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La precisión de las personas para utilizar los conceptos emocionales adecuadamente

ENFOQUES CLASICO Y PROBABILISTICO APLICADOS A LOS CONCEPTOS EMOCIONALES

3.2. La precisión de las personas para utilizar los conceptos emocionales adecuadamente

Frente a la evidencia encontrada por los investigadores que defienden una aproximación probabilística (que los conceptos emocionales tienen una estructura con grados de probabilidad, con límites difusos y algunos miembros cuya pertenencia es poco clara), los investigadores que defienden la visión clásica responden que estos hallazgos pueden ocurrir por varias razones.

Una primera posibilidad es que los términos son polisémicos, es decir, tienen varios significados que se identifican con contextos específicos, de modo que quizás lo que falla es el contexto de interpretación que lleva a las personas a entender erróneamente el significado específico con el cual se quiere trabajar (Oatley & Johnson-Laird, 1992). Un ejemplo de término polisémico es la palabra “dado”, que significa tanto un adjetivo (por ej., “dado que”) como el nombre de un cubo con las caras pintadas que se utiliza en algunos juegos de azar.

Aplicado este argumento a los conceptos emocionales, podemos tomar como ejemplo el caso de orgullo, el cual puede ser entendido tanto como (a) “sentido de nuestra propia identidad o valor”, o bien como (b) “Placer o satisfacción que se obtiene a partir del propio trabajo, logros o posesiones” (Johnson-Laird & Oatley, citado por Russell, 1992a). La lógica de este razonamiento es que si se precisa una u otra acepción, mediante el contexto adecuado, las personas podrán

entonces evaluar adecuadamente si es un ejemplo de la categoría emoción o no, superando fácilmente el problema original de la imprecisión en las respuestas.

La segunda opción posible es que las personas cuando responden a las clasificaciones de los conceptos emocionales utilizan conocimientos ambiguos y no utilizan la información relevante. En esta situación no es el concepto el que está en un contexto poco claro, sino que las personas desconocen las características correctas del concepto y utilizarían las características accesorias en vez de las principales para hacer sus evaluaciones (Oatley & Johnson-Laird, 1992).

Una tercera alternativa (relativamente similar a la anterior) es que las personas cuando responden no dominan completamente el concepto o tienen una versión incompleta o limitada del mismo. En este caso, se supone que si las personas son bien entrenadas, se concentran y están lo suficientemente incentivadas, sabrán clasificar los conceptos de manera adecuada. Este tipo de razonamiento también implica distinguir entre aquellos que saben el uso correcto de los conceptos y aquellos que lo desconocen.

Ortony, Clore & Foss (1987) plantean que las personas normalmente presentan dificultades para responder si el número 356.489.132.017 es un número impar o no, sin embargo, para los expertos en la materia no es ningún problema. Detrás de este razonamiento se encuentra la idea que las verdaderas definiciones son clásicas y que los conceptos probabilísticos deberían ser considerados como un fenómeno secundario, propio de la gente lega o de quienes desconocen el real significado de los conceptos.

Los autores que defienden el enfoque probabilístico han entregado una serie de contraargumentaciones a los reparos expuestos anteriormente.

En primer lugar, respecto a que los términos son polisémicos y que debe ser entregado un adecuado encuadre para que las personas entiendan correctamente el significado que se está trabajando, Russell (1992a) respondió utilizando el mismo término orgullo y solicitó a sus participantes que clasificaran si corresponde o no a un tipo de emoción; para estos fines, las preguntas se hicieron acotando las dos acepciones propuestas por Johnson-Laird & Oatley, esto es, se preguntó a un grupo “¿Es orgullo (palabra que significa sentido de nuestra propia dignidad o valor) una emoción?”, en tanto que se preguntó a otro grupo “¿Es orgullo (palabra que significa satisfacción o placer que se obtiene a partir del propio trabajo, logros o posesiones) una emoción?”. En ambos casos no hubo diferencias significativas en las respuestas y nuevamente las personas tuvieron dificultades para distinguir claramente si orgullo corresponde a un ejemplo de emoción o no.

