Como enseguida veremos, en el suelo peninsular y salvo varias notables excepciones, la producción de mo- neda propia no se extendería hasta después de la Segun- da Guerra Púnica, en paralelo a la expansión de Roma. Solo ciertos hallazgos esporádicos y la presencia de esca- sos tesoros, representan un testimonio de la reducida y casi esporádica circulación monetal de piezas foráneas, Fig. 4. Lámina conservada en la Real Academia de la Histo-
ria con dibujos de monedas de la Ulterior de L. J. Velázquez, autor del Ensayo sobre los alfabetos de letras desconocidas que se
encuentran en las más antiguas medallas y monumentos de Espa- ña, Madrid, 1752.
Fig. 5. Retrato de D. Fran- cisco Mateos Gago (1827- 1890), presbítero y coleccio- nista afincado en Sevilla.
procedentes en su mayoría del occidente griego (Campo 1997). Se discute si representaban un valor económi- co, de prestigio o simbólico, y si arribaban a manos de mercenarios contratados por los contendientes medite- rráneos en liza –griegos y púnicos– o se introducían por vías comerciales. El caso es que no tenemos constan- cia de una circulación fluida ni, por el momento, se ha planteado una valoración específica de los mencionados numismas aparte de su mero valor metálico. Al final del capítulo ofrecemos un selectivo aparato cartográfico y también una tabla con la relación de cecas hispanas y propuestas de ubicación (tabla 1).
los griegos (mapa 1)
Si el nacimiento y uso de las monedas más antiguas se sitúa hoy en Lidia a fin del siglo vii a.C., o más bien a inicios del vi a.C. y fueron los griegos quienes llevaron hacia Occidente –Magna Grecia y Sicilia– esa forma de dinero que en definitiva representa un nuevo modo de relación financiera y económica, cabe esperar que el fenómeno no tardara en llegar a Iberia de su mano. En
efecto, sería una colonia focense muy ligada a Massalia, Emporion, la que produjera las más antiguas monedas emitidas en suelo peninsular (Campo 1992). Los pasos iniciales se nos presentan aún confusos en cuanto a fijar unas fechas exactas, que hoy planteamos en torno a me- diados del siglo v a.C., y a definir el patrón monetario seguido (Campo, en HMHA, 20-24). De todos modos, parece clara su relación con el ambiente de la plata fo- cense y con Massalia, como se advierte en la presencia de piezas que ahora se atribuyen a Emporion (Villaron- ga 1995b), en el célebre tesoro de Auriol, donde la ma- yoría de sus ejemplares proceden de la ceca massaliota. Ya se encuentran en él unas menudas monedas fraccio- narias de plata, con una cabeza de carnero como tipo principal y punzón al reverso, que se acuñaron en la mencionada ceca «catalana» (fig.7).
Estos pequeños valores fraccionarios, anepígrafos, es decir, sin leyenda identificativa, y cuyos tipos predomi- nantes se tomarían del variado acervo oriental (fig. 8), darían paso años después a monedas donde ya se intro- ducen las iniciales de la ceca, siempre en alfabeto grie- go, inspirando ahora su tipología en la rica gama de las emisiones griegas suritálicas y sicilianas, abandonando los flanes globulares y el estilo arcaizante por formas más acordes con el circulante mediterráneo del momento, tendencia que se iba a acrecentar a lo largo del siglo iv a.C. Un desfile variopinto de cabezas de dioses –Apolo, Atenea, etc.–, de animales –gallo, lechuza, toro, etc.– y hasta de objetos –ánfora, astrágalo, etc.–, ilustran los tipos de estas monedas, realizadas siempre en plata y en valores fraccionarios (fig. 9 y 9 bis) sin que llegasen aún a emitir dracmas, que hubieran constituido las unidades (Campo 2002b). Las relaciones comerciales con otros centros mediterráneos, en especial Massalia, pueden jus- tificar las emisiones emporitanas, pero es preciso sopesar en este sentido otros dos ambientes, el gadeirita y el pú- nico cartaginés. Respecto al primero se ha señalado un dato interesante que atañe ya a la emisión de las drac- mas: la similitud de los patrones metrológicos utilizados tanto en la ciudad griega como en la fenicia (4,70 g), que no responden a los habituales en el Mediterráneo. Además, el tipo de reverso que los de Emporion coloca- ron en sus dracmas, iniciadas a fines del siglo iv a.C., parece inspirarse en una figura básica que resulta una de las más utilizadas en la amonedación cartaginesa: un caballo parado (fig. 10) (Villaronga 2000).
