Capítulo 3. La creatividad filosófica exigida por el
4. Tres cuestiones prácticas
4.1. El problema de lo verdadero
Conviene tener en cuenta dos diferencias entre el consultante y el asesor:
a) La idea de “verdad”. b) La capacidad de conocer.
(En la consulta psicológica estas cosas no suelen hacer explícita- mente al caso).
a) El consultante, al tratar con un filósofo, puede plantear el problema de la verdad de lo que se le dice y aconseja. El filósofo ha de tener presente que existen diferentes formas y grados de verdad (algo que el psicoterapeuta, y menos el psiquiatra, no tienen por qué saber, pero que es muy necesario para asimilar sin recelo algunas ideas nuevas o incluso valores, que el consultante necesita), y no sólo quedarse con dos concepciones contradictorias, y menos con una sola y absoluta: “plena verdad”, frente al “error”.
Aunque algunos filósofos no tengamos obsesión (o esperanza) de obtener ninguna Verdad, el consultante profano sí la tiene y es, en el fondo, por lo que pregunta. Aunque desde el punto de vista filosófico podamos cuestionar o matizar la noción de verdad, en len- guaje coloquial es un concepto válido. El asesorado desea contrastar su búsqueda de la verdad, no verla refutada ni ridiculizada.
Y tal “Verdad”, tal como él la entiende, puede ser de muy dife- rente naturaleza. Frecuentemente será metafísico/ética, pero también puede ser estética, política, social, axial y fiducial1.
El origen del concepto mismo de “verdad” no es propiamente lógico, sino vital, existencial y ético. Tal sentido es el que está pre- sente, por ejemplo, en la expresión “ser uno mismo verdadero”, que implica ser genuino, actuar de verdad, practicar la verdad, etc. Tal sentido de verdad es el que fundamentalmente interesa en la consulta de asesoramiento filosófico, pues, para poder obtener verdades teó- ricas “plenas” o “absolutas” (como las denominan algunas mentes conservadoras), tendría el ser humano que poseer, a su vez, una
mente plena y absoluta. Ahora bien, lejos de ser así, su mente es rela-
cional e histórico-evolutiva. Las realidades pueden ser plenamente
1. Cfr. a este respecto mi obra Entramado de las Creencias, Madrid, Syntagma, 2005.
absolutas, pero la mente no las alcanza jamás a comprehender de un modo tan abarcativo. Y lo que sería sin discusión absoluto –la divi- nidad– es por excelencia lo incomprensible, innombrable, irrepre- sentable e indecible.
Son tantos los componentes o factores que han de conjugarse en la conciencia de estar conociendo una “verdad”, que siempre quedan cortas las épocas y la duración de las generaciones (como parece dar a entender Protágoras), las cuáles nunca llegan a poseer una verdad plena y total –a lo más, se ilusionan con ello y crean un sucedáneo artificioso de “verdad”–, sino que van siempre de camino hacia esa “verdad”, mas dialécticamente. Esta “verdad” se constituye desde la cooperación y por las aportaciones de una serie de factores afectivo- mentales, en forma de tradiciones asimiladas en y desde la historia (¡nunca se empieza de cero!), de cadenas semiosimbólicas, de apren-
dizajes culturales y de esquemas lógicos, así como de la experiencia vital personal elaborada con aquellos. Por ello, para cada individuo
o grupo de individuos, dependiendo de su vigor psíquico, hay algu- nas verdades propias, intensamente vividas, formadas por conglome- rados de experiencia vital y práctica, que no pueden ser del todo erróneas. Desde luego ninguna de estas “verdades” puede ser “cien- tíficamente demostrada” ni refutada. Pero al menos motivan, susten- tan y dinamizan, y así ayudan a vivir, a veces adoptando la forma de “valores” (W. James y J. Dewey). Ahora bien, cuando lo científico se exalta y también se absolutiza, se pierden estos horizontes de valor; y automáticamente la felicidad se convierte en un “disfrutar de las pequeñas cosas”, ya que no las hay mayores (como sostienen, entre otros, Cortina, Camps, Guisán, Lledó, Sádaba o Savater)…
José Antonio Marina habla de “dos verdades”:
a) la oficial, pública y demostrable por métodos reconocidos; b) la particular, concreta y vivida en alguna experiencia singular
Esta verdad singular y particular no es propagable como doctri- na común y necesaria, pero sí puede fundamentar algunas sólidas creencias.
