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I. El marco histórico (I) El Sexenio de 1868-1874: un intento frustrado

5. Repercusiones sociales: la Prensa y la Iglesia

5.2 La Prensa católica

La Prensa católica y conservadora manejó este medio de comunicación de masas como arma arrojadiza contra los impulsores de la Revolución de Septiembre y del matrimonio secular. En ella además se difundió las numerosas cartas episcopales de los prelados españoles en las que se censuraba y satanizaba el cambio en la institución matrimonial.

Esa prensa se esforzó, de forma extraordinaria, en censurar la secularización del matrimonio, reiteró la innecesariedad del cambio y lo erróneo de excluir a la Iglesia del control familiar. Si la prensa afín a la Revolución celebró la libertad religiosa, la antagónica expresó la conveniencia y necesidad de cooperación entre Iglesia y Estado:

«No trato de ofender a nadie; pero respetando todas las opiniones, séame licito decir que yo sinceramente católico, creo que es una verdadera profanación mezclar lo que es imperecedero y eterno, lo que es la revelación de Dios, con la que es humano, y por lo tanto deleznable y movible. Yo entiendo que la iglesia, limitándose a predicar el Evangelio, respetando sus ministros hostiles al espíritu del siglo, ni mostrarse afectos a política alguna, porque todas por su naturaleza son mudables, nada tienen que temer de la libertad; y que el Estado procurando que los ministros de la iglesia sean buenos ciudadanos, dejando a éste cumplir libremente su misión en la tierra, nada que temer de la iglesia. Así como yo comprendo que deben obrar la iglesia y el Estado; y por eso, lejos de creer conveniente su separación, juzgo que deben vivir en las más cordial armonía, y así tendrá que suceder hasta la consumación de los siglos»92.

La libertad de cultos, derecho fundamental e irrenunciable para los constituyentes, no se valoraba de igual forma por los conservadores. España, reiteraban, todavía permanecía fiel al catolicismo, siendo los ateos una parte exigua de la sociedad:

«Bueno sería que el gobierno trajera los datos del número de católicos que han cambiado sus creencias, y de los templos protestantes o sinagogas que se han abierto desde la proclamación de la libertad de cultos. Pero yo sigo sosteniendo, a pesar de las interrupciones,

91El combate, ¡viva la república democrática y federal!, 8 de noviembre de 1870, p. 2.

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92La Época. Periódico político y literario, 28 de abril 1870, p. 1.

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que la casi totalidad de los españoles son católicos, y no es propio de legisladores prescindir de este el hecho material en un acto tan importante en la vida como el matrimonio»93.

[…]

«Honda perturbación va á llevar a los ánimos de todos este mal llamado matrimonio civil, si es que sus generadores pretenden llevarlo á la práctica. Si creen conveniente buscar una fórmula de matrimonio para los descreídos, que la busquen en hora buena, y que la planteen si creen no dañar con ellos las costumbres é instituciones seculares del país; pero si, porque unos cuantos son descreídos, se ha de obligar á todos los demás á que obren como ellos, esto es la suma de la perversidad; esto no tiene nombre»94.

El matrimonio, insistieron en las publicaciones católicas, además de su naturaleza contractual y jurídica, poseía una esencia espiritual que superaba lo legal, por tanto, el poder civil debía retroceder ante la competencia religiosa. El periódico monárquico La Esperanza apreció una contradicción entre la política de las nuevas autoridades, que aspiraban alejar a la Iglesia de la sociedad, y sin embargo valoraban la posibilidad de celebrar posteriores nupcias mediante el rito romano. La solución la encontraba en permitir el matrimonio civil exclusivamente a los no católicos, debiendo respetar la opción religiosa de los creyentes:

«…el nuevo Código (se refiere el artículo al proyecto de Código civil) proyecta instituir este matrimonio, sin oponerse á que los contrayentes pasen luego á verificar el matrimonio ante la Iglesia; pues ¿por qué se mete la ley en la Iglesia, de la cual se está separando invocando la libertad, y en la cual no piensa sino para oprimirla? ¿No sería más consecuente el gobierno si dijera que se establece el matrimonio civil para los que no quieran celebrarlo ante la Iglesia, y que este matrimonio tendrá todos los efectos civiles, como los tiene el matrimonio católico?»95. Se quejaba la prensa monárquica de la coacción a los católicos al obligarles a realizar los trámites legales oportunos para acceder al estado civil de casado. A su entender se alejaban de los principios esenciales del liberalismo que las autoridades surgidas de la Revolución aspiraban a consolidar:

«Es improcedente, bajo todo principio de sano régimen social, que el matrimonio civil se imponga aun á aquellos que no lo han pedido, y no lo quieren; es improcedente que se impongan á todos aquellos que les repugne invenciblemente pasar por la publicidad, tal vez

93Ídem. Sobre la libertad de cultos en la etapa de referencia véase la fundamental monografía: VILAR, J.

B. (1994): Intolerancia y libertad en la España contemporánea. Los orígenes del Protestantismo español actual. Prólogo de R. Carr. Madrid, Ed. Ismo.