Comienza así la colonia griega una serie nueva emi- tiéndose el valor de dracma y eligiendo para el anverso una cabeza femenina inspirada en la factura de Aretusa presente en las célebres monedas siracusanas o, más bien, en los ejemplares cartagineses a los que también la sici- liana había servido de modelo. Sobre el anverso escriben en griego la leyenda de la ciudad, completa y en genitivo plural, algo característico de la amonedación urbana grie- ga. En el reverso figura un caballo sobre el que vuela una victoria de la misma manera que ésta aparecía encima Fig. 6. Antiguo catálogo de la colección de D. Francisco Ma-
teos Gago, hoy en el ayuntamiento hispalense, realizado por F. Collantes de Terán y F. Caballero Infante, Sevilla, 1892.
de las cuadrigas de Siracusa y como también la copiaron algunas emisiones de Cartago en Sicilia. Sin embargo, algo debió de hacer cambiar la selección tipológica y, ya entrado el siglo iii a.C., se advierte un giro hacia imáge- nes más claramente griegas. En esta serie, las dracmas sustituyen el caballo parado por un Pegaso y el nombre de los ciudadanos aparece situado en el reverso; la cabeza femenina se vuelve a derecha en vez de a izquierda y se rodea de los delfines que siempre habían acompañado al modelo de la Aretusa siracusana, pero que no figuraban en el grupo anterior (fig.11).
Aunque la fecha precisa de la modificación iconográ- fica es difícil de precisar, un cambio de intereses comer- ciales a raíz de los acontecimientos que se sucedieron en el Mediterráneo occidental, pudo originar esta sustitu- ción de tipos en un momento en que los de Emporion quizá no querían que su moneda pudiera confundir- se con la de los derrotados cartagineses tras la Primera Guerra Púnica, pues, aunque las fuentes histórico-ar- queológicas no indican que ésta influyera directamente sobre los emporitanos (Campo, en HMHA, 32), era evidente que el equilibrio de fuerzas en el Mediterráneo se estaba inclinando del lado romano. Una aproxima- ción a Cartago, desde el punto de vista de la propa- ganda que podía representar la moneda, no debía de considerarse oportuna incluso si la ceca hubiera estado inactiva un tiempo, como se podría pensar observando el relativamente corto número de cuños que se detecta para la primera serie. Se observa con claridad una mayor producción de las segundas emisiones de dracmas que tendrían una vida intensa, siendo además copiadas por los galos y, muy profusamente, por los habitantes de la propia península Ibérica, como veremos más adelante. Recordemos que también se emitieron varios divisores en plata, nunca en bronce, que serían asimismo imita- dos por cecas indígenas (Campo 2002b).
En cuanto a la identificación de la diosa figurada en el anverso, no es suficiente esgrimir las espigas del pelo presentes en las dracmas iniciales para pensar en Perséfo- ne, ya que las siguientes se rodean de los delfines caracte- rísticos de la ninfa siracusana y sería absurdo identificarla en ellas con Aretusa. Al copiar el modelo se hizo igual con los atributos que conllevaba, pero la imagen en sí es más plausible que corresponda a Artemis, divinidad políada de focenses y massaliotas (Pena 1973). Además esta diosa, andado el tiempo, aparecería en Emporion con arco y carcaj, en una escasa serie de bronces acuñada a finales del siglo i a.C. (Llorens 2005, 119-120).