Además, si el contexto tiene tanta importancia como lo indican Johnson-Laird & Oatley, quiere decir que el concepto por sí mismo carece de características necesarias y suficientes para ser entendido en su esencia. Si el contexto forma parte del marco de referencia para entender adecuadamente un concepto, entonces el contexto no es un elemento accesorio sino que esencial. El concepto de “ansiedad” al que hagamos referencia será distinto si se asocia con la muerte de un familiar querido o por el hecho de estar próximos a casarnos (Russell, 1992b).

Pasemos al segundo tipo de reparos, el que dice que las personas consideran las características accesorias y no principales cuando describen los conceptos. Un ejemplo recurrente para el debate de este punto es el caso del concepto “abuela” (cuyo significado podría ser “madre de un padre o madre”). Al respecto, Hurtado de Mendoza et al. (2010) plantean que puede haber definiciones prescriptivas para algunos conceptos, como “abuela” o “shame”, pero que ellas no

necesariamente son congruentes con el uso cotidiano. El concepto cotidiano es diferente al que pueda haber sido elaborado en un sentido académico o como definición de referencia. De hecho, una mujer mayor puede tener todos los atributos para ser considerada abuela por los hijos de su hijastro, o bien, en algunas familias hay abuelos o abuelas “adscritos” (generalmente familiares lejanos o amigos que pasan a ser parte de la familia), quienes nunca tuvieron hijos, que sería el requisito esencial de acuerdo con la supuesta definición clásica

Debemos recordar un hecho importante, el concepto cotidiano afecta el comportamiento de las personas. El modo en el cual las normas de una cultura o grupo hacen saliente características como “pelo gris” y “amable” y otra hace saliente “fea” y “bruja” tiene efectos en lo que esa cultura espera que las personas representen por el concepto de “abuela”. Tsai et al. (2006) encontraron que para los americanos el afecto positivo ideal se relaciona con un elevado nivel de activación (excitación) en tanto que para los chinos se vincula con un bajo nivel de activación (calma). Alejarse de ese ideal del afecto positivo cultural correlaciona con depresión en las personas.

También dentro de esta discusión es necesario hacer una precisión metodológica. Considerar el concepto de “abuela” como equivalente a conceptos como “ira”, “tristeza”, “número impar”, etc., se basa en la premisa que todos los conceptos en general, y los conceptos emocionales en particular, tendrían la misma complejidad. Sin embargo, los hallazgos de Dirk Geeraerts (2006a; 2006b) muestran que ese modo de razonamiento estaría sesgado, ya que los conceptos en sí mismos son probabilísticos, es decir, hay algunos que presentan una menor complejidad y por lo tanto tendrían mayor posibilidad de ser abordados mediante

una definición clásica y otros que en función creciente adoptan mayores niveles de complejidad, y por lo tanto, se abordan mejor como categorías probabilísticas.

Geeraerts analizó algunos conceptos y estableció un orden de menor a mayor complejidad probabilistica, de los cuales mencionaremos tres ejemplos: “numero impar”, “color rojo” y “ave”, donde “número impar” sería el candidato más apropiado de los tres para una posible definición clásica.

Los autores que sostienen el enfoque probabilístico plantean que son los conceptos emocionales los que son altamente probabilísticos, pero no se refieren a todos los conceptos en general o a conceptos técnicos como “números impares”. Se refieren específicamente a conceptos como “emotion”, “anger”, “love” o “shame” (Hurtado de Mendoza et al., 2010; Russell, 1992a).

