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La procesión del Señor de los Milagros como rito de manifestación

CAPÍTULO III :ANTECEDENTES DE LA INVESTIGACIÓN

4.1. De los temas de poder

4.1.1. Formas de poder

4.1.1.3. EL PODER RELIGIOSO

4.1.1.3.1. La procesión del Señor de los Milagros como rito de manifestación

«El rito de la misa como práctica significante», en Vigencia de la semiótica y otros ensayos (2009: 149-169), de Desiderio Blanco, es útil para

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esclarecer la naturaleza de la práctica religiosa de quienes son devotos del Señor de los Milagros. Si bien en el capítulo indicado se analiza el rito de la misa, las ideas planteadas pueden relacionarse con la temática del poder religioso que se expone en la novela En octubre no hay milagros.

Téngase en cuenta, en primer lugar, lo concerniente al recorrido procesional del Señor de los Milagros, que —como sucede en el caso de la misa, siguiendo a Blanco (ibídem: 153-154)— aísla el espacio y lo torna sagrado, a manera de un templo al que sólo pueden acceder los fieles devotos. En el discurso narrativo de En octubre no hay milagros se enuncia el recorrido procesional del Señor de los Milagros, en el que, además de las oraciones y de los cánticos, se hace explícito el espacio «sagrado» al que solo pueden acceder los miembros de la hermandad del Señor de los Milagros; se destaca, así, el valor ritual del acontecimiento.

«Las pesadas y ricas andas del Señor de los Milagros están detenidas […]: la multitud no avanza; pero continúa la violenta marejada humana que, naciendo en las paredes, choca y se rompe en el círculo que, afanosos, los hermanos, codo a codo, sosteniendo una gruesa cuerda y mirando a los fieles, forman en torno de las andas. Y ahí, en el espacio despejado, entre la muralla humana y el Señor, penitentes de hábito con capucha morada, sin zapatos, cargan pesadas cruces; viejas negras de mantón negro, con sahumerios en las manos, hinchan, exageradas, los carrillos y soplan carbones encendidos en donde se quema el incienso; pálidas mujeres flacas cantan en alaridos destemplados; hombres morenos, altos y fornidos con hábito morado rodean las andas. […] La cuadrilla de hermanos cargadores levanta las pesadas andas de oro y plata; la banda militar irrumpe con marcha melancólica de

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procesión; la multitud, en oleaje rítmico y compacto, de pared a pared, vuelve, como un río, a avanzar por la calle; la muralla humana, circular, que rodea al Señor, se desplaza, trabajosa, lenta, empujando a los fieles que tratan de acercarse a las andas» (155-156).

¿Por qué si no es expulsado Miguel, que trata de acercarse a las andas del Señor de los Milagros? Porque él pretende acceder a un espacio «sagrado» para cometer un acto sacrílego: escupir al Cristo crucificado, lo que implica invalidar el rito. Los fieles lo reconocen como distinto a ellos, ajeno al rito, y lo matan a «golpes y patadas» (210). Se envisten así del poder «divino» del Señor de los Milagros, de su Dios.

Considérese, asimismo, que, para que persista una tradición —en este caso el recorrido procesional en octubre de todos los años—, se requiere del testimonio de las experiencias transmitidas a través de los fieles y de la Iglesia Católica (ibídem: 152-153). Durante siglos, no sólo se estimula y se reafirma la fe por el Cristo crucificado sino, además, se dan testimonios de sus «milagros».

Pero ¿quién puede dar prueba fehaciente de un «milagro»? Blanco (ibídem: 158) desarrolla con acierto la idea de que sólo la fe permite aceptar lo increíble; es más, no sólo se trata de la fe como justificante, sino de un milagro como justificante de otro. Téngase en cuenta cómo la mamá de Tito

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agradece al Señor de los Milagros por el «milagro» recibido a través de don Manuel.

«la sacaron del callejón y le dieron un modesto, pero bonito departamento en uno de los tantos edificios modernos de don Manuel; le asignaron una pensión razonable para que ya no se gastara los pulmones lavando ropa. La madre de Tito nunca se cansó de darle las gracias al Señor de los Milagros por el repentino cambio de su situación: “Es un milagro del Señor”, decía. Rezó mucho por el alma bondadosa de don Manuel» (23).