Si las circunstancias políticas influyeron en un cambio de tipos, al final del siglo iii a.C. asistimos a una curiosa modificación de la cabeza de Pegaso, di- señada ahora como una figura humana doblada sobre sí misma agarrándose los pies con las manos (fig. 12, rev.). Este matiz diferenciador se ha atribuido a la pre- sencia romana, pensando que la ceca emporitana pudo suministrar moneda a las legiones que, tras el 218 a.C.
y el desembarco de Escipión, se hicieron permanen- tes en la península Ibérica (Villaronga 1981-1983). No es fácil sin embargo decidir cuándo se dejaron de emitir dichas dracmas modificadas, últimas de la ceca, y mientras unos autores se inclinan por los primeros años del siglo ii a.C. (Villaronga 2002, 59-72), otros observan que estas monedas se encuentran en tesoros formados a finales del mismo y a inicios del siguiente siglo (Campo HMHA, 47-49; 1992). Con el tiempo, las nuevas series llegan a incluir en las dracmas símbo- los y/o letras constituyendo los grupos de las últimas emisiones. Se caracterizan también por un descenso en la calidad artística y técnica, aprovechando a menudo viejos cuños, pero hay que reiterar que durante este periodo la ceca solo emitió plata y que el bronce uti- lizado por los de Emporion fue el numerario acuñado por el pueblo de los indiketes –Untikesken–, es decir, por los indígenas que rotularon sus piezas en ibérico, formando parte de la misma ciudad y conviviendo en vecindad con los emporitanos. La tipología continúa siendo del gusto griego, aquí con unidades donde figu- ra Palas-Atenea en anverso y, en reverso, el consabido Pegaso (fig. 13) y un toro embistiendo en las mitades (fig. 14) (Campo 2002a).
La otra colonia griega cercana, Rhode, también produjo una exquisita serie de dracmas, similares en estilo y peso a las de Emporion, con cabeza femenina en el anverso, a izquierda, y leyenda urbana en griego, mientras que en el reverso colocaron el tipo parlante de la ciudad, una rosa que, a diferencia de la Rhode oriental, se dibuja vista desde abajo o, en una serie más escasa, vista desde arriba, acompañando a las unidades varios divisores en plata (fig. 15) (Villaronga 2000, 27- 74). Otra novedad a diferencia de Emporion, es la pro- ducción de moneda en bronce con los mismos tipos, reacuñándose buena parte de los ejemplares conserva- dos sobre piezas cartaginesas sardas de caballo/palme- ra que actúan como soporte. Su ceca no alcanza ni el volumen ni el tiempo de emisión de la emporitana, lo que no es óbice para que también en las Galias se imitan estas monedas, siendo el probable origen tipo- lógico de las llamadas monnaies-à-la-croix (Campo, en HMHA, 36).
los púnicos (mapa 2)
Es imprescindible recordar que con este nombre nos estamos refiriendo a un conjunto poblacional muy amplio que engloba tanto a los fenicios asentados des- de el siglo ix a.C. en adelante en ciertos lugares de la península Ibérica, configurando una «colonia», como a gentes que, de forma más o menos aislada, constitu- yeron minorías mezcladas con la población local o al menos conviviendo con ella sin limitarse a las franjas costeras. A éstos se superponen los intereses que man- tuvieron los cartagineses mucho antes de la Segunda
Guerra Púnica y su presencia activa durante algunos años precedentes de la misma. Si entre todos estos componentes existen rasgos que podríamos calificar de étnicos, la evolución de cada cual y las progresivas diferencias hacen que los diversos grupos adquieran características personales. En este sentido, las mone- das producidas por ellos deben considerarse como un hilo conductor de su desarrollo, a veces por caminos diferentes, y testimonio del proceso de etnogénesis que cada cual ha seguido (Chaves, en prensa b).
Gadir (Alfaro 1988, 1994; HMHA), la renombra- da colonia tiria más antigua de Occidente, solo ini- ciaría sus emisiones con menudas piezas de bronce, a las que la Arqueología ha atribuido la fecha de primer cuarto del siglo iii a.C. por su hallazgo en la factoría de Las Redes (Fuentebravía, Cádiz) (Alfaro 1988, 94). Su asociación con ambientes industriales, que se repite en excavaciones varias, ha hecho pensar en monedas dedicadas a pequeños pagos relacionados con las acti- vidades pesqueras e industriales –salsas de pescado, en- vases cerámicos– con las que el propio templo de Mel- kart pudiera estar relacionado (Chaves/García Vargas 1991), aunque en las piezas iniciales se ha querido ver también una finalidad votiva (Arévalo 2004).
