizar un descubrimiento digno, y me enfrenté con mi desanimo hasta conseguir vencer mi fingida debilidad. No solamente tenía el tedio como opción de vida. Yo no era un holgazán. Ahí estaba al alcance de mi mano una voluntad firme como la de mi padre. ¡Te amo papá!‖.

Y me siento dichoso cuando mi hijo menor ha dicho a los pies del pódium, cogiendo su merecido galardón: ―Me he superado por mi habilidad a encarar los disgustos y los impedimentos y todas las incomodidades, sin quejas ni abatimientos y, la verdad, no me siento minusválido. No soy un discapacitado. Puedo hacer cosas que la mayoría de personas del mundo entero no pueden, por ejemplo, sentirme alegre y ser generoso y compasivo con otros, justamente por mi circunstancia‖.

—Así que ahora resulta que alguien, es un ―gran‖ alguien... ¿por lo que hacen sus hijos?

—¿Y si no tienes hijos?... –pregunta el veterano periodista-. ¡Vete a la mierda, hombre! —Si no tienes hijos no puedes ser nadie según el viejo –concluye un fotógrafo que masca chicle, dejando al descubierto sus dientes amarillos por el exceso de tabaco.

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Tal vez el octogenario señor se está excediendo en su exposición, sin terminar de centrarse en una idea concreta. Quizás, ninguna de las ideas tiene una profundidad suficiente como para destacar su relevante trascendencia. Pero no trata de imponer ninguna doctrina, aunque algunos se sienten intimidados o amenazados. Se limita a relatar la experiencia de su vida, y lo hace, porque fue preguntado. Sin embargo, para bastantes de los presentes, solo le faltaba la sotana y el púlpito para completar el cuadro. Aquello parecía una homilía.

Amable audiencia –prosigue con luz en los ojos el hombrecillo de aspecto arrugado y reducido-. Ahora mis hijos tienen dinero. Pueden adquirir lujosos automóviles, casas majestuosas, incluso una avioneta. Pero fíjense en algo curioso: no pueden comprarse un sueño. El sueño lo llevaban dentro. Lo han hecho realidad sin tener que pagar a nadie. Y si necesitan cualquier otro logro... tendrán que volver a soñar con su alma abierta.

Una tupida estantería con libros y títulos y acreditaciones certificadas colgadas de la pared, no son la posesión de la cultura, como los adornos, no son la hermosura, ni la diversión la felicidad. Ellos tienen conocimientos, pero lo más importante es que mis tres hijos tienen la certeza de lo que son, porque fueron ―a la caza de su intimidad‖. Se enfrentaron a sí mismos para conquistarse, y a continuación, miraron la vida con gallardía desde lo alto de la cima. Y con todos sus premios, trofeos, galardones, no adquieren joyas ni posesiones. No se perderán en un recreo permanente de ocio y entretenimiento. La fama y el prestigio obtenido lo usarán para ser un ejemplo a seguir para nosotros, principalmente para mí. Ustedes dirán, y con razón, señoras y señores, que yo me estoy aventurando al hablar por ellos, y eso está bien que yo lo haga. ¡De acuerdo! Pero me he atrevido porque...

Porque recuerdo que después de plantearse los retos, durante el sacrificio del entrenamiento, ante la dureza de la incertidumbre diaria, algo monstruoso los

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hacía desistir a cada uno con esa grotesca mano que aplasta las ilusiones. Pero ahí estaba yo para gritarles una y otra vez; la vida no consiste en hacer siempre lo que quieras. ¡La vida consiste en amar todo lo que haces! ¿Resultado? Al día siguiente reanudaban la lucha con renovada energía, hasta someter al maligno monstruo al que habían amputado no solo las manos, sino también la cola y la cabeza.

Desde atrás de la multitud que envolvía al hombre octogenario hasta los pies del edificio de ladrillo, surge una voz tersa.

—Sí, padre, la dicha nace de poner el corazón en el trabajo.

La gente se aparta para que su hija Helena pueda circular libremente hasta el anciano al que abraza con lágrimas en los ojos.

—Lo entendí al despuntar el alba –Helena seca sus ojos húmedos- después de aquella conversación en la que me hiciste llorar, ¿recuerdas?... –mira a su padre con devoción e inmensa admiración-. Tus palabras consiguieron que terminara de realizar el trabajo que yo misma me impuse con todo mi entusiasmo. Y continué así un día sí, y el otro también... hasta hoy.

Ramiro se coloca junto a Helena y el octogenario señor.

—Y durante un crepúsculo inolvidable, también yo reconocí el valor de tus enseñanzas. Cierto es que la dicha no tiene recetas, no tiene más que el empeño. Y mi empeño fue superarme. Con dificultad, y mucho sacrificio, lo estaba consiguiendo – mira a su padre con afecto y un hondo respeto-. Y haz memoria, te dije en el aeropuerto que una vez finalizadas las Olimpiadas te enorgullecerías de mí. ¡Aquí estoy, padre, coronado como el mejor del planeta!

—Y recuerdo que ya en ese instante me sentía orgulloso de ti, hijo, antes de que te subieras al avión, independientemente de si volvías con o sin el trofeo. No me importaba lo que sucediera en la competición. Te lo dije con aquel fabuloso abrazo de diez minutos ¿recuerdas?

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