Las oraciones, ruegos o súplicas son las principales estrategias de manipulación utilizadas por parte de los fieles: existe una fiducia implícita entre destinador (el Señor de los Milagros) y destinatario (el creyente), que despliegan, respectivamente, mandato y demanda (Blanco, ibídem: 160). Se cumple el mandato si se reza, si se prende una vela a la imagen del Señor de los Milagros, si se usa el hábito morado, si se asiste a la procesión y, mejor todavía, si se es miembro de la «hermandad». La demanda es atendida si se realiza el «milagro», es decir, si se recibe lo solicitado al Señor de los Milagros. Siguiendo las ideas de Courtés (1997: 316), la isotopía religiosa se presenta ante el entorno social inoperante: de este modo, Bety y doña María se dirigen hacia un destinador manipulador que puede proporcionarles lo que ellas no pueden obtener por sí mismas; «el destinador tomaría así la figura de “Dios”», en otros palabras, el Señor de los Milagros. Así, por ejemplo, Bety promete que vestirá el hábito morado hasta que se muera si Coqui se casa con ella: «Si todo sale bien te prometo señorcito de los Milagros llevar

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el hábito hasta que me muera» (193); por su parte, la madre de Bety, doña María, reza, usa el hábito morado y le pide una casa al Señor de los Milagros: «Señor de los Milagros, tienes que darnos una casita, no puedes olvidarte de nosotros» (40), «María se puso hábito morado y prendió velas al Señor de

los Milagros» (120), «Doña María se persignó: “Señor, un milagro, nada

más: una casita”» (208).

La esperanza se renueva cada octubre, sin embargo, el destinador trascendente, el Cristo crucificado (Cristo, ‘salvador’), no hace milagros en octubre, tal como se enuncia en el nombre de la novela. Bety no se casa con Coqui y la familia Colmenares no sólo será desalojada del departamento de la quinta, sino que perderá, además, a un miembro de su familia: Miguel.

Por otra parte, es importante destacar, respecto del poder del Señor de los Milagros, la práctica del sacrificio. En la procesión del Señor de los Milagros, la imagen que se lleva en andas es la de Jesús crucificado, quien se inmoló en la cruz «por todos nosotros», «para la salvación del mundo». Cada octubre se recuerda dicho sacrificio y es a la imagen de Cristo crucificado a la que se le pide los «milagros». Acierta, pues, Blanco (ibídem: 167-168) cuando trata acerca de la relación entre religión y sacrificio, ya que no sólo la imagen es «modelo de sacrificio», sino que también los fieles deben hacer lo propio; por ello sus muestras de sacrificio a cambio de un

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«milagro» son de diversa índole. Los fieles creen que cuanto mayor sea su sacrificio, más posible será el «milagro», de allí que algunos destinatarios creyentes sigan a la procesión del Señor de los Milagros en sillas de ruedas, con muletas, descalzos, de rodillas…, a fin de que el destinador, el Cristo crucificado, les conceda el «milagro» solicitado, el cual implicará la transformación anhelada por el destinatario y, por tanto, «demostrará» el poder hacer «milagros» por parte del destinador: el Señor de los Milagros.

La práctica del sacrificio aparece explícita en la novela En octubre no hay milagros: el sacrificio entendido como una relación de intercambio, como parte de la fiducia que se establece entre los fieles y el Señor de los Milagros (‘el que puede hacer milagros’). Bety, la hija de don Lucho y de doña María, es enunciada como una joven libertina y arribista; no obstante, está dispuesta a usar el hábito del Señor de los Milagros durante todos los octubres de su vida si Él le hace el «milagro» de casarse con Coqui, «un muchacho gagá de Miraflores» (32). Los fieles ofrecen su sacrificio al Señor de los Milagros para, por su intermedio, recibir bienes de acuerdo con sus necesidades. Ese pueblo al que don Manuel considera formado por «hediondos animales que parecen gente» (137) por «el profundo sentimiento religioso que ponen de manifiesto en la procesión» (137) sirve, finalmente,

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a través del sacrificio, a dos grandes poderes coludidos: el poder religioso y el poder político.

Sin embargo, el Señor de los Milagros, representante de Dios todopoderoso, no manifiesta amor por los pobres: aunque Bety promete que usará el hábito morado hasta que se muera si Coqui se casa con ella, a pesar de que doña María pone flores y prende velas a la imagen del Señor de los Milagros, ruega por conseguir una casa, se pone el hábito morado y espera el paso de la procesión, el poder de Dios no favorece a la familia Colmenares porque en octubre no hay milagros.

«Y por más que María se puso hábito morado y prendió velas al Señor de los

Milagros nunca me mejoraron en el Banco. Veinte años, más o menos, haciendo lo mismo: sumas, intereses, descuentos, letras, grandes cantidades de dinero, pero casi nada para mí. Y en este mes de octubre, mes del Señor, el trabajo se triplica en la cuenta corriente de los fabricantes de tela morada, en la cuenta de los dueños de fábricas de velas, de cerveza, de pasteleros que hacen turrón de Doña Pepa, de joyeros que hacen milagros de plata y de los empresarios de corridas de toros. “En octubre, gracias al Señor, hacen su agosto”» (120).