Se acuñan varias emisiones con tipos que avalan las propuestas anteriores –cabeza de Melkart y rostro helíaco de frente, atunes y delfines– siempre en cobre
y con tres valores, anepígrafas en principio (fig. 16) y luego con alguna letra marcando la emisión. Pero es interesante advertir que la ciudad se encontraba in- mersa en un mundo iconográfico helenístico como se advierte en la presencia del Melkart portando leonté a la manera del Heracles griego y en el uso además de un rostro de frente, muy probable representación solar, que recuerda las palabras de Estesícoro cuando alude al viaje de Heracles al extremo Occidente en la copa de Helios (fig.17) (Mora 2005a, 1354). No hay seguridad acerca del momento preciso en que la ciudad comen- zara a emitir sus piezas de plata (fig. 18), pero de las dos series argénteas conocidas puede que la inicial, que incluye por vez primera el nombre de los ciudadanos de Gadir, se produzca tras la derrota de los cartagineses en la Primera Guerra púnica (341 a.C.) y antes del desembarco de Amílcar (Chaves, en prensa b). Esto su- pondría un intento de respiro para los gadeiritas tras la derrota cartaginesa y la sublevación de los mercenarios libios, respiro que la presencia bárcida (337 a.C.) re- duciría a un fallido intento, como veremos enseguida. De forma al parecer paralela a la plata tuvo lugar una interesante pero corta emisión en bronce, también con el nombre urbano completo, con la cabeza de Melkart de frente (fig. 19).
La plata gadeirita se inicia con un patrón similar al seguido en Emporion como antes hemos señalado. Mapa 1. Ubicación de las cecas en la Hispania Citerior (autora e ICAC/UDG, a partir de HMHA: 1997, 123).
Si se demuestra la hipótesis de García-Bellido sobre el origen oriental de este patrón al que la autora re- laciona con un sistema de pesos de raíz costero-siria que ella detecta en los ponderales hallados en Can- cho Roano (García-Bellido 2002), tendríamos que replantear los elementos que perviven a partir de la presencia de gentes orientales, también en el interior de la península Ibérica, al menos desde el s. viii a.C. Estaríamos entonces ante una unidad –shekel– de 9,70 g, y así, los de Gadir no seguirían el patrón cartaginés coetáneo de 7,70 g, sino que emitirían mitades de 4,70 g, según aquel antiguo sistema ya tradicional en ellos. Este dato también abonaría el inicio de la emisión ar- géntea gadeirita antes del desembarco de Amílcar, no habiéndose fabricado en exclusiva por impulso de los cartagineses para financiar sus gastos en la península Ibérica. En todo caso, la segunda serie, acuñada con el peso reducido, puede haber cedido al empuje bárcida y estar conectada con sus necesidades bélicas (Chaves, en prensa b).
Tras la derrota cartaginesa de Ilipa (207 a.C.), los gadeiritas abrirían las puertas a los romanos cesando la plata por completo para no volver a emitirse ni en ésta ni en ninguna otra ciudad del sur peninsular. Du- rante los últimos años se ha propuesto que la primera serie de la colonia fenicia de Malaca tuviese lugar ya al final del siglo iii a.C., compuesta por unas peque- ñas piezas de bronce con una cabeza portadora de la doble corona egipcia en el anverso y una estrella en el reverso (fig. 20), basándose en que la última iba a ser más adelante un tipo clave en la ceca malacitana (Campo/Mora 1995, 124). Queda aún en suspenso si unos menudos pero interesantes y escasos ejemplares en plata con temas también egiptizantes salieron de su taller (Campo/Mora 1995, 201).