94La Esperanza. Periódico monárquico, 19 de agosto de 1869, p. 2.

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frecuentemente escandalosa, de los trámites de este llamado matrimonio. Esto no tiene nada de los principios liberales bien entendidos; eso no es nada liberal, en el buen sentido de la palabra, ni muchos menos»96.

Otra controversia de interés que la secularización del matrimonio auspició y reflejó fue la reivindicación nacionalista sobre la familia por parte de los conservadores. Para ellos el matrimonio civil era una institución foránea, una imitación extranjera que colisionaba con la idiosincrásica patria. El recurso de identificar el nacionalismo español con el seguimiento de la fe católica se expuso constantemente. Como afirma el historiador de la Iglesia española Hibbs-Lissorgues: «En la prensa católica de aquel periodo, se defiende la tesis de que la identidad nacional se basa en la unidad católica. Esta asimilación entre el ser español y el catolicismo alimenta el mito de la “raza” española que supo imponerse a las herejías»97.

Para La Esperanza el matrimonio civil no sólo ofendía las creencias religiosas, también hería sentimientos:

«Como cristiano y como español siento en mi alma mucha violencia, como la sentirán casi todos los españoles, y quisiera que el gobierno fuera mas equitativo con nuestros sentimientos católicos»98.

Más directo en su mensaje de simbiosis entre lo español y lo católico resultó el artículo publicado en Revista Popular, de inspiración católica, que mostraba el auge del nacionalismo, incluso agresivo, en el que se despreciaba el divorcio invocando la batalla de Lepanto o de las Navas de Tolosa:

«¡Despierta pueblo español, pueblo el más católico del mundo… Pueblo, que no eres no, el pueblo del libre-culto, ni el pueblo del matrimonio civil, ni el pueblo del can-can…que todo esto es en ti pegado, postizo, extranjero, antinacional; ¡pueblo, si de la Cruz, de la Inmaculada Concepción, de las Navas, de Lepanto, del 2 de mayo, que esta es tu verdadera y nacional fisonomía»99.

96 Ídem, p. 2.

97HIBBS-LISSORGUES,S. (1995): Iglesia, prensa y sociedad en España (1868-1904). Alicante, Diputación

de Alicante, p. 101. Véase, a su vez, VILAR, J. B. (1994): Intolerancia y libertad… op. cit.

98La Esperanza. Periódico monárquico, 19 de agosto de 1869, p. 2.

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La indisolubilidad conyugal, la imposibilidad del divorcio vincular, el sacramento del matrimonio y la institución familiar amparada por la protección de la fe, fueron nociones repetidas y defendidas constantemente por la prensa monárquica. La Época citando los Evangelios recordaba como el divorcio quedó descartado, la opción secular la desechó el propio Cristo, no el clero ni el Vaticano. Además el divorcio, lejos de beneficiar a los matrimonios mal avenidos, desamparaba a la mujer, que sin la indestructibilidad del vínculo caería en el vilipendio:

«Vino después el Evangelio, y aquel fato de luz divina vino a cambiar la faz del mundo, y la mujer, que había sido esclava del hombre hasta entonces, vino a ser su igual, viniendo el matrimonio a formarse de la manera más propia para el desarrollo de la familia, base de la sociedad, y se hizo indisoluble, no porque lo dijera algún concilio, ni Santo padre, sino por las palabras de Jesucristo que dijo:“ viviendo la mujer, nadie puede tener otra”»100.

La desacralización del matrimonio y el proceso de exaltación individualista, merced de los nuevos derechos individuales proclamados en la Constitución de 1869, minaban el compromiso bilateral del matrimonio, aseveraban los conservadores. El divorcio, sin duda, era la sombra más temida y utilizada para descalificar el matrimonio civil por la prensa reaccionaria. El caso francés de finales del siglo XVIII se expuso para rechazar el proyecto secularizador, la lógica histórica había demostrado, según la opinión conservadora, que tras un proceso secular el divorcio sería una institución legalizada. El claro ejemplo lo encontraron en la Revolución Francesa, en donde la exaltación de las libertades civiles derivó en la legalización no solamente del matrimonio civil, también del divorcio, que llegó a ser tan practicado que a los pocos años las autoridades francesas rectificaron al poner en riesgo el orden y la familia:

«…desde el momento pues, que el matrimonio es un contrato civil, la disolubilidad es su consecuencia, así lo acordó la Francia, pero al ver que el número de matrimonios disueltos, era casi igual al de los celebrados hubo de retrocederse en ese camino, siendo inconsecuentes. Lo mismo ocurrirá en España; o el matrimonio civil cae, o la disolubilidad vendrá como su indeclinable consecuencia»101.

100La Época. Periódico político y literario, 28 de abril 1870, p. 1.