Como lo indica Rusell (1992a, p.77): “A pesar de los siglos de esfuerzo, de...filósofos ...y...psicólogos, la aproximación clásica todavía no logra obtener una definición compartida para los conceptos como emoción, enojo, amor...”. El caso de

abuela no es válido para los resultados de las investigaciones que han mostrado

que las personas tienen problemas para clasificar si un término de emoción X es un tipo de emoción, toda vez que esta situación demuestra que las personas no saben clasificar con precisión las categorías. No se les pidió su descripción del concepto, sino la utilización del mismo, y si ese uso fuese claro las personas no deberían tener problemas estableciendo las clasificaciones.

La tercera crítica sostiene que las personas no dominan completamente el concepto, no conocen el concepto técnico, o bien, tienen una versión incompleta o limitada del mismo. Es decir, la situación que hemos ejemplificado con el concepto de “número impar”. En este caso, los partidarios del enfoque probabilístico parecen aceptar que el concepto de “número impar” es un candidato bueno para tener una

definición clásica y aceptan que las personas comunes y corrientes si son bien entrenadas sabrían distinguir todos los números impares (a pesar de que hay dificultades para clasificar números diferentes a los clásicos ejemplos como el 5 ó 7), ya que el concepto de “número impar” es una abstracción con fines operativos (Russsell,1992a). Pero, nuevamente debemos recordar que los conceptos emocionales no son equivalentes al concepto de “número impar”.

Además, justificar que las personas no conocen el concepto técnico es un argumento bastante débil, ya que conceptos como “orgullo”, “enojo” o “emoción” carecen de sentidos técnicos, como lo demuestra el hecho que los propios investigadores aún no se ponen de acuerdo en qué fenómenos son o no son emociones. Geeraerts (2006a) plantea que esta argumentación se basa en un empirismo radical:

“...que la ciencia es ordenada y clara mientras que el lenguaje cotidiano es borroso, se vincula con el objetivismo empirista de la corriente del Lenguaje Ideal de la filosofía analítica: la estructura objetiva de la realidad es mejor descrita por el lenguaje de la ciencia y el lenguaje cotidiano, a lo sumo, es una débil derivación de la categorización científica...” (p.158)

Asimismo, las definiciones técnicas planteadas por Johnson-Laird & Oatley (1989) parecen tener múltiples reparos. Por un lado, estos autores indican que no es posible llegar a definiciones para conceptos centrales como “happiness” (felicidad), “anger” (ira), “sadness” (tristeza), “disgust” (asco) y “fear” (miedo), pero sí se podrían definir adecuadamente otras emociones complejas que son derivadas de aquellas, lo cual aparentemente es una contradicción o al menos una situación problemática, porque si no se puede definir la unidad menor o fundamental habrá problemas para explicar con rasgos necesarios y suficientes la estructura más compleja (habría elementos estructurales que no conocemos o que no podemos

Declarar que las personas tienen ciertos grados de ignorancia de los conceptos parece ser también un argumento débil. La mayoría de las investigaciones referidas a los conceptos emocionales ha sido realizadas con muestras de estudiantes universitarios, quienes han sido nativos en el idioma inglés, el mismo de dónde ha surgido las tesis de los conceptos de emoción básica y la posibilidad de generar definiciones necesarias y suficientes para los conceptos complejos. La evidencia indica que los participantes conocen y utilizan cabalmente los conceptos, pero desconocen los atributos clásicamente definitorios para categorías como vehículo, vegetales, deporte, amor, enojo, etc., lo que indicaría que los supuestos atributos clásicos no constituyen el significado de las palabras (Russell, 1992a).

También se sugiere que las personas se equivocan al clasificar los casos particulares debido a falta de atención o concentración, lo cual generaría las diferencias halladas por los estudios propabilísticos.

Sin embargo, los estudios probabilísticos han encontrado que los casos poco claros resultan clasificados de un modo u otro en diferentes mediciones sucesivas, utilizando los mismos participantes, lo cual indicaría que las personas cambian de opinión con facilidad en aquellos casos que se encuentran en los límites. Esta poca claridad respecto a la pertenencia a una categoría es una característica propia de los casos que están en el límite y no se debe a la falta de atención de los participantes (Murphy, 2002; Russell, 1992a).