Una ceca notable, perteneciente al ambiente pú- nico y cuyo inicio fue anterior al desembarco de Esci- pión, es Ebusus (Campo 1976, 1993). Fundación car- taginesa del vi a.C., en la isla se abre un taller, puede que en paralelo a Gadir o más bien después, aunque los datos de que disponemos no permiten precisión en este sentido. Comenzaría emitiendo cobre y con pa- trón de unidades 9/9,5 g, aunque aquí solo se produ- cen pequeños divisores (Campo 1993a, 148). La plata aparecerá, primero, en moneda fraccionaria con una rara y brevísima emisión que, a partir de la Segunda Guerra Púnica, conoce series más voluminosas, utili- zando en ambos metales la figura de Bes, a modo de tipo parlante, y el toro en diversas actitudes. Se man- tuvieron sin el rótulo urbano, inicialmente anepígrafas y luego incluyendo letras o símbolos, hasta el último tercio del siglo ii a.C. (Campo 1976, 29), época que conoce su mayor volumen de producción a la vez que sus monedas se expanden por todo el occidente del Mediterráneo (fig. 21). Fue, además, la única ciudad hispana que emitió una serie en época de Claudio.
el levante: arse y saitabi (mapa 1)
Hasta hace poco se consideraba la Segunda Guerra Púnica el momento del inicio de las emisiones de la ciudad de Arse-Sagunto, pero nuevas piezas y un dete- nido estudio (Ripollès/Llorens 2001) han remontado la cronología de unos óbolos con cabeza femenina en anverso y, en el reverso, rueda, a la segunda mitad del siglo iv a.C. (fig. 22). En adelante, diversos valores, siempre en plata y con una metrología característica de la zona, presentan tipos en su mayoría de inspira- ción griega como, entre otros, el toro androcéfalo o la diosa con un casco similar al que porta Atenea en las estáteras de Alejandro (fig. 23). Pero la leyenda alu- siva a la ciudad, siguiendo la norma que impera en la ceca desde su inicio, se escribe en alfabeto ibérico, conjugando así los propios hábitos culturales de los ar- setanos con una iconografía inspirada en una zona del exterior, Magna Grecia en especial (fig. 24), con la que sin duda fluían las relaciones comerciales. Sus acuña- ciones continuaron durante la Segunda Guerra Púnica y así no es difícil encontrarlas entre las piezas de los tesoros ocultados por esta época. También en levante, pero aquí solo en la última década del siglo iii a.C., Saitabi emitió didracmas, dracmas y hemidracmas, se- rie completa de plata (Ripollès 2007, 107 y ss.) al pa- recer en patrón similar a la próxima Arse, con cabezas de Heracles en anverso y, en reverso, un águila de alas abiertas (fig. 25), supuestamente inspirada la última en el coetáneo oro romano, pero no olvidemos que la misma ave rapaz venía caracterizando los reversos de monedas ptolemaicas. Se trata, pues, de bellas pero breves emisiones con leyenda en ibérico, que cesarían pronto para dar paso a series muy distintas y en bronce medio siglo después.
las emisiones bárcidas
Aunque hemos mencionado la acuñación de mo- neda en varias zonas de la península Ibérica antes del desembarco de Amílcar, sin duda, la presencia de nu- merario se incrementó de modo muy notable a partir de ese momento. Pero el reconocimiento y hallazgo de ejemplares cartagineses emitidos en ceca norteafricana, siciliana y sarda antes de dicha fecha, ha venido a apor- tar datos inesperados y nuevos puntos de reflexión. Por el momento los conjuntos más interesantes y copiosos, aunque no únicos, se limitan a bronces procedentes de El Gandul (Sevilla) y Fuentes de Andalucía (Sevilla), emplazamientos no lejanos de la rica ciudad de Carmo (Ferrer Albelda 2007, 208-212). Pago de soldadas a mercenarios, puntos de reclutamiento o campamentos (Pliego 2003), mantenimiento de una infraestructu- ra de explotación pactada con los habitantes locales; varias son las hipótesis expuestas, pero la posibilidad de nuevos hallazgos aconseja aún prudencia. De he-
cho han sido no pocas las novedades que en los últi- mos años han ampliado el estudio del siglo iii a.C. y el horizonte de la Segunda Guerra Púnica en Hispania, entre ellas algunos divisores de plata y bronce descono- cidos hasta hoy (García Garrido/Montañés 1989) o la