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La victimización de la mujer, originada según los católicos por el matrimonio civil, intentaba remover el sentimiento de debilidad femenina. Su honra, sentenciaban, se vería ultrajada al contraer nupcias alejada de la divinidad:

«...¿Prescindís de Dios? ¿Prescindís del unánime sentimiento religioso del pueblo español? ¿Creéis que entre vosotros puede vivir la mujer casada civilmente con las mismas consideraciones que la mujer casada cristianamente? Pues atreveos a autorizar el matrimonio de los sacerdotes perjuros y apostatas. ¿No os atrevéis a tanto? Luego no podéis prescindir por completo de Dios; luego reconocéis que la mujer casada civilmente, siquiera la ley la ampara y la considere, nunca será considerada entre nosotros más que una manceba del hombre a quien llame marido»102.

El enfoque patriarcal resulta nítido. La mujer era presentada por la prensa reaccionaria como víctima inocente del llamado concubinato legal, denominación muy al gusto de los católicos más comprometidos. El sentido de la honra, esencial para la sociedad de la época, se utilizó contra el matrimonio civil que minaría, auguraban, la naturaleza femenina:

«…si mañana un periódico dijera de cualquiera de vosotros que ibais a casaros civilmente con la mujer con la cual habéis vivido años, hace ¿qué responderíais? Responderíais llevando a los tribunales al periódico, y no descansaríais hasta obtener su condenación o una retracción amplísima. Y sin embargo, vosotros sois los autores de la Ley, vosotros, al dictarla, habéis implícitamente declarado que una mujer no podía considerarse deshonrada por haber hecho vida común con un hombre sin ser su mujer propia antes de establecerse el matrimonio civil. ¿Qué mejor prueba queréis de que el matrimonio civil ni responde a una necesidad, ni entra en nuestras costumbres, ni merecerá jamás en España otro nombre que el de concubinato legal?»103.

Para los conservadores detrás de los hechos de Reus se asomaba la sombra revolucionaria que atacaba la esencia cristiana. Como no podía ser de otra forma los ataques al Ayuntamiento de Reus aparecieron continuamente en la Prensa conservadora: «Yo señores, me permitirán calificar el matrimonio civil como un hijo mal nacido, de dañado y punible Ayuntamiento. No puede, pues, ese matrimonio ser bueno en su esencia…»104.

102La Esperanza, 30 de diciembre de 1869, p. 1. <www.bne.es/es/Catalogos/HemerotecaDigital> 103 Ídem.

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Ya no se trataba sólo de defender el matrimonio católico o de resguardar la indisolubilidad conyugal, sino de censurar y desprestigiar a los impulsores del matrimonio civil, que para los periodistas conservadores escondían la intención de introducir el divorcio. El matrimonio civil, vaticinaba la Prensa conservadora, alcanzaría un corto recorrido, y en esta ocasión, no erraron:

«… al fin y al cabo el proyecto (de matrimonio civil) no pasa aún de proyecto, y en ningún caso será sino un hecho de la revolución que caerá con la revolución misma; pareciéndonos por tanto más importante que lo que nos habíamos propuesto hacer respecto de ese proyecto, el señalar lo que es la revolución, como empieza y como acaba, según lo que Bonald dice acerca de ella “Triste momento en las revoluciones, exclama también Bonald, aquel en que los malvados no pueden ser ya hipócritas!” pero añade “quien apuesta en los tiempos revolucionarios por la vuelta del orden, no puede perder” cuando más se equivocará en la fecha” los momentos tristes pasan pronto, y aquí ya ni en la fecha de vuelta del orden podemos equivocarnos sino en horas o en días»105.

Los que pronosticaron una existencia efímera vieron tras la Restauración borbónica, su consumación. El matrimonio civil hijo de la Revolución de Septiembre tendría el mismo futuro que su Revolución. Fenecida La Septembrina igualmente acabó el giro secular.

Resulta llamativo cómo el alejamiento respecto a Europa no se apreciaba de igual forma en la prensa antirrevolucionaria. Si los sectores progresistas y más liberales criticaban el distanciamiento social y político respecto a Europa, el hermetismo político y social español se apreciaba con agrado por los medios de opinión conservadores que despreciaban los progresos legislativos y sociales que se produjeron por aquellos años en el extranjero. Sin duda el matrimonio civil imitó lo extranjero y su admisión para los conservadores resultaba inaceptable. Realmente la propia Constitución de 1869 también era repudiada, apreciaban en ella un contenido alejado de lo genuinamente patrio.

La Esperanza resumió de forma explicita su parecer:

«Malo en su origen y funesto en sus consecuencias; despojado del carácter de sacramento y nulo por las leyes de la Iglesia; contrario á nuestras tradiciones y costumbres; repugnante á nuestros sentimientos; barrenado la base de la sociedad doméstica, y sin responder á ninguna de las necesidad que en otros países han podido reclamar ó hacer que se tolere el establecimiento, el matrimonio civil no puede ser pedido en España sino por los que á

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todo trance, y sin meditar inconvenientes, quieren introducir entre nosotros toda institución extranjera. Nosotros meditaremos por ellos, sin mas que hacer la explanación de estas ideas»106.