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Preparativos de cumpleaños

In document El Viajero Cientifico - Carlos Chimal (página 33-35)

Todos los viajes llegan a una encrucijada y el nuestro no fue la excepción. ¿Estarían dispuestos mis sobrinos a seguir mi caprichoso itinerario? Les propuse que, en vez de ir a Florencia, la ciudad rival de Pisa, localizada a unos cuantos kilómetros, regresáramos a Roma y tomáramos un avión al Reino Unido. De ahí iríamos a Francia y luego a Alemania.

—Lo que tú quieras —dijo Mario, pensando que así se libraba del turismo bullicioso. Las muchachas querían complacerme "nomás porque ya se acercaba mi cumpleaños".

—Les aviso que si quieren, podemos regresar y visitar Florencia y Boloña —dije—. Podemos ir al norte por tierra y desde Milán cruzar en tren los Alpes hasta Ginebra. Pero ahora me parece que sería buen momento para visitar las islas británicas, pues ahí se dio una buena parte de la primera explosión moderna de la ciencia y es donde tenemos una cita con una científica distinguida. Cuando regresemos al continente, en particular a Ginebra, hablaremos con algunos de los herederos de esta enorme tradición en el estudio de la física y la astronomía. Eso nos adentrará en la última etapa de nuestro viaje: la ciencia de hoy.

—Vamos ya —dijo Mario—, en Picadilly debe haber unos súper videojuegos. ¡Qué esperamos!

Dos días más tarde, Mario estaba cumpliendo su deseo, mientras las chicas y yo buscábamos boletos para ver El fantasma de la ópera. Caminamos por el Soho y comimos en el barrio chino. Luego, cada quien paseó por su cuenta. Todos teníamos un mapa, así que propuse que nos encontráramos en la iglesia de St. Martin in the Fields. Después de admirar el edificio y enterarnos de los próximos conciertos a celebrarse en el recinto, mis sobrinos preguntaron qué hacíamos ahí.

—En este sitio fue enterrado Robert Boyle, quien hizo una labor similar a la de Galileo y Kepler en el campo de la química. Boyle nació en el castillo de Lismore, en el sur de Irlanda, en 1627; fue el más pequeño de los hijos de un gran conde. Estuvo en Florencia, donde estudió la obra de Galileo y más tarde se mudó a Oxford y luego a Londres para trabajar con el célebre Robert Hooke, a quien tal vez recuerden por sus clases de física...

—No —dijeron los gemelos.

—No importa, Hooke y Boyle inventaron la moderna bomba de vacío, neumática, y juntos experimentaron con diversos gases. Ateniéndose a hechos básicos, como Galileo, Boyle puso todo su ingenio en demostrar que había ciertas sustancias químicas básicas que no podían

dividirse en otras más elementales. Ahora sabemos que, en efecto, hay elementos y cada uno de ellos está constituido por una clase distinta de átomos. Boyle llamó compuestos a la mezcla de elementos. Sin embargo, era un hombre de dos mundos, como lo fueron Copérnico y Newton. Creía en la alquimia y pensaba, equivocadamente, que el oro era un compuesto y que sólo era cuestión de mezclar los elementos correctos para producirlo.

—Pobre iluso—dijo Tibi.

—Al menos ayudó a que nuevas generaciones de químicos trabajaran de una manera más rigurosa. También introdujo el alcohol como desinfectante. Fue miembro del "Colegio invisible", fundado por profesores de Oxford y que más tarde, luego de la Restauración, se convertiría en la Royal Society de Londres. Cuando visitemos el pueblo de Isaac Newton hablaremos un poco más del ambiente de aquella azarosa época en estas tierras.

En eso, un grupo de seguidores del Hare-Krishna pasó danzando y vendiendo libros de sabiduría y cajas de incienso. Los ofrecieron a Mario, quien los rechazó cortésmente. Al final decidió comprarles un paquete de esencia de sándalo para su amiga en México.

Como festejo preparatorio a mi cumpleaños (faltaba más de una semana), las muchachas organizaron un viaje al nuevo museo del cuerpo, el Domo, que también es un centro de entretenimiento futurista. Para no ser acusadas de que querían desviar el sentido de nuestro viaje, me dijeron que habían elegido el sitio porque estaba cerca del Observatorio de Greenwich, construido, según se habían enterado, por el rey Carlos II.

—John Hamsteed, el primer astrónomo real, dedicó cuarenta y cuatro años de su vida a mantener el lugar. Ahora, por el premio de la jornada, que consiste en diez CDs, ¿quién es el astrónomo más famoso del Observatorio?

—Edmund Halley, el del cometa —dijo Tibi.

—¡Prueba superada!—dije y agregué—: Halley tuvo que ver mucho en la publicación del libro que inmortalizó a Newton.

A cambio de tan entretenido viaje a las afueras de Londres les regalé la tarde en Trocadero, entre los artistas de la calle, estrellas de la moda y el fútbol en el Centro del Diseño, una función de cine cerca de la plaza Leicester, delicias hindúes en Covent Garden, diez CDs para Tibi y el dulce frenesí de las calles mojadas de la plaza deTrafalgar. Mario fue a la meca del cómic, Forbbiden Planet, y se compró una lámpara con la figura de Robocop.

El domingo fuimos de paseo a Camden Town. Temprano por la mañana pusimos tarjetas postales a sus papás y luego tomamos el autobús, aunque también se podía llegar en el tren subterráneo hasta Warwick. A unas cuadras de ahí se encontraba la Pequeña

Venecia. Nos subimos a una de las lanchas, que recorría el canal en dirección a Camden, pasaba por la hermosa mezquita central de Londres, luego se detenía en el zoológico y finalmente llegaba al mercado de objetos, ropa juvenil, artesanías de infinidad de sitios y parafernalia del momento. Ahí tomamos chocolate caliente y pan danés.

No había más tiempo ese domingo para regresar al Museo de la calle Great Russell. El lunes no abrirían, así que durante la cena, en un restaurante griego de High Holborn, pensamos que lo mejor era hacer una excursión a la abadía de Westminster, aunque tratándose de una iglesia en funciones, uno podía llegar en un momento en que se estuviese llevando a cabo un servicio religioso y tener que esperar, pero al final siempre se podía entrar y mirar las tumbas de poetas y científicos famosos.

Antes de apagar la luz de nuestra habitación. Mario me confesó que sentía una especie de repulsión y, al mismo tiempo, fascinante atracción por la visita del día siguiente.

—Es un verdadero panteón —le dije.

—A mí me parece como una galería hecha por los vanidosos a costa de los mejores — respondió él—. Está más presente el deseo de los vivos que la voluntad de los muertos, ¿no crees?

—A veces. No olvides que sólo se trata de no perder en la memoria aquellas mentes que viajan en los enigmáticos mares del pensamiento.

—Tío, no sabía que eras poeta.

—No lo inventé yo, lo dijo William Wordsworth, poeta británico del siglo XIX, a propósito de Newton.

Mario se quedó pensativo y me dijo:

—De todos modos, antes creía que los científicos eran unos mamertos desalmados. —Gracias por el cumplido.

—La verdad, antes me caías medio mal, pero ahora ya no tanto. De hecho, creo que ya estás más alivianado que hace unos meses.

—Hombre, gracias de nuevo.

Luego relajó la expresión y se olvidó del asunto. Dio las buenas noches y se hundió entre las sábanas.

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