En este último género habrían de incluirse las verdades vigen-
ciales, que no son personales ni se originan en una experiencia extra-
ordinaria, sino comunes y vulgares, y que no son verdades demos- tradas sino firmemente creídas por estar vigentes en una sociedad por tradición cultural. Entre ellas se encuentran las convicciones prác- ticas, clínicas, dietéticas, higiénicas, ideógico-políticas… las cuáles casi siempre se concretan en juicios de valor. De ellas, en su mayor parte, viven las sociedades. No consta que sean absolutamente “verdad”, pero ayudan a vivir y parecen ser indispensables para la vida colec- tiva. Se ponen de moda, viven y rigen, orientan y desorientan –según se las exponga y se las proponga o imponga (por cierto, ¡cuántas ver- dades potenciales dejan de ser “verdad” por lo absoluto de su impo- sición como tal verdad inconcusa!)–.
Y es que la verdad no es total ni puntual, ni está bien perfilada como algo contrario al error, sino que es dialéctica, gradual y ondu- latoria (se desarrolla por ondas concéntricas de difusión histórica en diferentes versiones tradicionales). A ello contribuye el lenguaje, que es plural y polisémico. Por ello apuntamos que, para cada individuo o grupo de individuos, hay algunas verdades propias, intensamente vividas, formadas por conglomerados de experiencia vital y práctica, que, aunque no son “científicas”, tampoco son “mentira” ni puro “error”.
Siempre que se trata de conocimiento natural humano (y no informático) hay que tener presente el factor vivencial y personal que resulta de la integración de algún “objeto” por parte de una con- ciencia viva y densa de memoria existencial (que incluye los apren- dizajes culturales y las experiencias pasadas, por ella misma y por su grupo tradicional).
b) La capacidad de conocer (es decir: la entidad misma del suje- to cognitivo en cuanto tal) está constituida por:
• su propio proceso existencial concreto,
• su sucederse de momentos de recepción de contenidos (y esti- los) de información,
• su almacenamiento mnémico-vivencial desde el mismo na-
cimiento (como tal sujeto viviente capaz de ir conociendo
dentro de un tiempo personalmente concreto, creativamente abierto a un futuro posible).
La antropología subyacente a ello se podría resumir como sigue: Se parte del sujeto en cuanto sujeto en su mismo existir como
receptor y productor de información por diferentes canales.
Por tanto, la realidad efectiva no es irreformable como cada suje- to cree –y supone con seguridad que los demás deben admitirlo, con un modo a veces muy dogmático y demasiado seguro de sí–, sino una
remodelación continuada, aunque no incoherente ni arbitraria, de
modos de formalizarse un mundo –para el sujeto existente como real–2. Precisamente por ello es real: por su dinamicidad total y
permanente; pues “ser” (estar siendo) es reafirmarse y reinstaurarse (como el conatus en la “substantia” spinoziana) como existente en su estar-en-cada-instante evolutivo (en cuanto tal existente Zeitigung!), constelando “su” mundo de conjuntos de objetos, relaciones y valores. Y esto acontece siempre y sin excepción, mas dentro de una cultura, una época, una clase social, una mentalidad, y un grupo de edad, de género y de intereses muy determinados, y todavía bajo las contingencias de presiones de posibles acontecimientos (temidos o
2. Véase la teoría de Berger y Luckmann. Sin influencia alguna de esta corriente sociológica llegamos en 1964 a posiciones análogas en el seminario de Filosofía que dirigí en la Studentenhaus de Colonia.
esperados y procurados) que amenazan o prometen transformar el contexto sociohistórico en y desde el cual se existe.
De todo ello depende el modo y la certeza de lo percibido desde los supuestos anteriores. Hay pues varios mundos potencial y par- cialmente reales, que pueden encerrar un coeficiente de imaginación
expectante, pero que serían resultado contingente de:
• el modo de captar, de representar conscientemente, de viven- ciar y de proyectar su realización
• unas expectativas (Vorverständnisse),
• unas sensaciones
• o unas apreciaciones de significado y de valor verdaderamen- te reales, solo que potencialmente variables en percepción, expresión, valoración circunstancial y concreción objetal (en cada caso la misma cosa será: medio de locomoción, fetiche,
joya o mercancía).
En conclusión: la verdad no es la “adecuación de la mente con la cosa”, sino el descubrimiento de la coincidencia de rasgos, pro- piedades, función o relaciones, y la analogía de cada “expectativa” o preconcepto –dinámicamente vivido– en la dialéctica del transcurso de los desarrollos vivenciales.
Preconcepto expectante (de realidad determinada y concre- ta) que en la mente se ha implantado –por aprendizaje,
experiencia, información o tradición– acerca de la consis- tencia real, los rasgos, las propiedades, las relaciones, las cualidades, la funcionalidad, la identidad de algo dado: como presencia de objeto-en-situación funcionalmente inte- grado en un determinado contexto de mundo real. Por eso hemos definido la verdad objetiva como la vivencia intelec- tualmente comprensiva de la identidad de un objeto dado en sus propiedades y en sus relaciones con algún contexto mundano real.