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Prejuicios auténticos y prejuicios inauténticos

CAPÍTULO III EL JUICIO Y LAS CONDICIONES DE LA POLITICA

3.1 El prejuicio

3.1.1 Prejuicios auténticos y prejuicios inauténticos

En distintos pasajes de su obra, principalmente en las notas escritas durante los 50s en vista a Introducción a la política, Arendt desarrolló una serie de consideraciones y distinciones en torno al prejuicio. Por ejemplo, señalaba que los prejuicios auténticos a diferencia de los inauténticos no afirman ser o pasar por juicios apelando con toda naturalidad a un «dicen» o «se dice»152, aun cuando dicha apelación no se haga de forma explícita153. Por otra parte, consideraba que los prejuicios auténticos encierran un «juicio» que en su día (iam nom) tuvo un fundamento legitimo en la experiencia. Sólo se ha convertido en prejuicio al ser arrastrado sin revisión a través del tiempo154. Sin embargo, la filósofa se encontraba

152 Resulta evidente la cercanía de lo planteado por Arendt y lo expresado por Heidegger en los parágrafos dedicados al «Das Man» y a las «Gereden» en Ser y tiempo.

153 Cfr. PP p.138 154 Ibidem

66 convencida de que resulta imposible la vida sin los prejuicios. Una vida sin prejuicios exigiría un estado de alerta sobrehumano155. Es decir, no lograríamos responder a todas las increpaciones de la realidad; a todas las ocasiones que ésta exige ser pensada y juzgada156.

Así pues, el prejuicio no sólo se adelanta al posible juicio de la experiencia presente, sino evita que ésta se incorpore a la reflexión. No obstante, «El peligro del prejuicio reside precisamente en que siempre está bien anclado en el pasado y por eso se avanza al juicio y lo impide, imposibilitando con ello tener una verdadera experiencia del presente»157. Es por ello por lo que Arendt señala que si se quiere disolver un prejuicio se debe redescubrir los juicios pretéritos o juicios previos que contiene, esto es, se debe mostrar su contenido de verdad158. Y es que, en el mejor de los casos y «puesto que el prejuicio, al recurrir a lo pasado, se avanza al juicio, ve limitada su legitimidad temporal a épocas históricas —continuamente la gran mayoría— en que lo nuevo es relativamente raro en las estructuras políticas y sociales y lo viejo predomina.»159 Es decir, es en tiempos de crisis cuando resulta incluso peligroso operar bajo los prejuicios, pues estos se tambalean ante la novedad de los acontecimientos. La sustitución del juicio por el prejuicio resulta

155 Cf. PP p. 137

156 Respecto a la diferencia entre la facultad de pensar y la facultad de juzgar podemos señalar que ésta última opera con particulares. El juicio se encuentra más cercano al mundo de las apariencias porque trata con particulares, mientras que el pensamiento con universales.

157 Cf. PP p.138 158 Ibidem. 159 Cf. PP p.139

67 peligrosa cuando afecta al ámbito político, donde no podemos movernos sin juicios160.

Un ejemplo paradigmático del peligro, incluso el drama al que puede conducir actuar bajo el influjo del prejuicio en determinadas circunstancias lo encontramos en los Orígenes del Totalitarismo, allí la pensadora señala uno de los prejuicios que, en su opinión, la mayoría de los judíos europeos compartían desde finales del siglo XVIII (empezando por sus consejos) contra el pueblo llano y a favor de las autoridades de los reinos y estados que habitaban (La cursiva es mía):

De todos los pueblos europeos, los judíos han sido los únicos sin un Estado propio y se han mostrado, precisamente por esta razón, dispuestos y apropiados para alianzas con Gobiernos y con Estados, sea cual fuere lo que estos Gobiernos o Estados podían representar. (…) El escaso conocimiento y la práctica tradicional que aportaron a la política tuvieron su origen durante el Imperio romano, en el que fueron protegidos, por así decirlo, por el soldado romano, y más tarde, en la Edad Media, cuando buscaron y obtuvieron protección —contra la población y contra los señores locales— de remotas autoridades monárquicas y de la Iglesia. De estas experiencias habían extraído de alguna forma la conclusión de que la autoridad, y especialmente la autoridad suprema, les era favorable y de que los funcionarios de escasa categoría, y especialmente el pueblo corriente, les eran adversos. Este prejuicio, que expresaba una definida verdad histórica, pero que ya no correspondía a las nuevas circunstancias, se hallaba profundamente enraizado y era inconscientemente compartido por la vasta mayoría de los judíos, de la misma manera que los prejuicios correspondientes sobre los judíos eran comúnmente aceptados por los gentiles161.

160 Cf. PP p. 138

161 Cf. OT p.43 Resulta interesante que el termino prejuicio aparezca un sinnúmero de veces en los Orígenes del totalitarismo, en variadas combinaciones: «prejuicios de masas» p. 29, «viejos prejuicios» p. 42, «prejuicios de clases,» p. 48. «Prejuicios de naciones» «prejuicios nacionales» p. 81, «prejuicios estúpidos» p. 271. «prejuicios militaristas» p. 308 «prejuicios de la sociedad» p 359.

68 La nueva opinión o juicio sólo se puede ganar en combate con el prejuicio. Así pues, Arendt consideraba que, en buena medida, juzgar políticamente es poner a revisión constante los juicios previos acerca del estado de cosas del mundo. No se trata sólo de juzgar los nuevos acontecimientos, sino de volver a juzgar los juicios previos, dilucidar los prejuicios y las viejas convicciones a la luz de las nuevas experiencias. Tal vez podamos señalar, siguiendo a nuestra autora, que una de las cualidades del hombre políticamente dispuesto es la de mantener una actitud delante de lo histórico que podríamos denominar: «acontecidimental o natal».

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